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Su santidad Benedicto XVI y el sacerdocio 2

INDICE

Encuentro con los sacerdotes y diáconos permanentes en el Viaje Apostólico a Alemania
Discurso al cuarto grupo de obispos de Canadá en visita “Ad Limina”
Discurso a los obispos de la Conferencia Episcopal de Irlanda en visita “Ad Limina”
Mensaje al Cardenal Arinze________________

2007______________________________________
Mensaje para la XLIV jornada mundial de oración por las vocaciones
Visita al Seminario Romano Mayor con ocasión de la Fiesta de la Virgen de la confianza
Discurso a los penitenciarios de las cuatro Basílicas Papales
Encuentro de los párrocos y sacerdotes de la diócesis de Roma
Discurso a los participantes en un curso sobre el fuero interno organizado por la Penitenciaría Apostólico
Homilía en la liturgia penitencial con los jóvenes en San Pedro
Homilía en la Santa Misa Crismal_____________
Homilía en la Santa Misa «In Cena Domini»_____
Homilía en la ordenación sacerdotal con ocasión de la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones
Homilía en la Misa del Corpus Christi__________
Discurso durante el encuentro con sacerdotes y religiosos en la Catedral de San Rufino, Asís
Encuentro con los párrocos y sacerdotes de la diócesis de Belluno-Feltre y Treviso
Discurso durante las Vísperas con los sacerdotes y consagrados en el viaje a Austria
Discurso a ciento siete obispos nombrados en los últimos doce meses
Homilía en la ordenación episcopal de seis presbíteros

2008______________________________________

Homilía en la visita al Seminario Romano Mayor
Discurso a los párrocos, sacerdotes y diáconos de la diócesis de Roma
Discurso a los prelados y oficiales de la Penitenciaria Apostólica
Homilía durante la celebración penitencial en la Basílica San Pedro
Homilía en la Solemne Misa Crismal___________
Homilía en la Misa «In Cena Domini»__________
Mensaje para la XLV jornada mundial de oración por las vocaciones
Encuentro con los jóvenes y seminaristas en Nueva York
Homilía en la ordenación de 29 sacerdotes_____
Reina Coeli______________________________
Homilía en la Misa de Corpus Christi__________
Discurso a los alumnos de la Academia Eclesiástica Pontificia
Discurso en el encuentro con sacerdotes, seminaristas y diáconos en la visita pastoral a Santa María de Leuca y Brindisi__________________________________
Homilía en la Misa con los obispos, seminaristas, novicios y novicias australianos


Catedral de Santa María y San Corbiniano, Freising, 14 de septiembre de 2006

Queridos hermanos en el ministerio episcopal y sacerdotal; queridos hermanos y hermanas:

Para mí este es un momento de alegría y de viva gratitud por todo lo que he podido experimentar y recibir durante esta visita pastoral. Tanta cordialidad, tanta fe, tanta alegría en Dios, ha sido una experiencia que me ha conmovido profundamente y será para mí fuente de nueva energía. Gratitud en particular porque ahora, al final, he podido volver una vez más a la catedral de Freising, viéndola en su nuevo esplendor. Expreso mi agradecimiento al cardenal Wetter, a los otros dos obispos bávaros y a todos los que han colaborado. Doy gracias a la Providencia por haber hecho posible la restauración de la catedral, que se presenta ahora con esta nueva belleza.

Ahora que me encuentro en esta catedral, me vienen a la memoria muchos recuerdos al ver a antiguos compañeros y a jóvenes sacerdotes que transmiten el mensaje, la antorcha de la fe. Me vienen recuerdos de mi ordenación, a la que ha aludido el cardenal Wetter: cuando estaba yo postrado en tierra y en cierto modo envuelto por las letanías de todos los santos, por la intercesión de todos los santos, caí en la cuenta de que en este camino no estamos solos, sino que el gran ejército de los santos camina con nosotros, y los santos aún vivos, los fieles de hoy y de mañana, nos sostienen y nos acompañan.

Luego vino el momento de la imposición de las manos... y, por último, cuando el cardenal Faulhaber nos dijo: "Iam non dico vos servos, sed amicos", "Ya no os llamo siervos, sino amigos", experimenté la ordenación sacerdotal como inserción en la comunidad de los amigos de Jesús, llamados a estar con él y a anunciar su mensaje. Luego, el recuerdo de que yo mismo aquí ordené a sacerdotes y diáconos, que ahora trabajan al servicio del Evangelio y durante muchos años —ya son decenios— han transmitido el mensaje y lo siguen haciendo.

Y pienso naturalmente en las procesiones de san Corbiniano. Entonces existía la costumbre de abrir el relicario. Y dado que el obispo tenía su sede detrás de la urna, yo podía mirar directamente el cráneo de san Corbiniano y así me veía en la procesión de los siglos que recorre el itinerario de la fe: podía ver que, en la procesión de los tiempos, también nosotros podemos caminar haciendo que avance hacia el futuro, algo que resultaba claro cuando el cortejo pasaba por el claustro cercano, donde se hallaban reunidos muchos niños, a los que yo bendecía haciéndoles en la frente la señal de la cruz.

En este momento volvemos a hacer esa experiencia: estamos en procesión, en la peregrinación del Evangelio; juntos podemos ser peregrinos y guías de esta peregrinación y, siguiendo a los que han seguido a Cristo, juntamente con ellos lo seguimos a él y así entramos en la luz.

Pasando ya propiamente a la homilía, quisiera tratar sólo dos puntos. El primero está tomado del evangelio que se acaba de proclamar, un pasaje que todos ya hemos escuchado, interpretado y meditado en nuestro corazón muchas veces. "La mies es mucha", dice el Señor. Y cuando dice "es mucha" no se refiere sólo a aquel momento y a aquellos caminos de Palestina por los que peregrinaba durante su vida terrena; sus palabras valen también para nuestro tiempo. Eso significa: en el corazón de los hombres crece una mies. Eso significa, una vez más: en lo más profundo de su ser esperan a Dios; esperan una orientación que sea luz, que indique el camino. Esperan una palabra que sea más que una simple palabra. Se trata de una esperanza, una espera del amor que, más allá del instante presente, nos sostenga y acoja eternamente. La mies es mucha y necesita obreros en todas las generaciones. Y para todas las generaciones, aunque de modo diferente, valen siempre también las otras palabras: "Los obreros son pocos".

"Rogad, pues, al Dueño de la mies que mande obreros". Eso significa: la mies existe, pero Dios quiere servirse de los hombres, para que la lleven a los graneros. Dios necesita hombres. Necesita personas que digan: "Sí, estoy dispuesto a ser tu obrero en esta mies, estoy dispuesto a ayudar para que esta mies que ya está madurando en el corazón de los hombres pueda entrar realmente en los graneros de la eternidad y se transforme en perenne comunión divina de alegría y amor".

"Rogad, pues, al Dueño de la mies" quiere decir también: no podemos "producir" vocaciones; deben venir de Dios. No podemos reclutar personas, como sucede tal vez en otras profesiones, por medio de una propaganda bien pensada, por decirlo así, mediante estrategias adecuadas. La llamada, que parte del corazón de Dios, siempre debe encontrar la senda que lleva al corazón del hombre.

Con todo, precisamente para que llegue al corazón de los hombres, también hace falta nuestra colaboración. Ciertamente, pedir eso al Dueño de la mies significa ante todo orar por ello, sacudir su corazón, diciéndole: "Hazlo, por favor. Despierta a los hombres. Enciende en ellos el entusiasmo y la alegría por el Evangelio. Haz que comprendan que este es el tesoro más valioso que cualquier otro, y que quien lo descubre debe transmitirlo".

Nosotros sacudimos el corazón de Dios. Pero no sólo se ora a Dios mediante las palabras de la oración; también es preciso que las palabras se transformen en acción, a fin de que de nuestro corazón brote luego la chispa de la alegría en Dios, de la alegría por el Evangelio, y suscite en otros corazones la disponibilidad a dar su "sí". Como personas de oración, llenas de su luz, llegamos a los demás e, implicándolos en nuestra oración, los hacemos entrar en el radio de la presencia de Dios, el cual hará después su parte.

En este sentido queremos seguir orando siempre al Dueño de la mies, sacudir su corazón y, juntamente con Dios, tocar mediante nuestra oración también el corazón de los hombres, para que él, según su voluntad, suscite en ellos el "sí", la disponibilidad; la constancia, a través de todas las confusiones del tiempo, a través del calor de la jornada y también a través de la oscuridad de la noche, de perseverar fielmente en el servicio, precisamente sacando sin cesar de él la conciencia de que este esfuerzo, aunque sea costoso, es hermoso, es útil, porque lleva a lo esencial, es decir, a lograr que los hombres reciban lo que esperan: la luz de Dios y el amor de Dios.

El segundo punto que quisiera tratar es una cuestión práctica. El número de sacerdotes ha disminuido, aunque en este momento podemos constatar que todavía nos mantenemos, que también hoy hay sacerdotes jóvenes y ancianos, y que hay jóvenes que se encaminan hacia el sacerdocio. Pero las tareas resultan cada vez más pesadas: llevar dos, tres o cuatro parroquias a la vez —y esto con todas las nuevas obligaciones que se han añadido— es algo que puede resultar desalentador. Con frecuencia me plantean la pregunta —y cada sacerdote se la suele plantear a sí mismo y a sus hermanos en el sacerdocio—: ¿Cómo podemos hacerlo? ¿No se trata de una profesión que nos consume, en la que al final no podemos sentir alegría, pues vemos que, por más que hagamos, no es suficiente? Todo esto nos agobia.

¿Qué se puede responder? Naturalmente no puedo dar recetas infalibles; pero quisiera ofrecer algunas indicaciones fundamentales. La primera la tomo de la carta a los Filipenses (cf. Flp 2, 5-8), donde san Pablo dice a todos —y naturalmente de modo especial a los que trabajan en el campo de Dios— que debemos "tener en nosotros los sentimientos de Jesucristo". Tenía tales sentimientos ante el destino del hombre que, por decirlo así, no soportó ya su existencia en la gloria, sino que se vio impulsado a descender y asumir algo increíble: toda la miseria de la vida humana hasta la hora del sufrimiento en la cruz. Este es el sentimiento de Jesucristo: sentirse impulsado a llevar a los hombres la luz del Padre, a ayudarlos para que con ellos y en ellos se forme el reino de Dios.

Y el sentimiento de Jesucristo consiste a la vez en que permanece profundamente arraigado en la comunión con el Padre, inmerso en ella. Lo vemos, por decirlo así, desde fuera en el hecho que los evangelistas nos refieren: con frecuencia se retira al monte, él solo, a orar. Su actividad nace de su inmersión en el Padre. Precisamente por esta inmersión en el Padre se siente impulsado a salir a recorrer todas las aldeas y las ciudades para anunciar el reino de Dios, es decir, su presencia, su "estar" en medio de nosotros; para que el Reino se haga presente en nosotros y, por medio de nosotros, transforme el mundo; para que se haga su voluntad en la tierra como en el cielo; para que el cielo llegue a la tierra.

Estos dos aspectos forman parte de los sentimientos de Jesucristo. Por una parte, conocer a Dios desde dentro, conocer a Cristo desde dentro, estar con él; sólo si realizamos esto descubriremos de verdad el "tesoro". Por otra, también debemos ir a los hombres. No podemos guardar el "tesoro" para nosotros mismos; debemos transmitirlo.

Quisiera traducir esta indicación fundamental, con sus dos aspectos, a nuestra realidad concreta: necesitamos a la vez celo y humildad, es decir, reconocer nuestros límites. Por una parte, celo: si realmente nos encontramos continuamente con Cristo, no podemos guardarlo para nosotros mismos. Nos sentiremos impulsados a ir a los pobres, a los ancianos, a los débiles, a los niños, a los jóvenes, a las personas que están en la plenitud de su vida; nos sentiremos impulsados a ser "heraldos", apóstoles de Cristo.

Pero para que este celo no quede estéril y no nos desgaste, debe ir acompañado de la humildad, de la moderación, de la aceptación de nuestros límites. Yo veo que no soy capaz de hacer todo lo que habría que hacer. Lo que vale para los párrocos —al menos así me lo imagino—, vale también para el Papa, aunque en diferente medida. El Papa debería hacer muchísimas cosas. Y realmente mis fuerzas no bastan. Así debo aprender a hacer lo que me sea posible y dejar el resto a Dios —y a mis colaboradores—, diciéndole: "En definitiva, tú eres quien debes hacerlo, pues la Iglesia es tuya. Y tú me das sólo las fuerzas que tengo. Te las entrego a ti, pues provienen de ti; lo demás, precisamente, te lo dejo a ti".

Creo que la humildad de aceptar esto —"hasta aquí llegan mis fuerzas; el resto te lo dejo a ti, Señor"— es decisiva. Pero también hay que tener confianza: él me dará también colaboradores que me ayuden y hagan lo que yo no logro hacer.

Más aún, este conjunto de celo y de humildad, "traducido" a un tercer nivel, significa también el conjunto de servicio en todas sus dimensiones y de interioridad. Sólo podemos servir a los demás, sólo podemos dar, si personalmente también recibimos, si nosotros mismos no quedamos vacíos. Por eso la Iglesia nos propone espacios abiertos que, por una parte, son espacios para "respirar de nuevo"; y, por otra, son centro y fuente del servicio.

Ante todo está la celebración diaria de la santa misa. No la celebremos con rutina, como algo que de todos modos "debemos hacer"; celebrémosla "desde dentro". Sumerjámonos en las palabras, en las acciones, en el acontecimiento que allí se realiza. Si celebramos la misa orando; si, al decir "Esto es mi cuerpo", brota realmente la comunión con Jesucristo que nos impuso las manos y nos autorizó a hablar con su mismo "yo"; si realizamos la Eucaristía con íntima participación en la fe y en la oración, entonces no se reducirá a un deber exterior, entonces el ars celebrandi vendrá por sí mismo, pues consiste precisamente en celebrar partiendo del Señor y en comunión con él, y por tanto como es preciso también para los hombres. Entonces nosotros mismos recibimos como fruto un gran enriquecimiento y, a la vez, transmitimos a los hombres más de lo que tenemos, es decir, la presencia del Señor.

El otro espacio abierto que la Iglesia, por decirlo así, nos impone —también nos libera al dárnoslo— es la liturgia de las Horas. Tratemos de rezarla como auténtica oración, como oración en comunión con el Israel de la Antigua y de la Nueva Alianza, como oración en comunión con los orantes de todos los siglos, como oración en comunión con Jesucristo, como oración que brota de lo más profundo de nuestro ser, del contenido más profundo de estas plegarias.

Al orar así, involucramos en esta oración también a los demás hombres, que no tienen tiempo o fuerzas o capacidad para hacer esta oración. Nosotros mismos, como personas orantes, oramos en representación de los demás, realizando así un ministerio pastoral de primer grado. Esto no significa retirarse a realizar una actividad privada, se trata de una prioridad pastoral, una actividad pastoral, en la que nosotros mismos nos hacemos nuevamente sacerdotes, en la que somos colmados nuevamente de Cristo, mediante la cual incluimos a los demás en la comunión de la Iglesia orante y, al mismo tiempo, dejamos que brote la fuerza de la oración, la presencia de Jesucristo, en este mundo.

El lema de estos días ha sido: "El que cree nunca está solo". Estas palabras son válidas y deben ser válidas precisamente también para los sacerdotes, para cada uno de nosotros. Y son válidas de nuevo en dos aspectos: el que es sacerdote nunca está solo, porque Jesucristo siempre está con él. Cristo está con nosotros; y nosotros también estamos con él.

Pero deben valer también en el otro sentido: el que se hace sacerdote es insertado en un presbiterio, en una comunidad de sacerdotes con el obispo. Es sacerdote estando en comunión con sus hermanos en el sacerdocio. Esforcémonos por lograr que esto no se quede sólo como un precepto teológico o jurídico, sino que se convierta en experiencia concreta para cada uno de nosotros.

Donémonos mutuamente esta comunión; donémosla especialmente a los que sepamos que sufren soledad, a los que se ven agobiados por dificultades y problemas, tal vez por dudas e incertidumbres. Si nos donamos mutuamente esta comunión, estando en comunión con los otros experimentaremos mucho más y de modo más gozoso también la comunión con Jesucristo. Amén.
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9 de octubre de 2006

Queridos hermanos en el episcopado:

"Convenía celebrar una fiesta y alegrarse porque (...) ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado" (Lc 15, 32). Con afecto fraterno os doy una cordial bienvenida a vosotros, obispos de la Conferencia católica occidental de Canadá, y agradezco a monseñor Wiesner los buenos deseos que me ha expresado en vuestro nombre. Correspondo afectuosamente y os aseguro a vosotros, y a quienes están encomendados a vuestro cuidado pastoral, mis oraciones y mi solicitud. Vuestro encuentro con el Sucesor de Pedro concluye las visitas ad limina Apostolorum de la Conferencia episcopal canadiense.

A pesar del clima cada vez más secularizado en el que desempeñáis vuestro ministerio, vuestras relaciones contienen muchos elementos que os pueden servir de estímulo. En particular, me ha alegrado constatar el celo y la generosidad de vuestros sacerdotes, la entrega abnegada de los religiosos presentes en vuestras diócesis y la creciente disponibilidad de los fieles laicos a intensificar su testimonio de la verdad y el amor de Cristo en sus hogares, en las escuelas, en los lugares de trabajo y en la esfera pública.

La parábola del hijo pródigo es uno de los pasajes más apreciados de la sagrada Escritura. Su profunda ilustración de la misericordia de Dios y el importante deseo humano de conversión y reconciliación, así como el restablecimiento de las relaciones rotas, hablan a los hombres y a las mujeres de todas las edades. Es frecuente la tentación del hombre de ejercer su libertad alejándose de Dios. Ahora bien, la experiencia del hijo pródigo nos permite constatar, tanto en la historia como en nuestra propia vida, que cuando se busca la libertad fuera de Dios el resultado es negativo: pérdida de la dignidad personal, confusión moral y desintegración social. Sin embargo, el amor apasionado del Padre a la humanidad triunfa sobre el orgullo humano. Prodigado gratuitamente, es un amor que perdona y lleva a las personas a entrar más profundamente en la comunión de la Iglesia de Cristo. Ofrece verdaderamente a todos los pueblos la unidad en Dios y, como Cristo lo manifiesta perfectamente en la cruz, reconcilia la justicia y el amor (cf. Deus caritas est, 10).

¿Y qué decir del hermano mayor? ¿No representa también, en cierto sentido, a todos los hombres y todas las mujeres, y quizá sobre todo a los que lamentablemente se alejan de la Iglesia? La racionalización de su actitud y de sus acciones despierta cierta simpatía, pero en definitiva refleja su incapacidad de comprender el amor incondicional. Incapaz de pensar más allá de los límites de la justicia natural, queda atrapado en la envidia y en el orgullo, alejado de Dios, aislado de los demás y molesto consigo mismo.

Queridos hermanos, que la reflexión sobre los tres personajes de esta parábola ―el Padre, con su gran misericordia; el hijo más joven, con su alegría al ser perdonado; y el hermano mayor, con su trágico aislamiento― os confirme en vuestro deseo de afrontar la pérdida del sentido del pecado, a la que os habéis referido en vuestras relaciones. Esta prioridad pastoral refleja la gran esperanza de que los fieles laicos experimenten el amor ilimitado de Dios como una llamada a profundizar su unidad eclesial y a superar la división y la fragmentación que tan a menudo hieren a las familias y a las comunidades hoy.

Desde esta perspectiva, la responsabilidad que tiene el obispo de indicar la acción destructora del pecado se comprende fácilmente como un servicio de esperanza: fortalece a los creyentes para que eviten el mal y busquen la perfección del amor y la plenitud de la vida cristiana. Por tanto, os felicito por vuestra promoción del sacramento de la Penitencia. Aunque este sacramento es considerado a menudo con indiferencia, lo que produce es precisamente la curación completa que anhelamos. Un renovado aprecio de este sacramento confirmará que el tiempo dedicado al confesionario saca bien del mal, restablece la vida desde la muerte y revela de nuevo el rostro misericordioso del Padre.

Para comprender el don de la reconciliación hace falta una atenta reflexión sobre los modos para suscitar la conversión y la penitencia en el corazón del hombre (cf. Reconciliatio et paenitentia, 23). Aunque abundan las manifestaciones del pecado ―codicia y corrupción, relaciones rotas por la traición y explotación de personas―, el reconocimiento de la pecaminosidad individual ha disminuido. Como consecuencia de este debilitamiento del reconocimiento del pecado, con la correspondiente atenuación de la necesidad de buscar el perdón, se produce en definitiva un debilitamiento de nuestra relación con Dios (cf. Homilía durante la celebración ecuménica de Vísperas, Ratisbona, 12 de septiembre de 2006).

No es de extrañar que este fenómeno esté particularmente acentuado en sociedades marcadas por una ideología post-iluminista. Cuando Dios es excluido de la esfera pública, desaparece el sentido de la ofensa contra Dios ―el verdadero sentido del pecado―; y precisamente cuando se relativiza el valor absoluto de las normas morales, las categorías de bien o mal se difuminan, juntamente con la responsabilidad individual.

Sin embargo, la necesidad humana de reconocer y afrontar el pecado de hecho no desaparece jamás, por mucho que una persona, como el hermano mayor, pueda racionalizar lo contrario. Como nos dice san Juan: "Si decimos: "No tenemos pecado", nos engañamos" (1 Jn 1, 8). Es parte integrante de la verdad sobre la persona humana. Cuando se olvidan la necesidad de buscar el perdón y la disposición a perdonar, en su lugar surge una inquietante cultura de reproches y altercados. Sin embargo, este horrible fenómeno se puede eliminar. Siguiendo la luz de la verdad salvífica de Cristo, hay que decir como el padre: "Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo", y debemos alegrarnos "porque este hermano tuyo... estaba perdido, y ha sido hallado" (Lc 15, 31-32).

La paz y la armonía duraderas, tan anheladas por las personas, las familias y la sociedad, están en el centro de vuestras preocupaciones por acrecentar la reconciliación y la comprensión con las numerosas comunidades de las primeras naciones que se encontraban en vuestra región. Mucho se ha logrado. A este respecto, me ha alegrado la información que me habéis dado acerca de la obra del Consejo aborigen católico para la reconciliación y de los objetivos del Fondo amerindio. Estas iniciativas suscitan esperanza y dan testimonio del amor de Cristo que nos apremia (cf. 2 Co 5, 14).

Sin embargo, aún queda mucho por hacer. Por tanto, os aliento a afrontar con amor y determinación las causas de las dificultades relativas a las necesidades sociales y espirituales de los fieles aborígenes. El compromiso por la verdad abre el camino a la reconciliación permanente a través del proceso curativo que implica pedir perdón y perdonar, dos elementos indispensables para la paz. De este modo, nuestra memoria se purifica, nuestro corazón se serena, y nuestro futuro se llena de una esperanza bien fundada en la paz que brota de la verdad.

Con afecto fraterno comparto estas reflexiones con vosotros y os aseguro mis oraciones en vuestro esfuerzo por hacer que la misión santificadora y reconciliadora de la Iglesia sea cada vez más apreciada y reconocible en vuestras comunidades eclesiales y civiles. Con estos sentimientos, os encomiendo a María, Madre de Jesús, y a la intercesión de la beata Catalina Tekakwitha. A vosotros, así como a los sacerdotes, los diáconos, los religiosos y los fieles laicos de vuestras diócesis, imparto de corazón mi bendición apostólica.
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28 de octubre de 2006

Queridos hermanos en el episcopado:

Con las palabras de un saludo irlandés tradicional, sed cien mil veces bienvenidos, obispos de Irlanda, con ocasión de vuestra visita ad limina. Ojalá que al venerar las tumbas de los apóstoles san Pedro y san Pablo os inspiréis en la valentía y en la visión de estos dos grandes santos, que con tanta fidelidad guiaron el camino de la misión de la Iglesia de anunciar a Cristo al mundo. Hoy habéis venido para fortalecer los vínculos de comunión con el Sucesor de Pedro, y de buen grado expreso mi aprecio por las amables palabras que en vuestro nombre me ha dirigido el arzobispo Seán Brady, presidente de vuestra Conferencia episcopal.

El testimonio constante que han dado innumerables generaciones de irlandeses de su fe en Cristo y su fidelidad a la Santa Sede han forjado a Irlanda en el nivel más profundo de su historia y de su cultura. Todos somos conscientes de la contribución excepcional que Irlanda ha dado a la vida de la Iglesia, y de la extraordinaria valentía de sus hijos e hijas misioneros, que han llevado el mensaje evangélico más allá de sus costas. Mientras tanto, la llama de la fe ha seguido ardiendo valientemente en el país, a través de todas las pruebas que ha debido afrontar vuestro pueblo a lo largo de su historia. Con palabras del salmista: "Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades" (Sal 89, 2).

El tiempo actual ofrece muchas oportunidades nuevas para dar testimonio de Cristo y plantea nuevos desafíos para la Iglesia en Irlanda. Habéis hablado de las consecuencias que ha tenido para la sociedad el aumento de la prosperidad que se ha producido durante los últimos quince años. Después de siglos de emigración, que implicaba el dolor de la separación para tantas familias, estáis experimentando por primera vez una oleada de inmigración. La tradicional hospitalidad irlandesa encuentra formas nuevas e inesperadas. Como el hombre sabio que saca de sus arcas "lo nuevo y lo viejo" (Mt 13, 52), vuestro pueblo debe observar los cambios de la sociedad con discernimiento, y para ello espera vuestra orientación. Ayudadle a reconocer la incapacidad de la cultura secular y materialista de dar satisfacción y alegría auténticas. Sed audaces hablándole de la alegría que implica seguir a Cristo y vivir de acuerdo con sus mandamientos. Recordadle que nuestro corazón ha sido creado para el Señor, y que estará inquieto hasta que descanse en él (cf. san Agustín, Confesiones I, 1).

Con mucha frecuencia el testimonio de la Iglesia, que va contracorriente, es mal interpretado, como algo retrasado y negativo en la sociedad actual. Por eso es importante destacar la buena nueva, el mensaje del Evangelio que da vida y la da en abundancia (cf. Jn 10, 10). Aunque es necesario denunciar con fuerza los males que nos amenazan, debemos corregir la idea de que el catolicismo no es más que "una serie de prohibiciones".

En este aspecto hace falta una sólida catequesis y una cuidadosa "formación del corazón", y al respecto vosotros, en Irlanda, habéis sido bendecidos con grandes recursos en vuestra red de escuelas católicas y con numerosos profesores religiosos y laicos entregados a esa labor, comprometidos con seriedad en la educación de los jóvenes. Seguid alentándolos en su misión y aseguraos de que sus programas catequísticos se basen en el Catecismo de la Iglesia católica, así como en el nuevo Compendio. Es necesario evitar una presentación superficial de la enseñanza católica, porque sólo la plenitud de la fe puede comunicar la fuerza liberadora del Evangelio.

Vigilando la calidad de los programas de estudio y de los libros de texto utilizados, y proclamando la doctrina de la Iglesia en su integridad, cumplís vuestro deber de "anunciar la Palabra... a tiempo y a destiempo..., con toda paciencia y doctrina" (2 Tm 4, 2).

En el ejercicio de vuestro ministerio pastoral, durante los últimos años habéis tenido que responder a muchos casos dolorosos de abuso sexual de menores. Son mucho más trágicos cuando el pederasta es un clérigo. Las heridas causadas por estos actos son profundas, y es urgente reconstruir la confianza donde ha sido dañada. En vuestros continuos esfuerzos por afrontar de modo eficaz este problema, es importante establecer la verdad de lo sucedido en el pasado, dar todos los pasos necesarios para evitar que se repita, garantizar que se respeten plenamente los principios de justicia y, sobre todo, curar a las víctimas y a todos los afectados por esos crímenes abominables.

De este modo, la Iglesia en Irlanda se fortalecerá y podrá dar un testimonio más eficaz de la fuerza redentora de la cruz de Cristo. Ruego para que, por la gracia del Espíritu Santo, este tiempo de purificación permita a todo el pueblo de Dios en Irlanda "conservar y llevar a plenitud en su vida la santidad que recibieron" (Lumen gentium, 40).

La excelente labor y la entrega desinteresada de la gran mayoría de los sacerdotes y los religiosos en Irlanda no deben quedar oscurecidas por las transgresiones de algunos de sus hermanos. Estoy seguro de que la gente lo entiende, y sigue sintiendo afecto y estima por su clero. Animad a vuestros sacerdotes a buscar siempre la renovación espiritual y a redescubrir la alegría de apacentar su grey dentro de la gran familia de la Iglesia. Hubo una época en que Irlanda fue bendecida con tal abundancia de vocaciones sacerdotales y religiosas, que gran parte del mundo pudo beneficiarse de sus trabajos apostólicos. Pero durante los últimos años el número de vocaciones ha disminuido notablemente.

Por consiguiente, urge prestar atención a las palabras del Señor: «La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies" (Mt 9, 37-38). Me alegra saber que muchas de vuestras diócesis han adoptado la práctica de la oración silenciosa por las vocaciones ante el santísimo Sacramento. Es necesario promoverla encarecidamente. Pero, sobre todo a vosotros, los obispos, y a vuestro clero, os corresponde ofrecer a los jóvenes una imagen positiva y atractiva del sacerdocio ordenado. Nuestra oración por las vocaciones se debe "transformar en acción, a fin de que de nuestro corazón brote luego la chispa de la alegría en Dios, de la alegría por el Evangelio, y suscite en otros corazones la disponibilidad a dar su "sí"» (Homilía durante la celebración de la Palabra con los sacerdotes y diáconos permanentes, en Freising, 14 de septiembre de 2006: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 22 de septiembre de 2006, p. 16).

Aunque en algunos ambientes se considera pasado de moda el compromiso cristiano, los jóvenes de Irlanda tienen verdadera hambre espiritual y un generoso deseo de servir a los demás. La vocación al sacerdocio o a la vida religiosa ofrece la oportunidad de responder a este deseo de un modo que implica profunda alegría y realización personal.

Permitidme añadir una observación que llevo en mi corazón. Durante muchos años los representantes cristianos de todas las denominaciones, los líderes políticos y numerosos hombres y mujeres de buena voluntad se han comprometido en la búsqueda de medios a fin de garantizar un futuro más prometedor para Irlanda del Norte. Aunque el camino sea arduo, en los últimos tiempos se han logrado muchos progresos. Ruego para que los esfuerzos de las personas implicadas lleven a la creación de una sociedad marcada por el espíritu de reconciliación, el respeto mutuo y la cooperación para el bien común de todos.

Al disponeros a volver a vuestras diócesis, encomiendo vuestro ministerio apostólico a la intercesión de todos los santos de Irlanda, y os aseguro mi profundo afecto y mi oración constante por vosotros y por todo el pueblo irlandés.

Que Nuestra Señora de Knock vele sobre vosotros y os proteja siempre. A todos vosotros, y a los sacerdotes, los religiosos y los fieles laicos de vuestra amada isla imparto cordialmente mi bendición apostólica como prenda de paz y alegría en el Señor Jesucristo.
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Vaticano, 27 de noviembre de 2006

Al venerado hermano Señor cardenal FRANCIS ARINZE
Prefecto de la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos

Me alegra enviarle mi cordial saludo a usted y a los participantes en la jornada de estudio organizada por ese dicasterio en el aniversario de la promulgación de la constitución Sacrosanctum Concilium. Después de reflexionar anteriormente sobre el Martirologio romano y sobre la música sacra, os disponéis ahora a profundizar el tema: "La misa dominical para la santificación del pueblo cristiano". Se trata de un tema de gran actualidad por sus implicaciones espirituales y pastorales.

El concilio Vaticano II enseña que "la Iglesia celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que se llama con razón "día del Señor" o domingo" (Sacrosanctum Concilium, 106). El domingo sigue siendo el fundamento germinal y, a la vez, el núcleo primordial del año litúrgico, que tiene su origen en la resurrección de Cristo, gracias a la cual han quedado impresos en el tiempo los rasgos de la eternidad. Por tanto, el domingo es, por decirlo así, un fragmento de tiempo impregnado de eternidad, porque en su alba el Crucificado resucitado entró victorioso en la vida eterna.

Con el acontecimiento de la Resurrección, la creación y la redención llegan a su plenitud. En el "primer día después del sábado", las mujeres y luego los discípulos, al encontrarse con el Resucitado, comprendieron que aquel era "el día que hizo el Señor" (Sal 117, 24), "su" día, el dies Domini. En efecto, así lo canta la liturgia: "Oh día primero y último, día radiante y espléndido del triunfo de Cristo".

Desde los orígenes, este ha sido un elemento estable en la percepción del misterio del domingo. "El Verbo —afirma Orígenes— trasladó la fiesta del sábado al día en el que surgió la luz y nos dio como imagen del verdadero descanso el día de la salvación, el domingo, primer día de la luz, en el que el Salvador del mundo, después de haber realizado todas sus obras en medio de los hombres, habiendo vencido la muerte, cruzó las puertas del cielo superando la creación de los seis días y recibiendo el sábado bienaventurado y el descanso beatífico" (Comentario al Salmo 91). San Ignacio de Antioquía, animado por esta certeza, llega a afirmar: "Ya no vivimos según el sábado, sino que pertenecemos al domingo" (Ad Magn. 9, 11).

Para los primeros cristianos la participación en las celebraciones dominicales constituía la expresión natural de su pertenencia a Cristo, de la comunión con su Cuerpo místico, en la gozosa espera de su vuelta gloriosa. Esta pertenencia se manifestó de manera heroica en la historia de los mártires de Abitina, que afrontaron la muerte, exclamando: "Sine dominico non possumus", es decir, sin reunirnos en asamblea el domingo para celebrar la Eucaristía no podemos vivir.

¡Cuánto más hoy es preciso reafirmar el carácter sagrado del día del Señor y la necesidad de participar en la misa dominical! El contexto cultural en que vivimos, a menudo marcado por la indiferencia religiosa y el secularismo que ofusca el horizonte de lo trascendente, no debe hacernos olvidar que el pueblo de Dios, nacido del acontecimiento pascual, debe volver a él como a su fuente inagotable, para comprender cada vez mejor los rasgos de su identidad y las razones de su existencia. El concilio Vaticano II, después de indicar el origen del domingo, prosigue así: "En este día los fieles deben reunirse para, escuchando la palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recordar la pasión, resurrección y gloria del Señor Jesús y dar gracias a Dios, que los hizo renacer a la esperanza viva por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos" (Sacrosanctum Concilium, 106).

El domingo no fue elegido por la comunidad cristiana, sino por los Apóstoles, más aún, por Cristo mismo, que en aquel día, "el primer día de la semana", resucitó y se apareció a los discípulos (cf. Mt 28, 1; Mc 16, 9; Lc 24, 1; Jn 20, 1. 19; Hch 20, 7; 1 Co 16, 2), apareciéndose de nuevo "ocho días después" (Jn 20, 26). El domingo es el día en el que el Señor resucitado se hace presente a los suyos, los invita a su mesa y los hace partícipes para que ellos, unidos y configurados con él, puedan rendir el culto debido a Dios. Por tanto, a la vez que aliento a profundizar cada vez más en la importancia del "día del Señor", deseo destacar la centralidad de la Eucaristía como pilar fundamental del domingo y de toda la vida eclesial. En efecto, en cada celebración eucarística dominical se realiza la santificación del pueblo cristiano, hasta el domingo sin ocaso, día del encuentro definitivo de Dios con sus criaturas.

Desde esta perspectiva, expreso el deseo de que la jornada de estudio organizada por ese dicasterio sobre un tema de tan gran actualidad contribuya a la recuperación del sentido cristiano del domingo en el ámbito de la pastoral y en la vida de todo creyente. Ojalá que el "día del Señor", que podría llamarse también el "señor de los días", cobre nuevamente todo su relieve y se perciba y viva plenamente en la celebración de la Eucaristía, raíz y fundamento de un auténtico crecimiento de la comunidad cristiana (cf. Presbyterorum ordinis, 6).

A la vez que aseguro mi recuerdo en la oración e invoco sobre cada uno la protección materna de María santísima, le imparto de corazón una especial bendición apostólica a usted, venerado hermano, a los colaboradores y a todos los participantes en ese significativo encuentro.
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2007


Vaticano, 10 de febrero de 2007

Venerados Hermanos en el Episcopado, queridos hermanos y hermanas:

La Jornada Mundial de Oración por las vocaciones de cada año ofrece una buena oportunidad para subrayar la importancia de las vocaciones en la vida y en la misión de la Iglesia, e intensificar la oración para que aumenten en número y en calidad. Para la próxima Jornada propongo a la atención de todo el pueblo de Dios este tema, nunca más actual: la vocación al servicio de la Iglesia comunión.

El año pasado, al comenzar un nuevo ciclo de catequesis en las Audiencias generales de los miércoles, dedicado a la relación entre Cristo y la Iglesia, señalé que la primera comunidad cristiana se constituyó, en su núcleo originario, cuando algunos pescadores de Galilea, habiendo encontrado a Jesús, se dejaron cautivar por su mirada, por su voz, y acogieron su apremiante invitación: «Seguidme, os haré pescadores de hombres» (Mc 1, 17; cf Mt 4, 19). En realidad, Dios siempre ha escogido a algunas personas para colaborar de manera más directa con Él en la realización de su plan de salvación. En el Antiguo Testamento al comienzo llamó a Abrahán para formar «un gran pueblo» (Gn 12, 2), y luego a Moisés para liberar a Israel de la esclavitud de Egipto (cf Ex 3, 10). Designó después a otros personajes, especialmente los profetas, para defender y mantener viva la alianza con su pueblo. En el Nuevo Testamento, Jesús, el Mesías prometido, invitó personalmente a los Apóstoles a estar con él (cf Mc 3, 14) y compartir su misión. En la Última Cena, confiándoles el encargo de perpetuar el memorial de su muerte y resurrección hasta su glorioso retorno al final de los tiempos, dirigió por ellos al Padre esta ardiente invocación: «Les he dado a conocer quién eres, y continuaré dándote a conocer, para que el amor con que me amaste pueda estar también en ellos, y yo mismo esté con ellos» (Jn 17, 26). La misión de la Iglesia se funda por tanto en una íntima y fiel comunión con Dios.

La Constitución Lumen gentium del Concilio Vaticano II describe la Iglesia como «un pueblo reunido por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (n. 4), en el cual se refleja el misterio mismo de Dios. Esto comporta que en él se refleja el amor trinitario y, gracias a la obra del Espíritu Santo, todos sus miembros forman «un solo cuerpo y un solo espíritu» en Cristo. Sobre todo cuando se congrega para la Eucaristía ese pueblo, orgánicamente estructurado bajo la guía de sus Pastores, vive el misterio de la comunión con Dios y con los hermanos. La Eucaristía es el manantial de aquella unidad eclesial por la que Jesús oró en la vigilia de su pasión: «Padre… que también ellos estén unidos a nosotros; de este modo, el mundo podrá creer que tú me has enviado» (Jn 17, 21). Esa intensa comunión favorece el florecimiento de generosas vocaciones para el servicio de la Iglesia: el corazón del creyente, lleno de amor divino, se ve empujado a dedicarse totalmente a la causa del Reino. Para promover vocaciones es por tanto importante una pastoral atenta al misterio de la Iglesia-comunión, porque quien vive en una comunidad eclesial concorde, corresponsable, atenta, aprende ciertamente con más facilidad a discernir la llamada del Señor. El cuidado de las vocaciones, exige por tanto una constante «educación» para escuchar la voz de Dios, como hizo Elí que ayudó a Samuel a captar lo que Dios le pedía y a realizarlo con prontitud (cf 1 Sam 3, 9). La escucha dócil y fiel sólo puede darse en un clima de íntima comunión con Dios. Que se realiza ante todo en la oración. Según el explícito mandato del Señor, hemos de implorar el don de la vocación en primer lugar rezando incansablemente y juntos al «dueño de la mies». La invitación está en plural: «Rogad por tanto al dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt 9, 38). Esta invitación del Señor se corresponde plenamente con el estilo del «Padrenuestro» (Mt 9, 38), oración que Él nos enseñó y que constituye una «síntesis del todo el Evangelio», según la conocida expresión de Tertuliano (cf De Oratione, 1, 6: CCL 1, 258). En esta perspectiva es iluminadora también otra expresión de Jesús: «Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir cualquier cosa, la obtendrán de mi Padre celestial» (Mt 18, 19). El buen Pastor nos invita pues a rezar al Padre celestial, a rezar unidos y con insistencia, para que Él envíe vocaciones al servició de la Iglesia-comunión.

Recogiendo la experiencia pastoral de siglos pasados, el Concilio Vaticano II puso de manifiesto la importancia de educar a los futuros presbíteros en una auténtica comunión eclesial. Leemos a este propósito en Presbyterorum ordinis: «Los presbíteros, ejerciendo según su parte de autoridad el oficio de Cristo Cabeza y Pastor, reúnen, en nombre del obispo, a la familia de Dios, como una fraternidad unánime, y la conducen a Dios Padre por medio de Cristo en el Espíritu Santo» (n. 6). Se hace eco de la afirmación del Concilio, la Exhortación apostólica post-sinodal Pastores dabo vobis, subrayando que el sacerdote «es servidor de la Iglesia comunión porque —unido al Obispo y en estrecha relación con el presbiterio— construye la unidad de la comunidad eclesial en la armonía de las diversas vocaciones, carismas y servicios» (n. 16). Es indispensable que en el pueblo cristiano todo ministerio y carisma esté orientado hacia la plena comunión, y el obispo y los presbíteros han de favorecerla en armonía con toda otra vocación y servicio eclesial. Incluso la vida consagrada, por ejemplo, en su proprium está al servicio de esta comunión, como señala la Exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata de mi venerado Predecesor Juan Pablo II: «La vida consagrada posee ciertamente el mérito de haber contribuido eficazmente a mantener viva en la Iglesia la exigencia de la fraternidad como confesión de la Trinidad. Con la constante promoción del amor fraterno en la forma de vida común, la vida consagrada pone de manifiesto que la participación en la comunión trinitaria puede transformar las relaciones humanas, creando un nuevo tipo de solidaridad» (n. 41).

En el centro de toda comunidad cristiana está la Eucaristía, fuente y culmen de la vida de la Iglesia. Quien se pone al servicio del Evangelio, si vive de la Eucaristía, avanza en el amor a Dios y al prójimo y contribuye así a construir la Iglesia como comunión. Cabe afirmar que «el amor eucarístico» motiva y fundamenta la actividad vocacional de toda la Iglesia, porque como he escrito en la Encíclica Deus caritas est, las vocaciones al sacerdocio y a los otros ministerios y servicios florecen dentro del pueblo de Dios allí donde hay hombres en los cuales Cristo se vislumbra a través de su Palabra, en los sacramentos y especialmente en la Eucaristía. Y eso porque «en la liturgia de la Iglesia, en su oración, en la comunidad viva de los creyentes, experimentamos el amor de Dios, percibimos su presencia y, de este modo, aprendemos también a reconocerla en nuestra vida cotidiana. Él nos ha amado primero y sigue amándonos primero; por eso, nosotros podemos corresponder también con el amor» (n. 17).

Nos dirigimos, finalmente, a María, que animó la primera comunidad en la que «todos perseveraban unánimes en la oración» (cf Hch 1, 14), para que ayude a la Iglesia a ser en el mundo de hoy icono de la Trinidad, signo elocuente del amor divino a todos los hombres. La Virgen, que respondió con prontitud a la llamada del Padre diciendo: «Aquí está la esclava del Señor» (Lc 1, 38), interceda para que no falten en el pueblo cristiano servidores de la alegría divina: sacerdotes que, en comunión con sus Obispos, anuncien fielmente el Evangelio y celebren los sacramentos, cuidando al pueblo de Dios, y estén dispuestos a evangelizar a toda la humanidad. Que ella consiga que también en nuestro tiempo aumente el número de las personas consagradas, que vayan contracorriente, viviendo los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, y den testimonio profético de Cristo y de su mensaje liberador de salvación. Queridos hermanos y hermanas a los que el Señor llama a vocaciones particulares en la Iglesia, quiero encomendaros de manera especial a María, para que ella que comprendió mejor que nadie el sentido de las palabras de Jesús: «Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica» (Lc 8, 21), os enseñe a escuchar a su divino Hijo. Que os ayude a decir con la vida: «Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad» (Heb 10, 7). Con estos deseos para cada uno, mi recuerdo especial en la oración y mi bendición de corazón para todos.
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17 de febrero de 2007

GREGORPAOLO STANO: DIÓCESIS DE ORIA, ITALIA del I año (1° FILOSOFÍA)

Santidad, durante el primero de los dos años que dedicamos al discernimiento nos esforzamos por escrutar a fondo nuestra persona. Es un ejercicio arduo para nosotros, porque el lenguaje de Dios es especial y sólo quien está atento puede captarlo entre las mil voces que resuenan dentro de nosotros. Por eso, le pedimos que nos ayude a comprender cómo habla Dios en concreto y cuáles son las huellas que deja al hablarnos en nuestro interior.

Ante todo, agradezco al monseñor rector sus palabras. Ya siento deseos de conocer el texto que vais a escribir y de aprender de él. No estoy seguro de poder aclarar los puntos esenciales de la vida del seminario, pero diré lo que puedo decir.

Ahora respondo a la primera pregunta: ¿cómo podemos discernir la voz de Dios entre las mil voces que escuchamos cada día en nuestro mundo? Yo diría que Dios habla con nosotros de muchísimas maneras. Habla por medio de otras personas, por medio de los amigos, de los padres, del párroco, de los sacerdotes —aquí, os habla a través de los sacerdotes que se encargan de vuestra formación, que os orientan—. Habla por medio de los acontecimientos de nuestra vida, en los que podemos descubrir un gesto de Dios. Habla también a través de la naturaleza, de la creación; y, naturalmente, habla sobre todo en su Palabra, en la sagrada Escritura, leída en la comunión de la Iglesia y leída personalmente en conversación con Dios.

Es importante leer la sagrada Escritura, por una parte, de modo muy personal, y realmente, como dice san Pablo, no como palabra de un hombre o como un documento del pasado, como leemos a Homero o Virgilio, sino como una palabra de Dios siempre actual, que habla conmigo. Aprender a escuchar en un texto, que históricamente pertenece al pasado, la palabra viva de Dios, es decir, entrar en oración, convirtiendo así la lectura de la sagrada Escritura en una conversación con Dios. San Agustín dice a menudo en sus homilías: llamé muchas veces a la puerta de esta Palabra, hasta que pude percibir lo que Dios mismo me decía. Por una parte, esta lectura muy personal, esta conversación personal con Dios, en la que trato de descubrir lo que el Señor me dice; y juntamente con esta lectura personal, es muy importante la lectura comunitaria, porque el sujeto vivo de la sagrada Escritura es el pueblo de Dios, es la Iglesia.

Esta Escritura no era algo meramente privado, de grandes escritores —aunque el Señor siempre necesita a la persona, necesita su respuesta personal—, sino que ha crecido con personas que estaban implicadas en el camino del pueblo de Dios y así sus palabras son expresión de este camino, de esta reciprocidad de la llamada de Dios y de la respuesta humana.

Por consiguiente, el sujeto vive hoy como vivió en aquel tiempo; la Escritura no pertenece al pasado, dado que su sujeto, el pueblo de Dios inspirado por Dios mismo, es siempre el mismo. Así pues, se trata siempre de una Palabra viva en el sujeto vivo. Por eso, es importante leer la sagrada Escritura y escuchar la sagrada Escritura en la comunión de la Iglesia, es decir, con todos los grandes testigos de esta Palabra, desde los primeros Padres hasta los santos de hoy, hasta el Magisterio de hoy.

Sobre todo en la liturgia se convierte en una Palabra vital y viva. Por consiguiente, yo diría que la liturgia es el lugar privilegiado donde cada uno entra en el "nosotros" de los hijos de Dios en conversación con Dios. Es importante: el padrenuestro comienza con las palabras "Padre nuestro". Sólo podré encontrar al Padre si estoy insertado en el "nosotros" de este "nuestro"; sólo escuchamos bien la palabra de Dios dentro de este "nosotros", que es el sujeto de la oración del padrenuestro.

Así pues, esto me parece muy importante: la liturgia es el lugar privilegiado donde la Palabra está viva, está presente; más aún, donde la Palabra, el Logos, el Señor, habla con nosotros y se pone en nuestras manos. Si nos disponemos a la escucha del Señor en esta gran comunión de la Iglesia de todos los tiempos, lo encontraremos.

Él nos abre la puerta poco a poco. Por tanto, yo diría que en este punto se concentran todos los demás: el Señor nos guía personalmente en nuestro camino y, al mismo tiempo, vivimos en el gran "nosotros" de la Iglesia, donde la palabra de Dios está viva.

Luego vienen los demás puntos: escuchar a los amigos, escuchar a los sacerdotes que nos guían, escuchar la voz viva de la Iglesia de hoy, escuchando así también las voces de los acontecimientos de este tiempo y de la creación, que resultan descifrables en este contexto profundo.

Por tanto, para resumir, diría que Dios nos habla de muchas maneras. Es importante, por una parte, estar en el "nosotros" de la Iglesia, en el "nosotros" vivido en la liturgia. Es importante personalizar este "nosotros" en mí mismo; es importante estar atentos a las demás voces del Señor, dejarnos guiar también por personas que tienen experiencia con Dios, por decirlo así, y nos ayudan en este camino, para que este "nosotros" se transforme en mi "nosotros", y yo, en uno que realmente pertenece a este "nosotros". Así crece el discernimiento y crece la amistad personal con Dios, la capacidad de percibir, en medio de las mil voces de hoy, la voz de Dios, que siempre está presente y siempre habla con nosotros.

CLAUDIO FABBRI: DIÓCESIS DE ROMA DEL II AÑO (2° FILOSOFÍA)

Santo Padre, ¿cómo estaba articulada su vida durante el tiempo de formación para el sacerdocio y cuáles eran los intereses que cultivaba? Teniendo en cuenta su experiencia, ¿cuáles son los puntos fundamentales de la formación para el sacerdocio? En particular, ¿qué lugar ocupa en ella María?

Creo que nuestra vida, en el seminario de Freising, estaba articulada de un modo muy semejante a vuestro horario, aunque no conozco exactamente vuestro reglamento diario. Me parece que se comenzaba a las 6.30, a las 7.00, con una meditación de media hora, en la que cada uno en silencio hablaba con el Señor, trataba de disponer su alma para la sagrada liturgia. Luego seguía la santa misa, el desayuno y, durante la mañana, las clases.

Por la tarde, seminarios, tiempos de estudio, y luego de nuevo oración en común. En la noche, los "puntos": el director espiritual o el rector del seminario, alternándose, nos hablaban para ayudarnos a encontrar el camino de la meditación; no nos daban una meditación ya hecha, sino elementos que podían ayudar a cada uno a interiorizar las palabras del Señor que serían objeto de nuestra meditación.

Así era el itinerario de cada día. Luego, naturalmente, estaban las grandes fiestas, con una hermosa liturgia, con música... Pero, me parece —tal vez volveré a hablar de esto al final— que es muy importante tener una disciplina que nos precede y no deber inventar cada día de nuevo lo que hay que hacer, lo que hay que vivir. Existe una regla, una disciplina que ya me espera y me ayuda a vivir ordenadamente este día.

Ahora bien, por lo que respecta a mis preferencias, naturalmente seguía con atención, como podía, las clases. En los dos primeros años, desde el inicio me fascinó la filosofía, sobre todo la figura de san Agustín; luego también la corriente agustiniana en la Edad Media: san Buenaventura, los grandes franciscanos, la figura de san Francisco de Asís.

Me impresionaba sobre todo la gran humanidad de san Agustín, que no tuvo la posibilidad de identificarse con la Iglesia como catecúmeno desde el inicio, sino que, por el contrario, tuvo que luchar espiritualmente para encontrar poco a poco el acceso a la palabra de Dios, a la vida con Dios, hasta que pronunció el gran "sí" a su Iglesia.

Fue un camino muy humano, donde también nosotros podemos ver hoy cómo se comienza a entrar en contacto con Dios, cómo hay que tomar en serio todas las resistencias de nuestra naturaleza, canalizándolas para llegar al gran "sí" al Señor. Así me conquistó su teología tan personal, desarrollada sobre todo en la predicación. Esto es importante, porque al inicio san Agustín quería vivir una vida puramente contemplativa, escribir otros libros de filosofía..., pero el Señor no quería eso; lo llamó a ser sacerdote y obispo; de este modo, todo el resto de su vida, de su obra, se desarrolló fundamentalmente en el diálogo con un pueblo muy sencillo. Por una parte, siempre tuvo que encontrar personalmente el significado de la Escritura; y, por otra, debía tener en cuenta la capacidad de esa gente, su contexto vital, para llegar a un cristianismo realista y, al mismo tiempo, muy profundo.

Naturalmente, para mí además era muy importante la exégesis: tuvimos dos exegetas un poco liberales, pero a pesar de ello grandes exegetas, también realmente creyentes, que nos fascinaban. Puedo decir que, en realidad, la sagrada Escritura era el alma de nuestro estudio teológico: vivíamos con la sagrada Escritura y aprendíamos a amarla, a hablar con ella. Ya he hablado de la patrología, del encuentro con los santos Padres. También nuestro profesor de dogmática era un persona entonces muy famosa; había alimentado su dogmática con los Padres y con la liturgia. Para nosotros un punto muy central era la formación litúrgica. En aquel tiempo no había aún cátedras de liturgia, pero nuestro profesor de pastoral nos dirigió grandes cursos sobre liturgia y él, en ese momento, era también rector del seminario. Así, la liturgia vivida y celebrada iba muy unida a la liturgia enseñada y pensada.

Juntamente con la sagrada Escritura, estos eran los puntos más importantes de nuestra formación teológica. De esto doy siempre gracias al Señor, porque en su conjunto son realmente el centro de una vida sacerdotal.

Otro interés era la literatura: era obligatorio leer a Dostoievski; era la moda del momento. Luego estaban los grandes franceses: Claudel, Mauriac, Bernanos; pero también la literatura alemana; teníamos una edición alemana de Manzoni: en aquel tiempo yo no hablaba italiano. Así, en cierto sentido, también formábamos nuestro horizonte humano. Asimismo, sentíamos gran amor por la música, al igual que por la belleza de la naturaleza de nuestra tierra. Con estas preferencias, estas realidades, en un camino no siempre fácil, seguí adelante. El Señor me ayudó a llegar hasta el "sí" del sacerdocio, un "sí" que me ha acompañado todos los días de mi vida.

GIANPIERO SAVINO: DIÓCESIS DE TARANTO DEL III AÑO (1° TEOLOGÍA)

Santidad, a los ojos de mucha gente, podemos parecer jóvenes que dicen con firmeza y valentía su "sí" y que lo dejan todo para seguir al Señor; pero sabemos que estamos muy lejos de una verdadera coherencia con ese "sí". Con confianza de hijos, le confesamos la parcialidad de nuestra respuesta a la llamada de Jesús y el esfuerzo diario por vivir una vocación que nos pide dar un "sí" definitivo y total. ¿Cómo responder a la vocación tan exigente de pastores del pueblo de Dios, si sentimos constantemente nuestra debilidad e incoherencia?

Es muy saludable reconocer nuestra debilidad, porque sabemos que necesitamos la gracia del Señor. El Señor nos consuela. En el colegio de los Apóstoles no sólo estaba Judas, sino también los Apóstoles buenos. A pesar de eso, Pedro cayó. El Señor reprocha muchas veces la lentitud, la cerrazón del corazón de los Apóstoles, la poca fe que tenían. Por tanto, eso nos demuestra que ninguno de nosotros está plenamente a la altura de este gran "sí", a la altura de celebrar "in persona Christi", de vivir coherentemente en este contexto, de estar unido a Cristo en su misión de sacerdote.

Para nuestro consuelo, el Señor nos dio también las parábolas de la red con peces buenos y malos, del campo donde crece el trigo pero también la cizaña. Nos explica que vino precisamente para ayudarnos en nuestra debilidad; que no vino, como dice, para llamar a los justos, a los que se creen ya plenamente justos, a los que creen que no necesitan la gracia, a los que oran alabándose a sí mismos, sino que vino a llamar a los que se saben débiles, a los que son conscientes de que cada día necesitan el perdón del Señor, su gracia, para seguir adelante.

Me parece muy importante reconocer que necesitamos una conversión permanente, que no hemos llegado a la meta. San Agustín, en el momento de su conversión, pensaba que ya había llegado a la cumbre de la vida con Dios, de la belleza del sol, que es su Palabra. Luego comprendió que también el camino posterior a la conversión sigue siendo un camino de conversión, que sigue siendo un camino donde no faltan las grandes perspectivas, las alegrías, las luces del Señor, pero donde tampoco faltan valles oscuros, donde debemos seguir adelante con confianza apoyándonos en la bondad del Señor.

Por eso, es importante también el sacramento de la Reconciliación. No es correcto pensar que en nuestra vida no tenemos necesidad de perdón. Debemos aceptar nuestra fragilidad, permaneciendo en el camino, siguiendo adelante sin rendirnos, y mediante el sacramento de la Reconciliación convirtiéndonos constantemente para volver a comenzar, creciendo, madurando para el Señor, en nuestra comunión con él.

Naturalmente, también es importante no aislarse, no pensar que podemos ir adelante nosotros solos. Necesitamos la compañía de sacerdotes amigos, también de laicos amigos, que nos acompañen, que nos ayuden. Es muy importante para un sacerdote en la parroquia ver cómo la gente tiene confianza en él y experimentar, además de su confianza, su generosidad al perdonar sus debilidades. Los verdaderos amigos nos desafían y nos ayudan a ser fieles en este camino. Me parece que esta actitud de paciencia, de humildad, nos puede ayudar a ser buenos con los demás, a tener comprensión ante las debilidades de los demás, a ayudarles también a ellos a perdonar como nosotros perdonamos.

Creo que no soy indiscreto si digo que hoy he recibido una hermosa carta del cardenal Martini, agradeciendo la felicitación que le envié con ocasión de su 80° cumpleaños; somos coetáneos. Expresando su agradecimiento, dice: sobre todo doy gracias al Señor por el don de la perseverancia. Hoy —escribe— incluso el bien se hace por lo general ad tempus, ad experimentum. El bien, según su esencia, sólo se puede hacer de modo definitivo, pero para hacerlo de modo definitivo necesitamos la gracia de la perseverancia. Pido cada día al Señor —concluye— que me dé esta gracia.

Vuelvo a san Agustín: al inicio estaba contento de la gracia de la conversión. Luego descubrió que necesitaba otra gracia, la gracia de la perseverancia, que debemos pedir cada día al Señor. Pero, volviendo a las palabras del cardenal Martini, "hasta ahora el Señor me ha dado esta gracia de la perseverancia; espero que me la dé también para esta última etapa de mi camino en esta tierra". Me parece que debemos confiar en este don de la perseverancia, pero que también debemos orar al Señor con tenacidad, con humildad y con paciencia, para que nos ayude y nos sostenga con el don de la perseverancia final, para que nos acompañe cada día hasta el final, aunque el camino pase por un valle oscuro. El don de la perseverancia nos da alegría, nos da la certeza de que somos amados por el Señor y que este amor nos sostiene, nos ayuda y no nos abandona en nuestras debilidades.

Nuestro verdadero tesoro es el amor del Señor

DIMOV KOICIO: DIÓCESIS DE NICÓPOLIS AD ISTRUM (BULGARIA) IV AÑO (2° TEOLOGÍA)

Santo Padre, usted, comentando el vía crucis del año 2005, habló de la suciedad que hay en la Iglesia; y en la homilía de la misa de ordenación de sacerdotes romanos del año pasado nos puso en guardia contra el peligro "de buscar hacer carrera, de tratar de subir más alto, de esforzarse por conseguir una buena posición mediante la Iglesia". ¿Cómo afrontar estos problemas del modo más sereno y responsable posible?

No es fácil responder a esta pregunta, pero ya he dicho —y es un punto importante— que el Señor sabe, sabía desde el inicio, que en la Iglesia también hay pecado. Para nuestra humildad es importante reconocer esto y no sólo ver el pecado en los demás, en las estructuras, en los altos cargos jerárquicos, sino también en nosotros mismos, para ser así más humildes y aprender que ante el Señor no cuenta la posición eclesial, sino estar en su amor y hacer resplandecer su amor.

Personalmente considero que, en este punto, es muy importante la oración de san Ignacio, que dice: "Suscipe, Domine, universam meam libertatem. Accipe memoriam, intellectum atque voluntatem omnem. Quidquid habeo vel possideo mihi largitus es; id tibi totum restituo, ac tuae prorsus voluntati trado gubernandum. Amorem tui solum cum gratia tua mihi dones, et dives sum satis, nec aliud quidquam ultra posco". Precisamente esta última parte me parece muy importante: comprender que el verdadero tesoro de nuestra vida es estar en el amor del Señor y no perder nunca este amor. Luego somos realmente ricos. Un hombre que ha encontrado un gran amor se siente realmente rico y sabe que esta es la verdadera perla, que este es el tesoro de su vida y no todas las demás cosas que posee.

Nosotros hemos encontrado, más aún, hemos sido encontrados por el amor del Señor, y cuanto más nos dejemos tocar por su amor en la vida sacramental, en la vida de oración, en la vida de trabajo, en el tiempo libre, tanto más podemos comprender que, si hemos encontrado la verdadera perla, todo lo demás no cuenta, todo lo demás sólo es importante en la medida en que el amor del Señor me atribuye esas cosas. Con este amor yo soy rico, soy realmente rico, y estoy en una posición elevada. Encontremos aquí el centro de la vida, la riqueza. Luego dejémonos guiar, dejemos que la Providencia decida qué hace con nosotros.

Al respecto, me viene a la mente una anécdota de santa Bakhita, la gran santa africana, que era esclava en Sudán y luego en Italia encontró la fe y se hizo religiosa. Cuando ya era anciana, el obispo visitaba su monasterio, su casa religiosa, y no la conocía. Al ver a esta pequeña religiosa africana, ya encorvada, le dijo: "Pero, ¿qué hace usted, hermana?". Bakhita le respondió: "Yo hago lo mismo que usted excelencia". El obispo admirado preguntó: "¿Qué cosa?". Y Bakhita le contestó: "Excelencia, los dos hacemos lo mismo, hacemos la voluntad de Dios".

Me parece una respuesta hermosísima. El obispo y la pequeña religiosa, que ya casi no podía trabajar, hacían lo mismo, en posiciones diversas: trataban de hacer la voluntad de Dios, y así estaban cada uno en el lugar debido.

También me vienen a la mente unas palabras de san Agustín, que dice: Todos somos siempre sólo discípulos de Cristo y su cátedra está en un lugar más alto, porque esta cátedra es la cruz, y esta altura es la verdadera altura, la comunión con el Señor, también en su pasión. Me parece que, si comenzamos a entender esto, en una vida de oración diaria, en una vida de entrega al servicio del Señor, podemos librarnos de esas tentaciones tan humanas.

FRANCESCO ANNESI: DIÓCESIS DE ROMA DEL V AÑO (3° TEOLOGÍA)

Santidad, la carta apostólica "Salvifici doloris" del Papa Juan Pablo II pone de relieve que el sufrimiento es fuente de riqueza espiritual para todos los que lo aceptan en unión con los sufrimientos de Cristo. En un mundo que busca todos los medios, lícitos e ilícitos, para eliminar cualquier forma de dolor, ¿cómo puede el sacerdote ser testigo del sentido cristiano del sufrimiento y cómo debe comportarse ante quienes sufren, sin resultar retórico o patético?

¿Qué hacer? Debemos reconocer que conviene tratar de hacer todo lo posible para mitigar los sufrimientos de la humanidad y para ayudar a las personas que sufren —son numerosas en el mundo— a llevar una vida buena y a librarse de los males que a menudo causamos nosotros mismos: el hambre, las epidemias, etc.

Pero, reconociendo este deber de trabajar contra los sufrimientos causados por nosotros mismos, al mismo tiempo debemos reconocer también y comprender que el sufrimiento es un elemento esencial para nuestra maduración humana. Pienso en la parábola del Señor sobre el grano de trigo que cae en tierra y que sólo así, muriendo, puede dar fruto. Este caer en tierra y morir no sucede en un momento, es un proceso de toda la vida.

Cayendo en tierra como el grano de trigo y muriendo, transformándonos, somos instrumentos de Dios y así damos fruto. No por casualidad el Señor dice a sus discípulos: el Hijo del hombre debe ir a Jerusalén para sufrir; por eso, quien quiera ser mi discípulo, debe tomar su cruz sobre sus hombros y así seguirme. En realidad, nosotros somos siempre, un poco, como san Pedro, el cual dijo al Señor: No, Señor, este no puede ser tu caso, tú no debes sufrir. Nosotros no queremos llevar la cruz. Queremos crear un reino más humano, más hermoso en la tierra.

Eso es un gran error. El Señor lo enseña. Pero Pedro necesitó mucho tiempo, tal vez toda su vida, para entenderlo. Porque la leyenda del Quo vadis? encierra una gran verdad: aprender que precisamente llevar la cruz del Señor es el modo de dar fruto. Así pues, yo diría que antes de hablar a los demás, nosotros mismos debemos comprender el misterio de la cruz.

Ciertamente, el cristianismo nos da la alegría, porque el amor da alegría. Pero el amor es siempre un proceso en el que hay que perderse, en el que hay que salir de sí mismo. En este sentido, también es un proceso doloroso. Sólo así es hermoso y nos hace madurar y llegar a la verdadera alegría. Quien quiere afirmar o quien promete sólo una vida alegre y cómoda, miente, porque esta no es la verdad del hombre. La consecuencia es que luego se debe huir a paraísos falsos. Precisamente así no se llega a la alegría, sino a la autodestrucción.

Sí, el cristianismo nos anuncia la alegría; pero esta alegría sólo crece en el camino del amor y este camino del amor guarda relación con la cruz, con la comunión con Cristo crucificado. Y está representada por el grano de trigo que cae en tierra. Cuando comencemos a comprender y a aceptar esto, cada día, porque cada día nos trae alguna insatisfacción, alguna dificultad que también produce dolor, cuando aceptemos esta escuela del seguimiento de Cristo, como los Apóstoles tuvieron que aprender en esta escuela, entonces también seremos capaces de ayudar a los que sufren.

Es verdad, siempre resulta problemático que uno que tiene buena salud o está en buena condición trate de consolar a otro que está afectado por un gran mal, sea enfermedad, sea pérdida de amor. Ante estos males, que conocemos todos, casi inevitablemente todo parece sólo retórico y patético. Pero yo diría que, si estas personas pueden percibir que nosotros tenemos com-pasión, que somos com-pacientes, que queremos llevar juntamente con ellos la cruz en comunión con Cristo, sobre todo orando con ellos, asistiéndolos con un silencio lleno de simpatía, de amor, ayudándoles en la medida de nuestras posibilidades, podemos resultar creíbles.

Debemos aceptar que, tal vez en un primer momento, nuestras palabras parezcan sólo palabras. Pero si vivimos realmente con este espíritu del seguimiento de Jesús, también encontraremos la manera de estar cerca de ellos con nuestra simpatía. Simpatía etimológicamente quiere decir com-pasión por el hombre, ayudándolo, orando, creando así la confianza en que la bondad del Señor existe incluso en el valle más oscuro. Así podemos abrirles el corazón para el Evangelio de Cristo mismo, que es el verdadero Consolador; abrirles el corazón para el Espíritu Santo, llamado el otro Consolador, el otro Paráclito, que asiste, que está presente.

Podemos abrirles el corazón no para nuestras palabras, sino para la gran enseñanza de Cristo, para su estar con nosotros, ayudándoles para que el sufrimiento y el dolor se transformen de verdad en gracia de maduración, de comunión con Cristo crucificado y resucitado.

MARCO CECCARELLI: DIÓCESIS DE ROMA, diácono (será ordenado sacerdote el próximo 29 de abril)

Santidad, en los próximos meses mis compañeros y yo seremos ordenados sacerdotes. Pasaremos de una vida bien estructurada por las reglas del seminario a la situación mucho más compleja de nuestras parroquias. ¿Qué consejos nos da para vivir lo mejor posible el inicio de nuestro ministerio presbiteral?

Aquí en el seminario tenéis una vida bien articulada. Yo diría, como primer punto, que también en la vida de los pastores de la Iglesia, en la vida diaria del sacerdote, es importante conservar, en la medida de lo posible, un cierto orden: que nunca falte la misa; sin la Eucaristía un día es incompleto; por eso, crecemos ya en el seminario con esta liturgia diaria. Me parece muy importante que sintamos la necesidad de estar con el Señor en la Eucaristía, que no sea un deber profesional, sino que sea realmente un deber sentido interiormente, que nunca falte la Eucaristía.

El otro punto importante es tomar tiempo para la liturgia de la Horas, y así para esta libertad interior: con todas las cargas que llevamos, esta liturgia nos libera y nos ayuda también a estar más abiertos, a estar en contacto más profundo con el Señor. Naturalmente, debemos hacer todo lo que exige la vida pastoral, la vida de un vicario parroquial, de un párroco o de los demás oficios sacerdotales. Pero no conviene olvidar nunca estos puntos fijos, que son la Eucaristía y la liturgia de las Horas, para tener durante el día cierto orden, pues, como dije al inicio, no debemos estar inventando cada día. Hemos aprendido: "Serva ordinem et ordo servabit te". Esas palabras encierran una gran verdad.

Asimismo, es importante no descuidar la comunión con los demás sacerdotes, con los compañeros de camino; y no descuidar el contacto personal con la palabra de Dios, la meditación. ¿Qué hacer? Yo tengo una receta bastante sencilla: combinar la preparación de la homilía dominical con la meditación personal, para lograr que estas palabras no sólo estén dirigidas a los demás, sino que realmente sean palabras dichas por el Señor a mí mismo, y maduradas en una conversación personal con el Señor. Para que esto sea posible, mi consejo consiste en comenzar ya el lunes, porque si se comienza el sábado es demasiado tarde: así la preparación resulta apresurada, y tal vez falte la inspiración, porque hay otras cosas en la cabeza. Por eso, ya el lunes conviene leer sencillamente las lecturas del domingo siguiente, que tal vez parecen inaccesibles, como las piedras de Massá y Meribá, ante las cuales Moisés dice: "Pero, ¿cómo puede brotar agua de estas piedras?".

Dejemos que el corazón digiera estas lecturas. En el subconsciente las palabras trabajan y cada día vuelven un poco. Obviamente, también hay que consultar libros, si es posible. Con este trabajo interior, día tras día, se ve cómo poco a poco va madurando una respuesta, poco a poco se abre esta palabra, se convierte en palabra para mí. Y dado que soy un contemporáneo, también se convierte en palabra para los demás. Luego puedo comenzar a traducir lo que veo en mi lenguaje teológico al lenguaje de los demás; sin embargo, el pensamiento fundamental es el mismo para los demás y para mí.

Así se puede tener un encuentro permanente, silencioso, con la Palabra, que no requiere mucho tiempo, tiempo que tal vez no tenemos. Pero reservadle un poco de tiempo: así no sólo madura una homilía para el domingo, para los demás, sino que también nuestro propio corazón es tocado por la palabra del Señor. Permanezcamos en contacto también en una situación donde tal vez disponemos de poco tiempo.

Ahora no me atrevo a dar demasiados consejos, porque la vida en la gran ciudad de Roma es un poco diversa de la que yo viví hace cincuenta y cinco años en Baviera. Pero creo que lo esencial es precisamente esto: Eucaristía, liturgia de las Horas, oración y conversación con el Señor cada día, aunque sea breve, sobre sus Palabras que debo anunciar.

No hay que descuidar nunca la amistad con los sacerdotes, la escucha de la voz de la Iglesia viva y, naturalmente, la disponibilidad con respecto a las personas que nos han sido encomendadas, porque precisamente de estas personas, con sus sufrimientos, con sus experiencias de fe, con sus dudas y dificultades, podemos aprender a buscar y encontrar a Dios, encontrar a nuestro Señor Jesucristo.
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Sala Clementina, 19 de febrero de 2007

Queridos hermanos:

Me alegra acogeros y os saludo a todos con afecto, comenzando por el cardenal James Francis Stafford, penitenciario mayor, al que agradezco las amables palabras que acaba de dirigirme. Saludo, asimismo, al regente, monseñor Gianfranco Girotti, y a los miembros de la Penitenciaría apostólica. Este encuentro me brinda la oportunidad de expresar mi agradecimiento sobre todo a vosotros, queridos padres penitenciarios de las basílicas papales de Roma, por el valioso ministerio pastoral que realizáis con gran entrega. Al mismo tiempo, me complace hacer extensivo mi cordial saludo a todos los sacerdotes del mundo que se dedican con empeño al ministerio del confesonario. El sacramento de la Penitencia, que tanta importancia tiene en la vida del cristiano, actualiza la eficacia redentora del misterio pascual de Cristo. En el gesto de la absolución, pronunciada en nombre y por cuenta de la Iglesia, el confesor se convierte en el instrumento consciente de un maravilloso acontecimiento de gracia. Obedeciendo con dócil adhesión al magisterio de la Iglesia, se hace ministro de la consoladora misericordia de Dios, muestra la realidad del pecado y manifiesta al mismo tiempo la ilimitada fuerza renovadora del amor divino, amor que devuelve la vida.

Así pues, la confesión se convierte en un renacimiento espiritual, que transforma al penitente en una nueva criatura. Sólo Dios puede realizar este milagro de gracia, y lo hace mediante las palabras y los gestos del sacerdote. El penitente, experimentando la ternura y el perdón del Señor, es más fácilmente impulsado a reconocer la gravedad del pecado, y más decidido a evitarlo, para permanecer y crecer en la amistad reanudada con él.

En este misterioso proceso de renovación interior, el confesor no es un espectador pasivo, sino persona dramatis, es decir, instrumento activo de la misericordia divina. Por tanto, es necesario que, además de una buena sensibilidad espiritual y pastoral, tenga una seria preparación teológica, moral y pedagógica, que lo capacite para comprender la situación real de la persona. Además, le conviene conocer los ambientes sociales, culturales y profesionales de quienes acuden al confesonario, para poder darles consejos adecuados y orientaciones espirituales y prácticas. El sacerdote no debe olvidar que en este sacramento está llamado a desempeñar la función de padre, juez espiritual, maestro y educador. Ello exige una constante actualización; con este fin se programan los cursos del así llamado "fuero interno" organizados por la Penitenciaría apostólica.

Queridos sacerdotes, vuestro ministerio reviste sobre todo un carácter espiritual. Por tanto, además de la sabiduría humana y la preparación teológica, es preciso añadir una profunda vena de espiritualidad, alimentada por el contacto con Cristo, Maestro y Redentor, en la oración. En efecto, en virtud de la ordenación presbiteral, el confesor presta un servicio peculiar "in persona Christi", con una plenitud de dotes humanas reforzadas por la gracia. Su modelo es Jesús, el enviado del Padre; el manantial del que toma abundantemente es el soplo vivificante del Espíritu Santo. Ciertamente, ante una responsabilidad tan alta las fuerzas humanas son inadecuadas, pero la humilde y fiel adhesión a los designios salvíficos de Cristo nos convierte, queridos hermanos, en testigos de la redención universal realizada por él, poniendo en práctica la exhortación de san Pablo, que dice: "En Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, (...) poniendo en nosotros la palabra de la reconciliación" (2 Co 5, 19).

Para cumplir esta tarea, ante todo debemos arraigar en nosotros mismos este mensaje de salvación y dejar que nos transforme profundamente. No podemos predicar el perdón y la reconciliación a los demás si no estamos personalmente impregnados de ellos. Aunque es verdad que en nuestro ministerio hay varios modos e instrumentos para comunicar a los hermanos el amor misericordioso de Dios, es en la celebración de este sacramento donde podemos hacerlo de la forma más completa y eminente. Cristo nos ha elegido, queridos sacerdotes, para ser los únicos que podamos perdonar los pecados en su nombre: se trata, pues, de un servicio eclesial específico al que debemos dar prioridad.

¡Cuántas personas que atraviesan dificultades buscan el consuelo y el apoyo de Cristo! ¡Cuántos penitentes encuentran en la confesión la paz y la alegría que anhelaban desde hacía tiempo! ¿Cómo no reconocer que también en nuestra época, marcada por tantos desafíos religiosos y sociales, es necesario redescubrir y volver a proponer este sacramento?

Queridos hermanos, sigamos el ejemplo de los santos, en particular de los que, como vosotros, se dedicaban casi exclusivamente al ministerio del confesonario, como san Juan María Vianney, san Leopoldo Mandic y, más recientemente, san Pío de Pietrelcina. Que ellos os ayuden desde el cielo para que sepáis distribuir en abundancia la misericordia y el perdón de Cristo.

Que María, Refugio de los pecadores, os obtenga la fuerza, el aliento y la esperanza para continuar generosamente esta indispensable misión. Os aseguro de corazón mi oración, a la vez que con afecto os bendigo a todos.
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Sala de las Bendiciones, 22 de febrero de 2007

1. En la primera pregunta, el párroco y rector del santuario de Santa María del Amor Divino en Castel di Leva pidió indicaciones concretas para poder realizar con mayor eficacia la misión del santuario mariano de la diócesis de Roma más amado.

Ante todo, quisiera decir que estoy contento y feliz de sentirme aquí realmente Obispo de una gran diócesis. El cardenal vicario ha dicho que esperáis luz y consuelo. Y os confieso que ver a tantos sacerdotes de todas las generaciones es luz y consuelo para mí. Ya desde la primera pregunta sobre todo he aprendido: y esto me parece también un elemento esencial de nuestro encuentro. Aquí puedo oír la voz viva y concreta de los párrocos, sus experiencias pastorales, y así puedo comprender también yo vuestra situación concreta, las cuestiones que afrontáis, vuestras experiencias y dificultades. Puedo vivirlas no sólo de modo abstracto, sino en un coloquio concreto con la vida real de las parroquias.

Respondo a esta primera pregunta. Me parece que usted ha dado esencialmente también la respuesta sobre lo que puede hacer este santuario... Sé que es el santuario mariano más querido por los romanos. Yo mismo, cuando fui en diversas ocasiones al santuario antiguo, experimenté esta piedad tan arraigada. Se percibe la presencia orante de las distintas generaciones y casi se palpa la presencia materna de la Virgen. Las distintas generaciones que vienen al encuentro de María con sus deseos, necesidades, estrecheces, sufrimientos e incluso alegrías nos permiten constatar realmente esta antigua devoción mariana. Así, ese santuario, al que van las personas con sus esperanzas, problemas, interrogantes, sufrimientos, es un hecho esencial para la diócesis de Roma. Comprobamos cada vez más que los santuarios son una fuente de vida y de fe en la Iglesia universal, y lo mismo en la Iglesia de Roma. En mi tierra natal tuve la experiencia de las peregrinaciones a pie a nuestro santuario nacional de Altötting. Es una gran misión popular. Van sobre todo los jóvenes y, peregrinando a pie durante tres días, viven en clima de oración, de examen de conciencia, casi redescubriendo su conciencia cristiana de fe. Esos tres días de peregrinación son días de reconciliación, de oración, son un verdadero camino hacia la Virgen, hacia la familia de Dios y, también, hacia la Eucaristía. Caminando, van a la Virgen y van, con la Virgen, al Señor, al encuentro eucarístico, preparándose a la renovación interior por medio de la confesión. Viven de nuevo la realidad eucarística del Señor que se entrega a sí mismo, como la Virgen dio su propia carne al Señor, abriendo así la puerta a la Encarnación. La Virgen dio su carne para la Encarnación, y así hizo posible la Eucaristía, en la que recibimos la Carne que es el Pan para el mundo. Saliendo al encuentro de la Virgen, los jóvenes aprenden a ofrecer su propia carne, la vida de cada día, para entregarla al Señor. Y aprenden a creer, a decir, poco a poco, "sí" al Señor.

Por eso, retomando la pregunta, diría que el santuario como tal, como lugar de oración, de confesión, de celebración de la Eucaristía, es un gran servicio en la Iglesia de nuestros días para la diócesis de Roma. Por tanto, pienso que el servicio esencial, del que usted, por otra parte, ha hablado de modo concreto, es precisamente ofrecerse como lugar de oración, de vida sacramental y de vida de caridad. Si he entendido bien, usted ha hablado de cuatro dimensiones de la oración. La primera es personal. Y aquí María nos muestra el camino. San Lucas nos dice dos veces que la Virgen "guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón" (Lc 2, 19; cf. 2, 51). Era una persona en coloquio con Dios, con la palabra de Dios, y también con los acontecimientos a través de los cuales Dios hablaba con ella. El Magníficat es un "tejido" de palabras de la Sagrada Escritura, y nos muestra cómo María vivió en un coloquio permanente con la palabra de Dios y, así, con Dios mismo. Naturalmente, en la vida junto al Señor estuvo siempre en coloquio con Cristo, con el Hijo de Dios y con el Dios trino. Por consiguiente, aprendamos de María a hablar personalmente con el Señor, ponderando y conservando en nuestra vida y en nuestro corazón la palabra de Dios, para que se convierta en verdadero alimento para cada uno. De este modo, María nos guía en una escuela de oración, en un contacto personal y profundo con Dios.

La segunda dimensión de la que usted ha hablado es la oración litúrgica. En la liturgia el Señor nos enseña a rezar, primero dándonos su Palabra y después introduciéndonos mediante la oración eucarística en la comunión con su misterio de vida, de cruz y de resurrección. San Pablo dijo en una ocasión que "no sabemos cómo pedir para orar como conviene" (Rm 8, 26): no sabemos cómo rezar, qué decirle a Dios. Por eso Dios nos ha dado las palabras para la oración, tanto en el Salterio, como en las grandes oraciones de la sagrada liturgia o en la misma liturgia eucarística. Aquí nos enseña a rezar. Entramos en la oración que se ha formado a lo largo de los siglos bajo la inspiración del Espíritu Santo, y nos unimos al coloquio de Cristo con el Padre. Por tanto, la liturgia es sobre todo oración: primero escucha y después respuesta, sea en el salmo responsorial, sea en la oración de la Iglesia, sea en la gran plegaria eucarística. La celebramos bien, si la celebramos con actitud "orante", uniéndonos al misterio de Cristo y a su coloquio de Hijo con el Padre. Si celebramos la Eucaristía de este modo, primero como escucha y después como respuesta, o sea, como oración con las palabras indicadas por el Espíritu Santo, la celebramos bien. Y la gente es atraída a través de nuestra oración común hacia la comunidad de los hijos de Dios.

La tercera dimensión es la piedad popular. Un importante documento de la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos habla de esta piedad popular y nos indica cómo "orientarla". La piedad popular es una fuerza nuestra, porque se trata de oraciones muy arraigadas en el corazón de las personas. Incluso personas que están algo alejadas de la vida de la Iglesia y no tienen una gran comprensión de la fe, se sienten tocados en el corazón por esta oración. Se debe sólo "iluminar" estos gestos, "purificar" esta tradición, para que se convierta en vida actual de la Iglesia.

Luego, la adoración eucarística. Estoy muy agradecido, porque se renueva de forma constante. Durante el Sínodo sobre la Eucaristía, los obispos hablaron mucho de su experiencia, de cómo las comunidades recobran nueva vida con esta adoración, incluso nocturna, y de cómo precisamente así nacen nuevas vocaciones. Puedo decir que dentro de poco firmaré la exhortación postsinodal sobre la Eucaristía, que luego estará a disposición de la Iglesia. Es un documento que se ofrece precisamente para la meditación. Será una ayuda tanto en la celebración litúrgica, como en la reflexión personal, en la preparación de las homilías, en la celebración de la Eucaristía. Y servirá también para guiar, iluminar y revitalizar la piedad popular.

Por último, usted nos ha hablado del santuario como lugar de la caritas. Esto me parece muy lógico y necesario. He releído hace poco tiempo lo que san Agustín dice en el libro X de las Confesiones: he sido tentado, y ahora comprendo que era una tentación encerrarme en la vida contemplativa, buscar la soledad contigo, Señor; pero tú me lo has impedido, me has sacado y me has hecho oír las palabras de san Pablo: "Cristo murió por todos. Así nosotros debemos morir con Cristo y vivir para todos"; he comprendido que no puedo encerrarme en la contemplación; tú has muerto por todos, por tanto, debo vivir contigo para todos, y así vivir las obras de caridad. La verdadera contemplación se demuestra en las obras de caridad. Por consiguiente, el signo de que verdaderamente hemos rezado, de que nos hemos encontrado con Cristo, es que somos "para los demás". Así debe ser un párroco. Y san Agustín era un gran párroco. Dice: en mi vida quería vivir siempre a la escucha de la Palabra, en meditación, pero ahora —día a día, hora a hora— debo estar a la puerta, donde suena siempre la campanilla: debo consolar a los afligidos, ayudar a los pobres, reprender a los que disputan, crear paz, etc. San Agustín hace una lista de todo el trabajo de un párroco, porque en aquel tiempo el obispo era también lo que ahora es el cadí en los países islámicos. Podemos decir que para los problemas de derecho civil era el juez de paz: debía favorecer la paz entre los que disputaban. Por tanto, vivió una existencia que para él, hombre contemplativo, fue muy difícil. Pero comprendió esta verdad: así estoy con Cristo; siendo "para los demás", estoy en el Señor crucificado y resucitado.

Me parece que este es un gran consuelo para los párrocos y los obispos. Si queda poco tiempo para la contemplación, siendo "para los demás", estamos con el Señor. Usted ha hablado de los otros elementos concretos de la caridad, que son muy importantes. Son también un signo para nuestra sociedad, en particular, para los niños, los ancianos, los que sufren. Por tanto, pienso que usted, con estas cuatro dimensiones de la vida, nos ha dado la respuesta a la pregunta: ¿qué debemos hacer en nuestro santuario?

2. Un sacerdote que se ocupa de la pastoral juvenil en la diócesis le pidió una palabra de orientación sobre el modo de transmitir a los jóvenes la alegría de la fe cristiana, en particular frente a los desafíos culturales actuales y le instó a indicar los temas prioritarios sobre los que emplear más las energías para ayudar a los muchachos y muchachas a encontrar concretamente a Cristo.

Gracias por el trabajo que realiza por los adolescentes. Sabemos que la juventud debe ser realmente una prioridad en nuestro trabajo pastoral, porque vive en un mundo alejado de Dios. Y en nuestro contexto cultural es muy difícil tener el encuentro con Cristo, vivir la vida cristiana, la vida de fe. Los jóvenes necesitan mucho acompañamiento para poder encontrar realmente este camino.

Aunque por desgracia vivo bastante lejos de ellos y, por tanto, no puedo dar indicaciones muy concretas, diría que el primer elemento me parece precisamente y sobre todo el acompañamiento. Deben experimentar que se puede vivir la fe en este tiempo, que no se trata de una cosa del pasado, sino que es posible vivir hoy como cristianos y encontrar así realmente el bien.

Recuerdo un elemento autobiográfico en los escritos de san Cipriano: He vivido en este mundo nuestro —dice— totalmente alejado de Dios, porque las divinidades estaban muertas y Dios no era visible. Y viendo a los cristianos, he pensado: es una vida imposible, ¡esto no se puede realizar en nuestro mundo! Pero después, encontrando a algunos de ellos, estando en su compañía, dejándome guiar en el catecumenado, en este camino de conversión hacia Dios, poco a poco he comprendido: ¡es posible! Y ahora soy feliz por haber encontrado la vida. He comprendido que aquella otra no era vida, y en verdad —confiesa— sabía ya antes que aquella no era la verdadera vida.

Me parece muy importante que los jóvenes encuentren a personas —bien de su edad, bien más maduras— en las que puedan descubrir que la vida cristiana hoy es posible y también razonable y realizable. Sobre estos dos últimos elementos creo que existen dudas: sobre la factibilidad, porque los demás caminos están muy lejos del estilo de vida cristiano, y sobre la racionalidad, porque a primera vista parece que la ciencia nos dice cosas totalmente diversas y, por tanto, no es posible comenzar un recorrido razonable hacia la fe, de modo que se muestre que es una cosa en sintonía con nuestro tiempo y con la razón.

El primer punto es, pues, la experiencia, que abre luego la puerta también al conocimiento. En este sentido, el "catecumenado" vivido de modo nuevo, es decir, como camino común de vida, como experiencia común del hecho de que es posible vivir así, es de gran importancia. Sólo si hay una cierta experiencia, se puede también comprender. Recuerdo un consejo que Pascal daba a un amigo no creyente. Le decía: prueba a hacer las cosas que hace un creyente y, después, con esta experiencia, verás que todo es lógico y verdadero.

Un aspecto importante nos lo muestra precisamente ahora la Cuaresma. No podemos pensar en vivir inmediatamente un vida cristiana al ciento por ciento, sin dudas y sin pecados. Debemos reconocer que estamos en camino, que debemos y podemos aprender, que necesitamos también convertirnos poco a poco.

Ciertamente, la conversión fundamental es un acto que es para siempre. Pero la realización de la conversión es un acto de vida, que se realiza con paciencia toda la vida. Es un acto en el que no debemos perder la confianza y la valentía del camino. Precisamente debemos reconocer esto: no podemos hacer de nosotros mismos cristianos perfectos de un momento a otro. Sin embargo, vale la pena ir adelante, ser fieles a la opción fundamental, por decirlo así, y luego continuar con perseverancia en un camino de conversión que a veces se hace difícil. En efecto, puede suceder que venga el desánimo, por lo cual se quiera dejar todo y permanecer en un estado de crisis. No hay que abatirse enseguida, sino que, con valentía, comenzar de nuevo. El Señor me guía, el Señor es generoso y, con su perdón, voy adelante, llegando a ser generoso también yo con los demás. Así, aprendemos realmente a amar al prójimo y la vida cristiana, que implica esta perseverancia de no detenerme en el camino.

En cuanto a los grandes temas, diría que es importante conocer a Dios. El tema "Dios" es esencial. San Pablo dice en la carta a los Efesios: "Recordad cómo en otro tiempo estabais sin esperanza y sin Dios. Pero ahora, en Cristo Jesús, vosotros, los que en otro tiempo estabais lejos, habéis llegado a estar cerca" (Ef 2, 11-13). Así la vida tiene un sentido, que me guía también en medio de las dificultades. Por consiguiente, es necesario volver al Dios creador, al Dios que es la razón creadora, y luego encontrar a Cristo, que es el Rostro vivo de Dios. Podemos decir que aquí hay una reciprocidad. Por una parte, el encuentro con Jesús, con esta figura humana, histórica, real, me ayuda a conocer poco a poco a Dios; y, por otra, conocer a Dios me ayuda a comprender la grandeza del misterio de Cristo, que es el Rostro de Dios. Sólo si logramos entender que Jesús no es un gran profeta, una de las personalidades religiosas del mundo, sino que es el Rostro de Dios, que es Dios, hemos descubierto la grandeza de Cristo y hemos encontrado quién es Dios. Dios no es sólo una sombra lejana, la "Causa primera", sino que tiene un Rostro: es el Rostro de la misericordia, el Rostro del perdón y del amor, el Rostro del encuentro con nosotros. Por tanto, estos dos temas se compenetran recíprocamente y deben ir siempre juntos.

Además, debemos comprender que la Iglesia es la gran compañera del camino en el que estamos. En ella la palabra de Dios se mantiene viva y Cristo no es sólo una figura del pasado, sino que está presente. Así, debemos redescubrir la vida sacramental, el perdón sacramental, la Eucaristía, el bautismo como nacimiento nuevo. San Ambrosio, en la Noche pascual, en la última catequesis mistagógica, dijo: Hasta ahora hemos hablado de las cosas morales; ahora es el momento de hablar del Misterio. Había ofrecido una guía para la experiencia moral, naturalmente a la luz de Dios, que luego se abre al Misterio. Pienso que hoy estas dos cosas deben compenetrarse: un camino con Jesús, que descubre cada vez más la profundidad de su misterio. Así, se aprende a vivir de modo cristiano, se aprende la grandeza del perdón y la grandeza del Señor, que se entrega a nosotros en la Eucaristía.

En este camino nos acompañan los santos. Ellos, a pesar de tantos problemas, vivieron y son la "interpretación" auténtica y viva de la Sagrada Escritura. Cada uno tiene su santo, del que puede aprender mejor qué comporta vivir como cristiano. Son, sobre todo, los santos de nuestro tiempo. Y luego, por supuesto, está siempre María, que es la Madre de la Palabra. Redescubrir a María nos ayuda a ir adelante como cristianos y a conocer al Hijo.

3. El rector de la iglesia de Santa Lucía del Gonfalone expuso la experiencia de la lectura integral de la Biblia que está haciendo la comunidad junto con la Iglesia valdense, y preguntó cuál es el valor de la palabra de Dios en la comunidad eclesial, cómo promover el conocimiento de la Biblia para que la Palabra forme a la comunidad también para un camino ecuménico.

Usted tiene ciertamente una experiencia más concreta de cómo hacer esto. Ante todo, puedo decir que el próximo Sínodo tratará sobre la palabra de Dios. He visto ya los Lineamenta elaborados por el Consejo del Sínodo, y pienso que estarán bien presentadas las diversas dimensiones de la presencia de la Palabra en la Iglesia.

Sin duda alguna, la Biblia, en su integridad, es algo grandioso y que hay que descubrir poco a poco. Porque si la consideramos sólo parcialmente, a menudo puede resultar difícil comprender que se trata de la palabra de Dios: por ejemplo, en ciertas partes de los libros de los Reyes, con las crónicas, con el exterminio de los pueblos existentes en Tierra Santa. Muchas otras cosas son difíciles. Precisamente también el Qohélet puede ser aislado y puede resultar muy difícil: justamente parece teorizar la desesperación, porque nada permanece y porque también el sabio al final muere junto con los necios. Acabamos de leerlo ahora en el Breviario.

Un primer punto me parece precisamente leer la Sagrada Escritura en su unidad e integridad. Cada parte forma parte de un camino, y sólo viéndolas en su integridad, como un camino único, donde una parte explica la otra, podemos comprender esto. Detengámonos, por ejemplo, con el Qohélet. En otro tiempo estaba la palabra de la sabiduría, según la cual quien es bueno vive también bien, es decir, Dios premia a quien es bueno. Y después viene Job y se ve que no es así, y precisamente quien vive bien sufre más. Parece verdaderamente olvidado por Dios. Siguen los Salmos de aquel período, donde se dice: ¿qué hace Dios? Los ateos, los soberbios viven bien, están gordos, se alimentan bien, se ríen de nosotros y dicen: ¿dónde está Dios? No se interesa por nosotros, y nosotros hemos sido vendidos como ovejas de matadero ¿Qué haces con nosotros? ¿Por qué es así? Llega el momento en que el Qohélet dice: pero toda esta sabiduría, al final, ¿dónde permanece? Es un libro casi existencialista, en el que se afirma: todo es vano. Este primer camino no pierde su valor, sino que se abre a la nueva perspectiva que, al final, conduce hacia la cruz de Cristo, "el Santo de Dios", como dice san Pedro en el capítulo sexto del evangelio de san Juan. Termina con la cruz. Y precisamente así se demuestra la sabiduría de Dios, que luego nos describirá san Pablo.

Y, por tanto, sólo si consideramos todo como un único camino, paso a paso, y aprendemos a leer la Escritura en su unidad, podemos también realmente acceder a la belleza y a la riqueza de la Sagrada Escritura. Por consiguiente, leer todo, pero siempre teniendo presente la totalidad de la Sagrada Escritura, donde una parte explica la otra, un paso del camino explica el otro. La exégesis moderna puede ser de gran ayuda en lo que respecta a este punto. Consideremos, por ejemplo, el libro de Isaías, cuando los exegetas descubrieron que a partir del capítulo 40 el autor es otro, el Deutero-Isaías, como se dijo en aquel tiempo. Para la teología católica fue un momento de gran terror.

Alguno pensó que así se destruía Isaías y, al final, en el capítulo 53, la visión del Siervo de Dios ya no era del Isaías que había vivido casi 800 años antes de Cristo. ¿Qué hacemos?, se preguntaron. Ahora hemos comprendido que todo el libro es un camino de relecturas siempre nuevas, donde se entra cada vez con más profundidad en el misterio propuesto al inicio y se abre cada vez más plenamente cuanto estaba inicialmente presente, pero aún cerrado.

En un libro podemos comprender precisamente todo el camino de la Sagrada Escritura: se trata de una relectura permanente, un volver a comprender cuanto se ha dicho antes. La luz se va encendiendo lentamente y el cristiano puede comprender cuanto el Señor ha dicho a los discípulos de Emaús, explicándoles que todos los profetas habían hablado de él. El Señor nos abre la última relectura: Cristo es la clave de todo, y sólo uniéndose en el camino a los discípulos de Emaús, sólo caminando con Cristo, releyendo todo en su luz, con él crucificado y resucitado, entramos en la riqueza y en la belleza de la Sagrada Escritura.

Por esta razón, diría que el punto importante es no fragmentar la Sagrada Escritura. Precisamente la crítica moderna, como vemos ahora, nos ha hecho comprender que es un camino permanente. Y también podemos ver que es un camino que tiene una dirección y que Cristo es el punto de llegada. Comenzando desde Cristo podemos reanudar el camino y entrar en la profundidad de la Palabra.

Resumiendo, diría que la lectura de la Sagrada Escritura debe ser siempre una lectura a la luz de Cristo. Sólo así podemos leer y comprender, incluso en nuestro contexto actual, la Sagrada Escritura y obtener realmente de ella la luz. Debemos comprender esto: la Sagrada Escritura es un camino con una dirección. Quien conoce el punto de llegada también puede dar, ahora de nuevo, todos los pasos y aprender así, de modo más profundo, el misterio de Cristo. Comprendiendo esto, también hemos comprendido el carácter eclesial de la Sagrada Escritura, porque estos caminos, estos pasos del camino, son pasos de un pueblo. Es el pueblo de Dios que va adelante. El verdadero propietario de la Palabra es siempre el pueblo de Dios, guiado por el Espíritu Santo, y la inspiración es un proceso complejo: el Espíritu Santo guía adelante, y el pueblo recibe.

Es, pues, el camino de un pueblo, del pueblo de Dios. La sagrada Escritura hay que leerla bien. Pero esto sólo puede hacerse si caminamos dentro de este sujeto que es el pueblo de Dios que vive, que es renovado y fundado de nuevo por Cristo, pero que conserva siempre su identidad. Por consiguiente, diría que hay tres dimensiones relacionadas y compenetradas entre sí: la dimensión histórica, la dimensión cristológica y la dimensión eclesiológica —del pueblo en camino—. En una lectura completa las tres dimensiones están presentes. Por eso, la liturgia —la lectura común y orante del pueblo de Dios— sigue siendo el lugar privilegiado para la comprensión de la Palabra, porque precisamente aquí la lectura se convierte en oración y se une a la oración de Cristo en la Plegaria eucarística.

Quisiera añadir aún una cosa, que han subrayado todos los Padres de la Iglesia. Pienso, sobre todo, en un bellísimo texto de san Efrén y en otro de san Agustín, en los que se dice: si has comprendido poco, acepta, no pienses que has comprendido todo. La Palabra sigue siendo siempre mucho más grande de lo que has podido comprender. Y esto hay que decirlo ahora de modo crítico ante una cierta parte de la exégesis moderna, que piensa que ha comprendido todo y que por eso, después de la interpretación elaborada por ella, ya no se puede decir nada más. Esto no es verdad. La Palabra es siempre más grande que la exégesis de los Padres y que la exégesis crítica, porque también esta comprende sólo una parte, diría, más bien, una parte mínima. La Palabra es siempre más grande, este es nuestro gran consuelo. Y, por una parte, es hermoso saber que hemos comprendido solamente un poco. Es hermoso saber que existe aún un tesoro inagotable y que cada nueva generación redescubrirá nuevos tesoros e irá adelante con la grandeza de la palabra de Dios, que va siempre delante de nosotros, nos guía y es siempre más grande. Con esta certeza se debe leer la Escritura.

San Agustín dijo: beben de la fuente la liebre y el asno. El asno bebe más, pero cada uno bebe según su capacidad. Sea que seamos liebres, sea que seamos asnos, estemos agradecidos porque el Señor nos permite beber de su agua.

4. El tema de esta pregunta fueron los Movimientos eclesiales y las nuevas comunidades, don providencial para nuestro tiempo, realidades con un impulso creativo que viven la fe y buscan nuevas formas de vida para encontrar una justa colocación misionera en la Iglesia. Se pidió al Papa un consejo sobre cómo insertarse para desarrollar realmente un ministerio de unidad en la Iglesia universal.

Bien, veo que debo ser más breve. Gracias por esta pregunta. Me parece que usted ha citado las fuentes esenciales de cuanto puedo decir sobre los movimientos. En este sentido, su pregunta es también una respuesta.

Quisiera precisar inmediatamente que durante estos meses estoy recibiendo a los obispos italianos en visita "ad limina", y así puedo aprender un poco mejor la geografía de la fe en Italia. Veo tantas cosas hermosas juntamente con los problemas que todos conocemos. Veo, sobre todo, cómo la fe está aún profundamente arraigada en el corazón italiano, aunque, sin duda, en las circunstancias actuales, está amenazada de muchos modos.

También los movimientos aceptan bien mi función paterna de Pastor. Otros son más críticos y dicen que los movimientos no se insertan. Pienso que realmente las situaciones son diversas, todo depende de las personas en cuestión.

Me parece que tenemos dos reglas fundamentales, de las que usted ha hablado. La primera regla nos la ha dado san Pablo en la primera carta a los Tesalonicenses: no extingáis los carismas. Si el Señor nos da nuevos dones, debemos estar agradecidos, aunque a veces sean incómodos. Y es algo hermoso que, sin iniciativa de la jerarquía, con una iniciativa de la base, como se dice, pero también con una iniciativa realmente de lo alto, es decir, como don del Espíritu Santo, nazcan nuevas formas de vida en la Iglesia, como, por otra parte, han nacido en todos los siglos.

En sus comienzos fueron siempre incómodas: también san Francisco fue muy incómodo, y para el Papa era muy difícil dar, finalmente, una forma canónica a una realidad que era mucho más grande que los reglamentos jurídicos. Para san Francisco era un grandísimo sacrificio dejarse encastrar en este esqueleto jurídico, pero, al final, nació una realidad que vive aún hoy y que vivirá en el futuro: da fuerza y nuevos elementos a la vida de la Iglesia.

Sólo quiero decir esto: en todos los siglos han nacido movimientos. También san Benito, inicialmente, era un Movimiento. Se insertan en la vida de la Iglesia con sufrimiento, con dificultad. San Benito mismo debió corregir la dirección inicial del monaquismo. Y así también en nuestro siglo el Señor, el Espíritu Santo, nos ha dado nuevas iniciativas con nuevos aspectos de la vida cristiana: vividos por personas humanas con sus límites, crean también dificultades.

Así pues, la primera regla: no extinguir los carismas, estar agradecidos, aunque sean incómodos. La segunda regla es esta: la Iglesia es una; si los movimientos son realmente dones del Espíritu Santo, se insertan y sirven a la Iglesia, y en el diálogo paciente entre pastores y movimientos nace una forma fecunda, donde estos elementos llegan a ser elementos edificantes para la Iglesia de hoy y de mañana.

Este diálogo se desarrolla en todos los niveles, comenzando por el párroco, el obispo y el Sucesor de Pedro; está en curso la búsqueda de estructuras adecuadas: en muchos casos la búsqueda ya ha dado su fruto. En otros, aún se está estudiando; por ejemplo, se nos pregunta si al cabo de cinco años de experimento se deben confirmar de modo definitivo los estatutos del Camino Neocatecumenal, o si aún se requiere un tiempo de experimento o si quizá se deben retocar un poco algunos elementos de esta estructura.

En todo caso, he conocido a los neocatecumenales desde el inicio. Ha sido un Camino largo, con muchas complicaciones, que existen todavía, pero hemos encontrado una forma eclesial que ya ha mejorado mucho la relación entre el Pastor y el Camino. ¡Y así vamos adelante! Lo mismo vale para los demás movimientos.

Ahora, como síntesis de las dos reglas fundamentales, diría: gratitud, paciencia y aceptación incluso de los sufrimientos, que son inevitables. También en un matrimonio existen siempre sufrimientos y tensiones. Y, sin embargo, van adelante, y así madura el verdadero amor. Lo mismo sucede en la comunidad de la Iglesia: juntos tengamos paciencia. También los diversos niveles de la jerarquía —desde el párroco al obispo, hasta el Sumo Pontífice— deben tener juntos un continuo intercambio de ideas, deben promover el coloquio para encontrar juntos el camino mejor. Las experiencias de los párrocos son fundamentales, pero también las experiencias del obispo y, digamos, la perspectiva universal del Papa tienen su lugar teológico y pastoral en la Iglesia.

En consecuencia, por una parte, este conjunto de diversos niveles de la jerarquía; por otra, la realidad vivida en las parroquias, con paciencia y apertura, en obediencia al Señor, crean realmente la vitalidad nueva de la Iglesia.

Estamos agradecidos al Espíritu Santo por los dones que nos ha dado. Seamos obedientes a la voz del Espíritu, pero seamos también claros al integrar estos elementos en la vida: este criterio sirve, al fin, a la Iglesia concreta, y así, con paciencia, con valentía y con generosidad el Señor ciertamente nos guiará y nos ayudará.

5. El párroco de San Gelasio, parroquia encomendada a la Comunidad "Misión Iglesia mundo" señaló la importancia de desarrollar una unicidad entre la vida espiritual y la vida pastoral, que no es una técnica organizativa, pero que coincide con la vida misma de la Iglesia, y preguntó al Santo Padre cómo hacer pasar en el pueblo de Dios el concepto de la pastoral como verdadera vida de la Iglesia y cómo hacer para que la pastoral se nutra cada vez más de la eclesiología conciliar.

Me parece que son preguntas diversas. Una pregunta es cómo inspirar la parroquia en la eclesiología conciliar, hacer vivir a los fieles esta eclesiología; otra es cómo debemos actuar y hacer que en nosotros mismos el trabajo pastoral se convierta en espiritual. Comencemos por esta última pregunta. Una cierta tensión entre lo que debo absolutamente hacer y cuáles reservas espirituales debo tener existe siempre. Lo veo también en san Agustín, que se lamenta en sus predicaciones; ya lo he citado: me gustaría tanto vivir con la palabra de Dios, pero desde la mañana hasta la noche debo estar con vosotros. Sin embargo, san Agustín encuentra este equilibrio estando siempre a disposición, pero reservándose también momentos de oración, de meditación de la sagrada Palabra, porque, de lo contrario, no podría decir nada. En particular, quisiera subrayar aquí cuanto usted ha dicho acerca de que la pastoral no debería ser jamás una simple estrategia, un trabajo administrativo, sino que debería ser siempre un trabajo espiritual. Ciertamente, no puede faltar tampoco del todo lo otro, porque estamos en esta tierra y estos problemas existen: cómo administrar bien el dinero, etc.; también este es un aspecto que no se puede descuidar totalmente.

El acento se debe poner fundamentalmente en que el ser pastor es en sí mismo un acto espiritual. Usted ha hecho alusión justamente al evangelio de san Juan, capítulo 10, donde el Señor se define como buen Pastor. Y como primer momento definitivo, Jesús dice que el pastor precede, es decir, muestra el camino, hace antes lo que deben hacer los demás, emprende antes el camino, que es el camino para los demás. El pastor precede. Esto quiere decir que él mismo vive ante todo la palabra de Dios: es un hombre de oración, es hombre de perdón, es hombre que recibe y celebra los sacramentos como actos de oración y de encuentro con el Señor. Es un hombre de caridad, vivida y realizada. Y así todos los simples actos de coloquios, encuentros, todo lo que se debe hacer, se convierten en actos espirituales en comunión con Cristo. Su "pro omnibus" se convierte en nuestro "pro meis".

De esta forma es como precede, y me parece que en este preceder ya se ha dicho lo esencial. El capítulo 10 de san Juan refiere también que Jesús nos precede entregándose a sí mismo en la cruz. Y esto es también inevitable para el sacerdote. Este ofrecerse a sí mismo es una participación en la cruz de Cristo, y gracias a esto también nosotros podemos consolar de modo creíble a los que sufren, estar con los pobres, con los marginados, etc.

Por tanto, en este programa que usted ha desarrollado, la espiritualización del trabajo diario de la pastoral es fundamental. Es más fácil decirlo que hacerlo, pero debemos intentarlo; y para poder espiritualizar nuestro trabajo, debemos seguir de nuevo al Señor. Los evangelios nos dicen que de día trabajaba y por la noche estaba en el monte, con el Padre, y rezaba. Debo confesar aquí mi debilidad: por la noche no puedo rezar; por la noche quisiera dormir. Sin embargo, se requiere un poco de tiempo libre para el Señor: la celebración de la misa, la oración de la liturgia de las Horas y la meditación diaria, aunque sea breve, y luego la liturgia y el rosario. Este coloquio personal con la palabra de Dios es importante; y sólo así podemos tener las reservas para responder a las exigencias de la vida pastoral.

Segundo punto: usted ha subrayado justamente la eclesiología del Concilio. Me parece que esta eclesiología la debemos interiorizar aún mucho más, sea la de la Lumen gentium, sea la de la Ad gentes, que es también un documento eclesiológico, sea también la de los documentos menores, y la de la Dei Verbum. Interiorizando esta visión también podemos atraer a nuestro pueblo hacia ella, para que comprenda que la Iglesia no es simplemente una gran estructura, una de esas entidades supranacionales que existen. La Iglesia, aun siendo un cuerpo, es cuerpo de Cristo y, por tanto, un cuerpo espiritual, como dice san Pablo. Es una realidad espiritual. Esto me parece muy importante: que la gente pueda ver que la Iglesia no es una organización supranacional, que no es un cuerpo administrativo o de poder, que no es una agencia social —aunque haga un trabajo social y supranacional—, sino que es un cuerpo espiritual.

6. El rector de la basílica de Santa Anastasia habló de la adoración eucarística perpetua y le pidió al Papa que explicara el valor de la reparación eucarística frente a los robos sacrílegos y a las sectas satánicas.

La adoración eucarística, ha penetrado realmente en nuestro corazón y penetra en el corazón del pueblo, por eso no hablamos en general de ello. Usted ha formulado esta pregunta específica sobre la reparación eucarística. Es un discurso que se ha hecho difícil.

Recuerdo que cuando era joven, en la fiesta del Sagrado Corazón, se rezaba una hermosa oración de León XIII y también otra de Pío XI, en la que la reparación tenía un lugar particular, precisamente con referencia, ya en aquel tiempo, a los actos sacrílegos que debían repararse.

Me parece que es necesario profundizar, llegar al Señor mismo, que ha ofrecido la reparación por el pecado del mundo, y buscar los modos de reparar, es decir, de establecer un equilibrio entre el plus del mal y el plus del bien. Así, en la balanza del mundo, no debemos dejar este gran plus en negativo, sino que tenemos que dar un peso al menos equivalente al bien. Esta idea fundamental se apoya en todo lo que Cristo hizo. Por lo que puedo entender, este es el sentido del sacrificio eucarístico. Contra este gran peso del mal que existe en el mundo y que abate al mundo, el Señor pone otro peso más grande, el del amor infinito que entra en este mundo. Este es el punto importante: Dios es siempre el bien absoluto, pero este bien absoluto entra precisamente en el juego de la historia; Cristo se hace presente aquí y sufre a fondo el mal, creando así un contrapeso de valor absoluto. El plus del mal, que existe siempre si vemos sólo empíricamente las proporciones, es superado por el plus inmenso del bien, del sufrimiento del Hijo de Dios.

En este sentido existe la reparación, que es necesaria. Me parece que hoy resulta un poco difícil comprender estas cosas. Si vemos el peso del mal en el mundo, que aumenta continuamente, que parece prevalecer absolutamente en la historia —como dice san Agustín en una meditación—, se podría incluso desesperar. Pero vemos que hay un plus aún mayor en el hecho de que Dios mismo ha entrado en la historia, se ha hecho partícipe de la historia y ha sufrido a fondo. Este es el sentido de la reparación. Este plus del Señor es para nosotros una llamada a ponernos de su parte, a entrar en este gran plus del amor y a manifestarlo, incluso con nuestra debilidad. Sabemos que también nosotros necesitábamos este plus, porque también en nuestra vida existe el mal. Todos vivimos gracias al plus del Señor. Pero nos hace este don para que, como dice la carta a los Colosenses, podamos asociarnos a su abundancia y, así, hagamos crecer aún más esta abundancia, concretamente en nuestro momento histórico.

La teología debería hacer más para comprender aún mejor esta realidad de la reparación. A lo largo de la historia no han faltado ideas equivocadas. He leído en estos días los discursos teológicos de san Gregorio Nacianceno, que en cierto momento habla de este aspecto y se pregunta: ¿a quién ofreció el Señor su sangre? Dice: el Padre no quería la sangre del Hijo, el Padre no es cruel, no es necesario atribuir esto a la voluntad del Padre; pero la historia lo exigía, lo exigían la necesidad y los desequilibrios de la historia; se debía entrar en estos desequilibrios y recrear aquí el verdadero equilibrio. Esto es precisamente muy iluminador. Pero me parece que aún no poseemos suficientemente el lenguaje para comprender nosotros mismos este hecho y para hacerlo comprender después a los demás. No se debe ofrecer a un Dios cruel la sangre de Dios.

Pero Dios mismo, con su amor, debe entrar en los sufrimientos de la historia para crear no sólo un equilibrio, sino un plus de amor que es más fuerte que la abundancia del mal que existe. El Señor nos invita a esto.

Se trata de una realidad típicamente católica. Lutero dice: no podemos añadir nada. Y esto es verdad. Y también dice: por tanto, nuestras obras no cuentan nada. Y esto no es verdad. Porque la generosidad del Señor se muestra precisamente en el hecho de que nos invita a entrar, y da valor también a nuestro estar con él. Debemos aprender mejor todo esto y sentir la grandeza, la generosidad del Señor y la grandeza de nuestra vocación. El Señor quiere asociarnos a este gran plus suyo. Si comenzamos a comprenderlo, estaremos contentos de que el Señor nos invite a esto. Será la gran alegría de experimentar que el amor del Señor nos toma en serio.

7. Un profesor de la facultad de misionología de la Pontificia Universidad Urbaniana, que trabaja pastoralmente en la basílica de San Bartolomé de la Isla Tiberina, lugar memorial de los nuevos mártires del siglo XX, hizo una reflexión sobre la ejemplaridad y la capacidad atractiva de las figuras de los mártires en relación sobre todo con los jóvenes: desvelan la belleza de la fe cristiana y testimonian ante el mundo que es posible responder al mal con el bien fundamentando la vida en la fuerza de la esperanza. A esta reflexión el Papa no quiso añadir nada.

Los aplausos que hemos oído demuestran que usted mismo ya nos ha dado amplias respuestas... Por tanto, a su pregunta simplemente podría responder: sí, es así como usted ha dicho. Y meditemos sus palabras.

8. Ante el problema del relativismo en la cultura contemporánea, un vicario parroquial pidió al Santo Padre una palabra iluminadora sobre la relación entre unidad de fe y pluralismo en teología.

¡Es una gran pregunta! Cuando aún era miembro de la Comisión teológica internacional afrontamos durante un año este problema. Fui el relator y, por tanto, lo recuerdo bastante bien. Y, sin embargo, me reconozco incapaz de explicar con pocas palabras esta cuestión. Quisiera decir solamente que la teología ha sido siempre múltiple. Pensemos en los Padres, en el Medioevo, la escuela franciscana, la escuela dominicana, luego en la Baja Edad Media, etc. Como hemos dicho, la palabra de Dios es siempre más grande que nosotros; por eso no podemos agotar jamás el alcance de esta Palabra, y se necesitan enfoques diversos, diversos tipos de reflexión.

Quisiera simplemente decir: es importante que el teólogo, por una parte, en su responsabilidad y en su capacidad profesional, trate de encontrar pistas que respondan a las exigencias y a los desafíos de nuestro tiempo; y, por otra, que sea siempre consciente de que todo esto se basa en la fe de la Iglesia y, por tanto, debe volver siempre a la fe de la Iglesia. Pienso que si un teólogo está arraigado personal y profundamente en la fe y comprende que su trabajo es reflexión sobre la fe, logrará conciliar la unidad con la pluralidad.

9. La última intervención se centró en el arte sacro. La pregunta que se hizo al Papa fue si no se lo debe valorar más adecuadamente como medio de comunicación de la fe.

La respuesta podría ser muy simple: ¡sí! He llegado a vosotros con un poco de retraso, porque antes he visitado la capilla Paulina, en obras de restauración desde hace varios años. Me han dicho que durarán todavía dos años más. He podido ver un poco entre los andamios una parte de este arte maravilloso. Y vale la pena restaurarla bien, para que resplandezca de nuevo y sea una catequesis viva.

Con esto quería recordar que Italia es particularmente rica en arte, y el arte es un tesoro de catequesis inagotable, increíble. Para nosotros es también un deber conocerlo y comprenderlo bien. No como hacen algunas veces los historiadores del arte, que lo interpretan sólo formalmente, según la técnica artística. Más bien, debemos entrar en el contenido y hacer revivir el contenido que ha inspirado este gran arte. Me parece realmente un deber —también en la formación de los futuros sacerdotes— conocer estos tesoros y ser capaces de transformar en catequesis viva cuanto está presente en ellos y nos habla hoy a nosotros. Así, también la Iglesia podrá presentarse como un organismo no de opresión o de poder —como algunos quieren hacer ver—, sino de una fecundidad espiritual irrepetible en la historia, o al menos, me atrevería a decir, como no puede encontrarse fuera de la Iglesia católica. Este es también un signo de la vitalidad de la Iglesia, que, con todas sus debilidades y también con sus pecados, sigue siendo siempre una gran realidad espiritual, una inspiradora que nos ha dado toda esta riqueza.

Por tanto, es un deber para nosotros entrar en esta riqueza y ser capaces de convertirnos en intérpretes de este arte. Esto vale sea para el arte pictórico y escultórico, sea para la música sacra, que es un sector del arte que merece ser vivificado. El Evangelio vivido de diversos modos es aún hoy una fuerza inspiradora que nos da y nos dará arte. También hoy, sobre todo, hay esculturas bellísimas, que demuestran que la fecundidad de la fe y del Evangelio no se ha agotado; hoy hay también composiciones musicales... Me parece que se puede subrayar una situación, podemos decir, contradictoria del arte, una situación también un poco desesperada del arte. También hoy la Iglesia inspira, porque la fe y la palabra de Dios son inagotables. Y esto nos da ánimo a todos. Nos da la esperanza de que también el mundo futuro tendrá nuevas visiones de la fe y, al mismo tiempo, la certeza de que los dos mil años de arte cristiano que han transcurrido están siempre vivos y son siempre un "hoy" de la fe.

Gracias por vuestra paciencia y por vuestra atención. ¡Os deseo una buena Cuaresma!
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organizado por la Penitenciaría Apostólica
16 de marzo de 2007

Señor cardenal; venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio:

Me alegra acogeros hoy y dirijo mi cordial saludo a cada uno de vosotros, participantes en el curso sobre el fuero interno organizado por la Penitenciaría apostólica. En primer lugar saludo al señor cardenal James Francis Stafford, penitenciario mayor, al que agradezco las amables palabras que me ha dirigido; al obispo Gianfranco Girotti, regente de la Penitenciaría; y a todos los presentes.

Este encuentro me brinda la oportunidad de reflexionar juntamente con vosotros sobre la importancia del sacramento de la Penitencia también en nuestro tiempo y de reafirmar la necesidad de que los sacerdotes se preparen para administrarlo con devoción y fidelidad, para alabanza de Dios y para la santificación del pueblo cristiano, como prometen al obispo en el día de su ordenación presbiteral.

En efecto, se trata de una de las tareas características del peculiar ministerio que están llamados a desempeñar "in persona Christi". Con los gestos y las palabras sacramentales, los sacerdotes hacen visible sobre todo el amor de Dios, que en Cristo se reveló en plenitud. Como recuerda el Catecismo de la Iglesia católica, al administrar el sacramento del perdón y de la reconciliación, el presbítero actúa como "el signo y el instrumento del amor misericordioso de Dios con el pecador" (n. 1465). Por tanto, lo que sucede en este sacramento es ante todo misterio de amor, obra del amor misericordioso del Señor.

"Dios es amor" (1 Jn 4, 16): en esta sencilla afirmación el evangelista san Juan encerró la revelación de todo el misterio de Dios Trinidad. Y en el encuentro con Nicodemo, Jesús, anunciando su pasión y muerte en la cruz, afirma: "Porque tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn 3, 16). Todos necesitamos acudir a la fuente inagotable del amor divino, que se nos manifiesta totalmente en el misterio de la cruz, para encontrar la auténtica paz con Dios, con nosotros mismos y con el prójimo. Sólo de esta fuente espiritual es posible sacar la energía interior indispensable para vencer el mal y el pecado en la lucha sin tregua que marca nuestra peregrinación terrena hacia la patria celestial.

El mundo contemporáneo sigue presentando las contradicciones que pusieron muy bien de relieve los padres del concilio Vaticano II (cf. Gaudium et spes, 4-10): vemos una humanidad que quisiera ser autosuficiente, donde no pocos creen que pueden prescindir de Dios para vivir bien; y, sin embargo, ¡cuántos parecen tristemente condenados a afrontar dramáticas situaciones de vacío existencial!, ¡cuánta violencia hay aún sobre la tierra!, ¡cuánta soledad pesa sobre el corazón del hombre de la era de las comunicaciones! En una palabra, parece que hoy se ha perdido el "sentido del pecado", pero en compensación han aumentado los "complejos de culpa".

¿Quién podrá librar el corazón de los hombres de este yugo de muerte, si no es Aquel que con su muerte derrotó para siempre el poder del mal con la omnipotencia del amor divino? Como recordaba san Pablo a los cristianos de Éfeso, "Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo" (Ef 2, 4).

En el sacramento de la Confesión, el sacerdote es instrumento de este amor misericordioso de Dios, que invoca en la fórmula de absolución de los pecados: "Dios, Padre misericordioso, que reconcilió al mundo por la muerte y resurrección de su Hijo, y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz".

El Nuevo Testamento, en cada una de sus páginas, habla del amor y de la misericordia de Dios, que se hicieron visibles en Cristo. En efecto, Jesús, que "acoge a los pecadores y come con ellos" (Lc 15, 2), y con autoridad afirma: "Hombre, tus pecados te quedan perdonados" (Lc 5, 20), dice: "No necesitan médico los que están sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores" (Lc 5, 31-32). El compromiso del sacerdote y del confesor consiste principalmente en llevar a cada uno a experimentar el amor que Cristo le tiene, encontrándolo en el camino de la propia vida, como san Pablo lo encontró en el camino de Damasco.

Conocemos la apasionada declaración del Apóstol de los gentiles después de aquel encuentro que cambió su vida: "Me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Ga 2, 20). Esta es su experiencia personal en el camino de Damasco: el Señor Jesús amó a san Pablo y dio su vida por él. Y en la Confesión este es también nuestro camino, nuestro camino de Damasco, nuestra experiencia: Jesús me amó y se entregó por mí. Ojalá que cada persona haga esta misma experiencia espiritual, como la hizo el siervo de Dios Juan Pablo II, "redescubriendo a Cristo como mysterium pietatis, en el que Dios nos muestra su corazón misericordioso y nos reconcilia plenamente consigo. Este es el rostro de Cristo que es preciso hacer que descubran también a través del sacramento de la Penitencia" (Novo millennio ineunte, 37).

El sacerdote, ministro del sacramento de la Reconciliación, debe considerar siempre como tarea suya hacer que en sus palabras y en el modo de tratar al penitente se refleje el amor misericordioso de Dios. Como el padre de la parábola del hijo pródigo, debe acoger al pecador arrepentido, ayudarle a levantarse del pecado, animarlo a enmendarse sin llegar a componendas con el mal, sino recorriendo siempre el camino hacia la perfección evangélica. Todas las personas que se confiesan han de revivir en el sacramento de la Reconciliación esta hermosa experiencia del hijo pródigo, que encuentra en el padre toda la misericordia divina.

Queridos hermanos, todo esto implica que el sacerdote comprometido en el ministerio del sacramento de la Penitencia esté animado él mismo por una constante tensión hacia la santidad. El Catecismo de la Iglesia católica apunta alto en esta exigencia cuando afirma: "El confesor (...) debe tener un conocimiento probado del comportamiento cristiano, experiencia de las cosas humanas, respeto y delicadeza con el que ha caído; debe amar la verdad, ser fiel al magisterio de la Iglesia y conducir al penitente con paciencia hacia la curación y su plena madurez. Debe orar y hacer penitencia por él, confiándolo a la misericordia del Señor" (n. 1466).

Para cumplir esta importante misión, siempre unido interiormente al Señor, el sacerdote ha de mantenerse fiel al magisterio de la Iglesia por lo que atañe a la doctrina moral, consciente de que la ley del bien y del mal no está determinada por las situaciones, sino por Dios.

A la Virgen María, madre de misericordia, pido que sostenga el ministerio de los sacerdotes confesores y ayude a todas las comunidades cristianas a comprender cada vez más el valor y la importancia del sacramento de la Penitencia para el crecimiento espiritual de todos los fieles. A vosotros, aquí presentes, y a vuestros seres queridos imparto con afecto mi bendición.
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Basílica de San Pedro, 29 de marzo de 2007

Queridos amigos:

Nos encontramos esta tarde, en la proximidad de la XXII Jornada mundial de la juventud, que, como sabéis, tiene por tema el mandamiento nuevo que nos dejó Jesús en la noche en que fue entregado: "Amaos unos a otros como yo os he amado" (Jn 13, 34). Os saludo cordialmente a todos, que habéis venido de las diversas parroquias de Roma. Saludo al cardenal vicario, a los obispos auxiliares, a los sacerdotes presentes; saludo en particular a los confesores que dentro de poco estarán a vuestra disposición.

Esta cita, como ya ha anticipado vuestra portavoz, a la que agradezco las palabras que me ha dirigido en vuestro nombre al inicio de la celebración, asume un profundo y alto significado, pues es un encuentro en torno a la cruz, una celebración de la misericordia de Dios, que cada uno podrá experimentar personalmente en el sacramento de la confesión.

En el corazón de todo hombre, mendigo de amor, hay sed de amor. En su primera encíclica, Redemptor hominis, mi amado predecesor el siervo de Dios Juan Pablo II escribió: "El hombre no puede vivir sin amor. Permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él plenamente" (n. 10).

El cristiano, de modo especial, no puede vivir sin amor. Más aún, si no encuentra el amor verdadero, ni siquiera puede llamarse cristiano, porque, como puse de relieve en la encíclica Deus caritas est, "no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva" (n. 1).

El amor de Dios por nosotros, iniciado con la creación, se hizo visible en el misterio de la cruz, en la kénosis de Dios, en el vaciamiento, en el humillante abajamiento del Hijo de Dios del que nos ha hablado el apóstol san Pablo en la primera lectura, en el magnífico himno a Cristo de la carta a los Filipenses. Sí, la cruz revela la plenitud del amor que Dios nos tiene. Un amor crucificado, que no acaba en el escándalo del Viernes santo, sino que culmina en la alegría de la Resurrección y la Ascensión al cielo, y en el don del Espíritu Santo, Espíritu de amor por medio del cual, también esta tarde, se perdonarán los pecados y se concederán el perdón y la paz.

El amor de Dios al hombre, que se manifiesta con plenitud en la cruz, se puede describir con el término agapé, es decir, "amor oblativo, que busca exclusivamente el bien del otro", pero también con el término eros. En efecto, al mismo tiempo que es amor que ofrece al hombre todo lo que es Dios, como expliqué en el Mensaje para esta Cuaresma, también es un amor donde "el corazón mismo de Dios, el Todopoderoso, espera el "sí" de sus criaturas como un joven esposo el de su esposa" (L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 16 de febrero de 2007, p. 4). Por desgracia, "desde sus orígenes, la humanidad, seducida por las mentiras del Maligno, se ha cerrado al amor de Dios, con el espejismo de una autosuficiencia imposible (cf. Gn 3, 1-7)" (ib.).

Pero en el sacrificio de la cruz Dios sigue proponiendo su amor, su pasión por el hombre, la fuerza que, como dice el Pseudo Dionisio, "impide al amante permanecer en sí mismo, sino que lo impulsa a unirse al amado" (De divinis nominibus, IV, 13: PG 3, 712). Dios viene a "mendigar" el amor de su criatura. Esta tarde, al acercaros al sacramento de la confesión, podréis experimentar el "don gratuito que Dios nos hace de su vida, infundida por el Espíritu Santo en nuestra alma para sanarla del pecado y santificarla" (Catecismo de la Iglesia católica, n. 1999), para que, unidos a Cristo, lleguemos a ser criaturas nuevas (cf. 2 Co 5, 17-18).

Queridos jóvenes de la diócesis de Roma, con el bautismo habéis nacido ya a una vida nueva en virtud de la gracia de Dios. Ahora bien, dado que esta vida nueva no ha eliminado la debilidad de la naturaleza humana, ni la inclinación al pecado, se nos da la oportunidad de acercarnos al sacramento de la confesión. Cada vez que lo hacéis con fe y devoción, el amor y la misericordia de Dios mueven vuestro corazón, después de un esmerado examen de conciencia, para acudir al ministro de Cristo. A él, y así a Cristo mismo, expresáis el dolor por los pecados cometidos, con el firme propósito de no volver a pecar más en el futuro, dispuestos a aceptar con alegría los actos de penitencia que él os indique para reparar el daño causado por el pecado.

De este modo, experimentáis "el perdón de los pecados; la reconciliación con la Iglesia; la recuperación del estado de gracia, si se había perdido; la remisión de la pena eterna merecida a causa de los pecados mortales y, al menos en parte, de las penas temporales que son consecuencia del pecado; la paz y la serenidad de conciencia, y el consuelo del espíritu; y el aumento de la fuerza espiritual para el combate cristiano" de cada día (Compendio del Catecismo de la Iglesia católica, n. 310).

Con el lavado penitencial de este sacramento, somos readmitidos en la plena comunión con Dios y con la Iglesia, que es una compañía digna de confianza porque es "sacramento universal de salvación" (Lumen gentium, 48).

En la primera parte del mandamiento nuevo, el Señor dice: "Amaos unos a otros" (Jn 13, 34). Ciertamente, el Señor espera que nos dejemos conquistar por su amor y experimentemos toda su grandeza y su belleza, pero no basta. Cristo nos atrae hacia sí para unirse a cada uno de nosotros, a fin de que también nosotros aprendamos a amar a nuestros hermanos con el mismo amor con que él nos ha amado.

Hoy, como siempre, existe gran necesidad de una renovada capacidad de amar a los hermanos. Al salir de esta celebración, con el corazón lleno de la experiencia del amor de Dios, debéis estar preparados para "atreveros" a vivir el amor en vuestras familias, en las relaciones con vuestros amigos e incluso con quienes os han ofendido. Debéis estar preparados para influir, con un testimonio auténticamente cristiano, en los ambientes de estudio y de trabajo, a comprometeros en las comunidades parroquiales, en los grupos, en los movimientos, en las asociaciones y en todos los ámbitos de la sociedad.

Vosotros, jóvenes novios, vivid el noviazgo con un amor verdadero, que implica siempre respeto recíproco, casto y responsable. Si el Señor llama a alguno de vosotros, queridos jóvenes amigos de Roma, a una vida de especial consagración, estad dispuestos a responder con un "sí" generoso y sin componendas. Si os entregáis a Dios y a los hermanos, experimentaréis la alegría de quien no se encierra en sí mismo con un egoísmo muy a menudo asfixiante.

Pero, ciertamente, todo ello tiene un precio, el precio que Cristo pagó primero y que todos sus discípulos, aunque de modo muy inferior con respecto al Maestro, también deben pagar: el precio del sacrificio y de la abnegación, de la fidelidad y de la perseverancia, sin los cuales no hay y no puede haber verdadero amor, plenamente libre y fuente de alegría.

Queridos chicos y chicas, el mundo espera vuestra contribución para la edificación de la "civilización del amor". "El horizonte del amor es realmente ilimitado: es el mundo entero" (Mensaje para la XXII Jornada mundial de la juventud: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 9 de febrero de 2007, p. 7). Los sacerdotes que os acompañan y vuestros educadores están seguros de que, con la gracia de Dios y la constante ayuda de su divina misericordia, lograréis estar a la altura de la ardua tarea a la que el Señor os llama.

No os desalentéis; antes bien, tened confianza en Cristo y en su Iglesia. El Papa está cerca de vosotros y os asegura un recuerdo diario en la oración, encomendándoos de modo particular a la Virgen María, Madre de misericordia, para que os acompañe y sostenga siempre. Amén.
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Basílica Vaticana, Jueves Santo 5 de abril de 2007

Queridos hermanos y hermanas:

El escritor ruso León Tolstoi, en un breve relato, narra que había un rey severo que pidió a sus sacerdotes y sabios que le mostraran a Dios para poder verlo. Los sabios no fueron capaces de cumplir ese deseo. Entonces un pastor, que volvía del campo, se ofreció para realizar la tarea de los sacerdotes y los sabios. El pastor dijo al rey que sus ojos no bastaban para ver a Dios. Entonces el rey quiso saber al menos qué es lo que hacía Dios. "Para responder a esta pregunta —dijo el pastor al rey— debemos intercambiarnos nuestros vestidos". Con cierto recelo, pero impulsado por la curiosidad para conocer la información esperada, el rey accedió y entregó sus vestiduras reales al pastor y él se vistió con la ropa sencilla de ese pobre hombre. En ese momento recibió como respuesta: "Esto es lo que hace Dios".

En efecto, el Hijo de Dios, Dios verdadero de Dios verdadero, renunció a su esplendor divino: "Se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte" (Flp 2, 6 ss). Como dicen los santos Padres, Dios realizó el sacrum commercium, el sagrado intercambio: asumió lo que era nuestro, para que nosotros pudiéramos recibir lo que era suyo, ser semejantes a Dios.

San Pablo, refiriéndose a lo que acontece en el bautismo, usa explícitamente la imagen del vestido: "Todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo" (Ga 3, 27). Eso es precisamente lo que sucede en el bautismo: nos revestimos de Cristo; él nos da sus vestidos, que no son algo externo. Significa que entramos en una comunión existencial con él, que su ser y el nuestro confluyen, se compenetran mutuamente. "Ya no soy yo quien vivo, sino que es Cristo quien vive en mí": así describe san Pablo en la carta a los Gálatas (Ga 2, 20) el acontecimiento de su bautismo.

Cristo se ha puesto nuestros vestidos: el dolor y la alegría de ser hombre, el hambre, la sed, el cansancio, las esperanzas y las desilusiones, el miedo a la muerte, todas nuestras angustias hasta la muerte. Y nos ha dado sus "vestidos". Lo que expone en la carta a los Gálatas como simple "hecho" del bautismo —el don del nuevo ser—, san Pablo nos lo presenta en la carta a los Efesios como un compromiso permanente: "Debéis despojaros, en cuanto a vuestra vida anterior, del hombre viejo. (...) y revestiros del hombre nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad. Por tanto, desechando la mentira, hablad con verdad cada cual con su prójimo, pues somos miembros los unos de los otros. Si os airáis, no pequéis" (Ef 4, 22-26).

Esta teología del bautismo se repite de modo nuevo y con nueva insistencia en la ordenación sacerdotal. De la misma manera que en el bautismo se produce un "intercambio de vestidos", un intercambio de destinos, una nueva comunión existencial con Cristo, así también en el sacerdocio se da un intercambio: en la administración de los sacramentos el sacerdote actúa y habla ya "in persona Christi".

En los sagrados misterios el sacerdote no se representa a sí mismo y no habla expresándose a sí mismo, sino que habla en la persona de Otro, de Cristo. Así, en los sacramentos se hace visible de modo dramático lo que significa en general ser sacerdote; lo que expresamos con nuestro "Adsum" —"Presente"— durante la consagración sacerdotal: estoy aquí, presente, para que tú puedas disponer de mí. Nos ponemos a disposición de Aquel "que murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí" (2 Co 5, 15). Ponernos a disposición de Cristo significa identificarnos con su entrega "por todos": estando a su disposición podemos entregarnos de verdad "por todos".

In persona Christi: en el momento de la ordenación sacerdotal, la Iglesia nos hace visible y palpable, incluso externamente, esta realidad de los "vestidos nuevos" al revestirnos con los ornamentos litúrgicos. Con ese gesto externo quiere poner de manifiesto el acontecimiento interior y la tarea que de él deriva: revestirnos de Cristo, entregarnos a él como él se entregó a nosotros.

Este acontecimiento, el "revestirnos de Cristo", se renueva continuamente en cada misa cuando nos revestimos de los ornamentos litúrgicos. Para nosotros, revestirnos de los ornamentos debe ser algo más que un hecho externo; implica renovar el "sí" de nuestra misión, el "ya no soy yo" del bautismo que la ordenación sacerdotal de modo nuevo nos da y a la vez nos pide.

El hecho de acercarnos al altar vestidos con los ornamentos litúrgicos debe hacer claramente visible a los presentes, y a nosotros mismos, que estamos allí "en la persona de Otro". Los ornamentos sacerdotales, tal como se han desarrollado a lo largo del tiempo, son una profunda expresión simbólica de lo que significa el sacerdocio. Por eso, queridos hermanos, en este Jueves santo quisiera explicar la esencia del ministerio sacerdotal interpretando los ornamentos litúrgicos, que quieren ilustrar precisamente lo que significa "revestirse de Cristo", hablar y actuar in persona Christi.

En otros tiempos, al revestirse de los ornamentos sacerdotales se rezaban oraciones que ayudaban a comprender mejor cada uno de los elementos del ministerio sacerdotal. Comencemos por el amito. En el pasado —y todavía hoy en las órdenes monásticas— se colocaba primero sobre la cabeza, como una especie de capucha, simbolizando así la disciplina de los sentidos y del pensamiento, necesaria para una digna celebración de la santa misa. Nuestros pensamientos no deben divagar por las preocupaciones y las expectativas de nuestra vida diaria; los sentidos no deben verse atraídos hacia lo que allí, en el interior de la iglesia, casualmente quisiera secuestrar los ojos y los oídos. Nuestro corazón debe abrirse dócilmente a la palabra de Dios y recogerse en la oración de la Iglesia, para que nuestro pensamiento reciba su orientación de las palabras del anuncio y de la oración. Y la mirada del corazón se debe dirigir hacia el Señor, que está en medio de nosotros: eso es lo que significa ars celebrandi, el modo correcto de celebrar. Si estoy con el Señor, entonces al escuchar, hablar y actuar, atraigo también a la gente hacia la comunión con él.

Los textos de la oración que interpretan el alba y la estola van en la misma dirección. Evocan el vestido festivo que el padre dio al hijo pródigo al volver a casa andrajoso y sucio. Cuando nos disponemos a celebrar la liturgia para actuar en la persona de Cristo, todos caemos en la cuenta de cuán lejos estamos de él, de cuánta suciedad hay en nuestra vida. Sólo él puede darnos un traje de fiesta, hacernos dignos de presidir su mesa, de estar a su servicio.

Así, las oraciones recuerdan también las palabras del Apocalipsis, según las cuales las vestiduras de los ciento cuarenta y cuatro mil elegidos eran dignas de Dios no por mérito de ellos. El Apocalipsis comenta que habían lavado sus vestiduras en la sangre del Cordero y que de ese modo habían quedado tan blancas como la luz (cf. Ap 7, 14).

Cuando yo era niño me decía: pero algo que se lava en la sangre no queda blanco como la luz. La respuesta es: la "sangre del Cordero" es el amor de Cristo crucificado. Este amor es lo que blanquea nuestros vestidos sucios, lo que hace veraz e ilumina nuestra alma obscurecida; lo que, a pesar de todas nuestras tinieblas, nos transforma a nosotros mismos en "luz en el Señor". Al revestirnos del alba deberíamos recordar: él sufrió también por mí; y sólo porque su amor es más grande que todos mis pecados, puedo representarlo y ser testigo de su luz.

Pero además de pensar en el vestido de luz que el Señor nos ha dado en el bautismo y, de modo nuevo, en la ordenación sacerdotal, podemos considerar también el vestido nupcial, del que habla la parábola del banquete de Dios. En las homilías de san Gregorio Magno he encontrado a este respecto una reflexión digna de tenerse en cuenta. San Gregorio distingue entre la versión de la parábola que nos ofrece san Lucas y la de san Mateo. Está convencido de que la parábola de san Lucas habla del banquete nupcial escatológico, mientras que, según él, la versión que nos transmite san Mateo trataría de la anticipación de este banquete nupcial en la liturgia y en la vida de la Iglesia.

En efecto, en san Mateo, y sólo en san Mateo, el rey acude a la sala llena para ver a sus huéspedes. Y entre esa multitud encuentra también un huésped sin vestido nupcial, que luego es arrojado fuera a las tinieblas. Entonces san Gregorio se pregunta: "pero, ¿qué clase de vestido le faltaba? Todos los fieles congregados en la Iglesia han recibido el vestido nuevo del bautismo y de la fe; de lo contrario no estarían en la Iglesia. Entonces, ¿qué les falta aún? ¿Qué vestido nupcial debe añadirse aún?".

El Papa responde: "El vestido del amor". Y, por desgracia, entre sus huéspedes, a los que había dado el vestido nuevo, el vestido blanco del nuevo nacimiento, el rey encuentra algunos que no llevaban el vestido color púrpura del amor a Dios y al prójimo. "¿En qué condición queremos entrar en la fiesta del cielo —se pregunta el Papa—, si no llevamos puesto el vestido nupcial, es decir, el amor, lo único que nos puede embellecer?". En el interior de una persona sin amor reina la oscuridad. Las tinieblas exteriores, de las que habla el Evangelio, son sólo el reflejo de la ceguera interna del corazón (cf. Homilía XXXVIII, 8-13).

Ahora, al disponernos a celebrar la santa misa, deberíamos preguntarnos si llevamos puesto este vestido del amor. Pidamos al Señor que aleje toda hostilidad de nuestro interior, que nos libre de todo sentimiento de autosuficiencia, y que de verdad nos revista con el vestido del amor, para que seamos personas luminosas y no pertenezcamos a las tinieblas.

Por último, me referiré brevemente a la casulla. La oración tradicional cuando el sacerdote reviste la casulla ve representado en ella el yugo del Señor, que se nos impone a los sacerdotes. Y recuerda las palabras de Jesús, que nos invita a llevar su yugo y a aprender de él, que es "manso y humilde de corazón" (Mt 11, 29). Llevar el yugo del Señor significa ante todo aprender de él. Estar siempre dispuestos a seguir su ejemplo. De él debemos aprender la mansedumbre y la humildad, la humildad de Dios que se manifiesta al hacerse hombre.

San Gregorio Nacianceno, en cierta ocasión, se preguntó por qué Dios quiso hacerse hombre. La parte más importante, y para mí más conmovedora, de su respuesta es: "Dios quería darse cuenta de lo que significa para nosotros la obediencia y quería medirlo todo según su propio sufrimiento, esta invención de su amor por nosotros. De este modo, puede conocer directamente en sí mismo lo que nosotros experimentamos, lo que se nos exige, la indulgencia que merecemos, calculando nuestra debilidad según su sufrimiento" (Discurso 30; Disc. Teol. IV, 6).

A veces quisiéramos decir a Jesús: "Señor, para mí tu yugo no es ligero; más aún, es muy pesado en este mundo". Pero luego, mirándolo a él que lo soportó todo, que experimentó en sí la obediencia, la debilidad, el dolor, toda la oscuridad, entonces dejamos de lamentarnos. Su yugo consiste en amar como él. Y cuanto más lo amamos a él y cuanto más amamos como él, tanto más ligero nos resulta su yugo, en apariencia pesado.

Pidámosle que nos ayude a amar como él, para experimentar cada vez más cuán hermoso es llevar su yugo. Amén.
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Basílica de San Juan de Letrán, Jueves Santo, 5 de abril de 2007

Queridos hermanos y hermanas:

En la lectura del libro del Éxodo, que acabamos de escuchar, se describe la celebración de la Pascua de Israel tal como la establecía la ley de Moisés. En su origen, puede haber sido una fiesta de primavera de los nómadas. Sin embargo, para Israel se había transformado en una fiesta de conmemoración, de acción de gracias y, al mismo tiempo, de esperanza.

En el centro de la cena pascual, ordenada según determinadas normas litúrgicas, estaba el cordero como símbolo de la liberación de la esclavitud en Egipto. Por este motivo, el haggadah pascual era parte integrante de la comida a base de cordero: el recuerdo narrativo de que había sido Dios mismo quien había liberado a Israel "con la mano alzada". Él, el Dios misterioso y escondido, había sido más fuerte que el faraón, con todo el poder de que disponía. Israel no debía olvidar que Dios había tomado personalmente en sus manos la historia de su pueblo y que esta historia se basaba continuamente en la comunión con Dios. Israel no debía olvidarse de Dios.

En el rito de la conmemoración abundaban las palabras de alabanza y acción de gracias tomadas de los Salmos. La acción de gracias y la bendición de Dios alcanzaban su momento culminante en la berakha, que en griego se dice eulogia o eucaristia: bendecir a Dios se convierte en bendición para quienes bendicen. La ofrenda hecha a Dios vuelve al hombre bendecida. Todo esto levantaba un puente desde el pasado hasta el presente y hacia el futuro: aún no se había realizado la liberación de Israel. La nación sufría todavía como pequeño pueblo en medio de las tensiones entre las grandes potencias. El recuerdo agradecido de la acción de Dios en el pasado se convertía al mismo tiempo en súplica y esperanza: Lleva a cabo lo que has comenzado. Danos la libertad definitiva.

Jesús celebró con los suyos esta cena de múltiples significados en la noche anterior a su pasión. Teniendo en cuenta este contexto, podemos comprender la nueva Pascua, que él nos dio en la santa Eucaristía. En las narraciones de los evangelistas hay una aparente contradicción entre el evangelio de san Juan, por una parte, y lo que por otra nos dicen san Mateo, san Marcos y san Lucas. Según san Juan, Jesús murió en la cruz precisamente en el momento en el que, en el templo, se inmolaban los corderos pascuales. Su muerte y el sacrificio de los corderos coincidieron. Pero esto significa que murió en la víspera de la Pascua y que, por tanto, no pudo celebrar personalmente la cena pascual. Al menos esto es lo que parece. Por el contrario, según los tres evangelios sinópticos, la última Cena de Jesús fue una cena pascual, en cuya forma tradicional él introdujo la novedad de la entrega de su cuerpo y de su sangre.

Hasta hace pocos años, esta contradicción parecía insoluble. La mayoría de los exegetas pensaba que san Juan no había querido comunicarnos la verdadera fecha histórica de la muerte de Jesús, sino que había optado por una fecha simbólica para hacer así evidente la verdad más profunda: Jesús es el nuevo y verdadero cordero que derramó su sangre por todos nosotros.

Mientras tanto, el descubrimiento de los escritos de Qumram nos ha llevado a una posible solución convincente que, si bien todavía no es aceptada por todos, se presenta como muy probable. Ahora podemos decir que lo que san Juan refirió es históricamente preciso. Jesús derramó realmente su sangre en la víspera de la Pascua, a la hora de la inmolación de los corderos. Sin embargo, celebró la Pascua con sus discípulos probablemente según el calendario de Qumram, es decir, al menos un día antes: la celebró sin cordero, como la comunidad de Qumram, que no reconocía el templo de Herodes y estaba a la espera del nuevo templo.

Por consiguiente, Jesús celebró la Pascua sin cordero; no, no sin cordero: en lugar del cordero se entregó a sí mismo, entregó su cuerpo y su sangre. Así anticipó su muerte como había anunciado: "Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente" (Jn 10, 18). En el momento en que entregaba a sus discípulos su cuerpo y su sangre, cumplía realmente esa afirmación. Él mismo entregó su vida. Sólo de este modo la antigua Pascua alcanzaba su verdadero sentido.

San Juan Crisóstomo, en sus catequesis eucarísticas, escribió en cierta ocasión: ¿Qué dices, Moisés? ¿Que la sangre de un cordero purifica a los hombres? ¿Que los salva de la muerte? ¿Cómo puede purificar a los hombres la sangre de un animal? ¿Cómo puede salvar a los hombres, tener poder contra la muerte? De hecho —sigue diciendo—, el cordero sólo podía ser un símbolo y, por tanto, la expresión de la expectativa y de la esperanza en Alguien que sería capaz de realizar lo que no podía hacer el sacrificio de un animal.

Jesús celebró la Pascua sin cordero y sin templo; y sin embargo no lo hizo sin cordero y sin templo. Él mismo era el Cordero esperado, el verdadero, como lo había anunciado Juan Bautista al inicio del ministerio público de Jesús: "He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Jn 1, 29). Y él mismo es el verdadero templo, el templo vivo, en el que habita Dios, y en el que nosotros podemos encontrarnos con Dios y adorarlo. Su sangre, el amor de Aquel que es al mismo tiempo Hijo de Dios y verdadero hombre, uno de nosotros, esa sangre sí puede salvar. Su amor, el amor con el que él se entrega libremente por nosotros, es lo que nos salva. El gesto nostálgico, en cierto sentido sin eficacia, de la inmolación del cordero inocente e inmaculado encontró respuesta en Aquel que se convirtió para nosotros al mismo tiempo en Cordero y Templo.

Así, en el centro de la nueva Pascua de Jesús se encontraba la cruz. De ella procedía el nuevo don traído por él. Y así la cruz permanece siempre en la santa Eucaristía, en la que podemos celebrar con los Apóstoles a lo largo de los siglos la nueva Pascua. De la cruz de Cristo procede el don. "Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente". Ahora él nos la ofrece a nosotros. El haggadah pascual, la conmemoración de la acción salvífica de Dios, se ha convertido en memoria de la cruz y de la resurrección de Cristo, una memoria que no es un mero recuerdo del pasado, sino que nos atrae hacia la presencia del amor de Cristo. Así, la berakha, la oración de bendición y de acción de gracias de Israel, se ha convertido en nuestra celebración eucarística, en la que el Señor bendice nuestros dones, el pan y el vino, para entregarse en ellos a sí mismo.

Pidamos al Señor que nos ayude a comprender cada vez más profundamente este misterio maravilloso, a amarlo cada vez más y, en él, a amarlo cada vez más a él mismo. Pidámosle que nos atraiga cada vez más hacia sí mismo con la sagrada Comunión. Pidámosle que nos ayude a no tener nuestra vida sólo para nosotros mismos, sino a entregársela a él y así actuar junto con él, a fin de que los hombres encuentren la vida, la vida verdadera, que sólo puede venir de quien es el camino, la verdad y la vida. Amén.
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de la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones
Basílica Vaticana, IV Domingo de Pascua, 29 de abril de 2007

Venerados hermanos en el episcopado y en el presbiterado; queridos ordenandos; queridos hermanos y hermanas:

Este IV domingo de Pascua, denominado tradicionalmente domingo del "Buen Pastor", reviste un significado particular para nosotros, que estamos reunidos en esta basílica vaticana. Es un día absolutamente singular, sobre todo para vosotros, queridos diáconos, a quienes, como Obispo y Pastor de Roma, me alegra conferir la ordenación sacerdotal. Así, entraréis a formar parte de nuestro presbyterium. Junto con el cardenal vicario, los obispos auxiliares y los sacerdotes de la diócesis, doy gracias al Señor por el don de vuestro sacerdocio, que enriquece nuestra comunidad con 22 nuevos pastores.

La densidad teológica del breve pasaje evangélico que acaba de proclamarse nos ayuda a percibir mejor el sentido y el valor de esta solemne celebración. Jesús habla de sí como del buen Pastor que da la vida eterna a sus ovejas (cf. Jn 10, 28). La imagen del pastor está muy arraigada en el Antiguo Testamento y es muy utilizada en la tradición cristiana. Los profetas atribuyen el título de "pastor de Israel" al futuro descendiente de David; por tanto, posee una indudable importancia mesiánica (cf. Ez 34, 23). Jesús es el verdadero pastor de Israel porque es el Hijo del hombre, que quiso compartir la condición de los seres humanos para darles la vida nueva y conducirlos a la salvación. Al término "pastor" el evangelista añade significativamente el adjetivo kalós, hermoso, que utiliza únicamente con referencia a Jesús y a su misión. También en el relato de las bodas de Caná el adjetivo kalós se emplea dos veces aplicado al vino ofrecido por Jesús, y es fácil ver en él el símbolo del vino bueno de los tiempos mesiánicos (cf. Jn 2, 10).

"Yo les doy (a mis ovejas) la vida eterna y no perecerán jamás" (Jn 10, 28). Así afirma Jesús, que poco antes había dicho: "El buen pastor da su vida por las ovejas" (cf. Jn 10, 11). San Juan utiliza el verbo tithénai, ofrecer, que repite en los versículos siguientes (15, 17 y 18); encontramos este mismo verbo en el relato de la última Cena, cuando Jesús "se quitó" sus vestidos y después los "volvió a tomar" (cf. Jn 13, 4. 12). Está claro que de este modo se quiere afirmar que el Redentor dispone con absoluta libertad de su vida, de manera que puede darla y luego recobrarla libremente. Cristo es el verdadero buen Pastor que dio su vida por las ovejas —por nosotros—, inmolándose en la cruz. Conoce a sus ovejas y sus ovejas lo conocen a él, como el Padre lo conoce y él conoce al Padre (cf. Jn 10, 14-15). No se trata de mero conocimiento intelectual, sino de una relación personal profunda; un conocimiento del corazón, propio de quien ama y de quien es amado; de quien es fiel y de quien sabe que, a su vez, puede fiarse; un conocimiento de amor, en virtud del cual el Pastor invita a los suyos a seguirlo, y que se manifiesta plenamente en el don que les hace de la vida eterna (cf. Jn 10, 27-28).

Queridos ordenandos, que la certeza de que Cristo no nos abandona y de que ningún obstáculo podrá impedir la realización de su designio universal de salvación sea para vosotros motivo de constante consuelo —incluso en las dificultades— y de inquebrantable esperanza. La bondad del Señor está siempre con vosotros, y es fuerte. El sacramento del Orden, que estáis a punto de recibir, os hará partícipes de la misma misión de Cristo; estaréis llamados a sembrar la semilla de su Palabra —la semilla que lleva en sí el reino de Dios—, a distribuir la misericordia divina y a alimentar a los fieles en la mesa de su Cuerpo y de su Sangre.

Para ser dignos ministros suyos debéis alimentaros incesantemente de la Eucaristía, fuente y cumbre de la vida cristiana. Al acercaros al altar, vuestra escuela diaria de santidad, de comunión con Jesús, del modo de compartir sus sentimientos, para renovar el sacrificio de la cruz, descubriréis cada vez más la riqueza y la ternura del amor del divino Maestro, que hoy os llama a una amistad más íntima con él. Si lo escucháis dócilmente, si lo seguís fielmente, aprenderéis a traducir a la vida y al ministerio pastoral su amor y su pasión por la salvación de las almas. Cada uno de vosotros, queridos ordenandos, llegará a ser con la ayuda de Jesús un buen pastor, dispuesto a dar también la vida por él, si fuera necesario.

Así sucedió al inicio del cristianismo con los primeros discípulos, mientras, como hemos escuchado en la primera lectura, el Evangelio iba difundiéndose entre consuelos y dificultades. Vale la pena subrayar las últimas palabras del pasaje de los Hechos de los Apóstoles que hemos escuchado: "Los discípulos quedaron llenos de gozo y del Espíritu Santo" (Hch 13, 52). A pesar de las incomprensiones y los contrastes, de los que se nos ha hablado, el apóstol de Cristo no pierde la alegría, más aún, es testigo de la alegría que brota de estar con el Señor, del amor a él y a los hermanos.

En esta Jornada mundial de oración por las vocaciones, que este año tiene como tema: "La vocación al servicio de la Iglesia comunión", pidamos que a cuantos son elegidos para una misión tan alta los acompañe la comunión orante de todos los fieles.

Pidamos que en todas las parroquias y comunidades cristianas aumente la solicitud por las vocaciones y por la formación de los sacerdotes: comienza en la familia, prosigue en el seminario e implica a todos los que se interesan por la salvación de las almas.

Queridos hermanos y hermanas que participáis en esta sugestiva celebración, y en primer lugar vosotros, parientes, familiares y amigos de estos 22 diáconos que dentro de poco serán ordenados presbíteros, apoyemos a estos hermanos nuestros en el Señor con nuestra solidaridad espiritual. Oremos para que sean fieles a la misión a la que el Señor los llama hoy, y para que estén dispuestos a renovar cada día a Dios su "sí", su "heme aquí", sin reservas. Y en esta Jornada de oración por las vocaciones roguemos al Dueño de la mies que siga suscitando numerosos y santos presbíteros, totalmente consagrados al servicio del pueblo cristiano.

En este momento tan solemne e importante de vuestra vida me dirijo con afecto, una vez más, a vosotros, queridos ordenandos. A vosotros Jesús os repite hoy: "Ya no os llamo siervos, sino amigos". Aceptad y cultivad esta amistad divina con "amor eucarístico". Que os acompañe María, Madre celestial de los sacerdotes. Ella, que al pie de la cruz se unió al sacrificio de su Hijo y, después de la resurrección, en el Cenáculo, recibió con los Apóstoles y con los demás discípulos el don del Espíritu, os ayude a vosotros y a cada uno de nosotros, queridos hermanos en el sacerdocio, a dejarnos transformar interiormente por la gracia de Dios. Sólo así es posible ser imágenes fieles del buen Pastor; sólo así se puede cumplir con alegría la misión de conocer, guiar y amar la grey que Jesús se ganó al precio de su sangre. Amén.
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Basílica de San Juan de Letrán, Jueves 7 de junio de 2007

Queridos hermanos y hermanas:

Hace poco hemos cantado en la Secuencia: "Dogma datur christianis, quod in carnem transit panis, et vinum in sanguinem", "Es certeza para los cristianos: el pan se convierte en carne, y el vino en sangre". Hoy reafirmamos con gran gozo nuestra fe en la Eucaristía, el Misterio que constituye el corazón de la Iglesia.

En la reciente exhortación postsinodal Sacramentum caritatis recordé que el Misterio eucarístico "es el don que Jesucristo hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre" (n. 1). Por tanto, la fiesta del Corpus Christi es singular y constituye una importante cita de fe y de alabanza para toda comunidad cristiana. Es una fiesta que tuvo su origen en un contexto histórico y cultural determinado: nació con la finalidad precisa de reafirmar abiertamente la fe del pueblo de Dios en Jesucristo vivo y realmente presente en el santísimo sacramento de la Eucaristía. Es una fiesta instituida para adorar, alabar y dar públicamente las gracias al Señor, que "en el Sacramento eucarístico Jesús sigue amándonos "hasta el extremo", hasta el don de su cuerpo y de su sangre" (ib., 1).

La celebración eucarística de esta tarde nos remonta al clima espiritual del Jueves santo, el día en que Cristo, en la víspera de su pasión, instituyó en el Cenáculo la santísima Eucaristía. Así, el Corpus Christi constituye una renovación del misterio del Jueves santo, para obedecer a la invitación de Jesús de "proclamar desde los terrados" lo que él dijo en lo secreto (cf. Mt 10, 27).

El don de la Eucaristía los Apóstoles lo recibieron en la intimidad de la última Cena, pero estaba destinado a todos, al mundo entero. Precisamente por eso hay que proclamarlo y exponerlo abiertamente, para que cada uno pueda encontrarse con "Jesús que pasa", como acontecía en los caminos de Galilea, de Samaria y de Judea; para que cada uno, recibiéndolo, pueda quedar curado y renovado por la fuerza de su amor.

Queridos amigos, esta es la herencia perpetua y viva que Jesús nos ha dejado en el Sacramento de su Cuerpo y su Sangre. Es necesario reconsiderar, revivir constantemente esta herencia, para que, como dijo el venerado Papa Pablo VI, pueda ejercer "su inagotable eficacia en todos los días de nuestra vida mortal" (Audiencia general del miércoles 24 de mayo de 1967).

En la misma exhortación postsinodal, comentando la exclamación del sacerdote después de la consagración: "Este es el misterio de la fe", afirmé: "Proclama el misterio celebrado y manifiesta su admiración ante la conversión sustancial del pan y el vino en el cuerpo y la sangre del Señor Jesús, una realidad que supera toda comprensión humana" (n. 6).

Precisamente porque se trata de una realidad misteriosa que rebasa nuestra comprensión, no nos ha de sorprender que también hoy a muchos les cueste aceptar la presencia real de Cristo en la Eucaristía. No puede ser de otra manera. Así ha sucedido desde el día en que, en la sinagoga de Cafarnaúm, Jesús declaró abiertamente que había venido para darnos en alimento su carne y su sangre (cf. Jn 6, 26-58).

Ese lenguaje pareció "duro" y muchos se volvieron atrás. Ahora, como entonces, la Eucaristía sigue siendo "signo de contradicción" y no puede menos de serlo, porque un Dios que se hace carne y se sacrifica por la vida del mundo pone en crisis la sabiduría de los hombres. Pero con humilde confianza la Iglesia hace suya la fe de Pedro y de los demás Apóstoles, y con ellos proclama, y proclamamos nosotros: "Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna" (Jn 6, 68). Renovemos también nosotros esta tarde la profesión de fe en Cristo vivo y presente en la Eucaristía. Sí, "es certeza para los cristianos: el pan se convierte en carne, y el vino en sangre".

La Secuencia, en su punto culminante, nos ha hecho cantar: "Ecce panis angelorum, factus cibus viatorum: vere panis filiorum", "He aquí el pan de los ángeles, pan de los peregrinos, verdadero pan de los hijos". La Eucaristía es el alimento reservado a los que en el bautismo han sido liberados de la esclavitud y han llegado a ser hijos, y por la gracia de Dios nosotros somos hijos; es el alimento que los sostiene en el largo camino del éxodo a través del desierto de la existencia humana.

Como el maná para el pueblo de Israel, así para toda generación cristiana la Eucaristía es el alimento indispensable que la sostiene mientras atraviesa el desierto de este mundo, aridecido por sistemas ideológicos y económicos que no promueven la vida, sino que más bien la mortifican; un mundo donde domina la lógica del poder y del tener, más que la del servicio y del amor; un mundo donde no raramente triunfa la cultura de la violencia y de la muerte. Pero Jesús sale a nuestro encuentro y nos infunde seguridad: él mismo es "el pan de vida" (Jn 6, 35.48). Nos lo ha repetido en las palabras del Aleluya: "Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Quien come de este pan, vivirá para siempre" (cf. Jn 6, 51).

En el pasaje evangélico que se acaba de proclamar, san Lucas, narrándonos el milagro de la multiplicación de los cinco panes y dos peces con los que Jesús sació a la muchedumbre "en un lugar desierto", concluye diciendo: "Comieron todos hasta saciarse (cf. Lc 9, 11-17).

En primer lugar, quiero subrayar la palabra "todos". En efecto, el Señor desea que todos los seres humanos se alimenten de la Eucaristía, porque la Eucaristía es para todos. Si en el Jueves santo se pone de relieve la estrecha relación que existe entre la última Cena y el misterio de la muerte de Jesús en la cruz, hoy, fiesta del Corpus Christi, con la procesión y la adoración común de la Eucaristía se llama la atención hacia el hecho de que Cristo se inmoló por la humanidad entera. Su paso por las casas y las calles de nuestra ciudad será para sus habitantes un ofrecimiento de alegría, de vida inmortal, de paz y de amor.

En el pasaje evangélico salta a la vista un segundo elemento: el milagro realizado por el Señor contiene una invitación explícita a cada uno para dar su contribución. Los cinco panes y dos peces indican nuestra aportación, pobre pero necesaria, que él transforma en don de amor para todos. "Cristo —escribí en la citada exhortación postsinodal— sigue exhortando también hoy a sus discípulos a comprometerse en primera persona" (n. 88). Por consiguiente, la Eucaristía es una llamada a la santidad y a la entrega de sí a los hermanos, pues "la vocación de cada uno de nosotros consiste en ser, junto con Jesús, pan partido para la vida del mundo" (ib.).

Nuestro Redentor dirige esta invitación en particular a nosotros, queridos hermanos y hermanas de Roma, reunidos en torno a la Eucaristía en esta histórica plaza: os saludo a todos con afecto. Mi saludo va ante todo al cardenal vicario y a los obispos auxiliares, a los demás venerados hermanos cardenales y obispos, así como a los numerosos presbíteros y diáconos, a los religiosos y las religiosas, y a todos los fieles laicos.

Al final de la celebración eucarística nos uniremos en procesión, como para llevar idealmente al Señor Jesús por todas las calles y barrios de Roma. Por decirlo así, lo sumergiremos en la cotidianidad de nuestra vida, para que camine donde nosotros caminamos, para que viva donde vivimos. En efecto, como nos ha recordado el apóstol san Pablo en la carta a los Corintios, sabemos que en toda Eucaristía, también en la de esta tarde, "anunciamos la muerte del Señor hasta que venga" (cf. 1 Co 11, 26). Caminamos por las calles del mundo sabiendo que lo tenemos a él a nuestro lado, sostenidos por la esperanza de poderlo ver un día cara a cara en el encuentro definitivo.

Mientras tanto, ya ahora escuchamos su voz, que repite, como leemos en el libro del Apocalipsis: "Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo" (Ap 3, 20).

La fiesta del Corpus Christi quiere hacer perceptible, a pesar de la dureza de nuestro oído interior, esta llamada del Señor. Jesús llama a la puerta de nuestro corazón y nos pide entrar no sólo por un día, sino para siempre. Lo acogemos con alegría elevando a él la invocación coral de la liturgia: "Buen pastor, verdadero pan, oh Jesús, ten piedad de nosotros (...). Tú que todo lo sabes y lo puedes, que nos alimentas en la tierra, lleva a tus hermanos a la mesa del cielo, en la gloria de tus santos". Amén.
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en la Catedral de San Rufino, Asís
Domingo 17 de junio de 2007

Amadísimos sacerdotes y diáconos, religiosos y religiosas:

Os puedo asegurar con sinceridad que deseaba vivamente encontrarme con vosotros en esta antigua catedral, en la que normalmente se congrega, en torno al obispo, la Iglesia diocesana. Esta mañana estuve en medio del pueblo de Dios, en sus diferentes componentes, durante la celebración eucarística en la basílica de San Francisco y me pareció conveniente reservaros a vosotros un encuentro particular, teniendo en cuenta, entre otras cosas, el gran número de personas consagradas que hay en esta diócesis.

Doy las gracias a mons. Domenico Sorrentino, pastor de esta Iglesia, por haberse hecho intérprete de vuestros sentimientos de comunión y afecto. Y he sentido inmediatamente vuestro afecto. Expreso de corazón mi agradecimiento al obispo emérito, mons. Sergio Goretti, que, como hemos escuchado, durante veinticinco años ha gobernado esta Iglesia, ilustre por tanta historia de santidad. Recuerdo los numerosos encuentros que tuvimos precisamente aquí, en Asís. ¡Gracias, excelencia!

Como sabéis, y como ha recordado mons. Sorrentino, la ocasión que me ha traído hoy a Asís es la conmemoración del VIII centenario de la conversión de san Francisco. También yo me he hecho peregrino. Ya siendo estudiante, y después cuando me preparaba para una cátedra, estudié a san Buenaventura y, por consiguiente, también a san Francisco. Peregriné espiritualmente a Asís mucho antes de llegar aquí físicamente. Así, en esta larga peregrinación de mi vida, hoy me alegra estar en la catedral con vosotros, sacerdotes, religiosos y religiosas.

Dado que he venido tras las huellas del Poverello, al hablar, mi punto de partida será él. Pero, precisamente en el contexto de esta catedral, no puedo menos de recordar a los demás santos que han ilustrado la vida de esta Iglesia, desde su patrono san Rufino, a quien se añaden san Rinaldo y el beato Ángel. Es evidente que junto a san Francisco se encuentra santa Clara, cuya casa estaba precisamente al lado de esta catedral. Hace poco he podido ver el baptisterio en el que, según la tradición, recibieron el bautismo tanto san Francisco como santa Clara, y después san Gabriel de la Dolorosa.

Este hecho me brinda la ocasión para hacer una primera reflexión. Hoy hablamos de la conversión de san Francisco, pensando en la opción radical de vida que hizo desde su juventud; sin embargo, no podemos olvidar que su primera "conversión" tuvo lugar con el don del bautismo. La respuesta plena que dio siendo adulto no fue más que la maduración del germen de santidad que recibió entonces.

Es importante que en nuestra vida y en la propuesta pastoral tomemos cada vez mayor conciencia de la dimensión bautismal de la santidad. Es don y tarea para todos los bautizados. A esta dimensión hacía referencia mi venerado y amado predecesor en la carta apostólica Novo millennio ineunte cuando escribió: "Preguntar a un catecúmeno, "¿quieres recibir el bautismo?", significa al mismo tiempo preguntarle: "¿quieres ser santo?"" (n. 31).

A los millones de peregrinos que pasan por estas calles atraídos por el carisma de san Francisco es necesario ayudarles a captar el núcleo esencial de la vida cristiana y a tender a su "alto grado", que es precisamente la santidad. No basta que admiren a san Francisco: a través de él deben encontrar a Cristo, para confesarlo y amarlo con "fe firme, esperanza cierta y caridad perfecta" (Oración de san Francisco ante el Crucifijo, 1: FF 276).

Los cristianos de nuestro tiempo tienen que afrontar cada vez con mayor frecuencia la tendencia a aceptar un Cristo disminuido, admirado en su humanidad extraordinaria, pero rechazado en el misterio profundo de su divinidad. El mismo san Francisco sufre una especie de mutilación cuando se lo cita como testigo de valores, ciertamente importantes, apreciados por la cultura moderna, pero olvidando que la opción profunda, podríamos decir el corazón de su vida, es la opción por Cristo.

En Asís es necesaria, hoy más que nunca, una línea pastoral de alto perfil. Con este fin hace falta que vosotros, sacerdotes y diáconos, y vosotras, personas de vida consagrada, sintáis fuertemente el privilegio y la responsabilidad de vivir en este territorio de gracia. Es verdad que todos los que pasan por esta ciudad reciben un mensaje benéfico incluso sólo de sus "piedras" y de su historia. Hablan radicalmente las piedras, pero eso no os exime de una propuesta espiritual fuerte, que ayude también a afrontar las numerosas seducciones del relativismo, que caracteriza a la cultura de nuestro tiempo.

Asís tiene el don de atraer a personas de muchas culturas y religiones, en nombre de un diálogo que constituye un valor irrenunciable. Juan Pablo II unió su nombre a esta imagen de Asís como ciudad del diálogo y de la paz. A este respecto, me complace que hayáis querido honrar la memoria de su relación especial con esta ciudad también dedicándole una sala con cuadros que lo representan precisamente al lado de esta catedral. Para Juan Pablo II era claro que la vocación de Asís al diálogo está vinculada al mensaje de san Francisco, y debe seguir estando muy arraigada en los pilares de su espiritualidad.

En san Francisco todo parte de Dios y vuelve a Dios. Sus Alabanzas al Dios altísimo manifiestan un alma en diálogo constante con la Trinidad. Su relación con Cristo encuentra en la Eucaristía su lugar más significativo. Incluso el amor al prójimo se desarrolla a partir de la experiencia y del amor a Dios. Cuando, en el Testamento, recuerda cómo su acercamiento a los leprosos fue el inicio de su conversión, subraya que a ese abrazo de misericordia fue llevado por Dios mismo (cf. 2 Test 2: FF 110).

Los diversos testimonios biográficos concuerdan en describir su conversión como un progresivo abrirse a la Palabra que viene de lo alto. Aplica la misma lógica cuando pide y da limosna con la motivación del amor a Dios (cf. 2 Cel 47, 77: FF 665). Su mirada a la naturaleza es, en realidad, una contemplación del Creador en la belleza de las criaturas. Incluso su deseo de paz toma forma de oración, ya que le fue revelado el modo como debía formularlo: "El Señor te dé la paz" (2 Test: FF 121). San Francisco es un hombre para los demás, porque en el fondo es un hombre de Dios. Querer separar, en su mensaje, la dimensión "horizontal" de la "vertical" significa hacer irreconocible a san Francisco.

A vosotros, ministros del Evangelio y del altar; a vosotros, religiosos y religiosas, os corresponde la tarea de llevar a cabo un anuncio de la fe cristiana a la altura de los desafíos actuales. Tenéis una gran historia y deseo expresar mi aprecio por lo que ya hacéis. Aunque hoy vuelvo a Asís como Papa, vosotros sabéis que no es la primera vez que visito esta ciudad, y que siempre me he llevado una buena impresión de ella. Es necesario que vuestra tradición espiritual y pastoral siga arraigada en sus valores perennes y al mismo tiempo se renueve para dar una respuesta auténtica a los nuevos interrogantes.

Por eso, deseo animaros a seguir con confianza el plan pastoral que vuestro obispo os ha propuesto. En él se señalan las grandes y exigentes perspectivas de la comunión, la caridad, la misión, subrayando que hunden sus raíces en una auténtica conversión a Cristo. La lectio divina, el carácter central de la Eucaristía, la liturgia de las Horas y la adoración eucarística, la contemplación de los misterios de Cristo desde la perspectiva mariana del rosario, aseguran el clima y la tensión espiritual sin los cuales todos los compromisos pastorales, la vida fraterna, incluso el compromiso en favor de los pobres, correrían el peligro de naufragar a causa de nuestras fragilidades y de nuestro cansancio.

¡Ánimo, queridos hermanos! A esta ciudad, a esta comunidad eclesial, mira con particular simpatía la Iglesia desde todas las regiones del mundo. El nombre de san Francisco, acompañado por el de santa Clara, requiere que esta ciudad se distinga por un particular impulso misionero. Pero, precisamente por esto, también es necesario que esta Iglesia viva de una intensa experiencia de comunión.

En esta perspectiva se sitúa el motu proprio Totius orbis con el que, como ha mencionado vuestro obispo, establecí que las dos grandes basílicas papales, la de San Francisco y la de Santa María de los Ángeles, aunque sigan gozando de una atención especial de la Santa Sede a través del legado pontificio, desde el punto de vista pastoral entren en la jurisdicción del obispo de esta Iglesia. Me alegra mucho saber que el nuevo camino se comenzó con una gran disponibilidad y colaboración, y estoy seguro de que producirá abundantes frutos.

En realidad, era un camino ya maduro por varias razones. Lo sugería el nuevo impulso que el concilio Vaticano II dio a la teología de la Iglesia particular, mostrando cómo en ella se expresa el misterio de la Iglesia universal. En efecto, las Iglesias particulares "están formadas a imagen de la Iglesia universal: en ellas y a partir de ellas (in quibus et ex quibus) existe la Iglesia católica, una y única" (Lumen gentium, 23). Hay una relación mutua interior entre lo universal y lo particular. Las Iglesias particulares, precisamente mientras viven su identidad de "porciones" del pueblo de Dios, expresan también una comunión y una "diaconía" con respecto a la Iglesia universal esparcida por el mundo, animada por el Espíritu y servida por el ministerio de unidad del Sucesor de Pedro.

Esta apertura "católica" es propia de cada diócesis y marca, de algún modo, todas las dimensiones de su vida, pero se acentúa cuando una Iglesia dispone de un carisma que atrae y actúa más allá de sus confines. Y ¿cómo negar que ese es el carisma de san Francisco y de su mensaje? Los numerosos peregrinos que vienen a Asís estimulan a esta Iglesia a ir más allá de sí misma. Por otra parte, es indiscutible que san Francisco tiene una relación especial con su ciudad. En cierto modo, Asís forma un cuerpo con el camino de santidad de este gran hijo suyo. Lo demuestra la misma peregrinación que estoy realizando, en la que estoy recorriendo muchos lugares —ciertamente no todos— de la vida de san Francisco en esta ciudad.

Asimismo, quiero subrayar que la espiritualidad de san Francisco de Asís ayuda mucho, tanto para captar la universalidad de la Iglesia, que él expresó en una particular devoción al Vicario de Cristo, como para comprender el valor de la Iglesia particular, dado que fue fuerte y filial su vínculo con el obispo de Asís. Es preciso redescubrir el valor no sólo biográfico, sino también "eclesiológico", del encuentro del joven Francisco con el obispo Guido, a cuyo discernimiento y en cuyas manos entregó su opción de vida por Cristo, despojándose de todo (cf. 1 Cel I, 6, 14-15: FF 343-344). La conveniencia de una gestión unitaria, como quedó establecida por el motu proprio, se apoyaba también en la necesidad de una acción pastoral más coordinada y eficaz. El concilio Vaticano II y el Magisterio sucesivo subrayaron la necesidad de que las personas y las comunidades de vida consagrada, incluso las de derecho pontificio, se inserten de modo orgánico, de acuerdo con sus Constituciones y con las leyes de la Iglesia, en la vida de la Iglesia particular (cf. Christus Dominus, 33-35; Código de derecho canónico, cc. 678-680). Esas comunidades, aunque tienen derecho a esperar que se acoja y respete su carisma, han de evitar vivir como "islas"; deben integrarse con convicción y generosidad en el servicio y en el plan pastoral adoptado por el obispo para toda la comunidad diocesana.

Pienso en particular en vosotros, amadísimos sacerdotes, comprometidos cada día, juntamente con los diáconos, al servicio del pueblo de Dios. Vuestro entusiasmo, vuestra comunión, vuestra vida de oración y vuestro generoso ministerio son indispensables. Puede suceder que sintáis cansancio o miedo ante las nuevas exigencias y las nuevas dificultades, pero debemos confiar en que el Señor nos dará la fuerza necesaria para realizar lo que nos pide. Él —oramos y estamos seguros— no permitirá que falten vocaciones, si las imploramos con la oración y a la vez nos preocupamos de buscarlas y conservarlas con una pastoral juvenil y vocacional llena de ardor e inventiva, capaz de mostrar la belleza del ministerio sacerdotal. En este contexto, también saludo cordialmente a los superiores y a los alumnos del Pontificio Seminario regional de Umbría.

Vosotras, personas consagradas, con vuestra vida dad razón de la esperanza que habéis puesto en Cristo. Para esta Iglesia constituís una gran riqueza, tanto en el ámbito de la pastoral parroquial como en beneficio de tantos peregrinos que vienen a menudo a pediros hospitalidad, esperando también un testimonio espiritual.

En particular vosotras, las monjas de clausura, mantened elevada la antorcha de la contemplación. A cada una de vosotras deseo repetir las palabras que santa Clara escribió en una carta a santa Inés de Bohemia, pidiéndole que hiciera de Cristo su "espejo": "Mira cada día este espejo, oh reina esposa de Jesucristo, y en él contempla continuamente tu rostro..." (4 Lag 15: FF 2902).

Vuestra vida de ocultamiento y oración no os aleja del dinamismo misionero de la Iglesia; al contrario, os sitúa en su corazón. Cuanto más grandes son los desafíos apostólicos, tanto mayor es la necesidad de vuestro carisma. Sed signos del amor de Cristo, al que puedan mirar todos los demás hermanos y hermanas expuestos a las fatigas de la vida apostólica y del compromiso laical en el mundo.

A la vez que os confirmo mi afecto, lleno de confianza, y os encomiendo a la intercesión de la santísima Virgen María y de vuestros santos, comenzando por san Francisco y santa Clara, imparto a todos una especial bendición apostólica.
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Iglesia de Santa Justina mártir, Auronzo di Cadore, 24 de julio de 2007

Santidad, soy don Claudio y quiero hacerle una pregunta sobre la formación de la conciencia, de modo especial en las nuevas generaciones, porque hoy parece cada vez más difícil formar una conciencia coherente, una conciencia recta. Se confunde el bien y el mal con sentirse bien y sentirse mal, el aspecto más emotivo. Por eso, quisiera que nos diera usted algún consejo. Muchas gracias.

Excelencias, queridos hermanos, ante todo quisiera expresaros mi alegría y mi gratitud por este encuentro. Doy las gracias a los dos obispos, su excelencia Andrich y su excelencia Mazzocato, por esta invitación. A vosotros, que habéis venido en tan gran número durante el período de vacaciones, os manifiesto mi agradecimiento. Ver una iglesia llena de sacerdotes es alentador, porque demuestra que sí hay sacerdotes. La Iglesia está viva, aunque aumenten los problemas en nuestro tiempo y precisamente en nuestro Occidente. La Iglesia sigue siempre viva y, con sacerdotes que realmente desean anunciar el reino de Dios, crece y resiste a las complicaciones que vemos hoy en nuestra situación cultural.

La primera pregunta refleja en cierto modo un problema de la situación cultural de Occidente, porque en los últimos dos siglos el concepto de conciencia ha cambiado profundamente. Hoy prevalece la idea de que sólo sería racional —parte de la razón— lo que es cuantificable. Las otras cosas, es decir, las materias de la religión y la moral, no entrarían en la razón común, porque no son comprobables o, como se dice, no son "falsificables" con experimentos.

En esta situación, donde la moral y la religión son expulsadas por la razón, el único criterio último de la moralidad y también de la religión es el sujeto, la conciencia subjetiva, que no conoce otras instancias. En definitiva, sólo decide el sujeto, con su sentimiento, con sus experiencias, con los criterios que puede haber encontrado. Pero de esta forma el sujeto se convierte en una realidad aislada. Como usted ha dicho, así cambian los parámetros de día en día.

En la tradición cristiana "conciencia" quiere decir "cum-scientia"; o sea: nosotros, nuestro ser está abierto, puede escuchar la voz del ser mismo, la voz de Dios. Por tanto, la voz de los grandes valores está inscrita en nuestro ser y la grandeza del hombre consiste precisamente en que no está cerrado en sí mismo, no se reduce a las cosas materiales, cuantificables, sino que tiene una apertura interior a las cosas esenciales, y también la posibilidad de una escucha.

En la profundidad de nuestro ser no sólo podemos escuchar las necesidades del momento, las cosas materiales, sino también la voz del Creador mismo; así se conoce lo que es bien y lo que es mal. Pero, naturalmente, esta capacidad de escucha debe ser educada y desarrollada. Y precisamente este es el compromiso del anuncio que nosotros hacemos en la Iglesia: desarrollar esta importantísima capacidad, dada por Dios al hombre, de escuchar la voz de la verdad y así la voz de los valores.

Por consiguiente, un primer paso consiste en hacer que las personas perciban que nuestra misma naturaleza lleva en sí un mensaje moral, un mensaje divino, que debe ser descifrado y que nosotros poco a poco podemos conocer y escuchar mejor si desarrollamos en nosotros una escucha interior. Ahora bien, el problema concreto consiste en cómo educar para la escucha, en cómo lograr que el hombre sea capaz de escuchar, a pesar de todas las sorderas modernas, en cómo hacer que se vuelva a escuchar, en cómo conseguir que se haga realidad el effeta del bautismo, la apertura de los sentidos interiores.

Viendo la situación en la que nos encontramos, yo propondría una combinación entre un camino laico y un camino religioso: el camino de la fe. Hoy todos vemos que el hombre podría destruir el fundamento de su existencia, su tierra, y, por tanto, que ya no podemos hacer con nuestra tierra, con la realidad que nos ha sido encomendada, lo que queramos y lo que en cada momento parezca útil o conveniente; si queremos sobrevivir, debemos respetar las leyes interiores de la creación, de esta tierra, aprender estas leyes y obedecer también a estas leyes.

Así pues, esta obediencia a la voz de la tierra, del ser, es más importante para nuestra felicidad futura que las voces y los deseos del momento. En otras palabras, este es un primer criterio que conviene aprender: el ser mismo, nuestra tierra, habla con nosotros y nosotros debemos escuchar si queremos sobrevivir y descifrar este mensaje de la tierra. Y si debemos ser obedientes a la voz de la tierra, esto vale aún más para la voz de la vida humana. No sólo debemos cuidar la tierra; también debemos respetar al otro, a los otros: al otro en su singularidad como persona, como mi prójimo, y a los otros como comunidad que vive en el mundo y en la que debemos vivir juntos. Y vemos que sólo podemos ir adelante si guardamos un respeto absoluto a esta criatura de Dios, a esta imagen de Dios que es el hombre, sólo si respetamos la convivencia en la tierra.

De este modo, llegamos a la conclusión de que necesitamos las grandes experiencias morales de la humanidad, que son experiencias surgidas del encuentro con el otro, con la comunidad; la experiencia de que la libertad humana es siempre una libertad compartida y sólo puede funcionar si compartimos nuestras libertades respetando valores que son comunes a todos.

Me parece que con estos pasos podemos hacer ver la necesidad de obedecer a la voz del ser, de respetar la dignidad del otro, de respetar la necesidad de vivir juntos nuestras libertades como una libertad, y para todo esto es preciso conocer el valor que implica promover una digna comunión de vida entre los hombres. Así llegamos, como ya he dicho, a las grandes experiencias de la humanidad, en las que se manifiesta la voz del ser, y sobre todo a las experiencias de la gran peregrinación histórica del pueblo de Dios, que comenzó con Abraham, en el que no sólo encontramos las experiencias humanas fundamentales, sino que también, a través de esas experiencias, podemos escuchar la voz del Creador mismo, que nos ama y ha hablado con nosotros.

Aquí, en este contexto, respetando las experiencias humanas que nos indican el camino hoy y mañana, me parece que los diez Mandamientos tienen siempre un valor prioritario, en el que vemos las grandes señales que nos indican el camino. Los diez Mandamientos releídos, revividos a la luz de Cristo, a la luz de la vida de la Iglesia y de sus experiencias, indican algunos valores fundamentales y esenciales: los mandamientos cuarto y sexto, juntos, indican la importancia de nuestro cuerpo, de respetar las leyes del cuerpo, de la sexualidad y del amor, el valor del amor fiel, la familia. El quinto mandamiento indica el valor de la vida y también el valor de la vida común. El séptimo mandamiento indica el valor de compartir los bienes de la tierra, la justa distribución de estos bienes, la administración de la creación de Dios. El octavo mandamiento indica el gran valor de la verdad.

Por tanto, si los mandamientos cuarto, quinto y sexto indican el amor al prójimo, el octavo señala la verdad. Todo esto no funciona si falta la comunión con Dios, el respeto de Dios y la presencia de Dios en el mundo. Un mundo sin Dios será siempre un mundo de arbitrariedad y de egoísmo. Sólo si aparece Dios hay luz, hay esperanza. Nuestra vida tiene un sentido que no surge de nosotros, sino que nos precede, nos dirige. Por consiguiente, en este sentido tomamos juntos los caminos obvios que hoy también la conciencia laica puede ver fácilmente, y así tratamos de guiar las voces más profundas, la voz verdadera de la conciencia, que se comunica en la gran tradición de la oración, de la vida moral de la Iglesia. Yo creo que, con un camino de paciente educación, todos podemos aprender a vivir y a encontrar la verdadera vida.

Soy don Mauro. Santidad, al desempeñar nuestro ministerio pastoral, cada vez nos vemos más agobiados por muchos afanes. Aumentan los compromisos de gestión administrativa de las parroquias, de organización pastoral y de acogida de las personas que atraviesan situaciones difíciles. ¿Hacia qué prioridades debemos orientar hoy nuestro ministerio de sacerdotes y párrocos, para evitar, por un lado, la fragmentación y, por otro, la dispersión? Muchas gracias.

Es una pregunta muy realista; es verdad. También yo experimento un poco este problema, pues cada día tengo que resolver muchos asuntos, con numerosas audiencias necesarias, con tanto que hacer. Sin embargo, es preciso encontrar las debidas prioridades y no olvidar lo esencial: el anuncio del reino de Dios. Al escuchar esta pregunta, me vino a la mente el evangelio de hace dos semanas sobre la misión de los setenta y dos discípulos. Para esta primera gran misión que Jesús encomendó a esos setenta y dos discípulos, les dio tres imperativos, que a mi parecer expresan también hoy sustancialmente las grandes prioridades del trabajo de un discípulo de Cristo, de un sacerdote. Los tres imperativos son: orad, curad y anunciad.

Creo que debemos encontrar el equilibrio entre estos tres imperativos esenciales, tenerlos siempre presentes como centro de nuestro trabajo.

Orad, es decir: sin una relación personal con Dios todo el resto no puede funcionar, porque realmente no podemos llevar a Dios, la realidad divina y la verdadera vida humana a las personas, si nosotros mismos no vivimos una relación profunda, verdadera, de amistad con Dios en Cristo Jesús.

Por eso cada día celebramos la santa Eucaristía como encuentro fundamental, donde el Señor habla con nosotros y nosotros con el Señor, que se entrega en nuestras manos. Sin la oración de las Horas, por la que entramos en la gran plegaria de todo el pueblo de Dios, comenzando por los Salmos del pueblo antiguo renovado en la fe de la Iglesia, y sin la oración personal, no podemos ser buenos sacerdotes, pues se pierde la sustancia de nuestro ministerio. Por eso, el primer imperativo es ser hombres de Dios, es decir, hombres que tienen amistad con Cristo y con sus santos.

Viene luego el segundo imperativo. Jesús dijo: curad a los enfermos, a los abandonados, a los necesitados. Es el amor de la Iglesia a los marginados, a los que sufren. Incluso las personas ricas pueden estar interiormente marginadas y sufrir. "Curar" se refiere a todas las necesidades humanas, que son siempre necesidades que van en profundidad hacia Dios. Por tanto, como se dice, es preciso conocer a las ovejas, tener relaciones humanas con las personas que nos han sido encomendadas, mantener un contacto humano y no perder la humanidad, porque Dios se hizo hombre y así confirmó todas las dimensiones de nuestro ser humano.

Pero, como he aludido, lo humano y lo divino siempre van juntos. A mi parecer, a este "curar", en sus múltiples formas, pertenece también el ministerio sacramental. El ministerio de la Reconciliación es un acto de curación extraordinario, que el hombre necesita para estar totalmente sano. Por tanto, estas curaciones sacramentales comienzan por el Bautismo, que es la renovación fundamental de nuestra existencia, y pasan por el sacramento de la Reconciliación, y la Unción de los enfermos. Naturalmente, en todos los demás sacramentos, también en la Eucaristía, se realiza una gran curación de las almas. Debemos curar los cuerpos, pero sobre todo —este es nuestro mandato— las almas. Debemos pensar en las numerosas enfermedades, en las necesidades morales, espirituales, que existen hoy y que debemos afrontar, guiando a las personas al encuentro con Cristo en el sacramento, ayudándoles a descubrir la oración, la meditación, el estar en la iglesia silenciosamente en presencia de Dios.

Luego viene el tercer imperativo: anunciad. ¿Qué anunciamos nosotros? Anunciamos el reino de Dios. Pero el reino de Dios no es una utopía lejana de un mundo mejor, que tal vez se realizará dentro de cincuenta años o quién sabe cuándo. El reino de Dios es Dios mismo, Dios que se ha acercado y se ha hecho cercanísimo en Cristo. Este es el reino de Dios: Dios mismo está cerca y nosotros debemos acercarnos a este Dios tan cercano porque se ha hecho hombre, sigue siendo hombre y está siempre con nosotros en su Palabra, en la santísima Eucaristía y en todos los creyentes.

Por consiguiente, anunciar el reino de Dios quiere decir hablar de Dios hoy, hacer presente la palabra de Dios, el Evangelio, que es presencia de Dios y, naturalmente, hacer presente al Dios que se ha hecho presente en la sagrada Eucaristía.
Uniendo estas tres prioridades, y teniendo en cuenta todos los aspectos humanos, nuestros límites, que debemos reconocer, podemos realizar bien nuestro sacerdocio. También es importante esta humildad, que nos hace reconocer los límites de nuestras fuerzas. Lo que no podemos hacer nosotros, lo debe hacer el Señor. Y está también la capacidad de delegar, de colaborar. Todo esto siempre con los imperativos fundamentales de orar, curar y anunciar.

Me llamo don Daniele. Santidad, el Véneto es tierra de fuerte inmigración, con una presencia consistente de personas no cristianas. Esta situación obliga a nuestras diócesis a llevar a cabo una nueva tarea de evangelización en su interior. Sin embargo, resulta ardua, porque debemos conciliar las exigencias del anuncio del Evangelio con las de un diálogo respetuoso con las demás religiones. ¿Qué indicaciones pastorales nos puede dar? Muchas gracias.

Naturalmente, vosotros vivís más de cerca esta situación. En este sentido, no puedo dar muchos consejos prácticos, pero puedo decir que en todas las visitas ad limina, tanto de los obispos asiáticos, africanos y latinoamericanos, como de toda Italia, siempre se afrontan estas situaciones. Ya no existe un mundo uniforme. Sobre todo en nuestro Occidente están presentes todos los demás continentes, las demás religiones, los demás modos de vivir la vida humana. Vivimos en un encuentro permanente, que tal vez nos asemeja a la Iglesia antigua, donde se vivía la misma situación. Los cristianos eran una pequeñísima minoría, un grano de mostaza que comenzaba a crecer, rodeado de religiones y condiciones de vida muy diversas.

Por consiguiente, debemos aprender nuevamente lo que vivieron los cristianos de las primeras generaciones. San Pedro, en su primera carta, en el capítulo tercero, dijo: "Debéis estar siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza" (cf. 1 P 3, 15). Así formuló san Pedro la necesidad de combinar el anuncio y el diálogo, dirigiéndose al hombre normal de aquel tiempo, al cristiano normal. No dijo formalmente: "Anunciad a cada uno el Evangelio". Dijo: "Debéis ser capaces, debéis estar dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza". Me parece que esta es la síntesis necesaria entre el diálogo y el anuncio.

El primer punto es que en nosotros mismos siempre debe estar presente la razón de nuestra esperanza. Debemos vivir la fe y pensar la fe, conocerla interiormente. Así, en nosotros mismos la fe se convierte en razón, se hace razonable. La meditación del Evangelio, y aquí el anuncio, la homilía, la catequesis, para hacer que las personas sean capaces de pensar la fe, son ya elementos fundamentales en esta unión de diálogo y anuncio. Nosotros mismos debemos pensar la fe, vivir la fe, y como sacerdotes encontrar maneras diversas de hacerla presente, a fin de que nuestros católicos puedan encontrar la convicción, la prontitud y la capacidad de dar razón de su fe.

El anuncio que transmite la fe en la conciencia de hoy debe tener múltiples formas. Sin duda, la homilía y la catequesis son dos formas principales, pero luego hay otros muchos modos de encontrarse —seminarios sobre la fe, movimientos laicales, etc.—, donde se habla de la fe y se aprende la fe. Todo esto nos hace capaces, ante todo, de vivir realmente como prójimos de los no cristianos; aquí prevalecen los cristianos ortodoxos y los protestantes; luego vienen los seguidores de otras religiones, musulmanes, y otros.

El primer aspecto es vivir con ellos, reconociendo que son el prójimo, nuestro prójimo. Por tanto, vivir en primera línea el amor al prójimo como manifestación de nuestra fe. Yo creo que esto constituye ya un testimonio muy fuerte y también una forma de anuncio: vivir realmente con estos "otros" el amor al prójimo, reconocer en ellos a nuestro prójimo, de forma que puedan constatar que este "amor al prójimo" está dirigido a ellos. Si sucede esto, podremos presentar más fácilmente la fuente de este comportamiento nuestro, es decir, explicar que el amor al prójimo es manifestación de nuestra fe.

En el diálogo no se puede pasar inmediatamente a los grandes misterios de la fe, aunque los musulmanes tengan ya cierto conocimiento de Cristo; niegan su divinidad, pero al menos lo reconocen como un gran profeta. Aman a la Virgen María. Por eso, también hay elementos comunes en la fe, que pueden servir de punto de partida para el diálogo.

Algo práctico y realizable, necesario, es sobre todo buscar un entendimiento fundamental sobre los valores que es preciso vivir. También aquí tenemos un tesoro común, porque vienen de la religión de Abraham, interpretada, revivida de una manera que hay que estudiar, a la que en última instancia debemos responder. Pero está presente la gran experiencia sustancial, la de los diez Mandamientos, y creo que este es el punto que debemos profundizar.

Pasar a los grandes misterios me parece un nivel difícil, que no se realiza en los grandes encuentros. Tal vez la semilla debe entrar en el corazón, a fin de que en algunos pueda madurar una respuesta de fe a través de diálogos más específicos. Pero lo que podemos y debemos hacer es buscar el consenso en torno a los valores fundamentales, expresados en los diez Mandamientos, resumidos en el amor al prójimo y en el amor a Dios, y que se pueden interpretar en las diversas dimensiones de la vida.

Al menos seguimos un camino común hacia el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios que es finalmente el Dios de rostro humano, el Dios presente en Jesucristo. Este último paso sólo se ha de dar en encuentros íntimos, personales o de pequeños grupos; en cambio, el camino hacia este Dios, del que vienen estos valores que hacen posible la vida común, me parece realizable también en encuentros más amplios.

Así pues, a mi parecer, aquí se realiza una forma de anuncio humilde, paciente, que espera, pero que también ya hace concreto nuestro vivir según la conciencia iluminada por Dios.

Soy don Samuele. Hemos escuchado su invitación a orar, a curar y a anunciar. Lo hemos tomado en serio, preocupándonos de su persona y, para manifestarle nuestro afecto, le hemos traído algunas botellas de buen vino de nuestra tierra, que le entregaremos por medio de nuestro obispo. Paso a la pregunta. Cada vez aumentan más los casos de personas divorciadas que se vuelven a casar, conviviendo, y nos piden a los sacerdotes una ayuda para su vida espiritual. Estas personas con frecuencia sufren por no poder acceder a los sacramentos. Es necesario afrontar esas situaciones, compartiendo los sufrimientos que implican. Santo Padre, ¿con qué actitudes humanas, espirituales y pastorales podemos conjugar la misericordia y la verdad? Muchas gracias.

Sí, se trata de un problema doloroso, y ciertamente no existe una receta sencilla para resolverlo. Todos sufrimos por este problema, pues todos tenemos cerca a personas que se encuentran en esa situación y sabemos que para ellos es un dolor y un sufrimiento, porque quieren estar en plena comunión con la Iglesia. El vínculo de su matrimonio anterior reduce su participación en la vida de la Iglesia. ¿Qué hacer?

Un primer punto sería, naturalmente, la prevención, en la medida de lo posible. Por eso, resulta cada vez más fundamental y necesaria la preparación para el matrimonio. El Derecho canónico supone que el hombre como tal, incluso el que no tiene una gran instrucción, quiere formar un matrimonio según la naturaleza humana, como se indica en los primeros capítulos del Génesis. Es hombre, tiene una naturaleza humana y, por consiguiente, sabe lo que es el matrimonio. Quiere hacer lo que dice su naturaleza humana. Esto es lo que da por supuesto el Derecho canónico. Es algo que se impone: el hombre es hombre, la naturaleza es así, y le dice eso.

Pero hoy ese axioma, según el cual el hombre quiere hacer lo que está en su naturaleza: un matrimonio único y fiel, se transforma en un axioma un poco diverso. "Volunt contrahere matrimonium sicut ceteri homines". Ya no sólo habla la naturaleza, sino los "ceteri homines": lo que hacen todos. Y lo que hoy hacen todos no es sólo el matrimonio natural, según el Creador, según la creación. Lo que hacen los "ceteri homines" es casarse con la idea de que un día el matrimonio puede fracasar y luego se puede pasar a un segundo, a un tercero y a un cuarto matrimonio. Este modelo, "como hacen todos", se convierte en un modelo opuesto a lo que dice la naturaleza. Así resulta normal casarse, divorciarse y volverse a casar; y nadie piensa que es algo que va contra la naturaleza humana, o al menos es difícil encontrar a una persona que piense así.

Por eso, para ayudar a las personas a llegar realmente al matrimonio, no sólo en el sentido de la Iglesia, sino también en el del Creador, debemos reparar la capacidad de escuchar a la naturaleza. Así volvemos a la primera cuestión, a la primera pregunta. Es necesario redescubrir en "lo que hacen todos" lo que nos dice la naturaleza misma, que habla de modo diferente al de esa costumbre moderna. En efecto, nos invita al matrimonio para toda la vida, con una fidelidad que dure toda la vida, a pesar de los sufrimientos que implica crecer juntos en el amor.

Así pues, los cursos de preparación para el matrimonio deben ayudar a reparar en nosotros la voz de la naturaleza, del Creador, para redescubrir en lo que hacen todos los "ceteri homines" lo que nos dice íntimamente nuestro ser mismo. En esta situación, entre lo que hacen todos y lo que dice nuestro ser, los cursos de preparación para el matrimonio deben ser un camino de redescubrimiento, para volver a aprender lo que nos dice nuestro ser; deben ayudar a llegar a una verdadera decisión con respecto al matrimonio según el Creador y según el Redentor.

Esos cursos de preparación son muy importantes para "conocerse a sí mismos", para descubrir la verdadera voluntad matrimonial. No basta la preparación, pues las grandes crisis vienen después. Por eso, es muy importante el acompañamiento durante los primeros diez años de matrimonio. En la parroquia no sólo hay que promover los cursos de preparación, sino también la comunión en el camino que viene después: acompañarse y ayudarse recíprocamente. Los sacerdotes, y también las familias que ya han hecho esas experiencias, que conocen esos sufrimientos, esas tentaciones, deben ayudarles en sus momentos de crisis. Es importante la presencia de una red de familias que se ayuden mutuamente. También los Movimientos pueden prestar una gran ayuda.

La primera parte de mi respuesta sugiere la prevención, no sólo en el sentido de preparar, sino también de acompañar, es decir, la presencia de una red de familias que ayude a afrontar esta situación moderna, donde todo habla contra una fidelidad de por vida. Es necesario ayudar a encontrar esta fidelidad, a aprenderla incluso en medio del sufrimiento.

Sin embargo, en caso de fracaso, es decir, cuando los esposos no se sienten capaces de cumplir su primera voluntad, queda siempre la pregunta de si realmente fue una voluntad, en el sentido del sacramento. Por tanto, se puede abrir un proceso para la declaración de nulidad. Si fue un verdadero matrimonio, y en consecuencia no pueden volver a casarse, la presencia permanente de la Iglesia ayuda a estas personas a soportar otro sufrimiento. En el primer caso tenemos el sufrimiento de superar esa crisis, de aprender una fidelidad ardua y madura. En el segundo, tenemos el sufrimiento de encontrarse en un vínculo nuevo, que no es el sacramental y que por tanto no permite la comunión plena en los sacramentos de la Iglesia. Aquí se trata de enseñar y aprender a vivir con este sufrimiento. Volveremos a este punto en la primera pregunta de la otra diócesis.

Por lo general, en nuestra generación, en nuestra cultura, debemos redescubrir el valor del sufrimiento, aprender que el sufrimiento puede ser algo muy positivo, pues nos ayuda a madurar, a ser lo que debemos ser, a estar más cerca del Señor, que sufrió por nosotros y sufre con nosotros. Así pues, también en esta segunda situación es de suma importancia la presencia del sacerdote, de las familias, de los Movimientos, la comunión personal y comunitaria, la ayuda del amor al prójimo, un amor muy específico. Sólo este amor profundo de la Iglesia, que se realiza con un acompañamiento múltiple, puede ayudar a estas personas a sentirse amadas por Cristo, miembros de la Iglesia, incluso en una situación difícil, y a vivir la fe.

Santidad, me llamo don Saverio. Mi pregunta se refiere a las misiones. Este año se cumple el 50° aniversario de la encíclica Fidei donum. Aceptando la invitación del Papa, muchos sacerdotes, también de nuestra diócesis, incluido yo, hemos vivido —otros siguen viviendo— la experiencia de la misión ad gentes. Sin duda se trata de una experiencia extraordinaria que, en mi modesta opinión, podrían vivir numerosos sacerdotes en el ámbito del intercambio entre Iglesias hermanas. Sin embargo, teniendo en cuenta la disminución del número de sacerdotes en nuestros países, ¿cómo se puede llevar hoy a la práctica la indicación de esa encíclica y con qué espíritu deben acogerla y vivirla los sacerdotes enviados y toda la diócesis? Muchas gracias.

Gracias. Ante todo, quisiera expresar mi agradecimiento a todos estos sacerdotes fidei donum y a las diócesis. Como ya he dicho, recientemente he tenido numerosas visitas ad limina tanto de obispos de Asia como de África y América Latina, y todos me dicen: "Tenemos gran necesidad de sacerdotes fidei donum y estamos muy agradecidos por el trabajo que realizan, pues hacen presente, en situaciones a menudo dificilísimas, la catolicidad de la Iglesia; demuestran que somos una gran comunión universal. Para los sacerdotes fidei donum el hombre lejano se transforma en próximo, en prójimo; así viven el amor al prójimo. Este gran don, que realmente se ha hecho durante los últimos cincuenta años, lo he percibido y visto casi de modo palpable en todos mis diálogos con los sacerdotes, que dicen: "No penséis que los africanos ahora ya somos autosuficientes; seguimos teniendo necesidad de que se haga visible la gran comunión de la Iglesia universal". Todos necesitamos que se demuestre la comunión de los católicos, un amor al prójimo vivido por personas que llegan de lejos y así van al encuentro de su prójimo".

Hoy la situación ha cambiado, en el sentido de que también nosotros en Europa recibimos a sacerdotes procedentes de África, de América Latina e incluso de otras partes de la misma Europa, y eso nos permite ver la belleza de este intercambio de dones, de este don recíproco, porque todos tenemos necesidad de todos. Precisamente así crece el Cuerpo de Cristo.

Para resumir, quisiera decir que este don era y es un gran don y que así lo percibe la Iglesia. En muchas situaciones —que ahora no puedo describir—, en las que existen problemas sociales, problemas de desarrollo, problemas de anuncio de la fe, problemas de aislamiento, de necesidad de la presencia de otros, estos sacerdotes son un don en el que las diócesis y las Iglesias particulares reconocen la presencia de Cristo que se entrega por nosotros y, al mismo tiempo, reconocen que la Comunión eucarística no es sólo comunión sobrenatural: también se convierte en comunión concreta a través de este don de sacerdotes diocesanos, que van a otras diócesis; y la red de las Iglesias particulares se transforma realmente en una red de amor.

Gracias a todos los que han hecho este don. Animo a los obispos y a los sacerdotes a seguir otorgando este don. Sé que ahora en Europa, con la escasez de vocaciones, resulta cada vez más difícil hacer este don, pero ya tenemos la experiencia de que también otros continentes, como Asia —en concreto, la India— y sobre todo África, nos están dando sacerdotes. La reciprocidad sigue siendo muy importante; precisamente por eso es muy necesaria la experiencia de que somos Iglesia enviada al mundo y que todos conocen a todos y aman a todos; esa es también la fuerza del anuncio. Así se pone de manifiesto que el grano de mostaza da fruto y se hace un árbol cada vez más grande, en el que las aves del cielo pueden descansar. Gracias y ¡ánimo!

Soy don Alberto. Santo Padre, los jóvenes son nuestro futuro y nuestra esperanza, pero a veces no ven en la vida una oportunidad, sino una dificultad; no un don para sí mismos y para los demás, sino un objeto de consumo inmediato; no un proyecto por construir, sino un vagabundeo sin meta fija. La mentalidad de hoy impone a los jóvenes ser siempre felices y perfectos y eso implica como consecuencia que cualquier pequeño fracaso y la mínima dificultad ya no se ven como un motivo de crecimiento, sino como una derrota. Todo esto los lleva con frecuencia a gestos irremediables como el suicidio, que provocan una laceración en el corazón de quienes los aman y de la sociedad entera. ¿Qué nos puede decir a los educadores, que a menudo nos sentimos con las manos atadas y sin respuestas? Muchas gracias.

Creo que ha descrito con acierto una vida en la que Dios no está presente. En un primer momento parece que no tenemos necesidad de Dios; más aún, que sin Dios seríamos más libres y tendríamos más espacio en el mundo. Pero, después de cierto tiempo, se ve lo que sucede en las nuevas generaciones cuando no se tiene a Dios. Como dijo Nietzsche, "la gran luz se ha apagado, el sol se ha apagado". Entonces la vida es algo ocasional, se convierte en un objeto y las personas tratan de explotarla lo mejor posible, usándola como si fuera un medio para una felicidad inmediata, palpable y realizable. Pero el gran problema es que si Dios no está presente y no es también el Creador de nuestra vida, en realidad la vida es una simple pieza de la evolución y nada más; no tiene sentido por sí misma. Al contrario, debemos tratar de infundir sentido en esta parte del ser.

Actualmente, en Alemania, pero también en Estados Unidos, se está asistiendo a un debate bastante encendido entre el así llamado "creacionismo" y el evolucionismo, presentados como si fueran alternativas que se excluyen: quien cree en el Creador no podría admitir la evolución y, por el contrario, quien afirma la evolución debería excluir a Dios. Esta contraposición es absurda, porque, por una parte, existen muchas pruebas científicas en favor de la evolución, que se presenta como una realidad que debemos ver y que enriquece nuestro conocimiento de la vida y del ser como tal. Pero la doctrina de la evolución no responde a todos los interrogantes y sobre todo no responde al gran interrogante filosófico: ¿de dónde viene todo esto y cómo todo toma un camino que desemboca finalmente en el hombre? Eso me parece muy importante. En mi lección de Ratisbona quise decir también que la razón debe abrirse más: ciertamente debe ver esos datos, pero también debe ver que no bastan para explicar toda la realidad. Nuestra razón ve más ampliamente. En el fondo no es algo irracional, un producto de la irracionalidad; hay una razón anterior a todo, la Razón creadora, y en realidad nosotros somos un reflejo de la Razón creadora. Somos pensados y queridos; por tanto, hay una idea que nos precede, un sentido que nos precede y que debemos descubrir y seguir, y que en definitiva da significado a nuestra vida.

Así pues, el primer punto es: descubrir que realmente nuestro ser es razonable, ha sido pensado, tiene un sentido; y nuestra gran misión es descubrir ese sentido, vivirlo y dar así un nuevo elemento a la gran armonía cósmica pensada por el Creador. Si es así, entonces los elementos de dificultad se transforman en momentos de madurez, de proceso y de progreso de nuestro ser, que tiene sentido desde su concepción hasta su último momento de vida.

Podemos conocer esta realidad del sentido que nos precede a todos nosotros; y también podemos redescubrir el sentido del sufrimiento y del dolor. Ciertamente, hay un dolor que debemos evitar y eliminar del mundo: muchos dolores inútiles provocados por las dictaduras, por los sistemas equivocados, por el odio y la violencia. Pero en el dolor hay también un sentido profundo y nuestra vida sólo puede madurar si podemos dar sentido a ese dolor y sufrimiento.

Sobre todo, no es posible amar sin dolor, porque el amor implica siempre renunciar a nosotros mismos, salir de nosotros mismos, aceptar a los demás con su diferente manera de ser; implica una entrega de nosotros mismos y, por tanto, salir de nosotros mismos. Todo esto es dolor, sufrimiento, pero precisamente en el sufrimiento de perdernos por los otros, por las personas que amamos y también por Dios, llegamos a ser grandes y nuestra vida encuentra el amor, y en el amor su sentido.

Para ayudarnos a vivir, la mentalidad moderna debe convencerse de que amor y dolor, amor y Dios, son inseparables. En este sentido, es importante hacer que los jóvenes descubran a Dios, que descubran el amor verdadero, el cual llega a ser grande precisamente con la renuncia; así podrán descubrir también la bondad interior del sufrimiento, que nos hace libres y más grandes. Naturalmente, para ayudar a los jóvenes a encontrar estos elementos, siempre hace falta acompañarlos en su camino, tanto en la parroquia como en la Acción católica y en los Movimientos, pues las nuevas generaciones sólo en compañía de otros podrán descubrir esta gran dimensión de nuestro ser.

Soy don Francesco. Santo Padre, me ha impresionado una frase que escribió usted en su libro "Jesús de Nazaret": «¿Qué ha traído en verdad Jesús al mundo, si no ha traído la paz, el bienestar para todos o un mundo mejor? ¿Qué es lo que ha traído? La respuesta es muy sencilla: "a Dios. Ha traído a Dios"». Hasta aquí la cita, que me parece llena de claridad y verdad. Mi pregunta es: se habla de nueva evangelización, de nuevo anuncio del Evangelio —esta ha sido también la decisión principal del Sínodo de nuestra diócesis de Belluno-Feltre—, pero ¿qué hacer para que este Dios, única riqueza traída por Jesús y que a menudo se presenta a muchos envuelto en niebla, resplandezca aún en nuestros hogares y sea agua que apague la sed también de las numerosas personas que parecen ya no tener sed? Muchas gracias.

Gracias. Es una pregunta fundamental. La pregunta fundamental de nuestro trabajo pastoral es cómo llevar a Dios al mundo, a nuestros contemporáneos. Evidentemente, el llevar a Dios abarca muchos aspectos: el anuncio, la vida y muerte de Jesús se desarrollaron en varias dimensiones, que forman una unidad. Debemos mantener las dos cosas. Por una parte, el anuncio cristiano, el cristianismo, no es un paquete complicadísimo de muchos dogmas, que nadie podría conocer en su totalidad. No es algo sólo para académicos, que pueden estudiar estas cosas. Es algo sencillo: Dios existe, Dios es cercano en Jesucristo. El mismo Jesucristo, resumiendo, dijo: "Ha llegado el reino de Dios". Esto es lo que anunciamos, algo muy sencillo en el fondo. Todos los otros aspectos son sólo dimensiones de esa única realidad; no todas las personas deben conocer todo, pero ciertamente todas deben entrar en lo íntimo, en lo esencial; así se abordan con alegría cada vez mayor también las diversas dimensiones.

Pero, en concreto, ¿qué se ha de hacer? Hablando del trabajo pastoral actual ya tocamos los puntos esenciales. Pero continuando en este sentido, llevar a Dios implica sobre todo, por una parte, el amor y, por otra, la esperanza y la fe. Es decir, la dimensión de la vida: el mejor testimonio de Cristo, el mejor anuncio, es siempre la vida auténtica de los cristianos. Hoy el anuncio más hermoso lo realizan las familias que, alimentándose de fe, viven con una alegría profunda y fundamental, incluso en medio del sufrimiento, y ayudan a los demás, amando a Dios y al prójimo. También para mí el anuncio más consolador es siempre ver a familias católicas o a personalidades católicas impregnadas de fe. En ellas resplandece realmente la presencia de Dios y a través de ellas llega el "agua viva" de la que usted ha hablado. Así pues, el anuncio fundamental es precisamente el de la vida misma de los cristianos.

Naturalmente, después viene el anuncio de la Palabra. Debemos hacer todo lo posible para que se escuche y se conozca la Palabra. Hoy existen muchas escuelas de la Palabra y del diálogo con Dios en la sagrada Escritura, diálogo que también se transforma necesariamente en oración, porque un estudio meramente teórico de la sagrada Escritura es sólo una escucha intelectual y no sería un verdadero y suficiente encuentro con la palabra de Dios.

Si es verdad que en la Escritura y en la palabra de Dios es el Señor, el Dios vivo, quien nos habla, suscita nuestra respuesta y nuestra oración, entonces las escuelas de la Escritura deben ser también escuelas de oración, de diálogo con Dios, de acercamiento íntimo a Dios.

A continuación vienen todas las formas de anuncio. Naturalmente, los sacramentos. Con Dios siempre vienen también todos los santos. Como nos dice la sagrada Escritura desde el inicio, Dios nunca viene solo, viene acompañado y rodeado de los ángeles y de los santos. En la gran vidriera de San Pedro que representa al Espíritu Santo me agrada mucho que Dios se encuentre rodeado de una multitud de ángeles y de seres vivos, que son expresión y, por decirlo así, emanación del amor de Dios.

Con Dios, con Cristo, con el hombre que es Dios y con Dios que es hombre, viene la Virgen. Esto es muy importante. Dios, el Señor, tiene una Madre y en esa Madre reconocemos realmente la bondad materna de Dios. La Virgen, Madre de Dios, es el auxilio de los cristianos, es nuestra consolación permanente, es nuestra gran ayuda. Esto lo veo también en el diálogo con los obispos del mundo, de África y últimamente de América Latina. El amor a la Virgen es la gran fuerza de la catolicidad. En la Virgen reconocemos toda la ternura de Dios; por eso, cultivar y vivir este gozoso amor a la Virgen, a María, es un don muy grande de la catolicidad.

Luego vienen los santos. Cada lugar tiene su santo. Eso está bien, porque así vemos los múltiples colores de la única luz de Dios y de su amor, que se acerca a nosotros. Debemos descubrir a los santos en su belleza, en su acercarse a nosotros en la Palabra, pues en un santo determinado podemos encontrar traducida precisamente para nosotros la Palabra inagotable de Dios. Asimismo, todos los aspectos de la vida parroquial, incluso los humanos. No debemos andar siempre por las nubes, por las altísimas nubes del Misterio; también debemos estar con los pies en la tierra y vivir juntos la alegría de ser una gran familia: la pequeña gran familia de la parroquia, la gran familia de la diócesis, la gran familia de la Iglesia universal.

En Roma puedo ver todo esto; puedo ver cómo personas procedentes de todas las partes de la tierra y que no se conocen, en realidad se conocen, porque todos forman parte de la familia de Dios; se sienten una familia porque lo tienen todo: amor al Señor, amor a la Virgen, amor a los santos; tienen la sucesión apostólica, al Sucesor de Pedro, a los obispos.

Esta alegría de la catolicidad, con sus múltiples colores, es también la alegría de la belleza. Aquí tenemos la belleza de un hermoso órgano; la belleza de una hermosísima iglesia; la belleza que se ha desarrollado en la Iglesia. Me parece un testimonio maravilloso de la presencia y de la verdad de Dios. La Verdad se manifiesta en la belleza y debemos agradecer esta belleza y hacer todo lo posible para que permanezca, se desarrolle y crezca aún más. De esta forma, llega Dios hasta nosotros de un modo muy concreto.

Soy don Lorenzo, párroco. Santo Padre, los fieles esperan sólo una cosa de los sacerdotes: que seamos especialistas en promover el encuentro del hombre con Dios. No son palabras mías, sino de Su Santidad en un discurso al clero. Mi padre espiritual en el seminario, durante aquellas arduas sesiones de dirección espiritual, me decía: "Lorenzino, humanamente vas bien, pero...", y cuando decía "pero" quería decir que a mí me gustaba más jugar al fútbol que hacer la adoración eucarística. Y decía que eso no se correspondía con mi vocación; que yo no debía contradecir a mis profesores en las clases de moral y de derecho, porque los profesores sabían más que yo. Y no sé qué otras cosas quería insinuar con aquel "pero". De todos modos, ahora que está en el cielo rezo por él alguna vez el requiem. A pesar de todo eso, soy sacerdote desde hace 34 años y me siento muy feliz. No he hecho milagros, ni desastres conocidos; tal vez pueda haber hecho algunos que desconozco. Para mí "Humanamente vas bien" es una felicitación. Acercar el hombre a Dios y Dios al hombre, ¿no se realiza sobre todo a través de lo que llamamos humanidad, que es irrenunciable también para nosotros, los sacerdotes?

Gracias. Creo que es exacto lo que ha dicho usted al final. El catolicismo, de una forma un poco simplista, ha sido considerado siempre la religión del gran et... et..., es decir, la religión de la síntesis, no de grandes exclusivismos. Católico quiere decir precisamente "síntesis". Por eso, yo no soy partidario de una alternativa: o jugar al fútbol o estudiar sagrada Escritura o derecho canónico. Hay que hacer las dos cosas. Es bueno hacer deporte. Yo no soy un gran deportista, pero cuando era más joven me agradaba ir a la montaña de vez en cuando; ahora sólo hago algunas caminatas muy fáciles, pero siempre me gusta pasear aquí en esta hermosa tierra que el Señor nos ha dado.

Ciertamente, no podemos vivir siempre en una profunda meditación. Tal vez un santo, en la última fase de su camino terrestre, puede llegar a ese punto, pero normalmente vivimos con los pies en la tierra y los ojos dirigidos al cielo. Ambas cosas nos las ha dado el Señor. Por eso, amar las cosas humanas, amar las bellezas de su tierra, no sólo es muy humano, sino que además es muy cristiano y precisamente católico.

Como ya he dicho antes, una pastoral buena y realmente católica incluye también este aspecto: vivir en el et... et...; vivir la humanidad y el humanismo del hombre, todos los dones que el Señor nos ha dado y que hemos desarrollado; y, al mismo tiempo, no olvidar a Dios, porque al final la gran luz viene de Dios; sólo de él viene la luz que da alegría a todos estos aspectos de las cosas que existen.

Así pues, simplemente quiero poner de relieve la gran síntesis católica, el et... et...: ser verdaderamente hombre y, cada uno según sus dones y según su carisma, amar la tierra y las cosas hermosas que el Señor nos ha dado, pero también agradecer el hecho de que en la tierra resplandece la luz de Dios, que da esplendor y belleza a todo lo demás. En este sentido, vivamos gozosamente la catolicidad. Esta sería mi respuesta.

Me llamo don Arnaldo. Santo Padre, debido a las exigencias pastorales y del ministerio, juntamente con el número cada vez menor de sacerdotes, nuestros obispos se ven obligados a redistribuir el clero, a menudo acumulando compromisos y encomendando varias parroquias a la misma persona. Eso afecta a la sensibilidad de numerosas comunidades de bautizados y a la disponibilidad de nosotros, los sacerdotes, para vivir juntos —sacerdotes y laicos— el ministerio pastoral. ¿Cómo vivir este cambio de organización pastoral, privilegiando la espiritualidad del buen Pastor? Muchas gracias, Santidad.

Sí, con su pregunta volvemos a la cuestión de las prioridades pastorales, de cómo debe actuar un párroco. Hace poco tiempo, un obispo francés, que era religioso y por tanto nunca había sido párroco, me decía: "Santidad, quisiera que me explicara lo que es un párroco. Nosotros, en Francia, tenemos grandes unidades pastorales, con cinco, seis o siete parroquias, y el párroco se transforma en un coordinador de organismos, de trabajos diversos". Y le parecía que el párroco, al estar así ocupado en la coordinación de esos diversos organismos, ya no tenía la posibilidad de un encuentro personal con sus ovejas; y él, al ser obispo —y, por tanto, un gran párroco—, se preguntaba si es bueno ese sistema o si se debería buscar la manera de hacer que el párroco sea realmente párroco, es decir, pastor de su grey.

Naturalmente, yo no podía dar una receta para resolver esa situación de Francia, pero el problema hay que plantearlo en general. El párroco, a pesar de las nuevas situaciones y las nuevas formas de responsabilidad, no debe perder la cercanía con la gente; debe ser realmente el pastor de esa grey que le ha encomendado el Señor. Hay situaciones diversas; pienso en los obispos que en sus diócesis afrontan situaciones muy distintas; deben tratar de lograr que el párroco siga siendo pastor y no se convierta en un burócrata sagrado.

En cualquier caso, creo que la primera manera de estar cerca de las personas que nos han sido confiadas es precisamente la vida sacramental: en la Eucaristía estamos juntos y podemos y debemos encontrarnos. El sacramento de la Reconciliación es un encuentro personalísimo. También el Bautismo es un encuentro personal; y no sólo el momento de administrar el sacramento.

Todos estos sacramentos tienen un contexto: bautizar implica primero catequizar de algún modo a esta joven familia, hablar con ellos, a fin de que el Bautismo sea también un encuentro personal y una ocasión para una catequesis muy concreta. Lo mismo se puede decir de la preparación para la primera Comunión, para la Confirmación y para el Matrimonio: siempre son ocasiones donde en realidad el párroco, el sacerdote, se encuentra directamente con las personas; él es el predicador, el administrador de los sacramentos, en un sentido que implica siempre la dimensión humana. El sacramento nunca es sólo un acto ritual; el acto ritual y sacramental es la condensación de un contexto humano en el que se mueve el sacerdote, el párroco.

Además, me parece muy importante encontrar el modo correcto de delegar. El párroco no se debe limitar a ser el coordinador de organismos. Más bien, debe delegar de diferentes maneras. Ciertamente, en los Sínodos —y aquí, en vuestra diócesis, habéis tenido un Sínodo— se encuentra el modo de librar suficientemente al párroco para que, por una parte, conserve la responsabilidad de toda la unidad pastoral que se le ha encomendado, pero, por otra, no se reduzca sustancialmente y sobre todo a ser un burócrata que coordina. Debe tener en su mano los hilos esenciales, contando luego con colaboradores.

Creo que uno de los frutos importantes y positivos del Concilio ha sido la corresponsabilidad de toda la parroquia. Ya no es sólo el párroco quien debe vivificar todo, sino que, dado que todos formamos la parroquia, todos debemos colaborar y ayudar, a fin de que el párroco no quede aislado arriba como coordinador. Debe ser realmente un pastor, con la ayuda de colaboradores en los trabajos comunes que se realizan en la vida de la parroquia.

Así pues, esta coordinación y esta responsabilidad vital de toda la parroquia, por una parte, y la vida sacramental y de anuncio, como centro de la vida parroquial, por otra, podrían permitir también hoy, en circunstancias ciertamente muy difíciles, que el párroco conozca efectivamente a sus ovejas y sea el pastor que de verdad las llame y las guíe, aunque tal vez no las conozca a todas por su nombre, como el Señor nos dice refiriéndose al buen pastor.

A mí me corresponde la última pregunta, y tengo la tentación de no formularla, pues se trata de una pregunta trivial y, al ver cómo Su Santidad en las nueve respuestas anteriores nos ha hablado de Dios elevándonos a grandes alturas, me parece casi insignificante lo que voy a preguntarle. Sin embargo, lo voy a hacer. Se trata del tema de los de mi generación, los que nos preparamos al sacerdocio durante los años del Concilio, y luego salimos con entusiasmo y tal vez también con la pretensión de cambiar el mundo; hemos trabajado mucho y hoy tenemos dificultades: estamos cansados, porque no se han realizado muchos de nuestros sueños y también porque nos sentimos un poco aislados. Los de más edad nos dicen: "¿Veis cómo teníamos razón nosotros al ser más prudentes?"; y los jóvenes algunas veces nos tachan de "nostálgicos del Concilio". Nuestra pregunta es esta: ¿Podemos aportar aún algo a nuestra Iglesia, especialmente con la cercanía a la gente que, a nuestro parecer, nos ha caracterizado? Ayúdenos a recobrar la esperanza, la serenidad...

Gracias. Es una pregunta importante y yo conozco muy bien la situación. También yo viví los tiempos del Concilio; estuve en la basílica de San Pedro con gran entusiasmo, viendo cómo se abrían nuevas puertas; parecía realmente un nuevo Pentecostés, con el que la Iglesia podía convencer de nuevo a la humanidad, después de que el mundo se hubiera alejado de la Iglesia en los siglos XIX y XX. Parecía que la Iglesia y el mundo se volvían a encontrar, y que renacía un mundo cristiano y una Iglesia del mundo y realmente abierta al mundo. Esperábamos mucho, pero las cosas han resultado más difíciles en la realidad. Con todo, queda la gran herencia del Concilio, que abrió un camino nuevo. Es siempre una charta magna del camino de la Iglesia, muy esencial y fundamental. Pero, ¿por qué ha sucedido así?

En primer lugar, quisiera hacer una anotación histórica. Los tiempos de un posconcilio casi siempre son muy difíciles. Después del gran concilio de Nicea, que para nosotros es realmente el fundamento de nuestra fe, pues de hecho profesamos la fe formulada en Nicea, no se produjo una situación de reconciliación y de unidad, como esperaba Constantino, promotor de ese gran concilio, sino una situación realmente caótica, en la que todos luchaban contra todos.

San Basilio, en su libro sobre el Espíritu Santo, compara la situación de la Iglesia después del concilio de Nicea con una batalla naval nocturna, donde nadie reconoce al otro, sino que todos luchan contra todos. Realmente era una situación de caos total. Así describe san Basilio con gran plasticidad el drama del posconcilio, del tiempo que siguió al concilio de Nicea. Cincuenta años más tarde, el emperador invitó a san Gregorio Nacianceno a participar en el primer concilio de Constantinopla. El santo respondió: "No voy, porque conozco muy bien estas cosas; sé que los concilios sólo generan confusión y enfrentamientos; por eso no voy". Y no fue.

Por tanto, con una visión retrospectiva, ahora para todos nosotros no constituye una gran sorpresa, como lo fue en un primer momento, digerir el Concilio y su gran mensaje. Introducirlo y recibirlo para que se convierta en vida de la Iglesia, asimilarlo en las diversas realidades de la Iglesia, es un sufrimiento, y el crecimiento sólo se realiza con sufrimiento. Crecer siempre implica sufrir, porque es salir de un estado y pasar a otro.

En concreto, debemos constatar que durante el posconcilio se produjeron dos grandes rupturas históricas. La ruptura de 1968, es decir, el inicio o —me atrevería a decir— la explosión de la gran crisis cultural de Occidente. Había desaparecido la generación del período posterior a la guerra, una generación que después de todas las destrucciones y viendo el horror de la guerra, del combatirse unos a otros, y constatando el drama de las grandes ideologías que realmente habían llevado a la gente al abismo de la guerra, habían redescubierto las raíces cristianas de Europa y habían comenzado a reconstruirla con estas grandes inspiraciones.

Al desaparecer esa generación, se veían también todos los fracasos, las lagunas de esa reconstrucción, la gran miseria que había en el mundo. Así comienza, explota la crisis de la cultura occidental: una revolución cultural que quiere cambiar todo radicalmente. Afirma: en dos mil años de cristianismo no hemos creado el mundo mejor. Por tanto, debemos volver a comenzar de cero, de un modo totalmente nuevo. El marxismo parece la receta científica para crear por fin el mundo nuevo.

En este grave y gran enfrentamiento entre la nueva -sana- modernidad querida por el Concilio y la crisis de la modernidad, todo resulta tan difícil como después del primer concilio de Nicea. Una parte opinaba que esta revolución cultural era lo que había querido el Concilio; identificaba esta nueva revolución cultural marxista con la voluntad del Concilio. Decía: "Esto es el Concilio. Según la letra, los textos son aún un poco anticuados, pero tras las palabras escritas está este espíritu; esta es la voluntad del Concilio. Así debemos actuar".

Y, por otra parte, naturalmente viene la reacción: "así destruís la Iglesia". Una reacción absoluta contra el Concilio, el anticonciliarismo, y también el tímido, humilde intento de realizar el verdadero espíritu del Concilio. Dice un proverbio: "Hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece". El bosque que crece no se escucha, porque lo hace sin ruido, en su proceso de desarrollo. Así, mientras se escuchaban los grandes ruidos del progresismo equivocado, del anticonciliarismo, ha ido creciendo silenciosamente el camino de la Iglesia, aunque con muchos sufrimientos e incluso con muchas pérdidas en la construcción de un nuevo paso cultural.

La segunda ruptura tuvo lugar en 1989. Tras la caída de los regímenes comunistas no se produjo, como podía esperarse, el regreso a la fe; no se redescubrió que precisamente la Iglesia con el Concilio auténtico ya había dado la respuesta. El resultado fue, en cambio, un escepticismo total, la llamada "posmodernidad". Según esta, nada es verdad, cada uno debe buscarse la forma de vivir; se afirma un materialismo, un escepticismo pseudo-racionalista ciego que desemboca en la droga, en todos los problemas que conocemos, y de nuevo cierra los caminos a la fe, porque es muy sencilla, muy evidente. No, no existe nada verdadero. La verdad es intolerante; no podemos seguir ese camino.

Pues bien, en esos dos contextos de rupturas culturales —la primera, la revolución cultural de 1968; la segunda, la caída en el nihilismo después de 1989—, la Iglesia ha seguido con humildad su camino entre las pasiones del mundo y la gloria del Señor. En ese camino debemos crecer con paciencia, aprendiendo nuevamente lo que significa renunciar al triunfalismo. El Concilio dijo que era preciso renunciar al triunfalismo, pensando en el barroco, en todas las grandes culturas de la Iglesia. Se dijo: comencemos de modo moderno, de modo nuevo. Pero surgió otro triunfalismo, el de pensar: nosotros ahora hacemos las cosas; nosotros hemos encontrado el camino, así construimos el mundo nuevo. La humildad de la cruz, de Cristo crucificado, también excluye este triunfalismo. Debemos renunciar al triunfalismo según el cual ahora nace realmente la gran Iglesia del futuro. La Iglesia de Cristo siempre es humilde y precisamente así es grande y gozosa.

Me parece muy importante que ahora podamos ver claramente todo lo positivo que ha habido en el posconcilio: en la renovación de la liturgia, en los Sínodos —Sínodos romanos, Sínodos universales, Sínodos diocesanos—, en las estructuras parroquiales, en la colaboración, en la nueva responsabilidad de los laicos, en la gran corresponsabilidad intercultural e intercontinental, en una nueva experiencia de la catolicidad de la Iglesia, de la unanimidad que crece en humildad y sin embargo es la verdadera esperanza del mundo.

Así pues, debemos redescubrir la gran herencia del Concilio, que no es un espíritu reconstruido tras los textos, sino que son precisamente los grandes textos conciliares releídos ahora con las experiencias que hemos tenido y que han dado fruto en tantos Movimientos, en tantas nuevas comunidades religiosas. Antes de mi viaje a Brasil tenía yo la idea de que las sectas estaban creciendo y que la Iglesia católica era un poco estática; sin embargo, ya estando allá, comprobé que casi todos los días nace en Brasil una nueva comunidad religiosa, un nuevo Movimiento. No sólo crecen las sectas; también crece la Iglesia con nuevas realidades, llenas de vitalidad, que, aunque no llenan las estadísticas —esta es una esperanza falsa, pues no debemos divinizar las estadísticas—, crecen en las almas y suscitan la alegría de la fe, hacen presente el Evangelio, promoviendo así también un verdadero desarrollo del mundo y de la sociedad.

Por tanto, me parece que debemos combinar la gran humildad de Cristo crucificado, de una Iglesia que es siempre humilde y siempre atacada por los grandes poderes económicos, militares, etc., pero, juntamente con esta humildad, debemos aprender también el verdadero triunfalismo de la catolicidad, que crece en todos los siglos. También hoy crece la presencia de Cristo crucificado y resucitado, el cual tiene y conserva sus heridas; está herido, pero precisamente así renueva el mundo; da su Espíritu, que renueva también a la Iglesia, a pesar de toda nuestra pobreza. Con este conjunto de humildad de la cruz y de alegría del Señor resucitado, el Concilio nos dio una gran señal para indicarnos el camino, a fin de que podamos avanzar con alegría y llenos de esperanza.
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Mariazzell, 8 de septiembre de 2007

Venerados y queridos hermanos en el ministerio sacerdotal; queridos hombres y mujeres de vida consagrada; queridos amigos:

Nos hemos reunido en la venerable basílica de nuestra "Magna Mater Austriae", en Mariazell. Desde hace muchas generaciones la gente reza aquí para obtener la ayuda de la Madre de Dios. Lo hacemos hoy también nosotros. Juntamente con ella, queremos ensalzar la inmensa bondad de Dios y expresar al Señor nuestra gratitud por todos los beneficios recibidos, en particular por el gran don de la fe. También queremos encomendarle a ella nuestras principales intenciones: pedir su protección para la Iglesia, invocar su intercesión para que Dios conceda buenas vocaciones a nuestras diócesis y comunidades religiosas, solicitar su ayuda para las familias y su oración misericordiosa por todas las personas que buscan el camino para salir del pecado y quieren convertirse, y, por último, encomendar a su solicitud materna a todos los enfermos y a las personas ancianas. Que la Gran Madre de Austria y de Europa nos ayude a todos a llevar a cabo una profunda renovación de la fe y de la vida.

Queridos amigos, como sacerdotes, religiosos y religiosas, sois servidores y servidoras de la misión de Jesucristo. Del mismo modo que hace dos mil años Jesús llamó a personas para que lo siguieran, también hoy muchos jóvenes, chicos y chicas, tras escuchar su llamada, se ponen en camino, fascinados por él e impulsados por el deseo de dedicar su vida al servicio de la Iglesia, entregándola para ayudar a los hombres. Tienen la valentía de seguir a Cristo y quieren ser sus testigos.

De hecho, la vida en el seguimiento de Cristo es una empresa arriesgada, porque siempre nos acecha la amenaza del pecado, de la falta de libertad y de la defección. Por eso, todos necesitamos su gracia, que María recibió en plenitud. Aprendamos a mirar siempre, como María, a Cristo, tomándolo a él como criterio de medida; así podremos participar en la misión universal de salvación de la Iglesia, cuya Cabeza es él.

El Señor llama a los sacerdotes, a los religiosos, a las religiosas y a los laicos a entrar en el mundo, en su realidad compleja, para cooperar allí a la edificación del reino de Dios. Lo hacen de muchas y muy diferentes maneras: con el anuncio, con la edificación de la comunidad, con los diversos ministerios pastorales, con el amor concreto y con la caridad vivida, con la investigación y con la ciencia realizadas con espíritu apostólico, con el diálogo con la cultura de su entorno, con la promoción de la justicia querida por Dios y, en no menor medida, con la contemplación silenciosa del Dios trino y rindiéndole una alabanza comunitaria.

El Señor os invita a la peregrinación que la Iglesia lleva a cabo "a lo largo de los tiempos". Os invita a haceros peregrinos con él y a participar en su vida, que también hoy es vía crucis y camino del Resucitado a través de la Galilea de nuestra existencia. Sin embargo, es siempre el mismo e idéntico Señor quien, mediante el mismo y único bautismo, nos llama a la única fe. Por tanto, compartir su camino significa ambas cosas. La dimensión de la cruz, con fracasos, sufrimientos, incomprensiones, más aún, incluso con desprecio y persecución; pero también la experiencia de una profunda alegría en el servicio y la experiencia de la gran consolación que deriva del encuentro con él. La misión de las parroquias, de las comunidades y de cada uno de los cristianos bautizados, como la de la Iglesia, tiene su origen en la experiencia de Cristo crucificado y resucitado.

El centro de la misión de Jesucristo y de todos los cristianos es el anuncio del reino de Dios. Para la Iglesia, para los sacerdotes, para los religiosos, para las religiosas, al igual que para todos los bautizados, este anuncio en el nombre de Cristo implica el compromiso de estar presentes en el mundo como sus testigos. En efecto, el reino de Dios es Dios mismo que se hace presente en medio de nosotros y reina por medio de nosotros.

Por tanto, la edificación del reino de Dios se hace realidad cuando Dios vive en nosotros y nosotros llevamos a Dios al mundo. Vosotros lo hacéis dando testimonio de un "sentido" que hunde sus raíces en el amor creador de Dios y se opone a toda insensatez y a toda desesperación. Vosotros estáis de parte de los que buscan con gran esfuerzo este sentido, de todos los que quieren dar a la vida una forma positiva. Orando e intercediendo, sois los abogados de quienes buscan a Dios, de quienes están en camino hacia Dios. Vosotros dais testimonio de una esperanza que, contra toda desesperación silenciosa o manifiesta, remite a la fidelidad y a la solicitud amorosa de Dios.

Al hacerlo, estáis de parte de los que llevan la carga de un destino pesado y no logran librarse de él. Dais testimonio del Amor que se entrega a los hombres y así ha vencido la muerte. Estáis de parte de quienes nunca han experimentado el amor, de quienes ya no logran creer en la vida. Así os oponéis a los numerosos tipos de injusticia, oculta o manifiesta, al igual que al desprecio de los hombres, cada vez más generalizado.

De este modo, queridos hermanos y hermanas, toda vuestra existencia debe ser, como la de san Juan Bautista, un gran reclamo vivo, que lleve a Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado. Jesús afirmó que Juan era "una lámpara que arde y alumbra" (Jn 5, 35). También vosotros debéis ser lámparas como él. Haced que brille vuestra luz en nuestra sociedad, en la política, en el mundo de la economía, en el mundo de la cultura y de la investigación. Aunque sea una lucecita en medio de tantos fuegos artificiales, recibe su fuerza y su esplendor de la gran Estrella de la mañana, Cristo resucitado, cuya luz brilla —quiere brillar a través de nosotros— y no tendrá nunca ocaso.

Seguir a Cristo —y nosotros queremos seguirlo— significa asimilar cada vez más los sentimientos y el estilo de vida de Jesús. Es lo que nos dice la carta a los Filipenses: "Tened los mismos sentimientos de Cristo" (Flp 2, 5). "Mirar a Cristo" es el lema de estos días. Mirándolo a él, el gran Maestro de vida, la Iglesia ha descubierto tres características que destacan en la actitud fundamental de Jesús. Estas tres características, que con la Tradición llamamos "consejos evangélicos", han llegado a ser los componentes determinantes de una vida dedicada al seguimiento radical de Cristo: pobreza, castidad y obediencia. Reflexionemos ahora un poco sobre estas características.

Jesucristo, que poseía toda la riqueza de Dios, se hizo pobre por nosotros, nos dice san Pablo en la segunda carta a los Corintios (cf. 2 Co 8, 9). Se trata de una palabra inagotable, sobre la que deberíamos volver a reflexionar siempre. Y la carta a los Filipenses dice: "Se despojó de su rango y se rebajó haciéndose obediente hasta la muerte de cruz" (cf. Flp 2, 7-8). Él, que se hizo pobre, llamó "bienaventurados" a los pobres.

San Lucas, en su versión de las Bienaventuranzas, nos ayuda a comprender que esta afirmación —el proclamar bienaventurados a los pobres— se refiere sin duda a la gente pobre, realmente pobre, en el Israel de su tiempo, donde existía una vergonzosa diferencia entre ricos y pobres.

Sin embargo, san Mateo, en su versión de las Bienaventuranzas, nos explica que la sola pobreza material, como tal, no garantiza necesariamente la cercanía a Dios, porque el corazón puede ser duro y estar lleno de afán de riqueza. Pero san Mateo, como toda la sagrada Escritura, nos da a entender que, en cualquier caso, Dios está cercano a los pobres de un modo especial.

Así, resulta claro que el cristiano ve en ellos al Cristo que lo espera, esperando su compromiso. Quien quiera seguir a Cristo de un modo radical, debe renunciar a los bienes materiales. Pero debe vivir esta pobreza a partir de Cristo, como un modo de llegar a ser interiormente libre para el prójimo.

Para todos los cristianos, y especialmente para nosotros los sacerdotes, para los religiosos y las religiosas, tanto para las personas individualmente como para las comunidades, la cuestión de la pobreza y de los pobres debe ser continuamente objeto de un atento examen de conciencia. Precisamente en nuestra situación, en la que no estamos mal, no somos pobres, creo que debemos reflexionar de modo particular en cómo podemos vivir esta llamada de modo sincero. Quisiera recomendarlo para vuestro —nuestro— examen de conciencia.

Para comprender bien lo que significa la castidad, debemos partir de su contenido positivo. Sólo lo encontramos una vez más mirando a Jesucristo. Jesús vivió con una doble orientación: hacia el Padre y hacia los hombres. En la sagrada Escritura lo conocemos como persona que ora, que pasa noches enteras en diálogo con el Padre. Al orar insertaba su humanidad, y la de todos nosotros, en la relación filial con el Padre. Este diálogo siempre se transformaba después en misión hacia el mundo, hacia nosotros. Su misión lo llevaba a una entrega pura e indivisa a los hombres.

En los testimonios de las sagradas Escrituras no hay ningún momento de su existencia en que se pueda descubrir, en su comportamiento con los hombres, ningún rastro de interés personal o de egoísmo. Jesús amó a los hombres en el Padre, a partir del Padre; así, los amó en su verdadero ser, en su realidad.

Tener los mismos sentimientos de Jesucristo, es decir, estar en total comunión con el Dios vivo y, en esta comunión totalmente pura con los hombres, estar a su disposición sin reservas, inspiró a san Pablo una teología y una praxis de vida que responde a las palabras de Jesús sobre el celibato por el reino de los cielos (cf. Mt 19, 12). Los sacerdotes, los religiosos y las religiosas no viven sin relaciones interpersonales. Al contrario, la castidad significa —de aquí quería yo partir— una intensa relación. Se trata de una relación positiva con Cristo vivo y, a través de él, con el Padre.

Por eso, con el voto de castidad en el celibato no nos consagramos al individualismo o a una vida aislada, sino que prometemos de modo solemne poner totalmente y sin reservas al servicio del reino de Dios —y así al servicio de los hombres— las intensas relaciones de que somos capaces y que recibimos como un don. De este modo, los sacerdotes, las religiosas y los religiosos mismos se convierten en hombres y mujeres de la esperanza: contando totalmente con Dios y demostrando así que Dios para ellos es una realidad, crean en el mundo espacio para su presencia, para la presencia del reino de Dios.

Vosotros, queridos sacerdotes, religiosos y religiosas, dais una contribución importante: en medio de la avaricia, del egoísmo de no saber esperar, del afán de consumo, del culto al individualismo, os esforzáis por vivir un amor desinteresado a los hombres. Vivís una esperanza que deja a Dios la tarea de la realización, porque creéis que es él quien la llevará a cabo.

¿Qué habría sucedido si en la historia del cristianismo no hubieran existido estas figuras orientadoras para el pueblo? ¿Qué sería de nuestro mundo si no existieran los sacerdotes, si no existieran las mujeres y los hombres de las Órdenes religiosas, de las comunidades de vida consagrada, personas que con su vida testimonian la esperanza de una satisfacción superior de los deseos humanos y la experiencia del amor de Dios, que supera todo amor humano? Precisamente hoy el mundo necesita nuestro testimonio.

Pasemos a la obediencia. Jesús vivió toda su vida, desde los años ocultos de Nazaret hasta el momento de la muerte en la cruz, en la escucha del Padre, en la obediencia al Padre. Por ejemplo, en la noche del monte de los Olivos, oró así: "No se haga mi voluntad, sino la tuya" (Lc 22, 42). Con esta oración Jesús asume, en su voluntad de Hijo, la terca resistencia de todos nosotros, transforma nuestra rebelión en su obediencia. Jesús era un orante. Pero sabía escuchar y obedecer: se hizo "obediente hasta la muerte, y muerte de cruz" (Flp 2, 8).

Los cristianos han experimentado siempre que, abandonándose a la voluntad del Padre, no se pierden, sino que de este modo encuentran el camino hacia una profunda identidad y libertad interior. En Jesús han descubierto que quien se entrega, se encuentra a sí mismo; y quien se vincula con una obediencia fundamentada en Dios y animada por la búsqueda de Dios, llega a ser libre.

Escuchar a Dios y obedecerle no tiene nada que ver con una constricción desde el exterior y con una pérdida de sí mismo. Sólo entrando en la voluntad de Dios alcanzamos nuestra verdadera identidad. Hoy el mundo, precisamente por su deseo de "autorrealización" y "autodeterminación", tiene gran necesidad del testimonio de esta experiencia.

Romano Guardini narra en su autobiografía que, en un momento crítico de su itinerario, cuando la fe de su infancia se tambaleaba, le fue concedida la decisión fundamental de toda su vida —la conversión— en el encuentro con las palabras de Jesús en las que afirma que sólo quien se pierde se encuentra a sí mismo (cf. Mc 8, 34 ss; Jn 12, 25). Sin abandonarse, sin perderse, el hombre no puede encontrarse, no puede autorrealizarse.

Pero luego se planteó la pregunta: ¿En qué dirección debo perderme? ¿A quién puedo entregarme? Le pareció evidente que sólo podemos entregarnos totalmente si al hacerlo caemos en las manos de Dios. En definitiva, sólo en él podemos perdernos y sólo en él podemos encontrarnos a nosotros mismos. Sucesivamente, se planteó otra pregunta: ¿Quién es Dios? ¿Dónde está Dios? Entonces comprendió que el Dios al que podemos abandonarnos es únicamente el Dios que se hizo concreto y cercano en Jesucristo. Pero de nuevo se preguntó: ¿Dónde encuentro a Jesucristo? ¿Cómo puedo entregarme a él de verdad?

La respuesta que encontró Guardini en su ardua búsqueda fue la siguiente: Jesús únicamente está presente entre nosotros de modo concreto en su cuerpo, la Iglesia. Por eso, en la práctica, la obediencia a la voluntad de Dios, la obediencia a Jesucristo, debe transformarse muy concretamente en una humilde obediencia a la Iglesia. Creo que también esto debe ser siempre objeto de un profundo examen de conciencia.

Todo ello se encuentra resumido en la oración de san Ignacio de Loyola, una oración que siempre me ha parecido demasiado grande, hasta el punto de que casi no me atrevo a rezarla. Sin embargo, aunque nos cueste, deberíamos repetirla siempre: "Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer; Vos me lo disteis, a Vos, Señor, lo torno; todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad; dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta" (Ejercicios Espirituales, 234).

Queridos hermanos y hermanas, ahora vais a volver a vuestro ambiente de vida, a los lugares de vuestro compromiso eclesial, pastoral, espiritual y humano. Que nuestra gran Abogada y Madre, María, extienda su mano protectora sobre vosotros y sobre vuestra actividad. Que interceda por vosotros ante su Hijo, nuestro Señor Jesucristo.

A la vez que os doy las gracias por vuestra oración y por vuestro trabajo en la viña del Señor, pido a Dios que os proteja y bendiga a todos vosotros, a la gente, en especial a los jóvenes, aquí en Austria y en los diversos países de los que proceden muchos de vosotros.

De corazón os acompaño a todos con mi bendición.
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Castelgandolfo, 22 de septiembre de 2007

Queridos hermanos en el episcopado:

Ya es costumbre, desde hace varios años, que los obispos nombrados recientemente se reúnan en Roma para un encuentro que se vive como una peregrinación a la tumba de san Pedro. Os acojo con particular afecto. La experiencia que estáis realizando, además de estimularos en la reflexión sobre las responsabilidades y las tareas de un obispo, os permite reavivar en vuestra alma la certeza de que, al gobernar la Iglesia de Dios, no estáis solos, sino que, juntamente con la ayuda de la gracia, contáis con el apoyo del Papa y el de vuestros hermanos en el episcopado.

Estar en el centro de la catolicidad, en esta Iglesia de Roma, abre vuestras almas a una percepción más viva de la universalidad del pueblo de Dios y aumenta en vosotros la solicitud por toda la Iglesia.

Agradezco al cardenal Giovanni Battista Re las palabras con que ha interpretado vuestros sentimientos y saludo en particular a mons. Leonardo Sandri, prefecto de la Congregación para las Iglesias orientales. Os saludo a cada uno de vosotros, pensando en vuestras diócesis.
El día de la ordenación episcopal, antes de la imposición de las manos, la Iglesia pide al candidato que asuma algunos compromisos, entre los cuales, además del de anunciar con fidelidad el Evangelio y custodiar la fe, se encuentra el de "perseverar en la oración a Dios todopoderoso por el bien de su pueblo santo". Hoy quiero reflexionar con vosotros precisamente sobre el carácter apostólico y pastoral de la oración del obispo.

El evangelista san Lucas escribe que Jesucristo escogió a los doce Apóstoles después de pasar toda la noche orando en el monte (cf. Lc 6, 12); y el evangelista san Marcos precisa que los Doce fueron elegidos para que "estuvieran con él y para enviarlos" (Mc 3, 14).

Al igual que los Apóstoles, también nosotros, queridos hermanos en el episcopado, en cuanto sus sucesores, estamos llamados ante todo a estar con Cristo, para conocerlo más profundamente y participar de su misterio de amor y de su relación llena de confianza con el Padre. En la oración íntima y personal, el obispo, como todos los fieles y más que ellos, está llamado a crecer en el espíritu filial con respecto a Dios, aprendiendo de Jesús mismo la familiaridad, la confianza y la fidelidad, actitudes propias de él en su relación con el Padre.

Y los Apóstoles comprendieron muy bien que la escucha en la oración y el anuncio de lo que habían escuchado debían tener el primado sobre las muchas cosas que es preciso hacer, porque decidieron: "Nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la Palabra" (Hch 6, 4). Este programa apostólico es sumamente actual. Hoy, en el ministerio de un obispo, los aspectos organizativos son absorbentes; los compromisos, múltiples; las necesidades, numerosas; pero en la vida de un sucesor de los Apóstoles el primer lugar debe estar reservado para Dios. Especialmente de este modo ayudamos a nuestros fieles.

Ya san Gregorio Magno, en la Regla pastoral afirmaba que el pastor "de modo singular debe destacar sobre todos los demás por la oración y la contemplación" (II, 5). Es lo que la tradición formuló después con la conocida expresión: "Contemplata aliis tradere" (cf. santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-II, q. 188, a. 6).

En la encíclica Deus caritas est, refiriéndome a la narración del episodio bíblico de la escala de Jacob, quise poner de relieve que precisamente a través de la oración el pastor se hace sensible a las necesidades de los demás y misericordioso con todos (cf. n. 7). Y recordé el pensamiento de san Gregorio Magno, según el cual el pastor arraigado en la contemplación sabe acoger las necesidades de los demás, que en la oración hace suyas: "per pietatis viscera in se infirmitatem caeterorum transferat" (Regla pastoral, ib.).

La oración educa en el amor y abre el corazón a la caridad pastoral para acoger a todos los que recurren al obispo. Este, modelado en su interior por el Espíritu Santo, consuela con el bálsamo de la gracia divina, ilumina con la luz de la Palabra, reconcilia y edifica en la comunión fraterna.

En vuestra oración, queridos hermanos, deben ocupar un lugar particular vuestros sacerdotes, para que perseveren siempre en su vocación y sean fieles a la misión presbiteral que se les ha encomendado. Para todo sacerdote es muy edificante saber que el obispo, del que ha recibido el don del sacerdocio o que, en cualquier caso, es su padre y su amigo, lo tiene presente en la oración, con afecto, y que está siempre dispuesto a acogerlo, escucharlo, sostenerlo y animarlo.

Además, en la oración del obispo nunca debe faltar la súplica por nuevas vocaciones. Debe pedirlas con insistencia a Dios, para que llame "a los que quiera" para su sagrado ministerio.

El munus sanctificandi que habéis recibido os compromete, asimismo, a ser animadores de oración en la sociedad. En las ciudades en las que vivís y actuáis, a menudo agitadas y ruidosas, donde el hombre corre y se extravía, donde se vive como si Dios no existiera, debéis crear espacios y ocasiones de oración, donde en el silencio, en la escucha de Dios mediante la lectio divina, en la oración personal y comunitaria, el hombre pueda encontrar a Dios y hacer una experiencia viva de Jesucristo que revela el auténtico rostro del Padre.

No os canséis de procurar que las parroquias y los santuarios, los ambientes de educación y de sufrimiento, pero también las familias, se conviertan en lugares de comunión con el Señor. De modo especial, os exhorto a hacer de la catedral una casa ejemplar de oración, sobre todo litúrgica, donde la comunidad diocesana reunida con su obispo pueda alabar y dar gracias a Dios por la obra de la salvación e interceder por todos los hombres.

San Ignacio de Antioquía nos recuerda la fuerza de la oración comunitaria: "Si la oración de uno o de dos tiene tanta fuerza, ¡cuánto más la del obispo y de toda la Iglesia!" (Carta a los Efesios, 5).
En pocas palabras, queridos hermanos en el episcopado, sed hombres de oración. "La fecundidad espiritual del ministerio del obispo depende de la intensidad de su unión con el Señor. Un obispo debe sacar de la oración luz, fuerza y consuelo para su actividad pastoral", como escribe el Directorio para el ministerio pastoral de los obispos (Apostolorum successores, 36).

Al orar a Dios por vosotros mismos y por vuestros fieles, tened la confianza de los hijos, la audacia del amigo, la perseverancia de Abraham, que fue incansable en la intercesión. Como Moisés, tened las manos elevadas hacia el cielo, mientras vuestros fieles libran el buen combate de la fe. Como María, alabad cada día a Dios por la salvación que realiza en la Iglesia y en el mundo, convencidos de que para Dios nada es imposible (cf. Lc 1, 37).

Con estos sentimientos, os imparto a cada uno de vosotros, a vuestros sacerdotes, a los religiosos y las religiosas, a los seminaristas y a los fieles de vuestras diócesis, una bendición apostólica especial.
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Basílica de San Pedro, Sábado 29 de septiembre de 2007

Queridos hermanos y hermanas:

Nos encontramos reunidos en torno al altar del Señor para una circunstancia solemne y alegre al mismo tiempo: la ordenación episcopal de seis nuevos obispos, llamados a desempeñar diversas misiones al servicio de la única Iglesia de Cristo. Son mons. Mieczyslaw Mokrzycki, mons. Francesco Brugnaro, mons. Gianfranco Ravasi, mons. Tommaso Caputo, mons. Sergio Pagano y mons. Vincenzo Di Mauro. A todos dirijo mi cordial saludo, con un abrazo fraterno.

Saludo en particular a mons. Mokrzycki, que, juntamente con el actual cardenal Stanislaw Dziwisz, durante muchos años estuvo al servicio del Santo Padre Juan Pablo II como secretario y luego, después de mi elección como Sucesor de Pedro, también me ha ayudado a mí como secretario con gran humildad, competencia y dedicación.

Saludo, asimismo, al amigo del Papa Juan Pablo II, cardenal Marian Jaworski, con quien mons. Mokrzycki colaborará como coadjutor. Saludo también a los obispos latinos de Ucrania, que están aquí en Roma para su visita "ad limina Apostolorum". Mi pensamiento se dirige, además, a los obispos grecocatólicos, con algunos de los cuales me encontré el lunes pasado, y a la Iglesia ortodoxa de Ucrania. A todos les deseo las bendiciones del cielo para sus esfuerzos encaminados a mantener operante en su tierra y a transmitir a las futuras generaciones la fuerza sanadora y fortalecedora del Evangelio de Cristo.

Celebramos esta ordenación episcopal en la fiesta de los tres Arcángeles que la sagrada Escritura menciona por su propio nombre: Miguel, Gabriel y Rafael. Esto nos trae a la mente que en la Iglesia antigua, ya en el Apocalipsis, a los obispos se les llamaba "ángeles" de su Iglesia, expresando así una íntima correspondencia entre el ministerio del obispo y la misión del ángel.

A partir de la tarea del ángel se puede comprender el servicio del obispo. Pero, ¿qué es un ángel? La sagrada Escritura y la tradición de la Iglesia nos hacen descubrir dos aspectos. Por una parte, el ángel es una criatura que está en la presencia de Dios, orientada con todo su ser hacia Dios. Los tres nombres de los Arcángeles acaban con la palabra "El", que significa "Dios". Dios está inscrito en sus nombres, en su naturaleza.

Su verdadera naturaleza es estar en él y para él.

Precisamente así se explica también el segundo aspecto que caracteriza a los ángeles: son mensajeros de Dios. Llevan a Dios a los hombres, abren el cielo y así abren la tierra. Precisamente porque están en la presencia de Dios, pueden estar también muy cerca del hombre. En efecto, Dios es más íntimo a cada uno de nosotros de lo que somos nosotros mismos.

Los ángeles hablan al hombre de lo que constituye su verdadero ser, de lo que en su vida con mucha frecuencia está encubierto y sepultado. Lo invitan a volver a entrar en sí mismo, tocándolo de parte de Dios. En este sentido, también nosotros, los seres humanos, deberíamos convertirnos continuamente en ángeles los unos para los otros, ángeles que nos apartan de los caminos equivocados y nos orientan siempre de nuevo hacia Dios.

Cuando la Iglesia antigua llama a los obispos "ángeles" de su Iglesia, quiere decir precisamente que los obispos mismos deben ser hombres de Dios, deben vivir orientados hacia Dios. "Multum orat pro populo", "Ora mucho por el pueblo", dice el Breviario de la Iglesia a propósito de los obispos santos. El obispo debe ser un orante, uno que intercede por los hombres ante Dios. Cuanto más lo hace, tanto más comprende también a las personas que le han sido encomendadas y puede convertirse para ellas en un ángel, un mensajero de Dios, que les ayuda a encontrar su verdadera naturaleza, a encontrarse a sí mismas, y a vivir la idea que Dios tiene de ellas.

Todo esto resulta aún más claro si contemplamos las figuras de los tres Arcángeles cuya fiesta celebra hoy la Iglesia. Ante todo, san Miguel. En la sagrada Escritura lo encontramos sobre todo en el libro de Daniel, en la carta del apóstol san Judas Tadeo y en el Apocalipsis. En esos textos se ponen de manifiesto dos funciones de este Arcángel. Defiende la causa de la unicidad de Dios contra la presunción del dragón, de la "serpiente antigua", como dice san Juan. La serpiente intenta continuamente hacer creer a los hombres que Dios debe desaparecer, para que ellos puedan llegar a ser grandes; que Dios obstaculiza nuestra libertad y que por eso debemos desembarazarnos de él.

Pero el dragón no sólo acusa a Dios. El Apocalipsis lo llama también "el acusador de nuestros hermanos, el que los acusa día y noche delante de nuestro Dios" (Ap 12, 10). Quien aparta a Dios, no hace grande al hombre, sino que le quita su dignidad. Entonces el hombre se transforma en un producto defectuoso de la evolución. Quien acusa a Dios, acusa también al hombre. La fe en Dios defiende al hombre en todas sus debilidades e insuficiencias: el esplendor de Dios brilla en cada persona.

El obispo, en cuanto hombre de Dios, tiene por misión hacer espacio a Dios en el mundo contra las negaciones y defender así la grandeza del hombre. Y ¿qué cosa más grande se podría decir y pensar sobre el hombre que el hecho de que Dios mismo se ha hecho hombre?

La otra función del arcángel Miguel, según la Escritura, es la de protector del pueblo de Dios (cf. Dn 10, 21; 12, 1). Queridos amigos, sed de verdad "ángeles custodios" de las Iglesias que se os encomendarán. Ayudad al pueblo de Dios, al que debéis preceder en su peregrinación, a encontrar la alegría en la fe y a aprender el discernimiento de espíritus: a acoger el bien y rechazar el mal, a seguir siendo y a ser cada vez más, en virtud de la esperanza de la fe, personas que aman en comunión con el Dios-Amor.

Al Arcángel Gabriel lo encontramos sobre todo en el magnífico relato del anuncio de la encarnación de Dios a María, como nos lo refiere san Lucas (cf. Lc 1, 26-38). Gabriel es el mensajero de la encarnación de Dios. Llama a la puerta de María y, a través de él, Dios mismo pide a María su "sí" a la propuesta de convertirse en la Madre del Redentor: de dar su carne humana al Verbo eterno de Dios, al Hijo de Dios.

En repetidas ocasiones el Señor llama a las puertas del corazón humano. En el Apocalipsis dice al "ángel" de la Iglesia de Laodicea y, a través de él, a los hombres de todos los tiempos: "Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo" (Ap 3, 20). El Señor está a la puerta, a la puerta del mundo y a la puerta de cada corazón. Llama para que le permitamos entrar: la encarnación de Dios, su hacerse carne, debe continuar hasta el final de los tiempos.

Todos deben estar reunidos en Cristo en un solo cuerpo: esto nos lo dicen los grandes himnos sobre Cristo en la carta a los Efesios y en la carta a los Colosenses. Cristo llama. También hoy necesita personas que, por decirlo así, le ponen a disposición su carne, le proporcionan la materia del mundo y de su vida, contribuyendo así a la unificación entre Dios y el mundo, a la reconciliación del universo.

Queridos amigos, vosotros tenéis la misión de llamar en nombre de Cristo a los corazones de los hombres. Entrando vosotros mismos en unión con Cristo, podréis también asumir la función de Gabriel: llevar la llamada de Cristo a los hombres.

San Rafael se nos presenta, sobre todo en el libro de Tobías, como el ángel a quien está encomendada la misión de curar. Cuando Jesús envía a sus discípulos en misión, además de la tarea de anunciar el Evangelio, les encomienda siempre también la de curar. El buen samaritano, al recoger y curar a la persona herida que yacía a la vera del camino, se convierte sin palabras en un testigo del amor de Dios. Este hombre herido, necesitado de curación, somos todos nosotros. Anunciar el Evangelio significa ya de por sí curar, porque el hombre necesita sobre todo la verdad y el amor.

El libro de Tobías refiere dos tareas emblemáticas de curación que realiza el Arcángel Rafael. Cura la comunión perturbada entre el hombre y la mujer. Cura su amor. Expulsa los demonios que, siempre de nuevo, desgarran y destruyen su amor. Purifica el clima entre los dos y les da la capacidad de acogerse mutuamente para siempre. El relato de Tobías presenta esta curación con imágenes legendarias.

En el Nuevo Testamento, el orden del matrimonio, establecido en la creación y amenazado de muchas maneras por el pecado, es curado por el hecho de que Cristo lo acoge en su amor redentor. Cristo hace del matrimonio un sacramento: su amor, al subir por nosotros a la cruz, es la fuerza sanadora que, en todas las confusiones, capacita para la reconciliación, purifica el clima y cura las heridas.

Al sacerdote está confiada la misión de llevar a los hombres continuamente al encuentro de la fuerza reconciliadora del amor de Cristo. Debe ser el "ángel" sanador que les ayude a fundamentar su amor en el sacramento y a vivirlo con empeño siempre renovado a partir de él.

En segundo lugar, el libro de Tobías habla de la curación de la ceguera. Todos sabemos que hoy nos amenaza seriamente la ceguera con respecto a Dios. Hoy es muy grande el peligro de que, ante todo lo que sabemos sobre las cosas materiales y lo que con ellas podemos hacer, nos hagamos ciegos con respecto a la luz de Dios.

Curar esta ceguera mediante el mensaje de la fe y el testimonio del amor es el servicio de Rafael, encomendado cada día al sacerdote y de modo especial al obispo. Así, nos viene espontáneamente también el pensamiento del sacramento de la Reconciliación, del sacramento de la Penitencia, que, en el sentido más profundo de la palabra, es un sacramento de curación. En efecto, la verdadera herida del alma, el motivo de todas nuestras demás heridas, es el pecado. Y sólo podemos ser curados, sólo podemos ser redimidos, si existe un perdón en virtud del poder de Dios, en virtud del poder del amor de Cristo.

"Permaneced en mi amor", nos dice hoy el Señor en el evangelio (Jn 15, 9). En el momento de la ordenación episcopal lo dice de modo particular a vosotros, queridos amigos. Permaneced en su amor. Permaneced en la amistad con él, llena del amor que él os regala de nuevo en este momento. Entonces vuestra vida dará fruto, un fruto que permanece (cf. Jn 15, 16). Todos oramos en este momento por vosotros, queridos hermanos, para que Dios os conceda este regalo. Amén.
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2008



Viernes 1 de febrero de 2008

Señor cardenal; venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; queridos seminaristas y padres de familia; queridos hermanos y hermanas:

Para el obispo siempre es una gran alegría encontrarse en su seminario, y esta tarde doy gracias al Señor porque me renueva esta alegría en la víspera de la fiesta de la Virgen de la Confianza, vuestra patrona celestial. Os saludo a todos cordialmente: al cardenal vicario, a los obispos auxiliares, al rector y a los demás superiores, y, con afecto especial, a vosotros, queridos seminaristas. Me alegra saludar también a los padres de familia presentes y a los amigos de la comunidad del Seminario romano.

Estamos todos aquí reunidos para las primeras Vísperas solemnes de esta fiesta mariana tan querida por vosotros. Hemos escuchado algunos versículos de la carta de san Pablo a los Gálatas, en los que se recoge la expresión: «plenitud de los tiempos» (Ga 4, 4). Sólo Dios puede «llenar el tiempo» y hacernos experimentar el sentido pleno de nuestra existencia. Dios ha llenado de sí mismo el tiempo al enviar a su Hijo unigénito y en él nos ha hecho hijos adoptivos suyos: hijos en el Hijo. En Jesús y con Jesús, «camino, verdad y vida» (Jn 14, 6), podemos ahora encontrar las respuestas exhaustivas a las expectativas más profundas del corazón. Al desaparecer el miedo, crece en nosotros la confianza en el Dios a quien nos atrevemos a llamar incluso «Abbá-Padre» (cf. Ga 4, 6).

Queridos seminaristas, precisamente porque el don de ser hijos adoptivos de Dios ha iluminado vuestra vida, habéis sentido el deseo de hacer partícipes de ese don también a los demás. Estáis aquí para eso, para desarrollar vuestra vocación filial y para prepararos a la futura misión de apóstoles de Cristo. Se trata de un único crecimiento, que, al permitiros gustar la alegría de la vida con Dios Padre, os hace percibir con fuerza la urgencia de convertiros en mensajeros del Evangelio de su Hijo Jesús. El Espíritu Santo es quien os hace estar atentos a esta realidad profunda y amarla. Todo esto no puede por menos de suscitar una gran confianza, porque el don recibido es sorprendente, llena de asombro y colma de íntima alegría. Así podéis comprender el papel que desempeña también en vuestra vida María, invocada en vuestro seminario con el hermoso título de Virgen de la Confianza. Del mismo modo que «el Hijo nació de mujer» (cf. Ga 4, 4), de María, Madre de Dios, así también en vuestro ser hijos de Dios ella es la Madre, la verdadera Madre.

Queridos padres de familia, probablemente vosotros sois los más sorprendidos de todos por lo que ha acontecido y está aconteciendo en vuestros hijos. Tal vez habíais imaginado para ellos una misión diversa de aquella para la cual se están preparando. ¡Quién sabe cuántas veces os ponéis a reflexionar sobre ellos! Recordáis cuando eran niños y luego muchachos; las ocasiones en que mostraron los primeros signos de la vocación; o, en algún caso, por el contrario, los años en que la vida de vuestro hijo parecía desarrollarse lejos de la Iglesia.

¿Qué sucedió? ¿Qué encuentros influyeron en sus decisiones? ¿Qué luces interiores orientaron su camino? ¿Cómo pudieron abandonar perspectivas de vida tal vez prometedoras, para escoger ingresar en el seminario? Contemplemos a María. El Evangelio nos ayuda a comprender que también ella se hacía numerosas preguntas sobre su Hijo Jesús y meditaba mucho sobre él (cf. Lc 2, 19. 51).

Es inevitable que, en cierto modo, la vocación de los hijos se convierta también en vocación de los padres. Tratando de comprenderlos y siguiéndolos en su itinerario, también vosotros, queridos padres y queridas madres, con mucha frecuencia os habéis visto implicados en un camino en el que vuestra fe ha ido fortaleciéndose y renovándose. Habéis participado en la aventura maravillosa de vuestros hijos.

En efecto, aunque pueda parecer que la vida del sacerdote no atrae el interés de la mayoría de la gente, en realidad se trata de la aventura más interesante y necesaria para el mundo, la aventura de mostrar y hacer presente la plenitud de vida a la que todos aspiran. Es una aventura muy exigente; y no podría ser de otra manera, porque el sacerdote está llamado a imitar a Jesús, «que no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20, 28).

Queridos seminaristas, estos años de formación constituyen un tiempo importante para prepararos a la entusiasmante misión a la que el Señor os llama. Permitidme que subraye dos aspectos que caracterizan vuestra experiencia actual. Ante todo, los años del seminario implican cierto alejamiento de la vida común, cierto «desierto», para que el Señor pueda hablar a vuestro corazón (cf. Os 2, 16). En efecto, él no habla en voz alta, sino en voz baja; habla en el silencio (cf. 1 R 19, 12). Por tanto, para escuchar su voz hace falta un clima de silencio.

Por esta razón, el seminario ofrece espacios y tiempos de oración diaria, y cuida mucho la liturgia, la meditación de la palabra de Dios y la adoración eucarística. Al mismo tiempo, os pide que dediquéis muchas horas al estudio: orando y estudiando, podéis construir en vosotros el hombre de Dios que debéis ser y que la gente espera que sea el sacerdote.

Hay luego un segundo aspecto en vuestra vida: durante los años del seminario vivís juntos. Vuestra formación con vistas al sacerdocio implica también este aspecto comunitario, que es de gran importancia. Los Apóstoles se formaron juntos, siguiendo a Jesús. Vuestra comunión no se limita al presente; concierne también al futuro. En la actividad pastoral que os espera deberéis actuar unidos como en un cuerpo, en un ordo, el de los presbíteros, que con el obispo atienden pastoralmente a la comunidad cristiana. Amad esta «vida de familia», que para vosotros es anticipación de la «fraternidad sacramental» (Presbyterorum ordinis, 8) que debe caracterizar a todo presbítero diocesano.

Todo esto recuerda que Dios os llama a ser santos, que la santidad es el secreto del auténtico éxito de vuestro ministerio sacerdotal. Ya desde ahora la santidad debe constituir el objetivo de vuestra opción y decisión. Encomendad este deseo y este compromiso diario a María, Madre de la Confianza. Este título tan tranquilizador corresponde a la repetida invitación evangélica: «No temas», que dirigió el ángel a la Virgen (cf. Lc 1, 29) y luego muchas veces Jesús a los discípulos. «No temas, porque yo estoy contigo», dice el Señor. En el icono de la Virgen de la Confianza, donde el Niño señala a la Madre, parece que Jesús añade: «Mira a tu Madre, y no temas».

Queridos seminaristas, recorred el camino del seminario con el alma abierta a la verdad, a la transparencia, al diálogo con quienes os dirigen; esto os permitirá responder de modo sencillo y humilde a Aquel que os llama, liberándoos del peligro de realizar un proyecto sólo personal. Vosotros, queridos padres de familia y amigos, acompañad a los seminaristas con la oración y con vuestro constante apoyo material y espiritual. También yo os aseguro a todos un recuerdo en mi oración, a la vez que con alegría os imparto la bendición apostólica.
INDICE


Sala de las Bendiciones, 7 de febrero de 2008

(Publicamos el texto de las intervenciones del Santo Padre y un resumen de las preguntas)

(Giuseppe Corona, diácono)

Santo Padre, nos sentimos agradecidos porque providencialmente el Concilio restauró el diaconado permanente. Los diáconos realizamos tareas en ámbitos muy diferentes: familia, trabajo, parroquia, sociedad, incluso misiones en África y América Latina. Pero quisiéramos que nos indicara alguna iniciativa pastoral que haga más incisiva la presencia del diaconado permanente en Roma, como sucedía en la Iglesia primitiva.

Gracias por este testimonio de uno de los más de cien diáconos de Roma. Yo también quiero expresar mi alegría y mi gratitud al Concilio, porque restauró este importante ministerio en la Iglesia universal. Cuando yo era arzobispo de Munich, no encontré más de tres o cuatro diáconos, y fomenté mucho este ministerio, porque me parece que pertenece a la riqueza del ministerio sacramental en la Iglesia. Al mismo tiempo, puede ser también un nexo entre el mundo laico, el mundo profesional, y el mundo del ministerio sacerdotal.

En efecto, muchos diáconos siguen desempeñando sus profesiones y mantienen sus puestos, tanto cuando se trata de actividades importantes como cuando son parte de una vida sencilla, mientras que el sábado y el domingo trabajan en la Iglesia. Así testimonian en el mundo de hoy, incluso en el mundo del trabajo, la presencia de la fe, el ministerio sacramental y la dimensión diaconal del sacramento del Orden. Me parece muy importante la visibilidad de la dimensión diaconal.

Naturalmente, también todo sacerdote sigue siendo diácono y siempre debe pensar en esta dimensión, porque el Señor mismo se hizo nuestro ministro, nuestro diácono. Pensemos en el gesto del lavatorio de los pies, con el cual se manifiesta explícitamente que el Maestro, el Señor, actúa como diácono y quiere que todos los que lo sigan sean diáconos, que desempeñen este ministerio en favor de la humanidad, hasta el punto de ayudar también a lavar los pies sucios de los hombres que nos han sido encomendados. Esta dimensión me parece de gran importancia.

Con esta ocasión, me viene a la mente —aunque tal vez no sea inmediatamente atinente al tema— una sencilla experiencia de Pablo VI. Cada día del Concilio se entronizaba el Evangelio. Y el Santo Padre dijo a los maestros de ceremonias que en alguna ocasión quería realizar él mismo esa entronización del Evangelio. Le respondieron: "no, eso es tarea de los diáconos y no del Papa, del Sumo Pontífice, ni de los obispos". Él anotó en su diario: "Yo también soy diácono, sigo siendo diácono, y yo también quiero ejercer este ministerio de diácono colocando en el trono la palabra de Dios". Así pues, esto nos concierne a todos. Los sacerdotes siguen siendo diáconos y los diáconos llevan a cabo en la Iglesia y en el mundo esta dimensión diaconal de nuestro ministerio. Esta entronización litúrgica de la palabra de Dios cada día durante el Concilio era siempre para nosotros un gesto de gran importancia: nos decía quién era el verdadero Señor de esa asamblea; nos decía que en el trono está la palabra de Dios y nosotros ejercemos el ministerio para escuchar y para interpretar, para ofrecer a los demás esta Palabra. Entronizar en el mundo la palabra de Dios, la Palabra viva, Cristo, es muy significativo para todo lo que hacemos. Que sea él realmente quien gobierne nuestra vida personal y nuestra vida en las parroquias.

Además, usted me hace una pregunta que, en mi opinión, va un poco más allá de mis fuerzas: ¿Cuáles serían las tareas propias de los diáconos de Roma? Sé que el cardenal vicario conoce mucho mejor que yo las situaciones concretas de la ciudad, de la comunidad diocesana de Roma. Yo creo que una característica del ministerio de los diáconos es precisamente la multiplicidad de las aplicaciones del diaconado. En la Comisión teológica internacional, hace algunos años, estudiamos a fondo el diaconado en la historia y también en el presente de la Iglesia. Y descubrimos precisamente esto: no hay un perfil único. Lo que se debe hacer varía según la preparación de las personas y las situaciones en las que se encuentran. Puede haber aplicaciones y formas concretas muy diversas, naturalmente siempre en comunión con el obispo y con la parroquia. En las diferentes situaciones se presentan muchas posibilidades, también según la preparación profesional que puedan tener estos diáconos: podrían emplearse en el sector cultural, tan importante hoy; o podrían tener una voz y un puesto significativo en el sector educativo. Este año pensamos precisamente en el problema de la educación como algo central para nuestro futuro, para el futuro de la humanidad.

Ciertamente, en Roma el sector de la caridad era el sector originario, porque los títulos presbiterales y las diaconías eran centros de la caridad cristiana. Desde el inicio, este sector era muy importante en la ciudad de Roma. En mi encíclica Deus caritas est puse de relieve que no sólo la predicación y la liturgia son esenciales para la Iglesia y para el ministerio de la Iglesia, sino que también es esencial la ayuda a los pobres, a los necesitados, el servicio de la cáritas en sus múltiples dimensiones. Por tanto, espero que en todos los tiempos, en todas las diócesis, aun en situaciones diversas, esta dimensión siga siendo fundamental e incluso prioritaria en el compromiso de los diáconos, aunque no única, como nos muestra también la Iglesia primitiva, donde los siete diáconos habían sido elegidos precisamente para permitir a los Apóstoles dedicarse a la oración, a la liturgia, a la predicación.

Con todo, san Esteban se vio en la necesidad de predicar a los helenistas, a los judíos de lengua griega; así se ensancha el campo de la predicación. Podríamos decir que se vio condicionado por las situaciones culturales, donde él tenía voz para hacer presente la palabra de Dios en este sector y así favorecer más la universalidad del testimonio cristiano, abriendo las puertas a san Pablo, que fue testigo de su lapidación y luego, en cierto sentido, su sucesor en la universalización de la palabra de Dios.

No sé si el cardenal vicario quiere añadir alguna palabra. Yo no sigo tan de cerca las situaciones concretas.

(Cardenal Ruini)

Santo Padre, le confirmo que, como decía usted, también en Roma, en concreto, los diáconos trabajan en muchos ámbitos, por lo general en las parroquias, ocupándose de la pastoral de la caridad, pero por ejemplo muchos también colaboran en la pastoral de la familia. Dado que casi todos los diáconos están casados, preparan para el matrimonio, siguen a las parejas jóvenes, etc. Además, contribuyen de modo notable a la pastoral sanitaria, colaboran en el Vicariato —algunos trabajan en el Vicariato— y, como se ha dicho antes, en las misiones. También hay alguna presencia misionera de diáconos. Naturalmente, por lo que atañe al número, la mayoría se dedican a la pastoral en las parroquias, pero también hay otros ámbitos que se están abriendo y precisamente por esto ya tenemos más de cien diáconos permanentes.

(Padre Graziano Bonfitto, vicario parroquial)

Soy religioso de don Orione. Realizo mi apostolado sacerdotal especialmente con los jóvenes, los cuales necesitan certezas, anhelan sinceridad, libertad, justicia y paz. Quieren tener a su lado personas que los acompañen, como Jesús a los discípulos de Emaús. Tienen sed de Cristo, sed de testigos gozosos que se hayan encontrado con Jesús y hayan apostado por él toda su vida. Sin embargo, muchos están alejados de la Iglesia. Además, les acechan muchos falsos profetas. ¿Qué hacer? ¿Cómo comportarse?

Gracias por este hermoso testimonio de un sacerdote joven que está cerca de los jóvenes, que los acompaña, como usted ha dicho, y les ayuda a estar con Cristo, con Jesús. ¿Qué puedo decir? Todos sabemos cuán difícil es para un joven de hoy vivir como cristiano. El contexto cultural, el contexto mediático, ofrece un camino muy diferente al de Cristo. Parece incluso que hace imposible ver a Cristo como centro de la vida y vivir la vida como Jesús nos la muestra. Sin embargo, también creo que muchos perciben cada vez más la insuficiencia de todas esas propuestas, de ese estilo de vida, que al final deja vacíos.

En este sentido, me parece que las lecturas de la liturgia de hoy, la del Deuteronomio (30, 15-20) y el pasaje evangélico de san Lucas (9, 22-25) responden a lo que, en substancia, deberíamos decir siempre a los jóvenes y también a nosotros mismos. Como ha dicho usted, la sinceridad es fundamental. Los jóvenes deben percibir que no decimos palabras que no hayamos vivido antes nosotros mismos, sino que hablamos porque hemos encontrado y tratamos de encontrar de nuevo cada día la verdad como verdad para nuestra vida. Para que nuestras palabras sean creíbles y tengan una lógica visible y convincente, es preciso que nosotros mismos sigamos ese camino, que nosotros mismos tratemos de que nuestra vida corresponda a la del Señor.

Vuelvo al Deuteronomio: hoy la gran regla fundamental, no sólo para la Cuaresma, sino también para toda la vida cristiana, es: "Escoge la vida. Tienes ante ti la muerte y la vida: escoge la vida". Y me parece que la respuesta es natural. Son muy pocos los que en lo más profundo de su ser albergan una voluntad de destrucción, de muerte, los que ya no quieren el ser, la vida, porque para ellos todo es contradictorio. Sin embargo, por desgracia, se trata de un fenómeno que va aumentando. Con todas las contradicciones, las falsas promesas, al final la vida parece contradictoria, ya no es un don sino una condena, y de esta forma hay quien prefiere la muerte a la vida. Pero normalmente el hombre responde: sí, quiero la vida.

Con todo, el problema sigue consistiendo en cómo encontrar la vida, en qué escoger, en cómo escoger la vida. Y ya conocemos las propuestas que normalmente se hacen: ir a la discoteca, tomar todo lo que es posible, considerar la libertad como hacer todo lo que apetezca, todo lo que venga a la mente en un momento determinado. En cambio, sabemos —y podemos demostrarlo— que este camino es un camino de mentira, porque al final no se encuentra la vida, sino lo que en realidad se encuentra es el abismo de la nada.

"Escoge la vida". La misma lectura del Deuteronomio dice: Dios es tu vida, tú has escogido la vida y tú has hecho la elección: Dios. Esto me parece fundamental. Sólo así nuestro horizonte es suficientemente amplio y sólo así estamos ante la fuente de la vida, que es más fuerte que la muerte, que todas las amenazas de la muerte. Por consiguiente, la opción fundamental es la que se indica aquí: escoge a Dios. Es preciso comprender que quien avanza por el camino sin Dios, al final se encuentra en la oscuridad, aunque pueda haber momentos en que le parezca haber hallado la vida.

Un paso más es ver cómo encontrar a Dios, cómo escoger a Dios. Aquí pasamos al Evangelio: Dios no es un desconocido, una hipótesis tal vez del primer inicio del cosmos. Dios tiene carne y hueso. Es uno de nosotros. Lo conocemos con su rostro, con su nombre. Es Jesucristo, que nos habla en el Evangelio. Es hombre y Dios. Siendo Dios, escogió ser hombre para que nosotros pudiéramos elegir a Dios. Por tanto, hay que entrar en el conocimiento y luego en la amistad de Jesús para caminar con él.

Me parece que este es el punto fundamental en nuestra atención pastoral a los jóvenes, a todos pero especialmente a los jóvenes: atraer la atención hacia la opción de escoger a Dios, que es la vida; hacia el hecho de que Dios existe, y existe de un modo concreto. Y enseñar la amistad con Jesucristo.

Hay un tercer paso. Esta amistad con Jesús no es una amistad con una persona irreal, con alguien que pertenece al pasado o que está lejos de los hombres, a la diestra de Dios. Cristo está presente en su cuerpo, que es aún de carne y hueso: es la Iglesia, la comunión de la Iglesia. Debemos construir, y hacer más accesibles, comunidades que reflejen, que sean el espejo de la gran comunidad de la Iglesia vital. Es un conjunto: la experiencia vital de la comunidad, con todas las debilidades humanas, pero sin embargo real, con un camino claro, y una sólida vida sacramental, en la que podamos palpar también lo que a nosotros nos pueda parecer muy lejano, la presencia del Señor.

De este modo, para volver al Deuteronomio, del que partí, podemos aprender también los mandamientos. Porque la lectura dice: escoger a Dios quiere decir escoger según su Palabra, vivir según la Palabra. En un primer momento esto parece casi en cierto modo positivista, pues son imperativos. Pero lo más importante es el don, su amistad. Luego podemos comprender que las señales del camino son explicaciones de la realidad de esa amistad nuestra.

Podemos decir que esta es una visión general, tal como se desprende del contacto con la sagrada Escritura y de la vida diaria de la Iglesia. Luego se traduce, paso a paso, en los encuentros concretos con los jóvenes: guiarlos al diálogo con Jesús en la oración, en la lectura de la sagrada Escritura —sobre todo la lectura común, pero también la personal— y en la vida sacramental. Se trata de pasos para hacer presentes estas experiencias en la vida profesional, aunque el contexto con frecuencia está marcado por una total ausencia de Dios y por la aparente imposibilidad de captar su presencia. Pero precisamente entonces, a través de nuestra vida y de nuestra experiencia de Dios, debemos tratar de que la presencia de Cristo entre también en este mundo alejado de Dios.

Hay sed de Dios. Hace poco tiempo recibí, en visita ad limina, a los obispos de un país donde más del cincuenta por ciento se declara ateo o agnóstico. Pero me dijeron: en realidad, todos tienen sed de Dios. En lo más profundo existe esta sed. Por eso, comencemos primero nosotros, junto con los jóvenes que podamos encontrar. Formemos comunidades en las que se refleje la Iglesia; aprendamos la amistad con Jesús. Así, llenos de esta alegría y de esta experiencia, también hoy podremos hacer presente a Dios en este mundo.

(Don Pietro Riggi, sacerdote salesiano)

Santo Padre, en un discurso del 25 de marzo de 2007, dijo usted que hoy se habla poco de los Novísimos. En muchos catecismos se han omitido algunas verdades de fe. Ya casi no se habla del infierno, del purgatorio, del pecado, del pecado original... ¿No cree que sin estas partes esenciales del Credo se desmorona el sistema lógico que lleva a ver la redención de Cristo? Si se pierde el sentido del pecado, se devalúa el sacramento de la reconciliación. ¿No se está dando a la fe una dimensión meramente horizontal?

Usted ha abordado con razón temas fundamentales de la fe, que por desgracia aparecen raramente en nuestra predicación. En la encíclica Spe salvi quise hablar precisamente también del juicio final, del juicio en general y, en este contexto, también del purgatorio, del infierno y del paraíso. Creo que a todos nos impresiona siempre la objeción de los marxistas, según los cuales los cristianos sólo han hablado del más allá y han descuidado la tierra. Así, nosotros queremos demostrar que realmente nos comprometemos por la tierra y no somos personas que hablan de realidades lejanas, de realidades que no ayudan a la tierra.

Aunque esté bien mostrar que los cristianos se comprometen por la tierra —y todos estamos llamados a trabajar para que esta tierra sea realmente una ciudad para Dios y de Dios— no debemos olvidar la otra dimensión. Si no la tenemos en cuenta, no trabajamos bien por la tierra. Mostrar esto ha sido una de mis finalidades fundamentales al escribir la encíclica. Cuando no se conoce el juicio de Dios, no se conoce la posibilidad del infierno, del fracaso radical y definitivo de la vida; no se conoce la posibilidad y la necesidad de purificación. Entonces el hombre no trabaja bien por la tierra, porque al final pierde los criterios; al no conocer a Dios, ya no se conoce a sí mismo y destruye la tierra. Todas las grandes ideologías han prometido: nosotros cuidaremos de las cosas, ya no descuidaremos la tierra, crearemos un mundo nuevo, justo, correcto, fraterno. En cambio, han destruido el mundo. Lo vemos con el nazismo, lo vemos también con el comunismo, que prometieron construir el mundo como tendría que haber sido y, en cambio, han destruido el mundo.

En las visitas ad limina de los obispos de los países ex comunistas veo siempre cómo en esas tierras no sólo han quedado destruidos el planeta, la ecología, sino sobre todo, y más gravemente, las almas. Recobrar la conciencia verdaderamente humana, iluminada por la presencia de Dios, es la primera tarea de reconstrucción de la tierra. Esta es la experiencia común de esos países. La reconstrucción de la tierra, respetando el grito de sufrimiento de este planeta, sólo se puede realizar encontrando a Dios en el alma, con los ojos abiertos hacia Dios.

Por eso, usted tiene razón: debemos hablar de todo esto precisamente por responsabilidad con la tierra, con los hombres que viven hoy. También debemos hablar del pecado como posibilidad de destruirse a sí mismos, y así también de destruir otras partes de la tierra. En la encíclica traté de demostrar que precisamente el juicio final de Dios garantiza la justicia. Todos queremos un mundo justo, pero no podemos reparar todas las destrucciones del pasado, todas las personas injustamente atormentadas y asesinadas. Sólo Dios puede crear la justicia, que debe ser justicia para todos, también para los muertos. Como dice Adorno, un gran marxista, sólo la resurrección de la carne, que él considera irreal, podría crear justicia. Nosotros creemos en esta resurrección de la carne, en la que no todos serán iguales. Hoy se suele pensar: "¿Qué es el pecado? Dios es grande y nos conoce; por tanto, el pecado no cuenta; al final Dios será bueno con todos". Es una hermosa esperanza. Pero está la justicia y está también la verdadera culpa. Los que han destruido al hombre y la tierra, no pueden sentarse inmediatamente a la mesa de Dios juntamente con sus víctimas. Dios crea justicia. Debemos tenerlo presente. Por eso, me pareció importante escribir ese texto también sobre el purgatorio, que para mí es una verdad tan obvia, tan evidente y también tan necesaria y consoladora, que no puede faltar. Traté de decir: tal vez no son muchos los que se han destruido así, los que son incurables para siempre, los que no tienen ningún elemento sobre el cual pueda apoyarse el amor de Dios, los que ya no tienen en sí mismos un mínimo de capacidad de amar. Eso sería el infierno.

Por otra parte, ciertamente son pocos —o, por lo menos, no demasiados— los que son tan puros que puedan entrar inmediatamente en la comunión de Dios. Muchísimos de nosotros esperamos que haya algo sanable en nosotros, que haya una voluntad final de servir a Dios y de servir a los hombres, de vivir según Dios. Pero hay numerosas heridas, mucha suciedad. Tenemos necesidad de estar preparados, de ser purificados. Esta es nuestra esperanza: también con mucha suciedad en nuestra alma, al final el Señor nos da la posibilidad, nos lava finalmente con su bondad, que viene de su cruz. Así nos hace capaces de estar eternamente con él. De este modo el paraíso es la esperanza, es la justicia finalmente realizada.

Y también nos da los criterios para vivir, para que este tiempo sea de algún modo un paraíso, para que sea una primera luz del paraíso. Donde los hombres viven según estos criterios, existe ya un poco de paraíso en el mundo, y esto se puede comprobar. Me parece también una demostración de la verdad de la fe, de la necesidad de seguir la senda de los mandamientos, de la que debemos hablar más.

Los mandamientos son realmente las señales que nos indican el camino y nos muestran cómo vivir bien, cómo escoger la vida. Por eso, debemos hablar también del pecado y del sacramento del perdón y de la reconciliación. Un hombre sincero sabe que es culpable, que debería recomenzar, que debería ser purificado. Y esta es la maravillosa realidad que nos ofrece el Señor: hay una posibilidad de renovación, de ser nuevos. El Señor comienza con nosotros de nuevo y nosotros podemos recomenzar así también con los demás en nuestra vida.

Este aspecto de la renovación, de la restitución de nuestro ser después de tantas cosas equivocadas, después de tantos pecados, es la gran promesa, el gran don que la Iglesia ofrece, y que, por ejemplo, la psicoterapia no puede ofrecer. La psicoterapia hoy está muy difundida y también es muy necesaria, teniendo en cuenta tantas psiques destruidas o gravemente heridas. Pero las posibilidades de la psicoterapia son muy limitadas: sólo puede tratar de volver a equilibrar un poco un alma desequilibrada. Pero no puede dar una verdadera renovación, una superación de estas graves enfermedades del alma. Por eso, siempre es provisional y nunca definitiva.

El sacramento de la penitencia nos brinda la ocasión de renovarnos hasta el fondo con el poder de Dios —Ego te absolvo—, que es posible porque Cristo tomó sobre sí estos pecados, estas culpas. Me parece que hoy esta es una gran necesidad. Podemos ser sanados nuevamente. Las almas que están heridas y enfermas, como es la experiencia de todos, no sólo necesitan consejos, sino también una auténtica renovación, que únicamente puede venir del poder de Dios, del poder del Amor crucificado. Me parece que este es el gran nexo de los misterios que, al final, influyen realmente en nuestra vida. Nosotros mismos debemos meditarlos continuamente, para poder después hacer que lleguen de nuevo a nuestra gente.

(Don Massimo Tellan, párroco)

Santidad, vivimos inmersos en un mundo con inflación de palabras, a menudo sin significado, que desorientan el corazón humano hasta el punto de que lo hacen sordo a la Palabra de verdad: Dios hecho carne con el rostro de Jesús. Esa Palabra queda oscurecida en medio de la selva de imágenes ambiguas y efímeras con las que nos bombardean sin cesar. ¿Cómo educar en la fe, a través del binomio palabra-imagen? ¿Cómo podemos volver a recuperar el arte de narrar la fe e introducir el misterio, como se hacía en el pasado, a través de la imagen? ¿Cómo educar en la búsqueda y la contemplación de la verdadera belleza? A este propósito, queremos regalarle un icono de Cristo atado a la columna, imagen de la humanidad que asumió el Verbo.

Gracias por este hermosísimo regalo. Me alegra que no sólo tengamos palabras, sino también imágenes. Vemos que también hoy la meditación cristiana suscita nuevas imágenes; renace la cultura cristiana, la iconografía cristiana. Sí, vivimos en una inflación de palabras, de imágenes. Por eso, es difícil crear espacio para la palabra y para la imagen. Me parece que precisamente en la situación de nuestro mundo, que todos conocemos, que es también nuestro sufrimiento, el sufrimiento de cada uno, el tiempo de Cuaresma cobra un nuevo significado. Ciertamente, el ayuno corporal, durante algún tiempo considerado pasado de moda, hoy se presenta a todos como necesario. No es difícil comprender que debemos ayunar. A veces nos encontramos ante ciertas exageraciones debidas a un ideal de belleza equivocado. Pero, en cualquier caso, el ayuno corporal es importante, porque somos cuerpo y alma, y la disciplina del cuerpo, también la disciplina material, es importante para la vida espiritual, que siempre es vida encarnada en una persona que es cuerpo y alma.

Esta es una dimensión. Hoy crecen y se manifiestan otras dimensiones. Me parece que precisamente el tiempo de Cuaresma podría ser también un tiempo de ayuno de palabras y de imágenes. Necesitamos un poco de silencio, necesitamos un espacio sin el bombardeo permanente de imágenes. En este sentido, hacer accesible y comprensible hoy el significado de cuarenta días de disciplina exterior e interior es muy importante para ayudarnos a comprender que una dimensión de nuestra Cuaresma, de esta disciplina corporal y espiritual, es crearnos espacios de silencio y también sin imágenes, para volver a abrir nuestro corazón a la imagen verdadera y a la palabra verdadera.

Me parece prometedor que también hoy se vea que hay un renacimiento del arte cristiano, tanto de una música meditativa —como por ejemplo la que surgió en Taizé—, como también, remitiéndome al arte del icono, de un arte cristiano que se mantiene en el ámbito de las grandes reglas del arte iconológico del pasado, pero ampliándose a las experiencias y a las visiones de hoy.

Donde hay una verdadera y profunda meditación de la Palabra, donde entramos realmente en la contemplación de esta visibilidad de Dios en el mundo, de la realidad palpable de Dios en el mundo, nacen también nuevas imágenes, nuevas posibilidades de hacer visibles los acontecimientos de la salvación. Esta es precisamente la consecuencia del acontecimiento de la Encarnación. El Antiguo Testamento prohibía todas las imágenes y debía prohibirlas en un mundo lleno de divinidades. Había un gran vacío, que se manifestaba en el interior del templo, donde, en contraste con otros templos, no había ninguna imagen, sino sólo el trono vacío de la Palabra, la presencia misteriosa del Dios invisible, no circunscrito por nuestras imágenes.

Pero luego el paso nuevo consistió en que ese Dios misterioso nos libró de la inflación de las imágenes, también de un tiempo lleno de imágenes de divinidades, y nos dio la libertad de la visión de lo esencial. Apareció con un rostro, con un cuerpo, con una historia humana que, al mismo tiempo, es una historia divina. Una historia que prosigue en la historia de los santos, de los mártires, de los santos de la caridad, de la palabra, que son siempre explicación, continuación —en el Cuerpo de Cristo— de esta vida suya divina y humana, y nos da las imágenes fundamentales, en las cuales —más allá de las superficiales, que ocultan la realidad— podemos abrir la mirada hacia la Verdad misma. En este sentido, me parece excesivo el período iconoclástico del posconcilio, que sin embargo tenía su sentido, porque tal vez era necesario librarse de una superficialidad de demasiadas imágenes.

Volvamos ahora al conocimiento del Dios que se hizo hombre. Como dice la carta a los Efesios, él es la verdadera imagen. Y en esta verdadera imagen vemos —por encima de las apariencias que ocultan la verdad— la Verdad misma: "Quien me ve, ve al Padre". En este sentido, yo diría que, con mucho respeto y con mucha reverencia, podemos volver a encontrar un arte cristiano y también las grandes y esenciales representaciones del misterio de Dios en la tradición iconográfica de la Iglesia. Así podremos redescubrir la imagen verdadera, cubierta por las apariencias.

Realmente, la educación cristiana tiene la tarea importante de librarnos de las palabras por la Palabra, que exige continuamente espacios de silencio, de meditación, de profundización, de abstinencia, de disciplina. También la educación con respecto a la verdadera imagen, es decir, al redescubrimiento de los grandes iconos creados en la cristiandad a lo largo de la historia: con la humildad nos libramos de las imágenes superficiales. Este tipo de iconoclasma siempre es necesario para redescubrir la imagen, es decir, las imágenes fundamentales que manifiestan la presencia de Dios en la carne.

Esta es una dimensión fundamental de la educación en la fe, en el verdadero humanismo, que buscamos en este tiempo en Roma. Hemos redescubierto el icono con sus reglas muy severas, sin las bellezas del Renacimiento. Así podemos volver también nosotros a un camino de redescubrimiento humilde de las grandes imágenes, hacia una liberación siempre nueva de las demasiadas palabras, de las demasiadas imágenes, para redescubrir las imágenes esenciales que nos son necesarias. Dios mismo nos ha mostrado su imagen y nosotros podemos volver a encontrar esta imagen con una profunda meditación de la Palabra, que hace renacer las imágenes.

Así pues, pidamos al Señor que nos ayude en este camino de verdadera educación, de reeducación en la fe, que no sólo es escuchar, sino también ver.

(Don Paul Chungat, de la India, vicario parroquial)

En la reciente Nota de la Congregación para la doctrina de la fe hay palabras difíciles de entender en el campo del diálogo interreligioso. Habla de "plenitud de la salvación", de "necesidad de incorporación formal a la Iglesia". ¿Cómo aplicar estos conceptos en la India, mi país, donde debemos tratar con amigos hinduistas, budistas y de otras religiones? ¿La plenitud de la salvación se ha de entender en sentido cualitativo o cuantitativo? El Concilio habló de la semilla de luz que hay en otras religiones.

Gracias por esta intervención. Usted sabe bien que por la amplitud de sus preguntas haría falta un semestre de teología. Trataré de ser breve. Usted conoce la teología; hay grandes maestros y muchos libros. Ante todo, gracias por su testimonio, porque usted se muestra contento de poder trabajar en Roma, aunque es de la India. Para mí se trata de un fenómeno admirable de la catolicidad. Ahora no sólo los misioneros van de Occidente a los demás continentes; sino que hay un intercambio de dones: indios, africanos, sudamericanos, trabajan entre nosotros, y los nuestros van a los demás continentes. Todos dan y reciben. Esta es la vitalidad de la catolicidad, donde todos somos deudores de los dones del Señor, y luego podemos dar los unos a los otros.

En esta reciprocidad de dones, de dar y recibir, vive la Iglesia católica. Vosotros podéis aprender de estos ambientes y experiencias occidentales, y nosotros no menos de vosotros. Veo que precisamente el espíritu de religiosidad que existe en Asia, al igual que en África, sorprende a los europeos, que a menudo son un poco fríos en la fe. Así, esa vivacidad, al menos del espíritu religioso que existe en esos continentes, es un gran don para todos nosotros, sobre todo para los obispos del mundo occidental y, en especial, para los países en donde es marcado el fenómeno de la inmigración, procedente de Filipinas, la India, etc. Nuestro catolicismo frío se reaviva con este fervor que nos viene de vosotros. Por tanto, la catolicidad es un gran don.

Vengamos a las preguntas que usted me ha formulado. En este momento no tengo presentes las palabras exactas del documento de la Congregación para la doctrina de la fe al que usted se ha referido; pero, en cualquier caso, quiero decir dos cosas. Por una parte, es absolutamente necesario el diálogo, conocerse mutuamente, respetarse y tratar de colaborar de todas las formas posibles para los grandes objetivos de la humanidad, o para sus grandes necesidades, para superar los fanatismos y crear un espíritu de paz y de amor.

Este es también el espíritu del Evangelio, cuyo sentido es precisamente que el espíritu de amor, que hemos aprendido de Jesús, la paz de Jesús que él nos dio mediante la cruz, se haga presente universalmente en el mundo. En este sentido, el diálogo deber ser verdadero diálogo, respetando al otro y aceptando su diversidad; pero también debe ser evangélico, en el sentido de que su finalidad fundamental es ayudar a los hombres a vivir en el amor y a hacer que ese amor se pueda difundir por todas las partes del mundo.

Pero esta dimensión del diálogo, tan necesaria, es decir, la del respeto del otro, de la tolerancia, de la cooperación, no excluye la otra, o sea, que el Evangelio es un gran don, el don del gran amor, de la gran verdad, que no podemos tener sólo para nosotros mismos, sino que debemos ofrecer a los demás, considerando que Dios les da la libertad y la luz necesaria para encontrar la verdad. Esta es la verdad. Y, por tanto, este es también mi camino.

La misión no es una imposición, sino ofrecer el don de Dios, dejando a su bondad iluminar a las personas para que se difunda el don de la amistad concreta con el Dios de rostro humano. Por eso, queremos y debemos testimoniar siempre esta fe y el amor que vive en nuestra fe. Dejaríamos de cumplir un deber verdadero, humano y divino, si dejáramos a los demás solos y reserváramos únicamente para nosotros la fe que tenemos. También seríamos infieles a nosotros mismos si no ofreciéramos esta fe al mundo, siempre respetando la libertad de los demás. La presencia de la fe en el mundo es un elemento positivo, aunque nadie se convirtiera; es un punto de referencia.

Algunos exponentes de religiones no cristianas me han dicho: "Para nosotros la presencia del cristianismo es un punto de referencia que nos ayuda, aunque no nos convirtamos". Pensemos en la gran figura del Mahatma Gandhi: aun estando firmemente adherido a su religión, para él el Sermón de la montaña era un punto de referencia fundamental, que formó toda su vida. Así, el fermento de la fe, aun sin convertirlo al cristianismo, entró en su vida. Y me parece que este fermento del amor cristiano, que brota del Evangelio, es —además del trabajo misionero que trata de ampliar los espacios de la fe— un servicio que prestamos a la humanidad.

Pensemos en san Pablo. Hace poco tiempo profundicé su motivación misionera. Hablé de ello también a la Curia con ocasión del encuentro de fin de año. San Pablo se conmovió con las palabras del Señor en su discurso escatológico. Antes de cualquier acontecimiento, antes de la vuelta del Hijo del hombre, el Evangelio debe ser predicado a todas las gentes. Una condición para que el mundo alcance su perfección, para su apertura al paraíso, es que el Evangelio sea anunciado a todos.

San Pablo puso todo su celo misionero para que el Evangelio pudiera llegar a todos, posiblemente ya en su generación, a fin de responder al mandato del Señor "que se anuncie a todas las gentes". Su deseo no era tanto bautizar a todas las gentes, cuanto la presencia del Evangelio en el mundo y, por tanto, la culminación de la historia como tal.

Me parece que hoy, al ver el desarrollo de la historia, se puede comprender mejor que esta presencia de la palabra de Dios, que este anuncio que llega a todos como fermento, es necesario para que el mundo pueda alcanzar realmente su finalidad. En este sentido, queremos ciertamente la conversión de todos, pero dejamos que sea el Señor quien actúe. Es importante que quien quiera convertirse tenga la posibilidad de hacerlo, y que en el mundo se presente a todos esta luz del Señor como punto de referencia y como luz que ayuda, sin la cual el mundo no puede encontrarse a sí mismo.

No sé si me he explicado bien: diálogo y misión no sólo no se excluyen, sino que el diálogo requiere la misión.

(Don Alberto Orlando, vicario parroquial)

El año pasado, en el encuentro con los jóvenes en Loreto, viví con ellos una experiencia muy hermosa, pero noté cierta distancia entre usted y los jóvenes. Mi grupo estaba muy lejos; casi no lográbamos ver ni escuchar; y los jóvenes necesitan cercanía, calor. Además, hubo dificultades en la liturgia de la misa. A pesar del fuerte calor, se alargaban mucho los cantos. ¿Por qué esa distancia entre usted y ellos? y ¿cómo conciliar el tesoro de la liturgia con la emotividad de los jóvenes?

El primer punto que me propone se refiere a la organización: yo me encontré con una organización ya establecida; por tanto, no sé si se podía haber organizado de otra manera. Considerando las miles de personas que había, me parece que era imposible lograr que todos pudieran estar cerca de la misma manera. Más aún, por eso hice un recorrido con el coche, para acercarme un poco a cada persona. Sin embargo, tendremos en cuenta esto y veremos si en el futuro, en otros encuentros con cientos de miles de personas, es posible hacerlo de otra manera. Con todo, me parece importante que crezca el sentimiento de una cercanía interior, que encuentre el puente que nos une, aunque físicamente estemos distantes.

Un gran problema es, en cambio, el de las liturgias en las que participan multitudes de personas. Recuerdo que en 1960, durante el gran congreso eucarístico internacional de Munich, se trataba de dar una nueva fisonomía a los congresos eucarísticos, que hasta entonces eran sólo actos de adoración. Se quería poner en el centro la celebración de la Eucaristía como acto de la presencia del misterio celebrado. Pero inmediatamente se planteó la pregunta: ¿Cómo se puede hacer? Adorar, se decía, es posible también a distancia; pero para celebrar la misa es necesaria una comunidad limitada, que pueda participar activamente en el misterio; por tanto, una comunidad que debía ser asamblea en torno a la celebración del misterio.

Muchos eran contrarios a la celebración de la Eucaristía en público con cien mil personas. Decían que no era posible precisamente por la estructura misma de la Eucaristía, que exige la comunidad para la comunión. También grandes personalidades, muy respetables, eran contrarias a esta solución. Luego el profesor Jungmann, gran liturgista, uno de los grandes arquitectos de la reforma litúrgica, creó el concepto de statio orbis, es decir, se refirió a la statio Romae, donde precisamente en el tiempo de Cuaresma los fieles se reúnen en un punto, la statio. Por tanto, se encuentran en statio como los soldados por Cristo; y luego van juntos a la Eucaristía. Si así era la statio de la ciudad de Roma —dijo—, donde la ciudad de Roma se reunía, entonces esta es la statio orbis. Y desde ese momento tenemos las celebraciones eucarísticas con la participación de grandes multitudes.

Para mí, queda un problema, porque la comunión concreta en la celebración es fundamental; por eso, creo que de ese modo aún no se ha encontrado realmente la respuesta definitiva. También en el Sínodo pasado suscité esta pregunta, pero no encontró respuesta. También hice que se planteara otra pregunta sobre la concelebración multitudinaria, porque si por ejemplo concelebran mil sacerdotes, no se sabe si se mantiene aún la estructura querida por el Señor. Pero en cualquier caso son preguntas.

Así, a usted se le presentó la dificultad al participar en una celebración multitudinaria durante la cual no es posible que todos estén igualmente implicados. Por tanto, se debe elegir cierto estilo, para conservar la dignidad siempre necesaria para la Eucaristía; de ese modo, la comunidad no es uniforme, y es diversa la experiencia de la participación en el acontecimiento; para algunos, ciertamente, es insuficiente. Pero no dependió de mí, sino más bien de quienes se encargaron de la preparación.

Por consiguiente, es preciso reflexionar bien sobre qué conviene hacer en esas situaciones, cómo responder a los desafíos de esa situación. Si no me equivoco, era una orquesta de discapacitados la que ejecutaba la música, y tal vez la idea era precisamente la de dar a entender que los discapacitados pueden ser animadores de la celebración sagrada y precisamente ellos no deben quedar excluidos, sino que han de ser protagonistas. De este modo, todos, amándolos, no se sintieron excluidos, sino más bien involucrados. Me parece una reflexión muy respetable, y la comparto.

Sin embargo, naturalmente, sigue existiendo el problema fundamental. Pero creo que también aquí, sabiendo qué es la Eucaristía, aunque no se tenga la posibilidad de una actividad exterior como se desearía para sentirse plenamente partícipes, se entra en ella con el corazón, como dice el antiguo imperativo en la Iglesia, tal vez creado para los que estaban detrás en la basílica: "¡Levantemos el corazón! Ahora todos salgamos de nosotros mismos, así todos estaremos con el Señor y estaremos juntos". Como he dicho, no niego el problema, pero si realmente aplicamos estas palabras: "¡Levantemos el corazón!", todos encontraremos la verdadera participación activa, aunque sea en situaciones difíciles y a veces discutibles.

(Mons. Renzo Martinelli, delegado de la Academia Pontificia de la Inmaculada)

Santidad, recientemente usted dijo que si se concibe al hombre de forma individualista, según una tendencia hoy generalizada, no se puede edificar una comunidad solidaria. En cierto modo, en el seminario me educaron en esa tendencia individualista. ¿Cómo proponer a los jóvenes lo que usted dice con frecuencia: que el yo del cristiano, una vez investido por Cristo, ya no es su "yo"? ¿Cómo proponer esta conversión, esta modalidad nueva, esta originalidad cristiana?

Es la gran cuestión que todo sacerdote, responsable de otros, se plantea cada día. También para sí mismo, naturalmente. Es verdad que en el siglo XX había la tendencia a una devoción individualista, sobre todo para salvar la propia alma y crear méritos, incluso calculables, que incluso se podían indicar con números en ciertas listas. Desde luego, todo el movimiento del Vaticano II llevó a superar ese individualismo.

Yo no quiero juzgar ahora a esas generaciones pasadas, que, sin embargo, a su modo trataban de servir así a los demás. Pero existía el peligro de que se buscara sobre todo salvar la propia alma. De ello derivaba una piedad muy exterior, que al final sentía la fe como un peso y no como una liberación. Ciertamente, la nueva pastoral indicada por el concilio Vaticano II tiene la finalidad fundamental de salir de esa visión demasiado restringida del cristianismo y descubrir que yo salvo mi alma sólo entregándola, como decía hoy el Señor en el Evangelio; sólo liberándome de mí, sólo saliendo de mí, como Dios salió de sí mismo en el Hijo para salvarnos a nosotros. Y nosotros entramos en este movimiento del Hijo, tratamos de salir de nosotros mismos, porque sabemos a dónde llegar. Y no caemos en el vacío, sino que renunciamos a nosotros mismos, abandonándonos al Señor, saliendo, poniéndonos a su disposición, como quiere él y no como pensamos nosotros.

Esta es la verdadera obediencia cristiana, que es libertad: no como quisiera yo, con mi proyecto de vida para mí, sino poniéndome a su disposición, para que él disponga de mí. Y poniéndome en sus manos soy libre. Pero es un gran salto, que nunca se hace definitivamente. Pienso aquí en san Agustín, que nos dijo esto muchas veces. Al inicio, después de su conversión, pensaba que había llegado a la cima y que vivía en el paraíso de la novedad del ser cristiano. Luego descubrió que el camino difícil de la vida continuaba, aunque desde ese momento siempre en la luz de Dios, y que era necesario cada día de nuevo salir de sí mismo; entregar este yo, para que muera y se renueve en el gran yo de Cristo, que es, en cierta manera muy verdadero, el yo común de todos nosotros, nuestro "nosotros".

Pero nosotros mismos, precisamente en la celebración de la Eucaristía —este grande y profundo encuentro con el Señor, donde nos ponemos en sus manos—, debemos dar este paso tan grande. Cuanto más lo aprendemos nosotros mismos, tanto más podemos expresarlo a los demás, hacerlo comprensible, accesible a los demás. Sólo caminando con el Señor, abandonándonos en la comunión de la Iglesia a su apertura, no viviendo para nosotros —tanto para una vida terrena feliz como para una felicidad personal— sino haciéndonos instrumentos de su paz, viviremos bien y aprenderemos esta valentía ante los desafíos de cada día, siempre nuevos y graves, a menudo casi irrealizables. Nos abandonamos, porque el Señor lo quiere y estamos seguros de que así vamos bien. Sólo podemos orar al Señor para que nos ayude a hacer este camino cada día, para ayudar, iluminar así a los demás, motivarlos para que de este modo puedan ser liberados y redimidos.

Hablar de Dios con la cultura laica

(Don Paolo Tammi, párroco y profesor de religión)

Santo Padre, le agradecemos su libro sobre "Jesús de Nazaret" que, juntamente con sus enseñanzas de magisterio, nos ayuda a poner en el centro del cristianismo la figura de Jesús. Me limito a añadir que en un ambiente laico como la escuela, veo cada día muchachos que mantienen una gran distancia emotiva con respecto a Cristo, mientras que en Asís he visto a jóvenes conmoverse al escuchar el testimonio de un franciscano. ¿Cómo podemos apasionarnos cada vez más con lo esencial, que es Jesús? ¿Cómo se ve que un sacerdote está enamorado de Jesús? Sé que Su Santidad ya ha respondido muchas veces, pero su respuesta puede ayudarnos a corregirnos, a recobrar la esperanza.

¿Cómo puedo corregir a los párrocos, que trabajan tan bien? Sólo podemos ayudarnos mutuamente. Usted, por tanto, conoce este ambiente laico, alejado no sólo con distancia intelectual, sino sobre todo emotiva, de la fe. Según las circunstancias, debemos buscar el modo de crear puentes. Me parece que las situaciones son difíciles, pero usted tiene razón. Debemos pensar siempre: ¿qué es lo esencial?, aunque luego puede ser diverso el punto donde se puede conectar el kerigma, el contexto, el modo de actuar. Pero la cuestión debe ser siempre: ¿Qué es lo esencial? ¿Qué es preciso descubrir? ¿Qué quisiera dar? Aquí repito lo de siempre: lo esencial es Dios. Si no hablamos de Dios, si no se descubre a Dios, nos quedamos siempre en las cosas secundarias. Por tanto, me parece fundamental que al menos se plantee la pregunta: ¿Existe Dios? ¿Cómo podría vivir sin Dios? ¿Dios es en verdad una realidad importante para mí?

A mí me impresiona que el concilio Vaticano I quisiera entablar precisamente este diálogo, comprender con la razón a Dios, aunque en la situación histórica en que nos encontramos necesitamos que Dios nos ayude y purifique nuestra razón. Me parece que ya se está tratando de responder a este desafío del ambiente laico con Dios como la cuestión fundamental, y luego con Jesucristo, como la respuesta de Dios.

Naturalmente, yo diría que ahí están los preambula fidei, que tal vez son el primer paso para abrir el corazón y la mente hacia Dios: las virtudes naturales. En días pasados me visitó un jefe de Estado, que me dijo: "no soy religioso; el fundamento de mi vida es la ética aristotélica". Ya es algo bueno, y estamos ya, juntamente con santo Tomás, en camino hacia la síntesis de santo Tomás. Por tanto, este puede ser el punto de enganche: aprender y hacer comprensible la importancia que tiene para la convivencia humana esta ética racional, que luego —si se vive de modo consecuente— se abre interiormente a la pregunta de Dios, a la responsabilidad ante Dios.

Así pues, me parece que, por una parte, debemos tener claro nosotros qué es lo esencial que queremos y debemos transmitir a los demás, y cuáles son los preambula en las situaciones en que podemos dar los primeros pasos: desde luego, precisamente en la actualidad, una primera educación ética es, en cierto modo, un paso fundamental. Así hizo también la cristiandad antigua. San Cipriano, por ejemplo, nos dice que antes llevaba una vida totalmente disoluta; luego, al vivir en la comunidad catecumenal, aprendió una ética fundamental; así se abrió el camino hacia Dios.

También san Ambrosio, en la Vigilia pascual, dice: "Hasta ahora hemos hablado de la moral; ahora pasemos a los misterios". Habían hecho el camino de los preambula fidei con una educación ética fundamental, que creaba la disponibilidad para comprender el misterio de Dios. Por tanto, yo diría que tal vez debemos hacer una interacción entre educación ética —hoy tan importante—, por una parte, también con un relieve pragmático, y al mismo tiempo no omitir la cuestión de Dios. En este entrecruzarse de dos caminos me parece que logramos en cierto modo abrirnos a Dios, el único que puede dar la luz.

(Don Daniele Salera, vicario parroquial y profesor de religión)

Santidad, al leer la carta sobre la tarea urgente de la educación, enviada a la diócesis y a la ciudad de Roma, he tomado nota de algunos aspectos importantes. Alude usted a la presencia de no creyentes en la escuela. En ella hay incluso chicos que parecen interiormente muertos, sin ilusiones de futuro... Muchos educadores se desalientan; otros tienen miedo de defender las reglas de la convivencia civil. Me pregunto: ¿por qué nosotros, la Iglesia, que tanto hemos pensado y escrito sobre la educación, no logramos cumplir los objetivos fundamentales de la educación?

Gracias por este reflejo de sus experiencias en la escuela de hoy, de los jóvenes de hoy, y también por estas preguntas autocríticas para nosotros mismos. En este momento sólo puedo confirmar que me parece muy importante que la Iglesia esté presente también en la escuela, porque una educación que no sea al mismo tiempo educación con Dios y presencia de Dios, una educación que no transmita los grandes valores éticos que aparecieron con la luz de Cristo, no es educación. Nunca es suficiente una formación profesional sin formación del corazón. Y el corazón no puede formarse sin plantearse al menos el desafío de la presencia de Dios. Sabemos que muchos jóvenes viven en ambientes, en situaciones que les impiden acceder a la luz y a la palabra de Dios; están en situaciones de vida que son una auténtica esclavitud, no sólo exterior, en cuanto provocan una esclavitud intelectual que realmente oscurece el corazón y la mente.

Tratemos de ofrecerles también a ellos, con todos los medios de que disponga la Iglesia, una posibilidad de salida. Pero, en cualquier caso, hagamos que la palabra de Dios esté presente en ese ambiente tan diversificado de la escuela, donde existen desde creyentes hasta personas en situaciones muy tristes. Precisamente esto hemos dicho de san Pablo, que quería que el Evangelio llegara a todos. Este imperativo del Señor —el Evangelio debe ser anunciado a todos— no es un imperativo diacrónico, no es un imperativo continental, que en todas las culturas se anuncie en primera línea; sino un imperativo interior, en el sentido de entrar en los diversos matices y dimensiones de una sociedad, para hacer más accesible al menos un poco de la luz del Evangelio; que el Evangelio sea realmente anunciado a todos.

Y me parece también un aspecto de la formación cultural de hoy. Conocer qué es la fe cristiana que ha formado este continente y que es una luz para todos los continentes. Los modos como se puede hacer presente y accesible al máximo esta luz son diversos y sé que no tengo una receta para esto. Pero la necesidad de ofrecerse para esta aventura hermosa y difícil es realmente un elemento del imperativo del Evangelio mismo. Pidamos al Señor que nos ayude cada vez más a responder a este imperativo de hacer que llegue a todas las dimensiones de nuestra sociedad su conocimiento, el conocimiento de su rostro.

(Padre Umberto Fanfarillo, franciscano conventual, párroco)

Santidad, la comunidad cristiana de nuestra parroquia se encuentra diariamente con personas de otros contextos religiosos, respetándonos mutuamente y conviviendo con gran estima recíproca. Hay muchos casos de trato respetuoso y de buenas relaciones entre católicos y miembros de otras confesiones. Por poner un caso, cuando murió Juan Pablo II muchos jóvenes de otras creencias —luteranos, judíos, musulmanes...— se reunieron en nuestra iglesia para orar. Recientemente, se confirió el sacramento de la Confirmación a dos jóvenes anglicanos que se hicieron católicos. Santo Padre, apreciamos sus exhortaciones al respeto y al diálogo en búsqueda de la verdad. Ayúdenos con su palabra.

Gracias por este testimonio de una parroquia realmente multidimensional y multicultural. Me parece que usted concretizó un poco lo que dije antes al responder a la pregunta del sacerdote de la India: un diálogo, una convivencia respetuosa, respetándonos unos a otros, aceptándonos unos a otros, como somos en nuestra diversidad, en nuestra comunión. Al mismo tiempo, la presencia del cristianismo, de la fe cristiana como punto de referencia al que todos pueden mirar; como un fermento que, respetando la libertad, es sin embargo una luz para todos y nos une precisamente en el respeto de las diferencias. Esperamos que el Señor nos ayude siempre en este sentido a aceptar a los demás en su diversidad, a respetarlos y a hacer presente a Cristo con el gesto del amor, que es la verdadera expresión de su presencia y de su palabra. Y que nos ayude así a ser realmente ministros de Cristo y de su salvación para todo el mundo. Gracias.
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Señor cardenal; venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; queridos penitenciarios de las basílicas romanas:

Me alegra recibiros, mientras llega a su término el curso sobre el fuero interno que la Penitenciaría apostólica organiza desde hace varios años durante la Cuaresma. Con un programa esmeradamente preparado, este encuentro anual presta un valioso servicio a la Iglesia y contribuye a mantener vivo el sentido de la santidad del sacramento de la Reconciliación. Por tanto, expreso mi cordial agradecimiento a quienes lo organizan y, en particular, al penitenciario mayor, el cardenal James Francis Stafford, a quien saludo y agradezco las amables palabras que me ha dirigido. Saludo asimismo y manifiesto mi gratitud al regente y al personal de la Penitenciaría, así como a los beneméritos religiosos de diversas Órdenes que administran el sacramento de la Penitencia en las basílicas papales de Roma. Saludo, además, a todos los participantes en el curso.

La Cuaresma es un tiempo muy propicio para meditar en la realidad del pecado a la luz de la misericordia infinita de Dios, que el sacramento de la Penitencia manifiesta en su forma más elevada. Por eso, aprovecho de buen grado la ocasión para proponer a vuestra atención algunas reflexiones sobre la administración de este sacramento en nuestra época, que por desgracia está perdiendo cada vez más el sentido del pecado.

Es necesario ayudar a quienes se confiesan a experimentar la ternura divina para con los pecadores arrepentidos que tantos episodios evangélicos muestran con tonos de intensa conmoción. Tomemos, por ejemplo, la famosa página del evangelio de san Lucas que presenta a la pecadora perdonada (cf. Lc 7, 36-50). Simón, fariseo y rico "notable" de la ciudad, ofrece en su casa un banquete en honor de Jesús. Inesperadamente, desde el fondo de la sala, entra una huésped no invitada ni prevista: una conocida pecadora pública. Es comprensible el malestar de los presentes, que a la mujer no parece preocuparle. Ella avanza y, de modo más bien furtivo, se detiene a los pies de Jesús. Había escuchado sus palabras de perdón y de esperanza para todos, incluso para las prostitutas, y está allí conmovida y silenciosa. Con sus lágrimas moja los pies de Jesús, se los enjuga con sus cabellos, los besa y los unge con un agradable perfume. Al actuar así, la pecadora quiere expresar el afecto y la gratitud que alberga hacia el Señor con gestos familiares para ella, aunque la sociedad los censure.

Frente al desconcierto general, es precisamente Jesús quien afronta la situación: "Simón, tengo algo que decirte". El fariseo le responde: "Di, maestro". Todos conocemos la respuesta de Jesús con una parábola que podríamos resumir con las siguientes palabras que el Señor dirige fundamentalmente a Simón: "¿Ves? Esta mujer sabe que es pecadora e, impulsada por el amor, pide comprensión y perdón. Tú, en cambio, presumes de ser justo y tal vez estás convencido de que no tienes nada grave de lo cual pedir perdón".

Es elocuente el mensaje que transmite este pasaje evangélico: a quien ama mucho Dios le perdona todo. Quien confía en sí mismo y en sus propios méritos está como cegado por su yo y su corazón se endurece en el pecado. En cambio, quien se reconoce débil y pecador se encomienda a Dios y obtiene de él gracia y perdón. Este es precisamente el mensaje que debemos transmitir: lo que más cuenta es hacer comprender que en el sacramento de la Reconciliación, cualquiera que sea el pecado cometido, si lo reconocemos humildemente y acudimos con confianza al sacerdote confesor, siempre experimentamos la alegría pacificadora del perdón de Dios.

Desde esta perspectiva, asume notable importancia vuestro curso, orientado a preparar confesores bien formados desde el punto de vista doctrinal y capaces de hacer experimentar a los penitentes el amor misericordioso del Padre celestial. ¿No es verdad que hoy se asiste a cierto desafecto por este sacramento? Cuando sólo se insiste en la acusación de los pecados, que también debe hacerse y es necesario ayudar a los fieles a comprender su importancia, se corre el peligro de relegar a un segundo plano lo que es central en él, es decir, el encuentro personal con Dios, Padre de bondad y de misericordia. En el centro de la celebración sacramental no está el pecado, sino la misericordia de Dios, que es infinitamente más grande que nuestra culpa.

Los pastores, y especialmente los confesores, también deben esforzarse por poner de relieve el vínculo íntimo que existe entre el sacramento de la Reconciliación y una existencia encaminada decididamente a la conversión. Es necesario que entre la práctica del sacramento de la Confesión y una vida orientada a seguir sinceramente a Cristo se instaure una especie de "círculo virtuoso" imparable, en el que la gracia del sacramento sostenga y alimente el esfuerzo por ser discípulos fieles del Señor.

El tiempo cuaresmal, en el que nos encontramos, nos recuerda que nuestra vida cristiana debe tender siempre a la conversión y, cuando nos acercamos frecuentemente al sacramento de la Reconciliación, permanece vivo en nosotros el anhelo de perfección evangélica. Si falta este anhelo incesante, la celebración del sacramento corre, por desgracia, el peligro de transformarse en algo formal que no influye en el entramado de la vida diaria. Por otra parte, si, aun estando animados por el deseo de seguir a Jesús, no nos confesamos regularmente, corremos el riesgo de reducir poco a poco el ritmo espiritual hasta debilitarlo cada vez más y, tal vez, incluso hasta apagarlo.

Queridos hermanos, no es difícil comprender el valor que tiene en la Iglesia vuestro ministerio de dispensadores de la misericordia divina para la salvación de las almas. Seguid e imitad el ejemplo de tantos santos confesores que, con su intuición espiritual, ayudaban a los penitentes a caer en la cuenta de que la celebración regular del sacramento de la Penitencia y la vida cristiana orientada a la santidad son componentes inseparables de un mismo itinerario espiritual para todo bautizado. Y no olvidéis que también vosotros debéis ser ejemplos de auténtica vida cristiana.

La Virgen María, Madre de misericordia y de esperanza, os ayude a vosotros y a todos los confesores a prestar con celo y alegría este gran servicio, del que depende en tan gran medida la vida de la Iglesia. Yo os aseguro un recuerdo en la oración y con afecto os bendigo.
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13 de marzo de 2008

Queridos jóvenes de Roma:

También este año, en la proximidad del domingo de Ramos, nos reunimos para preparar la celebración de la XXIII Jornada mundial de la juventud que, como sabéis, culminará con el encuentro de los jóvenes de todo el mundo que se celebrará en Sydney del 15 al 20 del próximo mes de julio. Desde hace tiempo conocéis el tema de esta Jornada. Está tomado de las palabras que acabamos de escuchar en la primera lectura: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos» (Hch 1, 8). No es casualidad que este encuentro tenga forma de liturgia penitencial, con la celebración de las confesiones individuales.

¿Por qué "no es casualidad"? Podemos hallar la respuesta en lo que escribí en mi primera encíclica. En ella puse de relieve que se comienza a ser cristiano por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva (cf. Deus caritas est, 1). Precisamente para favorecer este encuentro os disponéis a abrir vuestro corazón a Dios, confesando vuestros pecados y recibiendo, por la acción del Espíritu Santo y mediante el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Así se deja espacio para la presencia en nosotros del Espíritu Santo, la tercera Persona de la santísima Trinidad, que es el «alma» y la «respiración vital» de la vida cristiana: el Espíritu nos capacita para «ir madurando una comprensión de Jesús cada vez más profunda y gozosa, y al mismo tiempo hacer una aplicación eficaz del Evangelio» (Mensaje para la XXIII Jornada mundial de la juventud, n. 1: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 27 de julio de 2007, p. 6).

Cuando era arzobispo de Munich-Freising, en una meditación sobre Pentecostés me inspiré en una película titulada Metempsicosis (Seelenwanderung) para explicar la acción del Espíritu Santo en un alma. Esa película narra la historia de dos pobres hombres que, por su bondad, no lograban triunfar en la vida. Un día, a uno de ellos se le ocurrió que, no teniendo otra cosa que vender, podía vender su alma. Se la compraron muy barata y la pusieron en una caja. Desde ese momento, con gran sorpresa suya, todo cambió en su vida. Logró un rápido ascenso, se hizo cada vez más rico, obtuvo grandes honores y, antes de su muerte, llegó a ser cónsul, con abundante dinero y bienes. Desde que se liberó de su alma ya no tuvo consideraciones ni humanidad. Actuó sin escrúpulos, preocupándose únicamente del lucro y del éxito. Para él el hombre ya no contaba nada. Él mismo ya no tenía alma. La película —concluí— demuestra de modo impresionante cómo detrás de la fachada del éxito se esconde a menudo una existencia vacía.

Aparentemente ese hombre no perdió nada, pero le faltaba el alma y así le faltaba todo. Es obvio —proseguí en esa meditación— que propiamente hablando el ser humano no puede desprenderse de su alma, dado que es ella la que lo convierte en persona. En cualquier caso, sigue siendo persona humana. Sin embargo, tiene la espantosa posibilidad de ser inhumano, de ser persona que vende y al mismo tiempo pierde su propia humanidad. La distancia entre una persona humana y un ser inhumano es inmensa, pero no se puede demostrar; es algo realmente esencial, pero aparentemente no tiene importancia (cf. Suchen, was droben ist. Meditationem das Jahr hindurch, LEV, 1985).

También el Espíritu Santo, que está en el origen de la creación y que gracias al misterio de la Pascua descendió abundantemente sobre María y los Apóstoles en el día de Pentecostés, no se manifiesta de forma evidente a los ojos externos. No se puede ver ni demostrar si penetra, o no penetra, en la persona; pero eso cambia y renueva toda la perspectiva de la existencia humana. El Espíritu Santo no cambia las situaciones exteriores de la vida, sino las interiores. En la tarde de Pascua, Jesús, al aparecerse a los discípulos, «sopló sobre ellos y dijo: "Recibid el Espíritu Santo"» (Jn 20, 22).

De modo aún más evidente, el Espíritu descendió sobre los Apóstoles el día de Pentecostés como ráfaga de viento impetuoso y en forma de lenguas de fuego. También esta tarde el Espíritu vendrá a nuestro corazón, para perdonarnos los pecados y renovarnos interiormente, revistiéndonos de una fuerza que también a nosotros, como a los Apóstoles, nos dará la audacia necesaria para anunciar que «Cristo murió y resucitó».

Así pues, queridos amigos, preparémonos con un sincero examen de conciencia para presentarnos a aquellos a quienes Cristo ha encomendado el ministerio de la reconciliación. Con corazón contrito confesemos nuestros pecados, proponiéndonos seriamente no volverlos a cometer y, sobre todo, seguir siempre el camino de la conversión. Así experimentaremos la auténtica alegría: la que deriva de la misericordia de Dios, se derrama en nuestro corazón y nos reconcilia con él.

Esta alegría es contagiosa. «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros» —reza el versículo bíblico elegido como tema de la XXIII Jornada mundial de la juventud— y seréis mis testigos" (Hch 1, 8). Comunicad esta alegría que deriva de acoger los dones del Espíritu Santo, dando en vuestra vida testimonio de los frutos del Espíritu Santo: «Amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí» (Ga 5, 22-23). Así enumera san Pablo en la carta a los Gálatas estos frutos del Espíritu Santo.

Recordad siempre que sois «templo del Espíritu». Dejad que habite en vosotros y seguid dócilmente sus indicaciones, para contribuir a la edificación de la Iglesia (cf. 1 Co 12, 7) y descubrir cuál es la vocación a la que el Señor os llama. También hoy el mundo necesita sacerdotes, hombres y mujeres consagrados, parejas de esposos cristianos. Para responder a la vocación a través de uno de estos caminos, sed generosos; tratando de ser cristianos coherentes, buscad ayuda en el sacramento de la confesión y en la práctica de la dirección espiritual. De modo especial, abrid sinceramente vuestro corazón a Jesús, el Señor, para darle vuestro «sí» incondicional.

Queridos jóvenes, la ciudad de Roma está en vuestras manos. A vosotros corresponde embellecerla también espiritualmente con vuestro testimonio de vida vivida en gracia de Dios y lejos del pecado, realizando todo lo que el Espíritu Santo os llama a ser, en la Iglesia y en el mundo. Así haréis visible la gracia de la misericordia sobreabundante de Cristo, que brotó de su costado traspasado por nosotros en la cruz. El Señor Jesús nos lava de nuestros pecados, nos cura de nuestras culpas y nos fortalece para no sucumbir en la lucha contra el pecado y en el testimonio de su amor.

Hace veinticinco años, el siervo de Dios Juan Pablo II inauguró, no lejos de esta basílica, el Centro internacional juvenil San Lorenzo: una iniciativa espiritual que se sumaba a muchas otras ya activas en la diócesis de Roma, para favorecer la acogida a jóvenes, el intercambio de experiencias y de testimonios de fe, y sobre todo la oración que nos ayuda a descubrir el amor de Dios.

En esa ocasión, Juan Pablo II dijo: «El que se deje colmar de este amor —el amor de Dios— no puede seguir negando su culpa. La pérdida del sentido del pecado deriva en último análisis de otra pérdida más radical y secreta, la del sentido de Dios» (Homilía en la inauguración del Centro internacional juvenil San Lorenzo, 13 de marzo de 1983, n. 5: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 10 de abril de 1983, p. 9). Y añadió: «¿A dónde ir en este mundo, con el pecado y la culpa, sin la cruz? La cruz se carga con toda la miseria del mundo que nace del pecado. Y se manifiesta como signo de gracia. Acoge nuestra solidaridad y nos anima a sacrificarnos por los demás» (ib.).

Queridos jóvenes, que esta experiencia se renueve hoy para vosotros: en este momento mirad la cruz y acoged el amor de Dios, que se nos da en la cruz, por el Espíritu Santo, pues brota del costado traspasado del Señor. Como dijo el Papa Juan Pablo II, «transformaos también vosotros en redentores de los jóvenes del mundo» (ib.).

Divino Corazón de Jesús, del que brotaron sangre y agua como manantial de misericordia para nosotros, en ti confiamos. Amén.
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Basílica de San Pedro, Jueves Santo 20 de marzo de 2008

Queridos hermanos y hermanas:

Cada año la misa Crismal nos exhorta a volver a dar un «sí» a la llamada de Dios que pronunciamos el día de nuestra ordenación sacerdotal. «Adsum», «Heme aquí», dijimos, como respondió Isaías cuando escuchó la voz de Dios que le preguntaba: «¿A quién enviaré? ¿y quién irá de parte nuestra?» (Is 6, 8). Luego el Señor mismo, mediante las manos del obispo, nos impuso sus manos y nos consagramos a su misión. Sucesivamente hemos recorrido caminos diversos en el ámbito de su llamada. ¿Podemos afirmar siempre lo que escribió san Pablo a los Corintios después de años de arduo servicio al Evangelio marcado por sufrimientos de todo tipo: «No disminuye nuestro celo en el ministerio que, por misericordia de Dios, nos ha sido encomendado»? (cf. 2Co 4, 1). «No disminuye nuestro celo». Pidamos hoy que se mantenga siempre encendido, que se alimente continuamente con la llama viva del Evangelio.

Al mismo tiempo, el Jueves santo nos brinda la ocasión de preguntarnos de nuevo: ¿A qué hemos dicho «sí»? ¿Qué es «ser sacerdote de Jesucristo»? El Canon II de nuestro Misal, que probablemente fue redactado en Roma ya a fines del siglo II, describe la esencia del ministerio sacerdotal con las palabras que usa el libro del Deuteronomio (cf. Dt 18, 5. 7) para describir la esencia del sacerdocio del Antiguo Testamento: astare coram te et tibi ministrare.

Por tanto, son dos las tareas que definen la esencia del ministerio sacerdotal: en primer lugar, «estar en presencia del Señor». En el libro del Deuteronomio esa afirmación se debe entender en el contexto de la disposición anterior, según la cual los sacerdotes no recibían ningún lote de terreno en la Tierra Santa, pues vivían de Dios y para Dios. No se dedicaban a los trabajos ordinarios necesarios para el sustento de la vida diaria. Su profesión era «estar en presencia del Señor», mirarlo a él, vivir para él.

La palabra indicaba así, en definitiva, una existencia vivida en la presencia de Dios y también un ministerio en representación de los demás. Del mismo modo que los demás cultivaban la tierra, de la que vivía también el sacerdote, así él mantenía el mundo abierto hacia Dios, debía vivir con la mirada dirigida a él.

Si esa expresión se encuentra ahora en el Canon de la misa inmediatamente después de la consagración de los dones, tras la entrada del Señor en la asamblea reunida para orar, entonces para nosotros eso indica que el Señor está presente, es decir, indica la Eucaristía como centro de la vida sacerdotal. Pero también el alcance de esa expresión va más allá.

En el himno de la liturgia de las Horas que durante la Cuaresma introduce el Oficio de lectura —el Oficio que en otros tiempos los monjes rezaban durante la hora de la vigilia nocturna ante Dios y por los hombres—, una de las tareas de la Cuaresma se describe con el imperativo «arctius perstemus in custodia», «estemos de guardia de modo más intenso». En la tradición del monacato sirio, los monjes se definían como «los que están de pie». Estar de pie equivalía a vigilancia.

Lo que entonces se consideraba tarea de los monjes, con razón podemos verlo también como expresión de la misión sacerdotal y como interpretación correcta de las palabras del Deuteronomio: el sacerdote tiene la misión de velar. Debe estar en guardia ante las fuerzas amenazadoras del mal. Debe mantener despierto al mundo para Dios. Debe estar de pie frente a las corrientes del tiempo. De pie en la verdad. De pie en el compromiso por el bien.

Estar en presencia del Señor también debe implicar siempre, en lo más profundo, hacerse cargo de los hombres ante el Señor que, a su vez, se hace cargo de todos nosotros ante el Padre. Y debe ser hacerse cargo de él, de Cristo, de su palabra, de su verdad, de su amor. El sacerdote debe estar de pie, impávido, dispuesto a sufrir incluso ultrajes por el Señor, como refieren los Hechos de los Apóstoles: estos se sentían «contentos por haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes por el nombre de Jesús» (Hch 5, 41).

Pasemos ahora a la segunda expresión que la plegaria eucarística II toma del texto del Antiguo Testamento: «servirte en tu presencia». El sacerdote debe ser una persona recta, vigilante; una persona que está de pie. A todo ello se añade luego el servir. En el texto del Antiguo Testamento esta palabra tiene un significado esencialmente ritual: a los sacerdotes correspondía realizar todas las acciones de culto previstas por la Ley. Pero realizar las acciones del rito se consideraba como servicio, como un encargo de servicio. Así se explica con qué espíritu se debían llevar a cabo esas acciones.

Al utilizarse la palabra «servir» en el Canon, en cierto modo se adopta ese significado litúrgico del término, de acuerdo con la novedad del culto cristiano. Lo que el sacerdote hace en ese momento, en la celebración de la Eucaristía, es servir, realizar un servicio a Dios y un servicio a los hombres. El culto que Cristo rindió al Padre consistió en entregarse hasta la muerte por los hombres. El sacerdote debe insertarse en este culto, en este servicio.

Así, la palabra «servir» implica muchas dimensiones. Ciertamente, del servir forma parte ante todo la correcta celebración de la liturgia y de los sacramentos en general, realizada con participación interior. Debemos aprender a comprender cada vez más la sagrada liturgia en toda su esencia, desarrollar una viva familiaridad con ella, de forma que llegue a ser el alma de nuestra vida diaria. Si lo hacemos así, celebraremos del modo debido y será una realidad el ars celebrandi, el arte de celebrar.

En este arte no debe haber nada artificioso. Si la liturgia es una tarea central del sacerdote, eso significa también que la oración debe ser una realidad prioritaria que es preciso aprender sin cesar continuamente y cada vez más profundamente en la escuela de Cristo y de los santos de todos los tiempos. Dado que la liturgia cristiana, por su naturaleza, también es siempre anuncio, debemos tener familiaridad con la palabra de Dios, amarla y vivirla. Sólo entonces podremos explicarla de modo adecuado. «Servir al Señor»: precisamente el servicio sacerdotal significa también aprender a conocer al Señor en su palabra y darlo a conocer a todas aquellas personas que él nos encomienda.

Del servir forman parte, por último, otros dos aspectos. Nadie está tan cerca de su señor como el servidor que tiene acceso a la dimensión más privada de su vida. En este sentido, «servir» significa cercanía, requiere familiaridad. Esta familiaridad encierra también un peligro: el de que lo sagrado con el que tenemos contacto continuo se convierta para nosotros en costumbre. Así se apaga el temor reverencial. Condicionados por todas las costumbres, ya no percibimos la grande, nueva y sorprendente realidad: él mismo está presente, nos habla y se entrega a nosotros.

Contra este acostumbrarse a la realidad extraordinaria, contra la indiferencia del corazón debemos luchar sin tregua, reconociendo siempre nuestra insuficiencia y la gracia que implica el hecho de que él se entrega así en nuestras manos. Servir significa cercanía, pero sobre todo significa también obediencia. El servidor debe cumplir las palabras: «No se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22, 42). Con esas palabras, Jesús, en el huerto de los Olivos, resolvió la batalla decisiva contra el pecado, contra la rebelión del corazón caído.

El pecado de Adán consistió, precisamente, en que quiso realizar su voluntad y no la de Dios. La humanidad tiene siempre la tentación de querer ser totalmente autónoma, de seguir sólo su propia voluntad y de considerar que sólo así seremos libres, que sólo gracias a esa libertad sin límites el hombre sería completamente hombre. Pero precisamente así nos ponemos contra la verdad, dado que la verdad es que debemos compartir nuestra libertad con los demás y sólo podemos ser libres en comunión con ellos. Esta libertad compartida sólo puede ser libertad verdadera si con ella entramos en lo que constituye la medida misma de la libertad, si entramos en la voluntad de Dios.

Esta obediencia fundamental, que forma parte del ser del hombre, ser que no vive por sí mismo ni sólo para sí mismo, se hace aún más concreta en el sacerdote: nosotros no nos anunciamos a nosotros mismos, sino a él y su palabra, que no podemos idear por nuestra cuenta. Sólo anunciamos correctamente la palabra de Cristo en la comunión de su Cuerpo. Nuestra obediencia es creer con la Iglesia, pensar y hablar con la Iglesia, servir con ella. También en esta obediencia entra siempre lo que Jesús predijo a Pedro: «Te llevarán a donde tú no quieras» (Jn 21, 18). Este dejarse guiar a donde no queremos es una dimensión esencial de nuestro servir y eso es precisamente lo que nos hace libres. En ese ser guiados, que puede ir contra nuestras ideas y proyectos, experimentamos la novedad, la riqueza del amor de Dios.

«Servirte en tu presencia»: Jesucristo, como el verdadero sumo Sacerdote del mundo, confirió a estas palabras una profundidad antes inimaginable. Él, que como Hijo era y es el Señor, quiso convertirse en el Siervo de Dios que la visión del libro del profeta Isaías había previsto. Quiso ser el servidor de todos. En el gesto del lavatorio de los pies quiso representar el conjunto de su sumo sacerdocio. Con el gesto del amor hasta el extremo, lava nuestros pies sucios; con la humildad de su servir nos purifica de la enfermedad de nuestra soberbia. Así nos permite convertirnos en comensales de Dios. Él se abajó, y la verdadera elevación del hombre se realiza ahora en nuestro subir con él y hacia él. Su elevación es la cruz. Es el abajamiento más profundo y, como amor llevado hasta el extremo, es a la vez el culmen de la elevación, la verdadera «elevación» del hombre.

«Servirte en tu presencia» significa ahora entrar en su llamada de Siervo de Dios. Así, la Eucaristía como presencia del abajamiento y de la elevación de Cristo remite siempre, más allá de sí misma, a los múltiples modos del servicio del amor al prójimo. Pidamos al Señor, en este día, el don de poder decir nuevamente en ese sentido nuestro «sí» a su llamada: «Heme aquí. Envíame, Señor» (Is 6, 8). Amén.

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Basílica de San Juan de Letrán, Jueves Santo 20 de marzo de 2008

Queridos hermanos y hermanas:

San Juan comienza su relato de cómo Jesús lavó los pies a sus discípulos con un lenguaje especialmente solemne, casi litúrgico. «Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1). Ha llegado la «hora» de Jesús, hacia la que se orientaba desde el inicio todo su obrar.

San Juan describe con dos palabras el contenido de esa hora: paso (metabainein, metabasis) y amor (agape). Esas dos palabras se explican mutuamente: ambas describen juntamente la Pascua de Jesús: cruz y resurrección, crucifixión como elevación, como «paso» a la gloria de Dios, como un «pasar» de este mundo al Padre. No es como si Jesús, después de una breve visita al mundo, ahora simplemente partiera y volviera al Padre. El paso es una transformación. Lleva consigo su carne, su ser hombre. En la cruz, al entregarse a sí mismo, queda como fundido y transformado en un nuevo modo de ser, en el que ahora está siempre con el Padre y al mismo tiempo con los hombres.

Transforma la cruz, el hecho de darle muerte a él, en un acto de entrega, de amor hasta el extremo. Con la expresión «hasta el extremo» san Juan remite anticipadamente a la última palabra de Jesús en la cruz: todo se ha realizado, «todo está cumplido» (Jn 19, 30). Mediante su amor, la cruz se convierte en metabasis, transformación del ser hombre en el ser partícipe de la gloria de Dios.

En esta transformación Cristo nos implica a todos, arrastrándonos dentro de la fuerza transformadora de su amor hasta el punto de que, estando con él, nuestra vida se convierte en «paso», en transformación. Así recibimos la redención, el ser partícipes del amor eterno, una condición a la que tendemos con toda nuestra existencia.

En el lavatorio de los pies este proceso esencial de la hora de Jesús está representado en una especie de acto profético simbólico. En él Jesús pone de relieve con un gesto concreto precisamente lo que el gran himno cristológico de la carta a los Filipenses describe como el contenido del misterio de Cristo. Jesús se despoja de las vestiduras de su gloria, se ciñe el «vestido» de la humanidad y se hace esclavo. Lava los pies sucios de los discípulos y así los capacita para acceder al banquete divino al que los invita.

En lugar de las purificaciones culturales y externas, que purifican al hombre ritualmente, pero dejándolo tal como está, se realiza un baño nuevo: Cristo nos purifica mediante su palabra y su amor, mediante el don de sí mismo. «Vosotros ya estáis limpios gracias a la palabra que os he anunciado», dirá a los discípulos en el discurso sobre la vid (Jn 15, 3). Nos lava siempre con su palabra. Sí, las palabras de Jesús, si las acogemos con una actitud de meditación, de oración y de fe, desarrollan en nosotros su fuerza purificadora. Día tras día nos cubrimos de muchas clases de suciedad, de palabras vacías, de prejuicios, de sabiduría reducida y alterada; una múltiple semi-falsedad o falsedad abierta se infiltra continuamente en nuestro interior. Todo ello ofusca y contamina nuestra alma, nos amenaza con la incapacidad para la verdad y para el bien.

Las palabras de Jesús, si las acogemos con corazón atento, realizan un auténtico lavado, una purificación del alma, del hombre interior. El evangelio del lavatorio de los pies nos invita a dejarnos lavar continuamente por esta agua pura, a dejarnos capacitar para participar en el banquete con Dios y con los hermanos. Pero, después del golpe de la lanza del soldado, del costado de Jesús no sólo salió agua, sino también sangre (cf. Jn 19, 34; 1 Jn 5, 6. 8).

Jesús no sólo habló; no sólo nos dejó palabras. Se entrega a sí mismo. Nos lava con la fuerza sagrada de su sangre, es decir, con su entrega «hasta el extremo», hasta la cruz. Su palabra es algo más que un simple hablar; es carne y sangre «para la vida del mundo» (Jn 6, 51). En los santos sacramentos, el Señor se arrodilla siempre ante nuestros pies y nos purifica. Pidámosle que el baño sagrado de su amor verdaderamente nos penetre y nos purifique cada vez más.

Si escuchamos el evangelio con atención, podemos descubrir en el episodio del lavatorio de los pies dos aspectos diversos. El lavatorio de los pies de los discípulos es, ante todo, simplemente una acción de Jesús, en la que les da el don de la pureza, de la «capacidad para Dios». Pero el don se transforma después en un ejemplo, en la tarea de hacer lo mismo unos con otros.

Para referirse a estos dos aspectos del lavatorio de los pies, los santos Padres utilizaron las palabras sacramentum y exemplum. En este contexto, sacramentum no significa uno de los siete sacramentos, sino el misterio de Cristo en su conjunto, desde la encarnación hasta la cruz y la resurrección. Este conjunto es la fuerza sanadora y santificadora, la fuerza transformadora para los hombres, es nuestra metabasis, nuestra transformación en una nueva forma de ser, en la apertura a Dios y en la comunión con él.

Pero este nuevo ser que él nos da simplemente, sin mérito nuestro, después en nosotros debe transformarse en la dinámica de una nueva vida. El binomio don y ejemplo, que encontramos en el pasaje del lavatorio de los pies, es característico para la naturaleza del cristianismo en general. El cristianismo no es una especie de moralismo, un simple sistema ético. Lo primero no es nuestro obrar, nuestra capacidad moral. El cristianismo es ante todo don: Dios se da a nosotros; no da algo, se da a sí mismo. Y eso no sólo tiene lugar al inicio, en el momento de nuestra conversión. Dios sigue siendo siempre el que da. Nos ofrece continuamente sus dones. Nos precede siempre. Por eso, el acto central del ser cristianos es la Eucaristía: la gratitud por haber recibido sus dones, la alegría por la vida nueva que él nos da.

Con todo, no debemos ser sólo destinatarios pasivos de la bondad divina. Dios nos ofrece sus dones como a interlocutores personales y vivos. El amor que nos da es la dinámica del «amar juntos», quiere ser en nosotros vida nueva a partir de Dios. Así comprendemos las palabras que dice Jesús a sus discípulos, y a todos nosotros, al final del relato del lavatorio de los pies: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros» (Jn 13, 34). El «mandamiento nuevo» no consiste en una norma nueva y difícil, que hasta entonces no existía. Lo nuevo es el don que nos introduce en la mentalidad de Cristo.

Si tenemos eso en cuenta, percibimos cuán lejos estamos a menudo con nuestra vida de esta novedad del Nuevo Testamento, y cuán poco damos a la humanidad el ejemplo de amar en comunión con su amor. Así no le damos la prueba de credibilidad de la verdad cristiana, que se demuestra con el amor. Precisamente por eso, queremos pedirle con más insistencia al Señor que, mediante su purificación, nos haga maduros para el mandamiento nuevo.

En el pasaje evangélico del lavatorio de los pies, la conversación de Jesús con Pedro presenta otro aspecto de la práctica de la vida cristiana, en el que quiero centrar, por último, la atención. En un primer momento, Pedro no quería dejarse lavar los pies por el Señor. Esta inversión del orden, es decir, que el maestro, Jesús, lavara los pies, que el amo realizara la tarea del esclavo, contrastaba totalmente con su temor reverencial hacia Jesús, con su concepto de relación entre maestro y discípulo. «No me lavarás los pies jamás» (Jn 13, 8), dice a Jesús con su acostumbrada vehemencia. Su concepto de Mesías implicaba una imagen de majestad, de grandeza divina. Debía aprender continuamente que la grandeza de Dios es diversa de nuestra idea de grandeza; que consiste precisamente en abajarse, en la humildad del servicio, en la radicalidad del amor hasta el despojamiento total de sí mismo. Y también nosotros debemos aprenderlo sin cesar, porque sistemáticamente deseamos un Dios de éxito y no de pasión; porque no somos capaces de caer en la cuenta de que el Pastor viene como Cordero que se entrega y nos lleva así a los pastos verdaderos.

Cuando el Señor dice a Pedro que si no le lava los pies no tendrá parte con él, Pedro inmediatamente pide con ímpetu que no sólo le lave los pies, sino también la cabeza y las manos. Jesús entonces pronuncia unas palabras misteriosas: «El que se ha bañado, no necesita lavarse excepto los pies» (Jn 13, 10). Jesús alude a un baño que los discípulos ya habían hecho; para participar en el banquete sólo les hacía falta lavarse los pies.

Pero, naturalmente, esas palabras encierran un sentido muy profundo. ¿A qué aluden? No lo sabemos con certeza. En cualquier caso, tengamos presente que el lavatorio de los pies, según el sentido de todo el capítulo, no indica un sacramento concreto, sino el sacramentum Christi en su conjunto, su servicio de salvación, su abajamiento hasta la cruz, su amor hasta el extremo, que nos purifica y nos hace capaces de Dios.

Con todo, aquí, con la distinción entre baño y lavatorio de los pies, se puede descubrir también una alusión a la vida en la comunidad de los discípulos, a la vida de la Iglesia. Parece claro que el baño que nos purifica definitivamente y no debe repetirse es el bautismo, por el que somos sumergidos en la muerte y resurrección de Cristo, un hecho que cambia profundamente nuestra vida, dándonos una nueva identidad que permanece, si no la arrojamos como hizo Judas.

Pero también en la permanencia de esta nueva identidad, dada por el bautismo, para la comunión con Jesús en el banquete, necesitamos el «lavatorio de los pies». ¿De qué se trata? Me parece que la primera carta de san Juan nos da la clave para comprenderlo. En ella se lee: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos —si confesamos— nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia» (1Jn 1, 8-9).

Necesitamos el «lavatorio de los pies», necesitamos ser lavados de los pecados de cada día; por eso, necesitamos la confesión de los pecados, de la que habla san Juan en esta carta. Debemos reconocer que incluso en nuestra nueva identidad de bautizados pecamos. Necesitamos la confesión tal como ha tomado forma en el sacramento de la Reconciliación. En él el Señor nos lava sin cesar los pies sucios para poder así sentarnos a la mesa con él.

Pero de este modo también asumen un sentido nuevo las palabras con las que el Señor ensancha el sacramentum convirtiéndolo en un exemplum, en un don, en un servicio al hermano: «Si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros» (Jn 13, 14). Debemos lavarnos los pies unos a otros en el mutuo servicio diario del amor. Pero debemos lavarnos los pies también en el sentido de que nos perdonamos continuamente unos a otros.

La deuda que el Señor nos ha condonado, siempre es infinitamente más grande que todas las deudas que los demás puedan tener con respecto a nosotros (cf. Mt 18, 21-35). El Jueves santo nos exhorta a no dejar que, en lo más profundo, el rencor hacia el otro se transforme en un envenenamiento del alma. Nos exhorta a purificar continuamente nuestra memoria, perdonándonos mutuamente de corazón, lavándonos los pies los unos a los otros, para poder así participar juntos en el banquete de Dios.

El Jueves santo es un día de gratitud y de alegría por el gran don del amor hasta el extremo, que el Señor nos ha hecho. Oremos al Señor, en esta hora, para que la gratitud y la alegría se transformen en nosotros en la fuerza para amar juntamente con su amor. Amén.
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13 de abril de 2008

Queridos hermanos y hermanas:

1. Para la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, que se celebrará el 13 de abril de 2008, he escogido como tema: Las vocaciones al servicio de la Iglesia–misión. Jesús Resucitado confió a los Apóstoles el mensaje: «Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19), garantizándoles: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). La Iglesia es misionera en su conjunto y en cada uno de sus miembros. Si por los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación cada cristiano está llamado a dar testimonio y a anunciar el Evangelio, la dimensión misionera está especial e íntimamente unida a la vocación sacerdotal. En la alianza con Israel, Dios confió a hombres escogidos, llamados por Él y enviados al pueblo en su nombre, la misión profética y sacerdotal. Así lo hizo, por ejemplo, con Moisés: «Ve, pues, –le dijo el Señor– yo te envío al faraón para que saques de Egipto a mi pueblo… cuando hayas sacado al pueblo de Egipto, me daréis culto en este monte» (Ex 3, 10.12). Y lo mismo hizo con los profetas.

2. Las promesas hechas a los padres se realizaron plenamente en Jesucristo. A este respecto, el Concilio Vaticano II dice: «Vino, pues, el Hijo, enviado por el Padre, que nos eligió en Él antes de la creación del mundo, y nos predestinó a ser sus hijos adoptivos... Cristo, por tanto, para hacer la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el reino de los cielos, nos reveló su misterio, y nos redimió con su obediencia» (Const. dogm. Lumen gentium, 3). Y Jesús escogió como estrechos colaboradores suyos en el ministerio mesiánico a unos discípulos, ya en su vida pública, durante la predicación en Galilea. Por ejemplo, cuando en la multiplicación de los panes, dijo a los Apóstoles: «Dadles vosotros de comer» (Mt 14, 16), impulsándolos así a hacerse cargo de las necesidades del gentío, al que quería ofrecer pan que lo saciara, pero también revelar el pan «que perdura, dando vida eterna» (Jn 6, 27). Al ver a la gente, sintió compasión de ellos, porque mientras recorría pueblos y ciudades, los encontraba cansados y abatidos «como ovejas que no tienen pastor» (cf. Mt 9, 36). De aquella mirada de amor brotaba la invitación a los discípulos: «Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt 9, 38), y envió a los Doce «a la ovejas perdidas de Israel», con instrucciones precisas. Si nos detenemos a meditar el pasaje del Evangelio de Mateo denominado «discurso misionero», descubrimos todos los aspectos que caracterizan la actividad misionera de una comunidad cristiana que quiera permanecer fiel al ejemplo y a las enseñanzas de Jesús. Corresponder a la llamada del Señor comporta afrontar con prudencia y sencillez cualquier peligro e incluso persecuciones, ya que «un discípulo no es más que su maestro, ni un esclavo más que su amo» (Mt 10, 24). Al hacerse una sola cosa con el Maestro, los discípulos ya no están solos para anunciar el Reino de los cielos, sino que el mismo Jesús es quien actúa en ellos: «El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado» (Mt 10, 40). Y además, como verdaderos testigos, «revestidos de la fuerza que viene de lo alto» (cf. Lc 24, 49), predican «la conversión y el perdón de los pecados» (Lc 24, 47) a todo el mundo.

3. Precisamente porque el Señor los envía, los Doce son llamados «apóstoles», destinados a recorrer los caminos del mundo anunciando el Evangelio como testigos de la muerte y resurrección de Cristo. San Pablo escribe a los cristianos de Corinto: «Nosotros –es decir, los Apóstoles– predicamos a Cristo crucificado» (1 Co 1, 23). En ese proceso de evangelización, el libro de los Hechos de los Apóstoles atribuye un papel muy importante también a otros discípulos, cuya vocación misionera brota de circunstancias providenciales, incluso dolorosas, como el ser expulsados de la propia tierra por ser seguidores de Jesús (cf. 8, 1-4). El Espíritu Santo permite que esta prueba se transforme en ocasión de gracia, y se convierta en oportunidad para que el nombre del Señor sea anunciado a otras gentes y se ensanche así el círculo de la comunidad cristiana. Se trata de hombres y mujeres que, como escribe Lucas en el libro de los Hechos, «han dedicado su vida a la causa de nuestro Señor Jesucristo» (15, 26). El primero de todos, llamado por el mismo Señor a ser un verdadero Apóstol, es sin duda alguna Pablo de Tarso. La historia de Pablo, el mayor misionero de todos los tiempos, lleva a descubrir, bajo muchos puntos de vista, el vínculo que existe entre vocación y misión. Acusado por sus adversarios de no estar autorizado para el apostolado, recurre repetidas veces precisamente a la vocación recibida directamente del Señor (cf. Rm 1, 1; Ga 1, 11-12.15-17).

4. Al principio, como también después, lo que «apremia» a los Apóstoles (cf. 2 Co 5, 14) es siempre «el amor de Cristo». Fieles servidores de la Iglesia, dóciles a la acción del Espíritu Santo, innumerables misioneros han seguido a lo largo de los siglos las huellas de los primeros apóstoles. El Concilio Vaticano II hace notar que «aunque la tarea de propagar la fe incumbe a todo discípulo de Cristo según su condición, Cristo Señor llama siempre de entre sus discípulos a los que quiere para que estén con Él y para enviarlos a predicar a las gentes (cf. Mc 3, 13–15)» (Decr. Ad gentes, 23). El amor de Cristo, de hecho, viene comunicado a los hermanos con ejemplos y palabras; con toda la vida. «La vocación especial de los misioneros ad vitam –escribió mi venerado predecesor Juan Pablo II– conserva toda su validez: representa el paradigma del compromiso misionero de la Iglesia, que siempre necesita donaciones radicales y totales, impulsos nuevos y valientes» (Encl. Redemptoris missio, 66).

5. Entre las personas dedicadas totalmente al servicio del Evangelio se encuentran de modo particular los sacerdotes llamados a proclamar la Palabra de Dios, administrar los sacramentos, especialmente la Eucaristía y la Reconciliación, entregados al servicio de los más pequeños, de los enfermos, de los que sufren, de los pobres y de cuantos pasan por momentos difíciles en regiones de la tierra donde hay tal vez multitudes que aún hoy no han tenido un verdadero encuentro con Jesucristo. A ellos, los misioneros llevan el primer anuncio de su amor redentor. Las estadísticas indican que el número de bautizados aumenta cada año gracias a la acción pastoral de esos sacerdotes, totalmente consagrados a la salvación de los hermanos. En ese contexto, se expresa un agradecimiento especial «a los presbíteros fidei donum, que con competencia y generosa dedicación, sin escatimar energías en el servicio a la misión de la Iglesia, edifican la comunidad anunciando la Palabra de Dios y partiendo el Pan de Vida. Hay que dar gracias a Dios por tantos sacerdotes que han sufrido hasta el sacrificio de la propia vida por servir a Cristo… Se trata de testimonios conmovedores que pueden impulsar a muchos jóvenes a seguir a Cristo y a dar su vida por los demás, encontrando así la vida verdadera» (Exhort. apost. Sacramentum caritatis, 26). A través de sus sacerdotes, Jesús se hace presente entre los hombres de hoy hasta los confines últimos de la tierra.

6. Siempre ha habido en la Iglesia muchos hombres y mujeres que, movidos por la acción del Espíritu Santo, han escogido vivir el Evangelio con radicalidad, haciendo profesión de los votos de castidad, pobreza y obediencia. Esas pléyades de religiosos y religiosas, pertenecientes a innumerables Institutos de vida contemplativa y activa, «han tenido hasta ahora y siguen teniendo gran participación en la evangelización del mundo» (Decr. Ad gentes, 40). Con su oración continua y comunitaria, los religiosos de vida contemplativa interceden incesantemente por toda la humanidad; los de vida activa, con su multiforme acción caritativa, dan a todos el testimonio vivo del amor y de la misericordia de Dios. Refiriéndose a estos apóstoles de nuestro tiempo, el Siervo de Dios Pablo VI escribió: «Gracias a su consagración religiosa, ellos son, por excelencia, voluntarios y libres para abandonar todo y lanzarse a anunciar el Evangelio hasta los confines de la tierra. Ellos son emprendedores y su apostolado está frecuentemente marcado por una originalidad y una imaginación que suscitan admiración. Son generosos: se les encuentra no raras veces en la vanguardia de la misión y afrontando los más grandes riesgos para su santidad y su propia vida. Sí, en verdad, la Iglesia les debe muchísimo» (Exhort. apost. Evangelii nuntiandi, 69).

7. Además, para que la Iglesia pueda continuar y desarrollar la misión que Cristo le confió, y no falten los evangelizadores que el mundo tanto necesita, es preciso que nunca deje de haber en las comunidades cristianas una constante educación en la fe de los niños y de los adultos; es necesario mantener vivo en los fieles un sentido activo de responsabilidad misional y una participación solidaria con los pueblos de toda la tierra. El don de la fe llama a todos los cristianos a cooperar en la evangelización. Esta toma de conciencia se alimenta por medio de la predicación y la catequesis, la liturgia y una constante formación en la oración; se incrementa con el ejercicio de la acogida, de la caridad, del acompañamiento espiritual, de la reflexión y del discernimiento, así como de la planificación pastoral, una de cuyas partes integrantes es la atención vocacional.

8. Las vocaciones al sacerdocio ministerial y a la vida consagrada sólo florecen en un terreno espiritualmente bien cultivado. De hecho, las comunidades cristianas que viven intensamente la dimensión misionera del ministerio de la Iglesia nunca se cerrarán en sí mismas. La misión, como testimonio del amor divino, resulta especialmente eficaz cuando se comparte «para que el mundo crea» (cf. Jn 17, 21). El don de la vocación es un don que la Iglesia implora cada día al Espíritu Santo. Como en los comienzos, reunida en torno a la Virgen María, Reina de los Apóstoles, la comunidad eclesial aprende de ella a pedir al Señor que florezcan nuevos apóstoles que sepan vivir la fe y el amor necesarios para la misión.

9. Mientras confío esta reflexión a todas las Comunidades eclesiales, para que la hagan suya y, sobre todo, les sirva de inspiración para la oración, aliento el esfuerzo de cuantos trabajan con fe y generosidad en favor de las vocaciones, y envío de corazón a los educadores, a los catequistas y a todos, especialmente a los jóvenes en etapa vocacional, una especial Bendición Apostólica.
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Seminario de San José, Yonkers, Nueva York, 19 de abril de 2008

Eminencia, Queridos Hermanos en el Episcopado, Queridos jóvenes amigos:

Proclamen a Cristo Señor, “siempre prontos para dar razón de su esperanza a todo el que se la pidiere” (1 Pe 3,15). Con estas palabras de la Primera carta de san Pedro, saludo a cada uno de ustedes con cordial afecto. Agradezco al Señor Cardenal Egan sus amables palabras de bienvenida y también doy las gracias a los representantes que han elegido por sus manifestaciones de gozosa acogida. Dirijo un particular saludo y expreso mi gratitud al Señor Obispo Walsh, Rector del Seminario de San José, al personal y a los seminaristas.

Jóvenes amigos, me alegra tener la ocasión de hablar con ustedes. Lleven, por favor, mis cordiales saludos a los miembros de sus familias y a sus parientes, así como a sus profesores y al personal de las diversas Escuelas, Colegios y Universidades a las que pertenecen. Me consta que muchos han trabajado intensamente para garantizar la realización de este nuestro encuentro. Les quedo muy reconocido. Gracias también por haberme cantado el “Happy Birthday”. Gracias por este detalle conmovedor; a todos les doy un sobresaliente por la pronunciación del alemán. Esta tarde quisiera compartir con ustedes algunas reflexiones sobre el ser discípulo de Jesucristo; siguiendo las huellas del Señor, nuestra vida se transforma en un viaje de esperanza.

Tienen delante las imágenes de seis hombres y mujeres ordinarios que se superaron para llevar una vida extraordinaria. La Iglesia les tributa el honor de Venerables, Beatos o Santos: cada uno respondió a la llamada de Dios y a una vida de caridad, y lo sirvió aquí en las calles y callejas o en los suburbios de Nueva York. Me ha impresionado la heterogeneidad de este grupo: pobres y ricos, laicos y laicas –una era una pudiente esposa y madre–, sacerdotes y religiosas, emigrantes venidos de lejos, la hija de un guerrero Mohawk y una madre Algonquin, un esclavo haitiano y un intelectual cubano.

Santa Isabel Ana Seton, Santa Francisca Javier Cabrina, San Juan Neumann, la beata Kateri Tekakwitha, el venerable Pierre Toussaint y el Padre Félix Varela: cada uno de nosotros podría estar entre ellos, pues en este grupo no hay un estereotipo, ningún modelo uniforme. Pero mirando más de cerca se aprecian ciertos rasgos comunes. Inflamados por el amor de Jesús, sus vidas se convirtieron en extraordinarios itinerarios de esperanza. Para algunos, esto supuso dejar la Patria y embarcarse en una peregrinación de miles de kilómetros. Para todos, un acto de abandono en Dios con la confianza de que él es la meta final de todo peregrino. Y cada uno de ellos ofrecían su “mano tendida” de esperanza a cuantos encontraban en el camino, suscitando en ellos muchas veces una vida de fe. Atendieron a los pobres, a los enfermos y a los marginados en hospicios, escuelas y hospitales, y, mediante el testimonio convincente que proviene del caminar humildemente tras las huellas de Jesús, estas seis personas abrieron el camino de la fe, la esperanza y la caridad a muchas otras, incluyendo tal vez a sus propios antepasados.

Y ¿qué ocurre hoy? ¿Quién da testimonio de la Buena Noticia de Jesús en las calles de Nueva York, en los suburbios agitados en la periferia de las grandes ciudades, en las zonas donde se reúnen los jóvenes buscando a alguien en quien confiar? Dios es nuestro origen y nuestra meta, y Jesús es el camino. El recorrido de este viaje pasa, como el de nuestros santos, por los gozos y las pruebas de la vida ordinaria: en vuestras familias, en la escuela o el colegio, durante vuestras actividades recreativas y en vuestras comunidades parroquiales. Todos estos lugares están marcados por la cultura en la que estáis creciendo. Como jóvenes americanos se les ofrecen muchas posibilidades para el desarrollo personal y están siendo educados con un sentido de generosidad, servicio y rectitud. Pero no necesitan que les diga que también hay dificultades: comportamientos y modos de pensar que asfixian la esperanza, sendas que parecen conducir a la felicidad y a la satisfacción, pero que sólo acaban en confusión y angustia.

Mis años de teenager fueron arruinados por un régimen funesto que pensaba tener todas las respuestas; su influjo creció –filtrándose en las escuelas y los organismos civiles, así como en la política e incluso en la religión– antes de que pudiera percibirse claramente que era un monstruo. Declaró proscrito a Dios, y así se hizo ciego a todo lo bueno y verdadero. Muchos de los padres y abuelos de ustedes les habrán contado el horror de la destrucción que siguió después. Algunos de ellos, de hecho, vinieron a América precisamente para escapar de este terror.

Demos gracias a Dios, porque hoy muchos de su generación pueden gozar de las libertades que surgieron gracias a la expansión de la democracia y del respeto de los derechos humanos. Demos gracias a Dios por todos los que lucharon para asegurar que puedan crecer en un ambiente que cultiva lo bello, bueno y verdadero: sus padres y abuelos, sus profesores y sacerdotes, las autoridades civiles que buscan lo que es recto y justo.

Sin embargo, el poder destructivo permanece. Decir lo contrario sería engañarse a sí mismos. Pero éste jamás triunfará; ha sido derrotado. Ésta es la esencia de la esperanza que nos distingue como cristianos; la Iglesia lo recuerda de modo muy dramático en el Triduo Pascual y lo celebra con gran gozo en el Tiempo pascual. El que nos indica la vía tras la muerte es Aquel que nos muestra cómo superar la destrucción y la angustia; Jesús es, pues, el verdadero maestro de vida (cf. Spe salvi, 6). Su muerte y resurrección significa que podemos decir al Padre celestial: “Tú has renovado el mundo” (Viernes Santo, Oración después de la comunión). De este modo, hace pocas semanas, en la bellísima liturgia de la Vigilia pascual, no por desesperación o angustia, sino con una confianza colmada de esperanza, clamamos a Dios por nuestro mundo: “Disipa las tinieblas del corazón. Disipa las tinieblas del espíritu” (cf. Oración al encender el cirio pascual).

¿Qué pueden ser estas tinieblas? ¿Qué sucede cuando las personas, sobre todo las más vulnerables, encuentran el puño cerrado de la represión o de la manipulación en vez de la mano tendida de la esperanza? El primer grupo de ejemplos pertenece al corazón. Aquí, los sueños y los deseos que los jóvenes persiguen se pueden romper y destruir muy fácilmente. Pienso en los afectados por el abuso de la droga y los estupefacientes, por la falta de casa o la pobreza, por el racismo, la violencia o la degradación, en particular muchachas y mujeres. Aunque las causas de estas situaciones problemáticas son complejas, todas tienen en común una actitud mental envenenada que se manifiesta en tratar a las personas como meros objetos: una insensibilidad del corazón, que primero ignora y después se burla de la dignidad dada por Dios a toda persona humana. Tragedias similares muestran también que lo podría haber sido y lo que puede ser ahora, si otras manos, vuestras manos, hubieran estado tendidas o se tendiesen hacia ellos. Les animo a invitar a otros, sobre todo a los débiles e inocentes, a unirse a ustedes en el camino de la bondad y de la esperanza.

El segundo grupo de tinieblas –las que afectan al espíritu– a menudo no se percibe, y por eso es particularmente nocivo. La manipulación de la verdad distorsiona nuestra percepción de la realidad y enturbia nuestra imaginación y nuestras aspiraciones. Ya he mencionado las muchas libertades que afortunadamente pueden gozar ustedes. Hay que salvaguardar rigurosamente la importancia fundamental de la libertad. No sorprende, pues, que muchas personas y grupos reivindiquen en voz alta y públicamente su libertad. Pero la libertad es un valor delicado. Puede ser malentendida y usada mal, de manera que no lleva a la felicidad que todos esperamos, sino hacia un escenario oscuro de manipulación, en el que nuestra comprensión de nosotros mismos y del mundo se hace confusa o se ve incluso distorsionada por quienes ocultan sus propias intenciones.

¿Han notado ustedes que, con frecuencia, se reivindica la libertad sin hacer jamás referencia a la verdad de la persona humana? Hay quien afirma hoy que el respeto a la libertad del individuo hace que sea erróneo buscar la verdad, incluida la verdad sobre lo que es el bien. En algunos ambientes, hablar de la verdad se considera como una fuente de discusiones o de divisiones y, por tanto, es mejor relegar este tema al ámbito privado. En lugar de la verdad –o mejor, de su ausencia– se ha difundido la idea de que, dando un valor indiscriminado a todo, se asegura la libertad y se libera la conciencia. A esto llamamos relativismo. Pero, ¿qué objeto tiene una “libertad” que, ignorando la verdad, persigue lo que es falso o injusto? ¿A cuántos jóvenes se les ha tendido una mano que, en nombre de la libertad o de una experiencia, los ha llevado al consumo habitual de estupefacientes, a la confusión moral o intelectual, a la violencia, a la pérdida del respeto por sí mismos, a la desesperación incluso y, de este modo, trágicamente, al suicidio? Queridos amigos, la verdad no es una imposición. Tampoco es un mero conjunto de reglas. Es el descubrimiento de Alguien que jamás nos traiciona; de Alguien del que siempre podemos fiarnos. Buscando la verdad llegamos a vivir basados en la fe porque, en definitiva, la verdad es una persona: Jesucristo. Ésta es la razón por la que la auténtica libertad no es optar por “desentenderse de”. Es decidir “comprometerse con”; nada menos que salir de sí mismos y ser incorporados en el “ser para los otros” de Cristo (cf. Spe salvi, 28).

Como creyentes, ¿cómo podemos ayudar a los otros a caminar por el camino de la libertad que lleva a la satisfacción plena y a la felicidad duradera? Volvamos una vez más a los santos. ¿De qué modo su testimonio ha liberado realmente a otros de las tinieblas del corazón y del espíritu? La respuesta se encuentra en la médula de su fe, de nuestra fe. La encarnación, el nacimiento de Jesús nos muestra que Dios, de hecho, busca un sitio entre nosotros. A pesar de que la posada está llena, él entra por el establo, y hay personas que ven su luz. Se dan cuenta de lo que es el mundo oscuro y hermético de Herodes y siguen, en cambio, el brillo de la estrella que los guía en la noche. ¿Y qué irradia? A este respecto pueden recordar la oración recitada en la noche santa de Pascua: “¡Oh Dios!, que por medio de tu Hijo, luz del mundo, nos has dado la luz de tu gloria, enciende en nosotros la llama viva de tu esperanza” (cf. Bendición del fuego). De este modo, en la procesión solemne con las velas encendidas, nos pasamos de uno a otro la luz de Cristo. Es la luz que “ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos” (Exsultet). Ésta es la luz de Cristo en acción. Éste es el camino de los santos. Ésta es la visión magnífica de la esperanza. La luz de Cristo les invita a ser estrellas-guía para los otros, marchando por el camino de Cristo, que es camino de perdón, de reconciliación, de humildad, de gozo y de paz.

Sin embargo, a veces tenemos la tentación de encerrarnos en nosotros mismos, de dudar de la fuerza del esplendor de Cristo, de limitar el horizonte de la esperanza. ¡Ánimo! Miren a nuestros santos. La diversidad de su experiencia de la presencia de Dios nos sugiere descubrir nuevamente la anchura y la profundidad del cristianismo. Dejen que su fantasía se explaye libremente por el ilimitado horizonte del discipulado de Cristo. A veces nos consideran únicamente como personas que hablan sólo de prohibiciones. Nada más lejos de la verdad. Un discipulado cristiano auténtico se caracteriza por el sentido de la admiración. Estamos ante un Dios que conocemos y al que amamos como a un amigo, ante la inmensidad de su creación y la belleza de nuestra fe cristiana.

Queridos amigos, el ejemplo de los santos nos invita, también, a considerar cuatro aspectos esenciales del tesoro de nuestra fe: oración personal y silencio, oración litúrgica, práctica de la caridad y vocaciones.

Lo más importante es que ustedes desarrollen su relación personal con Dios. Esta relación se manifiesta en la plegaria. Dios, por virtud de su propia naturaleza, habla, escucha y responde. En efecto, San Pablo nos recuerda que podemos y debemos “ser constantes en orar” (cf. 1 Ts 5,17). En vez de replegarnos sobre nosotros mismos o de alejarnos de los vaivenes de la vida, en la oración nos dirigimos hacia Dios y, por medio de Él, nos volvemos unos a otros, incluyendo a los marginados y a cuantos siguen vías distintas a las de Dios (cf. Spe salvi, 33). Como admirablemente nos enseñan los santos, la oración se transforma en esperanza en acto. Cristo era su constante compañero, con quien conversaban en cualquier momento de su camino de servicio a los demás.

Hay otro aspecto de la oración que debemos recordar: la contemplación y el silencio. San Juan, por ejemplo, nos dice que para acoger la revelación de Dios es necesario escuchar y después responder anunciando lo que hemos oído y visto (cf. 1 Jn 1,2-3; Dei Verbum, 1). ¿Hemos perdido quizás algo del arte de escuchar? ¿Dejan ustedes algún espacio para escuchar el susurro de Dios que les llama a caminar hacia la bondad? Amigos, no tengan miedo del silencio y del sosiego, escuchen a Dios, adórenlo en la Eucaristía. Permitan que su palabra modele su camino como crecimiento de la santidad.

En la liturgia encontramos a toda la Iglesia en plegaria. La palabra “liturgia” significa la participación del pueblo de Dios en “la obra de Cristo Sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Sacrosanctum concilium, 7). ¿En qué consiste esta obra? Ante todo se refiere a la Pasión de Cristo, a su muerte y resurrección y a su ascensión, lo que denominamos “Misterio pascual”. Se refiere también a la celebración misma de la liturgia. Los dos significados, de hecho, están vinculados inseparablemente, ya que esta “obra de Jesús” es el verdadero contenido de la liturgia. Mediante la liturgia, “la obra de Jesús” entra continuamente en contacto con la historia; con nuestra vida, para modelarla. Aquí percibimos otra idea de la grandeza de nuestra fe cristiana. Cada vez que se reúnen para la Santa Misa, cuando van a confesarse, cada vez que celebran uno de los Sacramentos, Jesús está actuando. Por el Espíritu Santo los atrae hacia sí, dentro de su amor sacrificial por el Padre, que se transforma en amor hacia todos. De este modo vemos que la liturgia de la Iglesia es un ministerio de esperanza para la humanidad. Vuestra participación colmada de fe es una esperanza activa que ayuda a que el mundo -tanto santos como pecadores- esté abierto a Dios; ésta es la verdadera esperanza humana que ofrecemos a cada uno (cf. Spe salvi, 34).

Su plegaria personal, sus tiempos de contemplación silenciosa y su participación en la liturgia de la Iglesia les acerca más a Dios y les prepara también para servir a los demás. Los santos que nos acompañan esta tarde nos muestran que la vida de fe y de esperanza es también una vida de caridad. Contemplando a Jesús en la cruz, vemos el amor en su forma más radical. Comencemos a imaginar el camino del amor por el que debemos marchar (cf. Deus caritas est, 12). Las ocasiones para recorrer este camino son muchas. Miren a su alrededor con los ojos de Cristo, escuchen con sus oídos, intuyan y piensen con su corazón y su espíritu. ¿Están ustedes dispuestos a dar todo por la verdad y la justicia, como hizo Él? Muchos de los ejemplos de sufrimiento a los que nuestros santos respondieron con compasión, siguen produciéndose todavía en esta ciudad y en sus alrededores. Y han surgido nuevas injusticias: algunas son complejas y derivan de la explotación del corazón y de la manipulación del espíritu; también nuestro ambiente de la vida ordinaria, la tierra misma, gime bajo el peso de la avidez consumista y de la explotación irresponsable. Hemos de escuchar atentamente. Hemos de responder con una acción social renovada que nazca del amor universal que no conoce límites. De este modo estamos seguros de que nuestras obras de misericordia y justicia se transforman en esperanza viva para los demás.

Queridos jóvenes, quisiera añadir por último una palabra sobre las vocaciones. Pienso, ante todo, en sus padres, abuelos y padrinos. Ellos han sido sus primeros educadores en la fe. Al presentarlos para el bautismo, les dieron la posibilidad de recibir el don más grande de su vida. Aquel día ustedes entraron en la santidad de Dios mismo. Llegaron a ser hijos e hijas adoptivos del Padre. Fueron incorporados a Cristo. Se convirtieron en morada de su Espíritu. Recemos por las madres y los padres en todo el mundo, en particular por los que de alguna manera están lejos, social, material, espiritualmente. Honremos las vocaciones al matrimonio y a la dignidad de la vida familiar. Deseamos que se reconozca siempre que las familias son el lugar donde nacen las vocaciones.

Saludo a los seminaristas congregados en el Seminario de San José y animo también a todos los seminaristas de América. Me alegra saber que están aumentando. El Pueblo de Dios espera de ustedes que sean sacerdotes santos, caminando cotidianamente hacia la conversión, inculcando en los demás el deseo de entrar más profundamente en la vida eclesial de creyentes. Les exhorto a profundizar su amistad con Jesús, el Buen Pastor. Hablen con Él de corazón a corazón. Rechacen toda tentación de ostentación, hacer carrera o de vanidad. Tiendan hacia un estilo de vida caracterizado auténticamente por la caridad, la castidad y la humildad, imitando a Cristo, el Sumo y Eterno Sacerdote, del que deben llegar a ser imágenes vivas (cf. Pastores dabo vobis, 33). Queridos seminaristas, rezo por ustedes cada día. Recuerden que lo que cuenta ante el Señor es permanecer en su amor e irradiar su amor por los demás.

Las Religiosas, los Religiosos y los Sacerdotes de las Congregaciones contribuyen generosamente a la misión de la Iglesia. Su testimonio profético se caracteriza por una convicción profunda de la primacía del Evangelio para plasmar la vida cristiana y transformar la sociedad. Quisiera hoy llamar su atención sobre la renovación espiritual positiva que las Congregaciones están llevando a cabo en relación con su carisma. La palabra “carisma” significa don ofrecido libre y gratuitamente. Los carismas los concede el Espíritu Santo que inspira a los fundadores y fundadoras y forma las Congregaciones con el consiguiente patrimonio espiritual. El maravilloso conjunto de carismas propios de cada Instituto religioso es un tesoro espiritual extraordinario. En efecto, la historia de la Iglesia se muestra tal vez del modo más bello a través de la historia de sus escuelas de espiritualidad, la mayor parte de las cuales se remontan a la vida de los santos fundadores y fundadoras. Estoy seguro que, descubriendo los carismas que producen esta riqueza de sabiduría espiritual, algunos de ustedes, jóvenes, se sentirán atraídos por una vida de servicio apostólico o contemplativo. No sean tímidos para hablar con hermanas, hermanos o sacerdotes religiosos sobre su carisma y la espiritualidad de su Congregación. No existe ninguna comunidad perfecta, pero es el discernimiento de la fidelidad al carisma fundador, no a una persona en particular, lo que el Señor les está pidiendo. Ánimo. También ustedes pueden hacer de su vida una autodonación por amor al Señor Jesús y, en Él, a todos los miembros de la familia humana (cf. Vita consecrata, 3).

Amigos, de nuevo les pregunto, ¿qué decir de la hora presente? ¿Qué están buscando? ¿Qué les está sugiriendo Dios? Cristo es la esperanza que jamás defrauda. Los santos nos muestran el amor desinteresado por su camino. Como discípulos de Cristo, sus caminos extraordinarios se desplegaron en aquella comunidad de esperanza que es la Iglesia. Y también ustedes encontrarán dentro de la Iglesia el aliento y el apoyo para marchar por el camino del Señor. Alimentados por la plegaria personal, preparados en el silencio, modelados por la liturgia de la Iglesia, descubrirán la vocación particular a la que el Señor les llama. Acójanla con gozo. Hoy son ustedes los discípulos de Cristo. Irradien su luz en esta gran ciudad y en otras. Den razón de su esperanza al mundo. Hablen con los demás de la verdad que les hace libres. Con estos sentimientos de gran esperanza en ustedes, les saludo con un “hasta pronto”, hasta encontrarme de nuevo con ustedes en julio, para la Jornada Mundial de la Juventud en Sidney. Y, como signo de mi afecto por ustedes y sus familias, les imparto con alegría la Bendición Apostólica.

Palabras del Santo Padre a los jóvenes y seminaristas de lengua española

Queridos Seminaristas, queridos jóvenes:

Es para mí una gran alegría poder encontrarme con todos ustedes en el transcurso de esta visita, durante la cual he festejado también mi cumpleaños. Gracias por su acogida y por el cariño que me han demostrado.

Les animo a abrirle al Señor su corazón para que Él lo llene por completo y con el fuego de su amor lleven su Evangelio a todos los barrios de Nueva York.

La luz de la fe les impulsará a responder al mal con el bien y la santidad de vida, como lo hicieron los grandes testigos del Evangelio a lo largo de los siglos. Ustedes están llamados a continuar esa cadena de amigos de Jesús, que encontraron en su amor el gran tesoro de sus vidas. Cultiven esta amistad a través de la oración, tanto personal como litúrgica, y por medio de las obras de caridad y del compromiso por ayudar a los más necesitados. Si no lo han hecho, plantéense seriamente si el Señor les pide seguirlo de un modo radical en el ministerio sacerdotal o en la vida consagrada. No basta una relación esporádica con Cristo. Una amistad así no es tal. Cristo les quiere amigos suyos íntimos, fieles y perseverantes.

A la vez que les renuevo mi invitación a participar en la Jornada Mundial de la Juventud en Sidney, les aseguro mi recuerdo en la oración, en la que suplico a Dios que los haga auténticos discípulos de Cristo Resucitado. Muchas gracias.
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Basílica de San Pedro del Vaticano, 27 de abril de 2008


Queridos hermanos y hermanas:

Se realizan hoy para nosotros, de modo muy particular, las palabras que dicen: "Acreciste la alegría, aumentaste el gozo" (Is 9, 2). En efecto, a la alegría de celebrar la Eucaristía en el día del Señor, se suman el júbilo espiritual del tiempo de Pascua, que ya ha llegado al sexto domingo, y sobre todo la fiesta de la ordenación de nuevos sacerdotes.

Juntamente con vosotros, saludo con afecto a los veintinueve diáconos que dentro de poco serán ordenados presbíteros. Expreso mi profundo agradecimiento a cuantos los han guiado en su camino de discernimiento y de preparación, y os invito a todos a dar gracias a Dios por el don de estos nuevos sacerdotes a la Iglesia. Sostengámoslos con intensa oración durante esta celebración, con espíritu de ferviente alabanza al Padre que los ha llamado, al Hijo que los ha atraído a sí, y al Espíritu Santo que los ha formado.

Normalmente, la ordenación de nuevos sacerdotes tiene lugar el IV domingo de Pascua, llamado domingo del Buen Pastor, que es también la Jornada mundial de oración por las vocaciones, pero este año no fue posible, porque yo estaba partiendo para mi visita pastoral a Estados Unidos. El icono del buen Pastor ilustra mejor que cualquier otro el papel y el ministerio del presbítero en la comunidad cristiana. Pero también los pasajes bíblicos que la liturgia de hoy propone a nuestra meditación iluminan, desde un ángulo diverso, la misión del sacerdote.

La primera lectura, tomada del capítulo octavo de los Hechos de los Apóstoles, narra la misión del diácono Felipe en Samaria. Quiero atraer inmediatamente la atención hacia la frase con que se concluye la primera parte del texto: "La ciudad se llenó de alegría" (Hch 8, 8). Esta expresión no comunica una idea, un concepto teológico, sino que refiere un acontecimiento concreto, algo que cambió la vida de las personas: en una determinada ciudad de Samaria, en el período que siguió a la primera persecución violenta contra la Iglesia en Jerusalén (cf. Hch 8, 1), sucedió algo que "llenó de alegría". ¿Qué es lo que sucedió?

El autor sagrado narra que, para escapar a la persecución religiosa desatada en Jerusalén contra los que se habían convertido al cristianismo, todos los discípulos, excepto los Apóstoles, abandonaron la ciudad santa y se dispersaron por los alrededores. De este acontecimiento doloroso surgió, de manera misteriosa y providencial, un renovado impulso a la difusión del Evangelio. Entre quienes se habían dispersado estaba también Felipe, uno de los siete diáconos de la comunidad, diácono como vosotros, queridos ordenandos, aunque ciertamente con modalidades diversas, puesto que en la etapa irrepetible de la Iglesia naciente, el Espíritu Santo había dotado a los Apóstoles y a los diáconos de una fuerza extraordinaria, tanto en la predicación como en la acción taumatúrgica.

Pues bien, sucedió que los habitantes de la localidad samaritana de la que se habla en este capítulo de los Hechos de los Apóstoles acogieron de forma unánime el anuncio de Felipe y, gracias a su adhesión al Evangelio, Felipe pudo curar a muchos enfermos. En aquella ciudad de Samaria, en medio de una población tradicionalmente despreciada y casi excomulgada por los judíos, resonó el anuncio de Cristo, que abrió a la alegría el corazón de cuantos lo acogieron con confianza. Por eso -subraya san Lucas-, aquella ciudad "se llenó de alegría".

Queridos amigos, esta es también vuestra misión: llevar el Evangelio a todos, para que todos experimenten la alegría de Cristo y todas las ciudades se llenen de alegría. ¿Puede haber algo más hermoso que esto? ¿Hay algo más grande, más estimulante que cooperar a la difusión de la Palabra de vida en el mundo, que comunicar el agua viva del Espíritu Santo? Anunciar y testimoniar la alegría es el núcleo central de vuestra misión, queridos diáconos, que dentro de poco seréis sacerdotes.

El apóstol san Pablo llama a los ministros del Evangelio "servidores de la alegría". A los cristianos de Corinto, en su segunda carta, escribe: "No es que pretendamos dominar sobre vuestra fe, sino que contribuimos a vuestra alegría, pues os mantenéis firmes en la fe" (2 Co 1, 24). Son palabras programáticas para todo sacerdote. Para ser colaboradores de la alegría de los demás, en un mundo a menudo triste y negativo, es necesario que el fuego del Evangelio arda dentro de vosotros, que reine en vosotros la alegría del Señor. Sólo podréis ser mensajeros y multiplicadores de esta alegría llevándola a todos, especialmente a cuantos están tristes y afligidos.

Volvamos a la primera lectura, que nos brinda otro elemento de meditación. En ella se habla de una reunión de oración, que tiene lugar precisamente en la ciudad samaritana evangelizada por el diácono Felipe. La presiden los apóstoles san Pedro y san Juan, dos "columnas" de la Iglesia, que habían acudido de Jerusalén para visitar a esa nueva comunidad y confirmarla en la fe. Gracias a la imposición de sus manos, el Espíritu Santo descendió sobre cuantos habían sido bautizados.

En este episodio podemos ver un primer testimonio del rito de la "Confirmación", el segundo sacramento de la iniciación cristiana. También para nosotros, aquí reunidos, la referencia al gesto ritual de la imposición de las manos es muy significativo. En efecto, también es el gesto central del rito de la ordenación, mediante el cual dentro de poco conferiré a los candidatos la dignidad presbiteral. Es un signo inseparable de la oración, de la que constituye una prolongación silenciosa. Sin decir ninguna palabra, el obispo consagrante y, después de él, los demás sacerdotes ponen las manos sobre la cabeza de los ordenandos, expresando así la invocación a Dios para que derrame su Espíritu sobre ellos y los transforme, haciéndolos partícipes del sacerdocio de Cristo. Se trata de pocos segundos, un tiempo brevísimo, pero lleno de extraordinaria densidad espiritual.

Queridos ordenandos, en el futuro deberéis volver siempre a este momento, a este gesto que no tiene nada de mágico y, sin embargo, está lleno de misterio, porque aquí se halla el origen de vuestra nueva misión. En esa oración silenciosa tiene lugar el encuentro entre dos libertades: la libertad de Dios, operante mediante el Espíritu Santo, y la libertad del hombre. La imposición de las manos expresa plásticamente la modalidad específica de este encuentro: la Iglesia, personificada por el obispo, que está de pie con las manos extendidas, pide al Espíritu Santo que consagre al candidato; el diácono, de rodillas, recibe la imposición de las manos y se encomienda a dicha mediación. El conjunto de esos gestos es importante, pero infinitamente más importante es el movimiento espiritual, invisible, que expresa; un movimiento bien evocado por el silencio sagrado, que lo envuelve todo, tanto en el interior como en el exterior.

También en el pasaje evangélico encontramos este misterioso "movimiento" trinitario, que lleva al Espíritu Santo y al Hijo a habitar en los discípulos. Aquí es Jesús mismo quien promete que pedirá al Padre que mande a los suyos el Espíritu, definido "otro Paráclito" (Jn 14, 16), término griego que equivale al latino ad-vocatus, abogado defensor. En efecto, el primer Paráclito es el Hijo encarnado, que vino para defender al hombre del acusador por antonomasia, que es satanás. En el momento en que Cristo, cumplida su misión, vuelve al Padre, el Padre envía al Espíritu como Defensor y Consolador, para que permanezca para siempre con los creyentes, habitando dentro de ellos. Así, entre Dios Padre y los discípulos se entabla, gracias a la mediación del Hijo y del Espíritu Santo, una relación íntima de reciprocidad: "Yo estoy en mi Padre, vosotros en mí y yo en vosotros", dice Jesús (Jn 14, 20). Pero todo esto depende de una condición, que Cristo pone claramente al inicio: "Si me amáis" (Jn 14, 15), y que repite al final: "Al que me ama, lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él" (Jn 14, 21). Sin el amor a Jesús, que se manifiesta en la observancia de sus mandamientos, la persona se excluye del movimiento trinitario y comienza a encerrarse en sí misma, perdiendo la capacidad de recibir y comunicar a Dios.

"Si me amáis". Queridos amigos, Jesús pronunció estas palabras durante la última Cena, en el mismo momento en que instituyó la Eucaristía y el sacerdocio. Aunque estaban dirigidas a los Apóstoles, en cierto sentido se dirigen a todos sus sucesores y a los sacerdotes, que son los colaboradores más estrechos de los sucesores de los Apóstoles. Hoy las volvemos a escuchar como una invitación a vivir cada vez con mayor coherencia nuestra vocación en la Iglesia: vosotros, queridos ordenandos, las escucháis con particular emoción, porque precisamente hoy Cristo os hace partícipes de su sacerdocio. Acogedlas con fe y amor. Dejad que se graben en vuestro corazón; dejad que os acompañen a lo largo del camino de toda vuestra vida. No las olvidéis; no las perdáis por el camino. Releedlas, meditadlas con frecuencia y, sobre todo, orad con ellas. Así, permaneceréis fieles al amor de Cristo y os daréis cuenta, con alegría continua, de que su palabra divina "caminará" con vosotros y "crecerá" en vosotros.

Otra observación sobre la segunda lectura: está tomada de la primera carta de san Pedro, cerca de cuya tumba nos encontramos y a cuya intercesión quiero encomendaros de modo especial. Hago mías sus palabras y con afecto os las dirijo: "Glorificad en vuestro corazón a Cristo Señor y estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere" (1 P 3, 15). Glorificad a Cristo Señor en vuestros corazones, es decir, cultivad una relación personal de amor con él, amor primero y más grande, único y totalizador, dentro del cual vivir, purificar, iluminar y santificar todas las demás relaciones.

"Vuestra esperanza" está vinculada a esta "glorificación", a este amor a Cristo, que por el Espíritu, como decíamos, habita en nosotros. Nuestra esperanza, vuestra esperanza, es Dios, en Jesús y en el Espíritu. En vosotros esta esperanza, a partir de hoy, se convierte en "esperanza sacerdotal", la de Jesús, buen Pastor, que habita en vosotros y da forma a vuestros deseos según su Corazón divino: esperanza de vida y de perdón para las personas encomendadas a vuestro cuidado pastoral; esperanza de santidad y de fecundidad apostólica para vosotros y para toda la Iglesia; esperanza de apertura a la fe y al encuentro con Dios para cuantos se acerquen a vosotros buscando la verdad; esperanza de paz y de consuelo para los que sufren y para los heridos por la vida.

Queridos hermanos, en este día tan significativo para vosotros, mi deseo es que viváis cada vez más la esperanza arraigada en la fe, y que seáis siempre testigos y dispensadores sabios y generosos, dulces y fuertes, respetuosos y convencidos, de esa esperanza. Que os acompañe en esta misión y os proteja siempre la Virgen María, a quien os exhorto a acoger nuevamente, como hizo el apóstol san Juan al pie de la cruz, como Madre y Estrella de vuestra vida y de vuestro sacerdocio. Amén.
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Plaza de San Pedro, Domingo 27 de abril de 2008

Queridos hermanos y hermanas:

Acaba de concluir en la basílica de San Pedro la celebración durante la cual he ordenado a veintinueve nuevos sacerdotes. Cada año, este es un momento de gracia especial y de gran fiesta: savia renovada penetra en el tejido de la comunidad, tanto eclesial como civil. Si la presencia de los sacerdotes es indispensable para la vida de la Iglesia, del mismo modo es valiosa para todos. En los Hechos de los Apóstoles se lee que el diácono Felipe llevó el Evangelio a una ciudad de Samaria; la gente acogió con entusiasmo su predicación, viendo también los signos prodigiosos que realizaba en favor de los enfermos: "La ciudad se llenó de alegría" (Hch 8, 8).

Como he recordado a los nuevos presbíteros durante la celebración eucarística, este es el sentido de la misión de la Iglesia y en particular de los sacerdotes: sembrar en el mundo la alegría del Evangelio. Donde se anuncia a Cristo con la fuerza del Espíritu Santo y se lo acoge con corazón abierto, la sociedad, aunque tenga muchos problemas, se transforma en "ciudad de la alegría", como reza el título de un célebre libro referido a la obra de la madre Teresa de Calcuta. Por tanto, mi deseo para los nuevos sacerdotes, por los cuales os invito a todos a rezar, es este: que en sus lugares de destino difundan la alegría y la esperanza que brotan del Evangelio.

En realidad, este es también el mensaje que llevé en los días pasados a Estados Unidos, en un viaje apostólico que tenía por lema estas palabras: "Christ our Hope", "Cristo, nuestra esperanza". Doy gracias a Dios porque bendijo abundantemente esta singular experiencia misionera y me concedió convertirme en instrumento de la esperanza de Cristo para esa Iglesia y para ese país. Al mismo tiempo, le doy gracias porque yo mismo fui confirmado en la esperanza por los católicos estadounidenses; en efecto, constaté una gran vitalidad y la voluntad decidida de vivir y testimoniar la fe en Jesús. El miércoles próximo, durante la audiencia general, hablaré más ampliamente de mi visita a Estados Unidos.

Hoy muchas Iglesias orientales celebran, según el calendario juliano, la gran solemnidad de Pascua. Deseo expresar a estos hermanos y hermanas nuestros mi fraterna cercanía espiritual. Los saludo cordialmente, pidiendo a Dios uno y trino que los confirme en la fe, los llene de la luz resplandeciente que brota de la resurrección del Señor y los consuele en las difíciles situaciones en las que a menudo deben vivir y testimoniar el Evangelio. Os invito a todos a uniros a mí para invocar a la Madre de Dios, a fin de que el camino del diálogo y de la colaboración, emprendido desde hace tiempo, lleve pronto a una comunión más completa entre todos los discípulos de Cristo, para que sean un signo cada vez más luminoso de esperanza para toda la humanidad.
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Atrio de la Basílica de San Juan de Letrán, Jueves 22 de mayo de 2008

Queridos hermanos y hermanas:

Después del tiempo fuerte del año litúrgico, que, centrándose en la Pascua se prolonga durante tres meses —primero los cuarenta días de la Cuaresma y luego los cincuenta días del Tiempo pascual—, la liturgia nos hace celebrar tres fiestas que tienen un carácter "sintético": la Santísima Trinidad, el Corpus Christi y, por último, el Sagrado Corazón de Jesús.

¿Cuál es el significado específico de la solemnidad de hoy, del Cuerpo y la Sangre de Cristo? Nos lo manifiesta la celebración misma que estamos realizando, con el desarrollo de sus gestos fundamentales: ante todo, nos hemos reunido alrededor del altar del Señor para estar juntos en su presencia; luego, tendrá lugar la procesión, es decir, caminar con el Señor; y, por último, arrodillarse ante el Señor, la adoración, que comienza ya en la misa y acompaña toda la procesión, pero que culmina en el momento final de la bendición eucarística, cuando todos nos postremos ante Aquel que se inclinó hasta nosotros y dio la vida por nosotros. Reflexionemos brevemente sobre estas tres actitudes para que sean realmente expresión de nuestra fe y de nuestra vida.

Así pues, el primer acto es el de reunirse en la presencia del Señor. Es lo que antiguamente se llamaba "statio". Imaginemos por un momento que en toda Roma sólo existiera este altar, y que se invitara a todos los cristianos de la ciudad a reunirse aquí para celebrar al Salvador, muerto y resucitado. Esto nos permite hacernos una idea de los orígenes de la celebración eucarística, en Roma y en otras muchas ciudades a las que llegaba el mensaje evangélico: en cada Iglesia particular había un solo obispo y en torno a él, en torno a la Eucaristía celebrada por él, se constituía la comunidad, única, pues era uno solo el Cáliz bendecido y era uno solo el Pan partido, como hemos escuchado en las palabras del apóstol san Pablo en la segunda lectura (cf. 1 Co 10, 16-17).

Viene a la mente otra famosa expresión de san Pablo: "Ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" (Ga 3, 28). "Todos vosotros sois uno". En estas palabras se percibe la verdad y la fuerza de la revolución cristiana, la revolución más profunda de la historia humana, que se experimenta precisamente alrededor de la Eucaristía: aquí se reúnen, en la presencia del Señor, personas de edad, sexo, condición social e ideas políticas diferentes.

La Eucaristía no puede ser nunca un hecho privado, reservado a personas escogidas según afinidades o amistad. La Eucaristía es un culto público, que no tiene nada de esotérico, de exclusivo. Nosotros, esta tarde, no hemos elegido con quién queríamos reunirnos; hemos venido y nos encontramos unos junto a otros, unidos por la fe y llamados a convertirnos en un único cuerpo, compartiendo el único Pan que es Cristo. Estamos unidos más allá de nuestras diferencias de nacionalidad, de profesión, de clase social, de ideas políticas: nos abrimos los unos a los otros para convertirnos en una sola cosa a partir de él. Esta ha sido, desde los inicios, la característica del cristianismo, realizada visiblemente alrededor de la Eucaristía, y es necesario velar siempre para que las tentaciones del particularismo, aunque sea de buena fe, no vayan de hecho en sentido opuesto. Por tanto, el Corpus Christi ante todo nos recuerda que ser cristianos quiere decir reunirse desde todas las partes para estar en la presencia del único Señor y ser uno en él y con él.

El segundo aspecto constitutivo es caminar con el Señor. Es la realidad manifestada por la procesión, que viviremos juntos después de la santa misa, como su prolongación natural, avanzando tras Aquel que es el Camino. Con el don de sí mismo en la Eucaristía, el Señor Jesús nos libra de nuestras "parálisis", nos levanta y nos hace "pro-cedere", es decir, nos hace dar un paso adelante, y luego otro, y de este modo nos pone en camino, con la fuerza de este Pan de la vida. Como le sucedió al profeta Elías, que se había refugiado en el desierto por miedo a sus enemigos, y había decidido dejarse morir (cf. 1 R 19, 1-4). Pero Dios lo despertó y le puso a su lado una torta recién cocida: "Levántate y come —le dijo—, porque el camino es demasiado largo para ti" (1 R 19, 5. 7).

La procesión del Corpus Christi nos enseña que la Eucaristía nos quiere librar de todo abatimiento y desconsuelo, quiere volver a levantarnos para que podamos reanudar el camino con la fuerza que Dios nos da mediante Jesucristo. Es la experiencia del pueblo de Israel en el éxodo de Egipto, la larga peregrinación a través del desierto, de la que nos ha hablado la primera lectura. Una experiencia que para Israel es constitutiva, pero que resulta ejemplar para toda la humanidad.

De hecho, la expresión "no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca del Señor" (Dt 8, 3) es una afirmación universal, que se refiere a todo hombre en cuanto hombre. Cada uno puede hallar su propio camino, si se encuentra con Aquel que es Palabra y Pan de vida, y se deja guiar por su amigable presencia. Sin el Dios-con-nosotros, el Dios cercano, ¿cómo podemos afrontar la peregrinación de la existencia, ya sea individualmente ya sea como sociedad y familia de los pueblos?

La Eucaristía es el sacramento del Dios que no nos deja solos en el camino, sino que nos acompaña y nos indica la dirección. En efecto, no basta avanzar; es necesario ver hacia dónde vamos. No basta el "progreso", si no hay criterios de referencia. Más aún, si nos salimos del camino, corremos el riesgo de caer en un precipicio, o de alejarnos más rápidamente de la meta. Dios nos ha creado libres, pero no nos ha dejado solos: se ha hecho él mismo "camino" y ha venido a caminar juntamente con nosotros a fin de que nuestra libertad tenga el criterio para discernir la senda correcta y recorrerla.

Al llegar a este punto, no se puede menos de pensar en el inicio del "Decálogo", los diez mandamientos, donde está escrito: "Yo, el Señor, soy tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre. No habrá para ti otros dioses delante de mí" (Ex 20, 2-3). Aquí encontramos el tercer elemento constitutivo del Corpus Christi: arrodillarse en adoración ante el Señor. Adorar al Dios de Jesucristo, que se hizo pan partido por amor, es el remedio más válido y radical contra las idolatrías de ayer y hoy. Arrodillarse ante la Eucaristía es una profesión de libertad: quien se inclina ante Jesús no puede y no debe postrarse ante ningún poder terreno, por más fuerte que sea. Los cristianos sólo nos arrodillamos ante Dios, ante el Santísimo Sacramento, porque sabemos y creemos que en él está presente el único Dios verdadero, que ha creado el mundo y lo ha amado hasta el punto de entregar a su Hijo único (cf. Jn 3, 16).

Nos postramos ante Dios que primero se ha inclinado hacia el hombre, como buen Samaritano, para socorrerlo y devolverle la vida, y se ha arrodillado ante nosotros para lavar nuestros pies sucios. Adorar el Cuerpo de Cristo quiere decir creer que allí, en ese pedazo de pan, se encuentra realmente Cristo, el cual da verdaderamente sentido a la vida, al inmenso universo y a la criatura más pequeña, a toda la historia humana y a la existencia más breve. La adoración es oración que prolonga la celebración y la comunión eucarística; en ella el alma sigue alimentándose: se alimenta de amor, de verdad, de paz; se alimenta de esperanza, pues Aquel ante el cual nos postramos no nos juzga, no nos aplasta, sino que nos libera y nos transforma.

Por eso, reunirnos, caminar, adorar, nos llena de alegría. Haciendo nuestra la actitud de adoración de María, a la que recordamos de modo especial en este mes de mayo, oramos por nosotros y por todos; oramos por todas las personas que viven en esta ciudad, para que te conozcan a ti, Padre, y al que enviaste, Jesucristo, a fin de tener así la vida en abundancia. Amén.
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9 de junio de 2008

Venerado hermano; queridos sacerdotes de la Academia eclesiástica pontificia:

Me alegra acogeros, y os doy a cada uno mi cordial bienvenida. Saludo, en primer lugar, a vuestro presidente, monseñor Beniamino Stella, y le agradezco los devotos sentimientos que me ha manifestado en nombre de todos. Saludo a sus colaboradores y, con especial afecto, os saludo a vosotros, queridos alumnos. Nuestro encuentro tiene lugar en este mes de junio, durante el cual es particularmente viva en el pueblo cristiano la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, hoguera inagotable donde podemos obtener amor y misericordia para testimoniar y difundir entre todos los miembros del pueblo de Dios. En esta fuente debemos beber ante todo nosotros, los sacerdotes, para poder comunicar a los demás la ternura divina al desempeñar los diversos ministerios que la Providencia nos confía.

Cada uno de vosotros, queridos sacerdotes, ha de crecer cada vez más en el conocimiento de este amor divino, pues sólo así podréis cumplir, con una fidelidad sin componendas, la misión para la que os estáis preparando durante estos años de estudio. El ministerio apostólico y diplomático al servicio de la Santa Sede, que desempeñaréis en los lugares a donde seáis enviados, requiere una competencia que no se puede improvisar. Por tanto, aprovechad este período de vuestra formación para estar después en condiciones de afrontar de modo adecuado cualquier situación.

En vuestro trabajo diario entraréis en contacto con realidades eclesiales que es preciso comprender y sostener; viviréis a menudo lejos de vuestra tierra de origen, en países que aprenderéis a conocer y amar; deberéis frecuentar el mundo de la diplomacia bilateral y multilateral, y estar dispuestos a dar no sólo la aportación de vuestra experiencia diplomática, sino también, y sobre todo, vuestro testimonio sacerdotal. Por eso, además de la necesaria y obligatoria preparación jurídica, teológica y diplomática, lo que más cuenta es que centréis vuestra vida y vuestra actividad en un amor fiel a Cristo y a la Iglesia, que suscite en vosotros una acogedora solicitud pastoral con respecto a todos.

Para realizar fielmente esta tarea, desde ahora tratad de "vivir en la fe del Hijo de Dios" (Ga 2, 20), es decir, esforzaos por ser pastores según el corazón de Cristo, manteniendo con él un coloquio diario e íntimo. La unión con Jesús es el secreto del auténtico éxito del ministerio de todo sacerdote. Cualquiera que sea el trabajo que llevéis a cabo en la Iglesia, preocupaos por ser siempre verdaderos amigos suyos, amigos fieles que se han encontrado con él y han aprendido a amarlo sobre todas las cosas. La comunión con él, el divino Maestro de nuestras almas, os asegurará la serenidad y la paz también en los momentos más complejos y difíciles.

La humanidad, inmersa en el vértigo de una actividad frenética, a menudo corre el riesgo de perder el sentido de la existencia, mientras cierta cultura contemporánea pone en duda todos los valores absolutos e incluso la posibilidad de conocer la verdad y el bien. Por eso, es necesario testimoniar la presencia de Dios, de un Dios que comprenda al hombre y sepa hablar a su corazón. Vuestra tarea consistirá precisamente en proclamar con vuestro modo de vivir, antes que con vuestras palabras, el anuncio gozoso y consolador del Evangelio del amor en ambientes a veces muy alejados de la experiencia cristiana. Por tanto, sed cada día oyentes dóciles de la palabra de Dios, vivid en ella y de ella, para hacerla presente en vuestra actividad sacerdotal. Anunciad la Verdad, que es Cristo. Que la oración, la meditación y la escucha de la palabra de Dios sean vuestro pan de cada día. Si crece en vosotros la comunión con Jesús, si vivís de él y no sólo para él, irradiaréis su amor y su alegría en vuestro entorno.

Junto con la escucha diaria de la palabra de Dios, la celebración de la Eucaristía ha de ser el corazón y el centro de todas vuestras jornadas y de todo vuestro ministerio. El sacerdote, como todo bautizado, vive de la comunión eucarística con el Señor. No podemos acercarnos diariamente al Señor, y pronunciar las tremendas y maravillosas palabras: "Esto es mi cuerpo", "Esta es mi sangre"; no podemos tomar en nuestras manos el Cuerpo y la Sangre del Señor, sin dejarnos aferrar por él, sin dejarnos conquistar por su fascinación, sin permitir que su amor infinito nos cambie interiormente.

La Eucaristía ha de llegar a ser para vosotros escuela de vida, en la que el sacrificio de Jesús en la cruz os enseñe a hacer de vosotros mismos un don total a los hermanos. El representante pontificio, en el cumplimiento de su misión, está llamado a dar este testimonio de acogida al prójimo, fruto de una unión constante con Cristo.

Queridos sacerdotes de la Academia eclesiástica, gracias de nuevo por vuestra visita, que me permite subrayar la importancia del papel y la función de los nuncios apostólicos, y al mismo tiempo me brinda la ocasión de dar las gracias a todos los que trabajan en las nunciaturas y en el servicio diplomático de la Santa Sede. Dirijo mi saludo y mis mejores deseos en particular a cuantos de entre vosotros están a punto de dejar la Academia para asumir su primera misión. Que el Señor os sostenga y os acompañe con su gracia.

Queridos hermanos, os encomiendo a todos a la protección de la santísima Madre de Dios, modelo y consuelo para cuantos tienden a la santidad y se dedican a la causa del Reino. Que velen sobre vosotros el patrono de la Academia eclesiástica, san Antonio abad, san Pedro y san Pablo, de quien nos disponemos a celebrar un Año jubilar con ocasión del bimilenario de su nacimiento. Que os acompañe siempre también mi oración y mi bendición, que imparto de corazón a cada uno de vosotros, a las religiosas, al personal de la Academia y a todos vuestros seres queridos.
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en la visita pastoral a Santa María de Leuca y Brindisi
15 de junio de 2008

Muy queridos presbíteros, diáconos y seminaristas:

Me alegra saludaros a todos, reunidos en esta hermosa catedral, abierta nuevamente al culto después de las obras de restauración realizadas en noviembre del año pasado. Agradezco al arzobispo, mons. Rocco Talucci, las cordiales palabras de saludo que me ha dirigido en vuestro nombre, y todos sus regalos. Saludo a los sacerdotes, a los que deseo expresar mi complacencia por el vasto y articulado trabajo pastoral que llevan a cabo. Saludo a los diáconos, a los seminaristas y a todos los presentes, manifestando la alegría que siento al verme rodeado de tantas almas consagradas a la extensión del reino de Dios.

Aquí, en la catedral, que es el corazón de la diócesis, todos nos sentimos como en casa, unidos por el vínculo del amor de Cristo. Aquí queremos recordar con gratitud a cuantos han difundido el cristianismo en estas tierras. Brindisi fue una de las primeras ciudades de Occidente en acoger el Evangelio, que le llegó por las vías consulares romanas. Entre los santos evangelizadores, pienso en san Leucio, obispo, san Oroncio, san Teodoro de Amasea y san Lorenzo de Brindisi, proclamado doctor de la Iglesia por el Papa Juan XXIII. La presencia de estos santos sigue viva en el corazón de la gente y la testimonian muchos monumentos de la ciudad.

Queridos hermanos, al veros reunidos en esta iglesia, en la que muchos de vosotros habéis recibido la ordenación diaconal y sacerdotal, me vuelven a la mente las palabras que san Ignacio de Antioquía escribió a los cristianos de Éfeso: "Vuestro venerable colegio de los presbíteros, digno de Dios, está tan armoniosamente concertado con su obispo como las cuerdas con la lira. De este modo, en el acorde de vuestros sentimientos y en la perfecta armonía de vuestro amor fraterno, ha de elevarse un concierto de alabanza a Jesucristo". Y el santo obispo añadía: "Cada uno de vosotros esfuércese por formar coro. En la armonía de la concordia y al unísono con el tono de Dios por medio de Jesucristo, cantad a una voz al Padre, y él os escuchará" (Carta a los Efesios, 4).

Perseverad, queridos presbíteros, en la búsqueda de esa unidad de propósitos y de ayuda mutua, para que la caridad fraterna y la unidad en el trabajo pastoral sirvan de ejemplo y de estímulo para vuestras comunidades. A esto sobre todo se ha orientado la visita pastoral a las parroquias, realizada por vuestro arzobispo, que terminó el pasado mes de marzo: precisamente gracias a vuestra generosa colaboración, no fue un simple cumplimiento de un requisito jurídico, sino también un extraordinario acontecimiento de valor eclesial y formativo. Estoy seguro de que dará frutos, pues el Señor hará crecer abundantemente la semilla sembrada con amor en las almas de los fieles.

Con mi presencia hoy aquí quiero animaros a estar cada vez más disponibles al servicio del Evangelio y de la Iglesia. Sé que ya trabajáis con celo e inteligencia, sin escatimar esfuerzos, con el fin de propagar el alegre mensaje evangélico. Cristo, al que habéis consagrado vuestra vida, está con vosotros. Todos creemos en él; sólo a él hemos consagrado nuestra vida, a él queremos anunciar al mundo. Cristo, que es el camino, la verdad y la vida (cf. Jn 14, 6), ha de ser el tema de nuestro pensar, el argumento de nuestro hablar, el motivo de nuestro vivir.

Queridos hermanos sacerdotes, como bien sabéis, para que vuestra fe sea fuerte y vigorosa, hace falta alimentarla con una oración constante. Por tanto, sed modelos de oración, convertíos en maestros de oración. Que vuestras jornadas estén marcadas por los tiempos de oración, durante los cuales, a ejemplo de Jesús, debéis dedicaros al diálogo regenerador con el Padre. Sé que no es fácil mantenerse fieles a estas citas diarias con el Señor, sobre todo hoy que el ritmo de la vida se ha vuelto frenético y las ocupaciones son cada vez más absorbentes.

Con todo, debemos convencernos de que los momentos de oración son los más importantes de la vida del sacerdote, los momentos en que actúa con más eficacia la gracia divina, dando fecundidad a su ministerio. Orar es el primer servicio que es preciso prestar a la comunidad. Por eso, los momentos de oración deben tener una verdadera prioridad en nuestra vida. Sé que tenemos muchos quehaceres urgentes. En mi caso, una audiencia, una documentación por estudiar, un encuentro u otros compromisos. Pero si no estamos interiormente en comunión con Dios, no podemos dar nada tampoco a los demás. Por eso, Dios es la primera prioridad. Siempre debemos reservar el tiempo necesario para estar en comunión de oración con nuestro Señor.

Queridos hermanos y hermanas, me congratulo con vosotros por el nuevo seminario arzobispal, que inauguró en noviembre del año pasado mi secretario de Estado el cardenal Tarcisio Bertone. Por una parte, expresa el presente de una diócesis, constituyendo el punto de llegada del trabajo llevado a cabo por los sacerdotes y por las parroquias en los sectores de la pastoral juvenil, la enseñanza catequística y la animación religiosa de las familias. Por otra, el seminario es una inversión muy valiosa para el futuro, porque garantiza, mediante un trabajo paciente y generoso, que las comunidades cristianas no queden privadas de pastores de almas, de maestros de fe, de guías celosos y de testigos de la caridad de Cristo.

Este seminario, además de ser sede de vuestra formación, queridos seminaristas, verdadera esperanza de la Iglesia, también es lugar de actualización y de formación permanente para jóvenes y adultos, deseosos de dar su contribución a la causa del reino de Dios. La preparación esmerada de los seminaristas y la formación permanente de los presbíteros y de los demás agentes pastorales constituyen preocupaciones prioritarias para el obispo, al que Dios ha encomendado la misión de guiar, como pastor sabio, al pueblo de Dios que vive en vuestra ciudad.

Una ocasión ulterior de crecimiento espiritual para vuestras comunidades es el Sínodo diocesano, el primero después del concilio Vaticano II y de la unificación de las dos diócesis de Brindisi y Ostuni. Es una ocasión para impulsar el compromiso apostólico de toda la diócesis, pero sobre todo es un momento privilegiado de comunión, que ayuda a redescubrir el valor del servicio fraterno, como indica el icono bíblico que habéis elegido, el lavatorio de los pies (cf. Jn 13, 12-17) con las palabras de Jesús que lo comenta: "Como he hecho yo" (Jn 13, 15). Si es verdad que el Sínodo -todo Sínodo- está llamado a establecer leyes, a emanar normas adecuadas para una pastoral orgánica, suscitando y estimulando compromisos renovados para la evangelización y el testimonio evangélico, también es verdad que debe despertar en todos los bautizados el anhelo misionero que anima constantemente a la Iglesia.

Queridos hermanos sacerdotes, el Papa os asegura un recuerdo especial en la oración, para que prosigáis en el camino de la auténtica renovación espiritual que estáis recorriendo juntamente con vuestras comunidades. Que os ayude en este compromiso la experiencia de "estar juntos" en la fe y en el amor recíproco, como los Apóstoles en torno a Cristo en el Cenáculo. Fue allí donde el Maestro divino los instruyó, abriéndoles los ojos al esplendor de la verdad y les donó el sacramento de la unidad y del amor: la Eucaristía.

En el Cenáculo, durante la última Cena, en el momento del lavatorio de los pies, quedó muy claro que el servicio es una de las dimensiones fundamentales de la vida cristiana. Por tanto, el Sínodo tiene la tarea de ayudar a vuestra Iglesia local, en todos sus componentes, a redescubrir el sentido y la alegría del servicio: un servicio por amor. Eso vale ante todo para vosotros, queridos sacerdotes, configurados con Cristo "Cabeza y Pastor", siempre dispuestos a guiar a su rebaño. Agradeced y alegraos por el don recibido. Sed generosos en el ejercicio de vuestro ministerio. Apoyadlo con una oración continua y con una formación cultural, teológica y espiritual permanente.

A la vez que os renuevo la expresión de mi vivo aprecio y de mi más cordial aliento, os invito a vosotros y a toda la diócesis a prepararos para el Año paulino, que comenzará próximamente. Podrá ser la ocasión para un generoso impulso misionero, para un anuncio más profundo de la palabra de Dios, acogida, meditada y traducida en apostolado fecundo, como sucedió precisamente en el caso del Apóstol de los gentiles. San Pablo, conquistado por Cristo, vivió totalmente para él y para su Evangelio, entregando su vida hasta el martirio.

Que os asista la Virgen, Madre de la Iglesia y Virgen de la escucha. Que os protejan los santos patronos de esta amada tierra de Puglia. Sed misioneros del amor de Dios. Que todas vuestras parroquias experimenten la alegría de pertenecer a Cristo.

Como prenda de la gracia divina y de los dones de su Espíritu, de buen grado os imparto a todos la bendición apostólica.
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Catedral de Santa María, Sydney, 19 de julio de 2008

Queridos hermanos y hermanas:

Me complace saludar en esta noble catedral a mis hermanos obispos y sacerdotes, a los diáconos, a los consagrados y a los laicos de la Archidiócesis de Sydney. De un modo especial dirijo mi saludo a los seminaristas y a los jóvenes religiosos que están con nosotros. Como los jóvenes israelitas de la primera lectura de hoy, ellos son un signo de esperanza y de renovación para el Pueblo de Dios; y, también como aquellos, tienen igualmente el deber de edificar la casa de Dios para las próximas generaciones. Mientras admiramos este magnífico edificio, ¿cómo no pensar en la muchedumbre de sacerdotes, religiosos y fieles laicos que, cada uno a su manera, han contribuido a construir la Iglesia en Australia? Pienso particularmente en las familias de colonos a las que el Padre Jeremías O’Flynn confió el Santísimo Sacramento en el momento de partir, un «pequeño rebaño» que tuvo en gran estima aquel tesoro precioso y lo conservó, entregándolo a las generaciones posteriores que edificaron este gran tabernáculo para gloria de Dios. Alegrémonos por su fidelidad y perseverancia, y dediquémonos a continuar sus esfuerzos por la difusión del Evangelio, la conversión de los corazones y el crecimiento de la Iglesia en la santidad, la unidad y la caridad.

Nos disponemos a celebrar la dedicación del nuevo altar de esta venerable catedral. Como nos recuerda de forma elocuente el frontal esculpido, todo altar es símbolo de Jesucristo, presente en su Iglesia como sacerdote, víctima y altar (cf. Prefacio pascual V). Crucificado, sepultado y resucitado de entre los muertos, devuelto a la vida en el Espíritu y sentado a la derecha del Padre, Cristo ha sido constituido nuestro Sumo Sacerdote, que intercede por nosotros eternamente. En la liturgia de la Iglesia, y sobre todo en el sacrificio de la Misa ofrecido en los altares del mundo, Él nos invita, como miembros de su Cuerpo Místico, a compartir su auto-oblación. Él nos llama, como pueblo sacerdotal de la nueva y eterna Alianza, a ofrecer en unión con Él nuestros sacrificios cotidianos para la salvación del mundo.

En la liturgia de hoy, la Iglesia nos recuerda que, como este altar, también nosotros fuimos consagrados, puestos «aparte» para el servicio de Dios y la edificación de su Reino. Sin embargo, con mucha frecuencia nos encontramos inmersos en un mundo que quisiera dejar a Dios «aparte». En nombre de la libertad y la autonomía humana, se pasa en silencio sobre el nombre de Dios, la religión se reduce a devoción personal y se elude la fe en los ámbitos públicos. A veces, dicha mentalidad, tan diametralmente opuesta a la esencia del Evangelio, puede ofuscar incluso nuestra propia comprensión de la Iglesia y de su misión. También nosotros podemos caer en la tentación de reducir la vida de fe a una cuestión de mero sentimiento, debilitando así su poder de inspirar una visión coherente del mundo y un diálogo riguroso con otras muchas visiones que compiten en la conquista de las mentes y los corazones de nuestros contemporáneos.

Y, sin embargo, la historia, también la de nuestro tiempo, nos demuestra que la cuestión de Dios jamás puede ser silenciada y que la indiferencia respecto a la dimensión religiosa de la existencia humana acaba disminuyendo y traicionando al hombre mismo. ¿No es quizás éste el mensaje proclamado por la maravillosa arquitectura de esta catedral? ¿No es quizás éste el misterio de la fe que se anuncia desde este altar en cada celebración de la Eucaristía? La fe nos enseña que en Cristo Jesús, Verbo encarnado, logramos comprender la grandeza de nuestra propia humanidad, el misterio de nuestra vida en la tierra y el sublime destino que nos aguarda en el cielo (cf. Gaudium et spes, 24). La fe nos enseña también que somos criaturas de Dios, hechas a su imagen y semejanza, dotadas de una dignidad inviolable y llamadas a la vida eterna. Allí donde se empequeñece al hombre, el mundo que nos rodea queda mermado, pierde su significado último y falla su objetivo. Lo que brota de ahí es una cultura no de la vida, sino de la muerte. ¿Cómo se puede considerar a esto un «progreso»? Al contrario, es un paso atrás, una forma de retroceso, que en último término seca las fuentes mismas de la vida, tanto de las personas como de toda la sociedad.

Sabemos que al final –como vio claramente san Ignacio de Loyola– el único patrón verdadero con el cual se puede medir toda realidad humana es la Cruz y su mensaje de amor inmerecido que triunfa sobre el mal, el pecado y la muerte, que crea vida nueva y alegría perpetua. La Cruz revela que únicamente nos encontramos a nosotros mismos cuando entregamos nuestras vidas, acogemos el amor de Dios como don gratuito y actuamos para llevar a todo hombre y mujer a la belleza del amor y a la luz de la verdad que salvan al mundo.

En esta verdad –el misterio de la fe– es en la que hemos sido consagrados (cf. Jn 17,17-19), y en esta verdad es en la que estamos llamados a crecer, con la ayuda de la gracia de Dios, en fidelidad cotidiana a su palabra, en la comunión vivificante de la Iglesia. Y, sin embargo, qué difícil es este camino de consagración. Exige una continua «conversión», un morir sacrificial a sí mismos que es la condición para pertenecer plenamente a Dios, una transformación de la mente y del corazón que conduce a la verdadera libertad y a una nueva amplitud de miras. La liturgia de hoy nos ofrece un símbolo elocuente de aquella transformación espiritual progresiva a la que cada uno de nosotros está invitado. La aspersión del agua, la proclamación de la Palabra de Dios, la invocación de todos los Santos, la plegaria de consagración, la unción y la purificación del altar, su revestimiento de blanco y su ornato de luz, todos estos ritos nos invitan a revivir nuestra propia consagración bautismal. Nos invitan a rechazar el pecado y sus seducciones, y a beber cada vez más profundamente del manantial vivificante de la gracia de Dios.

Queridos amigos, que esta celebración, en presencia del Sucesor de Pedro, sea un momento de renovada dedicación y de renovación de toda la Iglesia en Australia. Deseo hacer aquí un inciso para reconocer la vergüenza que todos hemos sentido a causa de los abusos sexuales a menores por parte de algunos sacerdotes y religiosos de esta Nación. Verdaderamente, me siento profundamente disgustado por el dolor y el sufrimiento que han padecido las víctimas y les aseguro que, como su Pastor, también yo comparto su aflicción. Estos delitos, que constituyen una grave traición a la confianza, deben ser condenados de modo inequívoco. Éstos han provocado gran dolor y han dañado el testimonio de la Iglesia. Os pido a todos que apoyéis y ayudéis a vuestros Obispos, y que colaboréis con ellos en combatir este mal. Las víctimas deben recibir compasión y asistencia, y los responsables de estos males deben ser llevados ante la justicia. Es una prioridad urgente promover un ambiente más seguro y más sano, especialmente para los jóvenes. En estos días, marcados por la celebración de la Jornada Mundial de la Juventud, estamos invitados a reflexionar sobre el precioso tesoro que nos ha sido confiado en nuestros jóvenes, y cómo gran parte de la misión de la Iglesia en este País ha estado dedicada a su educación y cuidado. Mientras la Iglesia en Australia continúa con espíritu evangélico afrontando eficazmente este serio reto pastoral, me uno a vosotros en la oración para que este tiempo de purificación traiga consigo sanación, reconciliación y una fidelidad cada vez más grande a las exigencias morales del Evangelio.

Deseo ahora dirigir una especial palabra de afecto y aliento a los seminaristas y jóvenes religiosos que están aquí. Queridos amigos, con gran generosidad os estáis encaminando por una senda de especial consagración, enraizada en vuestro Bautismo y emprendida como respuesta a la llamada personal del Señor. Os habéis comprometido, de modos diversos, a aceptar la invitación de Cristo a seguirlo, a dejar todo atrás y a dedicar vuestra vida a buscar la santidad y a servir a su pueblo.

En el Evangelio de hoy el Señor nos llama a «creer en la luz» (cf. Jn 12,36). Estas palabras tienen un significado especial para vosotros, queridos jóvenes seminaristas y religiosos. Son una invitación a confiar en la verdad de la Palabra de Dios y a esperar firmemente en sus promesas. Nos invitan a ver con los ojos de la fe la obra inefable de su gracia a nuestro alrededor, también en estos tiempos sombríos en los que todos nuestros esfuerzos parecen ser vanos. Dejad que este altar, con la imagen imponente de Cristo, Siervo sufriente, sea una inspiración constante para vosotros. Hay ciertamente momentos en que cualquier discípulo siente el calor y el peso de la jornada (cf. Mt 20,12), y la dificultad para dar un testimonio profético en un mundo que puede parecer sordo a las exigencias de la Palabra de Dios. No tengáis miedo. Creed en la luz. Tomad en serio la verdad que hemos escuchado hoy en la segunda lectura: «Jesucristo es el mismo ayer, y hoy y siempre» (Hb 13,8). La luz de la Pascua sigue derrotando las tinieblas.

El Señor nos llama a caminar en la luz (cf. Jn 12,35). Cada uno de vosotros ha emprendido la más grande y la más gloriosa de las batallas, la de ser consagrados en la verdad, la de crecer en la virtud, la de alcanzar la armonía entre pensamientos e ideales, por una parte, y palabras y obras, por otra. Adentraos con sinceridad y de modo profundo en la disciplina y en el espíritu de vuestros programas de formación. Caminad cada día en la luz de Cristo mediante la fidelidad a la oración personal y litúrgica, alimentados por la meditación de la Palabra inspirada por Dios. A los Padres de la Iglesia les gustaba ver en las Escrituras un paraíso espiritual, un jardín donde podemos caminar libremente con Dios, admirando la belleza y la armonía de su plan salvífico, mientras da fruto en nuestra propia vida, en la vida de la Iglesia y a lo largo de toda la historia. Por tanto, que la plegaria y la meditación de la Palabra de Dios sean lámpara que ilumina, purifica y guía vuestros pasos en el camino que os ha indicado el Señor. Haced de la celebración diaria de la Eucaristía el centro de vuestra vida. En cada Misa, cuando el Cuerpo y la Sangre del Señor sean alzados al final de la liturgia eucarística, elevad vuestro corazón y vuestra vida por Cristo, con Él y en Él, en la unidad del Espíritu Santo, como sacrificio amoroso a Dios nuestro Padre.
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De este modo, queridos jóvenes seminaristas y religiosos, llegaréis a ser altares vivientes, sobre los cuales el amor sacrificial de Cristo se hace presente como inspiración y fuente de alimento espiritual para cuantos encontréis. Abrazando la llamada del Señor a seguirlo en castidad, pobreza y obediencia, habéis emprendido el viaje de un discipulado radical que os hará «signo de contradicción» (cf. Lc 2,34) para muchos de vuestros contemporáneos. Conformad cotidianamente vuestra vida a la auto-oblación amorosa del Señor mismo en obediencia a la voluntad del Padre. Así descubriréis la libertad y la alegría que pueden atraer a otros a ese Amor que va más allá de cualquier otro amor como su fuente y su cumplimiento último. No olvidéis jamás que la castidad por el Reino significa abrazar una vida completamente dedicada al amor, a un amor que os hace capaces de dedicaros vosotros mismos sin reservas al servicio de Dios, para estar plenamente presentes entre los hermanos y hermanas, especialmente entre los necesitados. Los tesoros más grandes que compartís con otros jóvenes –vuestro idealismo, la generosidad, el tiempo y las energías– son los verdaderos sacrificios que pondréis sobre el altar del Señor. Que tengáis siempre en cuenta este magnífico carisma que Dios os ha dado para su gloria y para la edificación de la Iglesia.

Queridos amigos, permitidme que concluya estas reflexiones dirigiendo vuestra atención hacia la gran vidriera del coro de esta catedral. En ella, la Virgen, Reina del Cielo, está representada sobre el trono con majestad, al lado de su divino Hijo. El artista ha representado a María como la nueva Eva, que ofrece a Cristo, nuevo Adán, una manzana. Este gesto simboliza que Ella ha invertido la desobediencia de nuestros progenitores, ofreciendo el rico fruto que la gracia de Dios ha dado en su vida y los primeros frutos de la humanidad redimida y glorificada, que Ella ha precedido en la gloria del paraíso. Pidamos a María, Auxilio de los cristianos, que sostenga a la Iglesia en Australia en la fidelidad a la gracia mediante la cual el Señor crucificado continúa atrayendo hacia sí a toda la creación y a todo corazón humano (cf. Jn 12,32). Que el poder del Espíritu Santo consagre a los fieles de esta tierra en la verdad, produzca abundantes frutos de santidad y de justicia para la redención del mundo y guíe a toda la humanidad hacia la plenitud de vida alrededor de aquel altar donde, en la gloria de la liturgia celestial, seremos invitados a cantar las alabanzas de Dios eternamente. Amén.
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