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Dirección espiritual: una ayuda para escuchar en tiempos de ruido


La Universidad, el trabajo, la familia..., cuando un católico se toma en serio su fe, todas las realidades de su vida empiezan a plantearle preguntas: ¿Cómo será mejor encarnar mi fe en esta situación concreta? Averiguarlo en un ambiente en el que, además, hay que nadar contra corriente, puede ser todo un reto. Pero la Iglesia ofrece una ayuda: la dirección espiritual.
María Martínez López


No es sólo para los religiosos, consagrados, seminaristas, etc. Tampoco está orientada exclusivamente al discernimiento vocacional. El objetivo de la dirección espiritual no es más –ni menos– que el desarrollo de la fe, en las decisiones importantes o en las más cotidianas. Hace ocho años, José Miguel Mohedano era un joven de 22 que empezaba a acercarse al movimiento Regnum Christi y le recomendaron que buscara un director «porque para ciertos temas era bueno tener un referente espiritual. Por ejemplo, a mí me ha ayudado en el discernimiento vocacional. Todavía pensaba, de vez en cuando, en el sacerdocio –creo que todos los católicos comprometidos nos lo hemos planteado–, y me ayudó a encontrar mi lugar en la Iglesia», asegurándose de que ese movimiento era su vocación.

No obstante, una vez tomadas las grandes decisiones, cuenta con su ayuda «en el día a día y en cuestiones no sólo espirituales, sino personales, como la familia». De hecho, uno de sus directores –ha tenido varios, por los cambios de destino de los legionarios de Cristo con los que se dirigía– era médico y le orientó en temas de regulación natural de la fertilidad, pues finalmente se casó y ahora tiene dos hijos.

Desde lo humano

A raíz de una tanda de Ejercicios espirituales cuando era universitaria, hace 16 años, doña Valeria Datino empezó a vivir su fe en serio, y vio «que, para ordenar la vida, era necesario un director espiritual». Sus palabras dan testimonio de que la dirección espiritual se construye sobre el nivel humano, y su primera ayuda es a este nivel: «A veces, sólo exponiendo algo a tu director o pensando qué le vas a contar, vas dándote cuenta de las cosas, viendo lo que son tonterías o excusas». Y añade: «Mucha gente solucionaría sus problemas con una dirección espiritual un poco ordenada». La confesión con dirección espiritual –amplía en este sentido el padre Julio Sainz, claretiano–, además de perdonar, sirve «para consolar, animar…, todo lo que hace un psicólogo, pero gratis». Por eso, el sacerdote ve necesario formarse en los aspectos básicos de la psicología, aunque «también la experiencia, ver cómo va reaccionando la gente, da mucho». Pero además –apuntan ambos–, junto al perdón de Dios, da dos cosas que ningún psicólogo puede: paz, y la fuerza para cumplir las recomendaciones del director.

Al final, sin embargo, no es eso lo esencial; sino, en palabras de José Miguel, el empuje para «tener a Dios presente en mi vida. No lo tengo aparcado, trabajo por los demás y por la Iglesia; pero mi director me ayuda a reorientarlo todo a Dios, a recobrar el sentido de por qué hago las cosas. Y, también con su testimonio, me enseña a conocerlo y amarlo más».

Desmontando tópicos
Al fin y al cabo, el director espiritual –explica el padre Julio– no es más que un mediador para el que «lo esencial es atender a lo que diga el Espíritu Santo. Somos vehículos de la gracia, no creadores. Por eso, tenemos que ser dóciles a la acción de Dios. Es decir, santos». Valeria, aunque sabe que, de joven, puede haber momentos de apego al director –casi por encima de Dios–, al madurar humanamente y en la relación con Él, se superan. «Tengo claro –añade– que mi director es humano y tiene fallos, pero me fío de una persona que busca siempre a Dios y me he ido dando cuenta de que, cuando he seguido su consejo, siempre he acabado haciendo lo que Dios quería».

Fuera del ámbito de quienes la practican, puede que la dirección espiritual no tenga buena fama. Esa confianza en el director puede parecer a algunos una renuncia a la propia libertad y autonomía. Sin embargo, la dirección «no puede ser que, lo que yo diga, el otro lo siga», aclara el padre Julio. «El director no te dice lo que tienes que hacer –corrobora José Miguel–, ni recorre el camino por ti, pero va unos pasos por delante; te aporta luz, y te da unos recursos» para que tú puedas hacerlo.

Sus encuentros, que intenta mantener de forma mensual, son, sobre todo, una conversación distendida: «Le comento las cosas que me inquietan, dudas que pueda tener, y me las resuelve, me da alguna clave de orientación, me recomienda una lectura, me orienta sobre la oración y los sacramentos… Y, si me voy por las ramas, me pregunta por lo espiritual» y reorienta la conversación.

Otro tópico: el director espiritual es un pedigüeño espiritual que siempre te exigirá y pedirá más. «Lo bueno –responde Valeria– es que te conoce muy bien, y sabe cuándo realmente no puedes hacer algo. Yo no suelo echarme para atrás, mi problema es incluso el contrario. Y es él el que me dice que me lo tome con calma».

A los 50 años de sacerdocio, el padre Julio todavía dedica hora y media cada día a la confesión, y a la dirección espiritual de sus penitentes habituales. Y esas miles de horas pasadas en el confesionario es «lo que más satisfacción me ha dado, y por la que doy una de las gracias más grandes». Él mismo procura confesarse cada semana –«me daría vergüenza decir que la confesión es importante y no hacerlo yo»–, y cree que es la combinación ideal: «En el sacramento, manifestamos cosas que en otras formas de trato, no»; además, en la dirección sin confesión, «se pierde más tiempo y se puede terminar hablando de todo»; y, por otra parte, en la confesión con el padre Topete –«el primero que te topas»–, aunque está la gracia del sacramento, «es más difícil crecer espiritualmente».

Un ritmo para cada cual

La confesión con dirección espiritual, o viceversa, dentro o fuera del confesionario, es una de las formas más extendidas de dirección. Pero cada director y dirigido marcan su propio ritmo. Cuando era más joven, «era mucho más fácil, y podíamos poner fechas fijas para vernos», explica Valeria. Con los niños –tiene cinco–, la cosa se complica, aunque en la Familia de Santa María, el movimiento al que pertenecen, también cuentan con ayuda extra: la guía de un matrimonio amigo para las cuestiones de pareja. Para la dirección espiritual en sí, han encontrado una buena fórmula: a Valeria, las circunstancias le permiten ver a su director con frecuencia, «y entonces le cuento las cosas ordinarias», del día a día. Y, en la Misa que organiza la Familia de Santa María los sábados por la mañana, se confiesan una semana ella y otra su marido, y allí pueden ocuparse, en menos tiempo, de las «cosas que vives por dentro».

De hecho, su director es uno más de la familia: dirige a los dos esposos, ha bautizado a sus hijos e incluso ha empezado a hablar con una hija que acaba de hacer la Primera Comunión. «Vivirlo juntos es mucho más sencillo –explica Valeria–. Ha habido momentos mejores y peores, pero en los momentos de duda los dos nos fiamos de él».

El señor Mohedano coincide en que se puede alcanzar esa amistad, pero depende de la relación que se tenga, y «del tiempo que se lleve en la dirección; no se puede forzar». Eso sí, incluso si el director llega a ser un buen amigo, no es un amigo más. Tiene de plus la formación y la gracia del sacerdocio, y, «además, puede tomar más distancia».

Una herramienta que suele ser de ayuda y que muchos usan en la dirección es el plan de vida, una especie de hoja de ruta de la vida cristiana. Según el padre Julio, «ayuda mucho a desarrollar el don de Dios», siempre «que no sea muy riguroso, o que, por ejemplo, valga más que la caridad. Yo recomiendo tres puntos: la relación con Dios –sacramentos, oración–, el cumplimiento del deber, y la caridad, que no consiste sólo en dar, sino, sobre todo, en perdonar; no hacerlo es lo que más hace que la gente se endurezca más».

Don para la Iglesia
Este endurecimiento, sin embargo, no es lo habitual: «Hay gente que da gusto ver cómo se deja hacer por Dios», celebra el padre Julio. Cuando se ha perdido eso, ha perdido la Iglesia. En efecto, el padre Julio achaca la «realidad vocacional que vivimos» al «abandono de los sacramentos y la dirección».

En estos momentos, en cambio, cree que «está ganando en importancia». Regnum Christi, la Familia de Santa María, el Opus Dei y otras realidades eclesiales recientes proponen, como parte de su carisma, la dirección espiritual de los laicos. Pero, para el padre Julio, hay otro motivo, y es que «en algunos sitios hay más sacerdotes dedicados a la dirección. Cuando a la gente se le sirve con humildad, y saben quién les atiende y dónde, se aprovechan. De ahí suelen surgir más vocaciones, de todo tipo. Es importantísimo, por tanto, que los curas nos dediquemos a ser curas».
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